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martes, 22 de abril de 2014

El amor en la primavera.










Que el amor todo lo puede
es de todos bien sabido,
que el amor todo lo vale
es por todos conocido.

Que el rojo de la sangre se altere
entra dentro de lo permitido,
que por la noche esté sumido
en una selva de quereres,
consiguen que no esté prohibido
devolver amaneceres
que de goce estén servidos.

Mira corto y siente alto,
siembra pasión sin desencanto,
ama mucho y sin descanso,
duda poco y sin sobresalto.

Es tu vida y tu alegría la que te juegas,
sin dejar un solo día y sin que te acuerdes
de lo tristes que fueron los atardeceres
que siguieron viniendo a ti como en una tromba,
a cobrar esa deuda que contrajeres,
a vagar tu alma sus otros quehaceres,
a pagar con tu risa la mala sombra.

Es ahora, en primavera,
cuando más se echa de menos,
cuando más se extraña y se espera
la calidez del pecho ajeno,
la amplitud de sus caderas,
el perfume de sus besos.

Quien no tenga sangre ahí,
quien no sienta esos desmayos,
quien no vibre por querer seguir
y olvidar el desencanto
de este invierno desmayado
y vivir y transgredir
lo que estaba ya pactado,
pues amar, poder reír,
eso es todo lo esperado,
queda todo por vivir,
queda todo lo soñado.

El amor en primavera
asoma mejor dotado,
consigue logros que nadie espera,
abarca limites insospechados,
por eso quiero perder el miedo
en eso espero, hallar los vados,
que me permitan por las veredas
hacerlos míos, saltarme reglas,
degustar lo que no he probado.

Después de haberlo leído,
después de haberlo disfrutado,
os invito a conocerlo
y darlo por bien hallado,
que no es poca la destreza
de aquel que os lo ha mostrado,
que es de bien agradecidos
agradecer lo regalado.


                                                       copyright © faustino cuadrado
                                                       


jueves, 13 de febrero de 2014

Dígale...


"Dígale que...aquel que no osa mirar al frente de su vista se lo pierde todo y quien no sepa entender e interpretar lo que tiene ante sí hará siempre un mal negocio.

Es el momento, es la ocasión de hacer lo que uno debe hacer y de vivir intensamente aquello que se nos ha regalado. No esperes nunca nada de la vida, pero cuándo ésta se pone en forma y decide ser espléndida y derrochadora en momento tan puntual hay que saber aprovecharse de ello, pues nunca habrá segundas oportunidades. 
La casualidad suele dar casi siempre demasiados rodeos.

Déjate pues llevar por el deseo y el amor cuando estos acudan a ti y no esperes a ser viejo para comprender tu error, una vez que sea demasiado tarde. No habrás vivido entonces y habrás perdido además la única oportunidad en la que la vida te brinda la ocasión de usar el corazón en lugar de la cabeza”.

En la ciudad de Roma, el viento y la llovizna bailaban al mismo tiempo una danza muy parecida. El agua que caía a ráfagas, fría y rabiosa, saludó la entrada en la ciudad de aquel ensimismado viajero que transitaba con la vista absorta por las desnudas salas del solitario y desangelado aeropuerto. Era demasiado pronto para el bullicio habitual y cotidiano que siempre lo acompañaba y lo vestía.

Todavía tenía relativo tiempo por delante, aún restaban un par de horas para llegar a su destino, un destino en el que encontrarse con alguien a quien aún no conocía en persona pero a la que podía recitar de memoria cuando así se lo propusiera.

 El transporte hasta el centro de la ciudad, por la escasa distancia existente, le supuso un distraimiento mínimo en aquel extraño nerviosismo que hizo mella en su interior la noche anterior. No sabía a qué atenerse, ni cómo se sentiría al llegar y hallarse frente a aquella persona que durante tanto tiempo había ocupado la totalidad de sus noches y casi todos sus pensamientos.

Después de intensos días plagados de dudas y temores decidió que el paso que iba a dar resultaba completamente necesario, sincero con sus íntimos deseos, también lo consideraba del mismo modo ella. Ninguno podía dejar pasar más tiempo con tal indecisión en el corazón y morir esperando la ocasión y sin poder salir de dudas.

