De píe, inmerso en sus pensamientos, como petrificado,
se encontraba un hombre a mi lado.

Yo, perpleja ante esa dantesca imagen, quise también correr,
huir, pero no sabía hacia dónde dirigirme; me invadió el pánico, me faltaba la
respiración, me dolía el pecho, el alma y sentía cómo a mi cerebro no llegaba
el oxigeno. Extendí mi brazo y abrí mi mano implorando ayuda, ser guiada para
poder salir de aquel dramático laberinto, pero aquel hombre continuaba
impasible, inmóvil, sin un gesto de expresión, sin compasión.
En aquel momento comprendí que ese hombre era una
ilusión óptica de mis ojos, alguien a quien yo había creado desde mi corazón,
nacido de mis necesidades, mis expectativas e ilusiones pero que realmente no
existía; comprendí que tendría que salir sola de allí si quería seguir
viviendo, buscar una salida donde el asfixiante humo no pudiese alcanzarme.
Volví a extender mi mano implorando con mis ojos su
ayuda, pero su respuesta fue el silencio acompañado de una fría e impasible
mirada. Debía decidir, morir por nada ó correr y vivir. Finalmente decidí vivir
cuando un golpe de viento fresco e
inesperado llego hasta mí.
Respiré profundamente e inicié mi andadura por un
nuevo camino pudiendo comprobar que cada paso que daba, nuevos paisajes, gentes
y bellos coloridos me acompañaban.
María del Carmen, me gusto mucho el relato.
ResponderEliminarLa angustia deja la mente con humos, sin aire, sin poder pensar... anclados en nuestros problemas. Hay mundo fuera por descubrir en donde nuestro mundo interior pueda encontrarse con nuevos colores y olores, con gente diferente que nos hagan sonreir y con nuevas flores que nos hagan sentir.
Un abrazo...
Manuel Barranco Roda