Aquello parecía que podría ser serio, aquello parecía que podría ser importante para ellos. Tenían que acudir a esa cita y despejar de sus mentes las ideas que velabas sus corazones y sus almas.

Desde la ventanilla del transporte público que le llevaba hasta el centro de la ciudad, miraba ausente el urbano paisaje de los aledaños de la populosa urbe. Eran como cualquier otro suburbio de gran ciudad europea, ninguna diferencia con el resto.

Miraba pero no veía, su mente recorría centímetro a centímetro el recuerdo del rostro de la mujer con la que se encontraría, un rostro bello y sensual que lo había cautivado desde que una fotografía de empresa cayó en sus manos.

Y sin embargo, solo había escuchado un par de veces su voz, no habían tenido mucho más contacto verbal entre ellos pues todas las conversaciones empresariales quedaban grabadas por motivos de seguridad y desde sus domicilios... aquello resultaba aún más difícil.        
Nunca se atrevieron a comunicarse de manera habitual dadas las circunstancias.
Desde su ciudad de residencia, París, no alcanzaba a ver todo lo que deseaba saber al respecto.

La misma empresa para la que trabajaban ambos les había unido sin quererlo, fue solo a través de los correos internos y profesionales que pronto dejaron de ser compañeros de trabajo, para pasar a ser auténticos amantes virtuales. Ella fue la primera que manifestó su interés en un momento determinado, luego, tras varios días de cruce de emotivos suspiros y propuestas inconfesables, una pasión prometida les venció por completo y él se dejó llevar completamente convencido de la bondad de la idea.
Quedaron en verse sin un motivo aparente, solo fue fruto de una especie de reto que se plantearon y que al final acabó en una cita obligada y necesaria, en una cita irrenunciable para cualquiera de los dos.

Ella tenía dos hijas mayores, él, dos hijos pequeños. Ella era morena, con unos maravillosos ojos que aportaban un intenso brillo y belleza a su rostro. Él, alto, con buen porte. Pero ambos coincidían en una cosa, los dos habitaban una larga historia que les vestía inadecuadamente con un marido inapetente y con una esposa aburrida y despreocupada, con dos compañeros de vida que pugnaban por ver quién era más despegado y desinteresado con sus respectivas parejas.

Habían quedado en verse en Termini, la impresionante estación de trenes. Les pareció una buena idea porque así estarían cerca de todo, de un lugar dónde poder desayunar juntos y sobre todo, en un espacio cercano al hotel dónde él se hospedaría durante su corta estancia en la ciudad eterna.

Se habían prometido, como en un juego excitante aunque al mismo tiempo inocente, que al encontrarse se abrazarían y se besarían como si fueran dos adolescentes enamorados, a pesar de las furtivas y rápidas miradas de los transeúntes que circularían por los pasillos de la estación con esa habitual prisa inherente a la vida actual y mucho más pendientes de los horarios de las salidas y llegadas de los trenes, que de dos amantes comiéndose a besos en la estación principal de Roma.

El expreso Leonardo le depositó en la estación después de un breve recorrido desde Fiumicino. Una vez descendió del tren accedió al vestíbulo de la estación y dirigió su mirada hacia todos los rincones del edificio. La puerta principal había sido designada como el lugar del encuentro, más en un primer momento no vio a nadie que le recordará a la persona a la que andaba buscando.

Con mayor detenimiento formalizó un segundo vistazo y ahora sí localizó a una mujer que se acercaba a él con tímidas zancadas pero con una sonrisa plena que iluminaba su bello rostro. Su sensual movimiento corporal provocó en él un intenso escalofrío en la espalda.

Al llegar a su altura se fundieron en un intenso y apasionado abrazo que unió sus estimulados cuerpos y disparó en vertical sus íntimos deseos, erizándoles la piel de inmediato. El abrazo duró un instante infinito. Ella se separó por un momento y agarró con premura la mano de él, arrastrándole a una esquina del edificio para quedar fuera del alcance de la vista del resto de los viandantes. Apoyo su espalda en la fría pared de piedra y le atrajo hacía sí hasta que se fusionaron en un sensual beso que les envolvió en la más absoluta de las pasiones. Se mordieron los labios y se comieron la boca, en un instante mágico que compensó todas las horas previas vividas en la incertidumbre del encuentro, en la duda eterna de la certeza de querer y saberse amar realmente.

Las lenguas de ambos recorrieron las bocas ajenas hasta la saciedad, presentando una candidatura cierta a una historia de amor y locura concretada allí mismo.

Salieron de la estación con el primer deseo complacido, con la íntima sensación de que aquello parecía ser lo que ambos habían imaginado y deseado tanto, días atrás.

Recorrieron parte de la ciudad a pie, deteniéndose frente a tanto monumento como se les presentaba a la vista. Una agarrada de amor aquí, un beso furtivo allá, no querían ser vistos por alguien que pudiera poner en un brete a la mujer, pues en su ciudad se hallaban.

Entraron asidos de la mano en los jardines de Villa Borghese y comenzaron a caminar entre desenfadadas risas y miradas cómplices. Las fuentes murmuraban melodías de amor a su paso y los susurros que producía el transitar de sus aguas, hacía que caminaran entre espesas nubes de amor y deseo.

Se sentaron en un banco aislado, entre arbustos repletos de rosas salvajes y juncos de río que doblaban su tallo acompañando en su movimiento el suave viento que invitaba al balanceo. A pesar de la diferencia de idioma, a pesar de su desconocimiento, sus manos y sus cuerpos hablaron por ellos en lugar de sus bocas.

Ella se sentó encima de las piernas de él y los besos que se dedicaron provocaron en ellos toda suerte de sentimientos incontenibles, hasta el punto de que él no pudo soportar por más tiempo su deseo e introdujo con decisión su mano dentro del pantalón de ella, invitando con sus dedos al amor más sensual. Allí mantuvieron su amor durante largos minutos, sin deseo alguno de proceder a detener de ningún modo las caricias.

Pasado un tiempo acordaron marchar hacia el hotel de él para amarse sin trabas y sin testigos, con total plenitud y sin interrupciones de ningún tipo.

Resultó ser un día completo de amores y pasiones cristalizadas entre las sábanas de la cama.   

También lo fue cuando, cabalgando en la silla sin brazos de la habitación del hotel, pudo ésta comprobar como una auténtica y muda testigo de la inmensa pasión existente entre ellos, los cientos de gemidos de placer que se escucharon solo allí, y de los sudores y humores entremezclados de amores convertidos en historia viva.

Acontecieron innumerables encuentros físicos en tan corto espacio de tiempo, siendo los últimos los más celebrados por la íntima conexión que se había establecido. Todo se desarrolló según lo hubieron imaginado, más placentero aún. Sus cuerpos aparentaron mejor resultado de lo que supusieron y el placer que ambos se otorgaron, mayor de lo prevenido.

El día llegó a su fin tras tanta pasión desprendida y ella tuvo que volver obligatoriamente a su hogar, lamentando profundamente el hecho de tener que abandonar en esa noche, a quien había provocado en su vida un auténtico terremoto emocional.

La despedida resultó ser un terrible drama. Ambos lloraron en el pecho del otro su dolorosa separación. Difícil sería volver a encontrarse de nuevo. Las manos de ambos se deslizaron una sobre la otra cuando el momento del adiós se hizo inevitable. Sus ojos no se separaron hasta que al final del tiempo, las dos miradas se perdieron de vista.

Él volvió a París al día siguiente. Cogió el avión de regreso y miró a través de la ventanilla cómo la aeronave elevaba su vuelo por encima de la “ciudad eterna” y creyó ver entre las escasas nubes que el cielo reunía esa mañana el rostro sentido de su amada.

Ahora, uno piensa en el otro a cada momento, soñando en una nueva oportunidad en la que poder amarse de nuevo. Siguen enviándose faxes y correos electrónicos dónde se apuran acuerdos comerciales y consolidaciones contables, a la vez que una multitud de besos y suspiros apasionados disfrazados entre asientos económicos y frías cifras numéricas.

Las llamadas no son habituales entre ellos y la empresa felicita sus logros y les premia ahora con ascensos merecidos. Pero ellos admiten los honores con el interés justo y limitado, pues sus verdaderos anhelos transitan asidos de la mano por las calles de Roma, y sus sueños coinciden en el punto de recrear de nuevo ese encuentro que un día tuvieron y que tanto disfrutaron, una cita que les marcó de por vida y les enseñó por unas cuántas horas, cómo tiene que ser el amor verdadero y la pasión infinita, algo que ni tienen ni tuvieron jamás en sus vidas cotidianas, aunque el amor en sus hogares siga siendo algo que en el fondo aparenta ser lo que ni mucho menos pueda ser mínimamente parecido.
                      
                                                                                                           Copyright©faustino cuadrado

miércoles, 22 de enero de 2014

QUE SUENE “LA CUMPARSITA”

                       
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces. Cuántas dolorosas penas y qué menores alegrías se sucedieron en este intervalo de escasez y bonanza a partes desiguales. Porque no siempre fue lo mismo, no siempre acudieron presurosas a mi las buenas nuevas si bien no deberé quejarme en exceso.

¿Diez años ya? Todo un mundo, toda una eternidad en esta vida que nos ha tocado ¿disfrutar?... porque diez años son más que suficientes para sumar con lo que nos ocurre a diario, la adición de todo lo vivido desde entonces da para mucho.

Diez años es para celebrarlo, pero no porque te hayas marchado durante todo ese tiempo, sino por haberte conocido y disfrutado antes durante muchos más, tantos que mis recuerdos transitan recreando el tiempo y decido entonces que fui feliz por poder haberlo hecho a lo largo de tantos años, por haber participado activamente de tu vida y tú de la mía.

Tú, que cualquier cambio te provocaba un dolor de cabeza insufrible y que al final esa variación por pequeña que fuera, lograba que siempre mantuvieses la mirada fija en el blanco horizonte de la pared, sentado en tu sillón favorito después de llegar del trabajo, quién sabe si rumiando lo que eso de molesto significaba para ti, o simplemente permitiendo que el incesante goteo del tiempo diera paso a lo inevitable, entregándote en soledad y de esa manera tan personal a esa certeza, mientras tu franca mirada vagaba así, como perdida.

Recuerdo bien tu mano firme al cruzar la calle cuándo bajábamos a ver el fútbol las mañanas de los domingos. La imagen del eterno bocadillo de sardinas en aceite, esos tragos de cerveza que tan fría nos servían y que calmaban la sed del pan y el aceite del almuerzo. No tenía edad para ello pero estábamos bien, estábamos juntos, éramos uno solo.

Y qué me dices de esa noche de invierno en la que me encontraba un poco apurado cerca del portal de casa y tú llegabas cansado del trabajo. Te diste cuenta de inmediato y pusiste manos a la obra, es que eran tres contra mi y me tenían acorralado. Sacaste tus buenas maneras y decidiste que no era justa la contienda, que de uno en uno sería lo más honrado, lo más cabal, y ellos entendieron que si me querían zurrar tendrían que hacerlo de uno en uno y yo así sí estaría preparado y listo para lo que fuera, hasta para perder. Pero solo hubo una pelea y yo la gané, los demás desistieron de su empeño visto lo visto y yo también lo hice después en años posteriores pues jamás volví a pelear con nadie más, entendí que nunca ha sido inteligente hacerlo.

Pausado y silencioso, siempre lo fuiste; taciturno a veces y disparatado otras, las menos, solo cuándo te encontrabas a gusto entre iguales e inmerso entre tu grupo de personas afines. Todos coincidían en lo mismo, simpático, serio, responsable...

Conmigo y con la niña, siempre pendiente, orgulloso de nosotros pero sin mostrarlo apenas. La condición de hombre pesó mucho siempre en ti, así era la educación que recibiste como tantos otros de esa nefasta época franquista.

Los besos y los arrumacos no eran lo tuyo, nosotros lo sabíamos y te lo perdonamos desde el principio.

Niño, “pon La Cumparsita - me invitabas- dame ese gusto anda, que llevas mucho tiempo con esa otra música de locos...” y yo lo hacía a regañadientes, aunque en verdad no me importaba nada darte ese gusto.

Cuidaste bien de mi, cuidaste bien de nosotros. Ninguna prodigalidad, ninguna extra limitación económica que bien sabíamos que no podías permitírtela. Los únicos excesos por ti cometidos fueron los abusos del trabajo, tantas horas le fueron robadas al sueño y también a tu mujer, tantas horas que nos fueron hurtadas a todos nosotros.

Al principio solo eras grato recuerdo de mis domingos soleados, de las fiestas de guardar, pues a las horas de la tarde nunca pude asociarte y a las de la cena, vagamente las recuerdo. El trabajo y a su dedicación completa dedicaste gran parte de tu vida: “la necesidad obliga y a mi, a mi me obliga más...” decías a menudo.

Momentos dulces pasaron y otros de ingrato sabor amargo te acometieron. Tus escasas risas fueron remitiendo paulatinamente, el paso de los años y las pesadas cargas padecidas abovedaron tu espalda. Las arrugas de la frente se marcaron como surcos recién arados y las ausencias en el habla y en la comunicación se hicieron cada más latentes y repetidas.

Nadie supo interpretarlas, tampoco las hubieras traducido a nadie de habértelo preguntado.

Los años viajaron excesivamente rápido, independencia, cercanía, ausencia y el mundo y su cambio lo viste pasar desde lejos, ubicado y pertrechado a la puerta de tu casa y sentado en una silla, como lo hacen las gentes de los pueblos que parece que nunca esperan nada ya, mientras la cálida noche del verano les acaricia el rostro bajo la pálida luz de la luna nueva.

Viajaste, bailaste, viviste, bailaste, jugaste al mus, bailaste. Siempre emparejado, siempre dispuesto para lo que se necesitara.

“Pon La Cumparsita ahora”, me decías en las nocheviejas de fiesta permanente en el salón de nuestra casa, llena a rebosar de vecinos y de familia cercana en maravillosa y feliz armonía.

Y brillaba entonces ese tango que resuena melódico en mis oídos desde que habitaba en la cuna, transitando en el viejo tocadiscos de madera y vibrando en la aguja cuando ésta daba vueltas y vueltas sobre los surcos del vinilo negro y desgastado.

A mi comenzaron a gustarme sus notas desde el principio y hasta desde siempre si no me equivoco.

Luego vinieron los días en los que llevabas a mi hijo junto a las vías del tren para verlos pasar a toda máquina y disfrutar disimulado de su grata compañía.

Tu tiempo era ya libre del todo, nada te ataba a ningún horario y sin embargo te ataste tu mismo a ello, quizá porque con él si te gustaba hablar, porque seguro que él te entendía mejor que ningún otro, porque parecía ser que os comunicabais a través del mismo idioma. Él a veces me lo recuerda, me muestra emocionado el contenido de vuestras conversaciones y rememora al tiempo el estridente chirrido de los trenes a su paso bajo el puente.

Le hablaste en tus propios términos de tu posguerra particular, como lo hiciste conmigo cuándo era pequeño y hubo un cierto tiempo para dedicarme. También le pusiste tras la pista del hambre que padeciste en esos tiempos, de las miserias que viviste y de las que vivieron otros que conociste, de lo duro que resultó estar allí cuándo se produjo todo. Le amenizaste la infancia con chistes divertidos y soportaste su peso encima de las rodillas mientras él te sujetaba la cara y te pellizcaba las orejas. Le quisiste mucho, como a todos nosotros.

Diez años ya y tus arrugas perennes comienzan a ser ahora las mías. Las heridas del alma que un día se cerraron convenientemente ahora se abren en mi por tantas cosas como surgieron en estos años. A veces te hablo, a menudo te siento cerca de mi, pero esos años no se dan la vuelta, no regresan de ningún modo.

El día que nos despedimos contempla una señal luminosa en mi calendario. Tú lo sabías y yo también lo supe, pero no nos importó tanto pues los dos supimos que había llegado el momento.

Tampoco había muchas más palabras que decir cuándo no las hubo antes, lográbamos comunicarnos a la perfección tan solo con mirarnos a los ojos.

Agarré con fuerza tu mano y besé tu frente, sentía que estabas tranquilo y en paz contigo y con todos nosotros. La sonrisa que me brindaste se fue apagando al mismo tiempo que los pitidos de la máquina, con una serenidad encomiable, con inusitada templanza, tal y como habías vivido siempre.
"Ponme una vez más La Cumparsita" anda, por penúltima vez.

Esta vez fueron solo mis gratos recuerdos los que me lo sugirieron, fueron solo las imágenes de unos años pasados que ya nunca volverán, que solo pasarán por mi mente de vez en cuando. Pero bien sabemos todos que esos recuerdos casan mucho mejor con un buen tango, con el mejor de los tangos para mi padre, con las intensas y desgarradoras notas de “La Cumparsita” resonando en un viejo tocadiscos de la prehistoria que arranca con amargos quejidos cada vez que comienza a girar el negro vinilo que lo contiene.

A veces, cuando estoy solo y nostálgico, escucho emocionado los bellos compases de “La Cumparsita”, ese querido tango que siempre consigue traerme unos bellos y gratos recuerdos.



copyright©faustino cuadrado

sábado, 21 de diciembre de 2013

La triste historia de amor entre un hombre maduro y una joven mentirosa.



                                                                                                                         
         Érase una vez, no hace aún mucho tiempo de ello, que existía un hombre de edad madura y sensata que vivía en las tierras del Este, aquellas que bordeaban el océano del titán llamado Atlas.
         Después de tantos años de lucha y sufrimiento su vida resultaba ser ya pacífica y sin sobresaltos, fruto lógico de una historia plagada de vivencias difíciles que habían provocado finalmente en su cuerpo trazas evidentes de profundo cansancio y en su alma, arrugas manifiestas de puro agotamiento.
          El hombre maduro y tranquilo vivía en exclusividad por y para la escritura, pues era su única gloria y deseo. Leía mil libros seguidos y mil líneas escribía sin descanso, todo ello frente a la misma ventana de doble cristal pulido de su hogar, aquella por la que entraba la luz más pura y serena de toda la casa, la más confiada en sus infinitas posibilidades.
          Él, seducido por la claridad reinante pensaba, imaginaba y trasladaba al papel todo lo que en su interior bullía y acontecía. Gran parte de las cosas que vertía en las hojas las había vivido en su propia carne, otras muchas, por el contrario, las adivinaba, pero todas, absolutamente todas, tenían el mismo origen, idéntico nacimiento y coincidente punto de partida, pues en su conjunto surgían de su maduro corazón pausado y tranquilo en igualdad de partes.
           En la quietud de su casa dejaba transcurrir las horas y los días persiguiendo con la vista el pausado transitar de las nubes blancas y algodonosas que asomaban a su ventana, masas condensadas de agua que parecían saludarle con especial cariño a su paso.
           Él, a su vez, sonreía con disimulo, pues no quería que ellas pensaran que su gesto pudiese hacerles entrever que en su interior desaprobaba tal viaje, tan solo porque a él le hubiese invadido la total certeza de que nada de eso iba ya con él y ningún otro asunto podría motivarle en nada en esta vida terrenal, nada que no fuera la literatura y el sonido de la música que escuchaba cuando escribía, ese inmenso poder que siempre acompaña a ambas y el inmenso atractivo que ejercían sobre su persona las palabras escritas y las notas musicales.
             Pero cuan equivocado se hallaba el hombre maduro y reposado al respecto, qué error el suyo pensar que la vida se halla por momentos quieta y apagada para aquellos seres que se hallan confiados y que no le hierve la traviesa sangre en su interior en un intento claro por cogerles desprevenidos y a la par, desarmados.
             Una mañana de pleno verano, mientras observaba la supuesta inmovilidad de un cirro a todas luces lejano, vio que una paloma se posaba suavemente en el alféizar de la ventana. Pero ésta no era una paloma urbana a las que tanto estamos acostumbrados últimamente. Esta paloma era esbelta y liviana, con el buche poderoso de quien hace mucho ejercicio y de quien vuela ligera y veloz, aplicando concienzudamente sus alas para llegar con prontitud a su destino.
             La calidad especialísima de aquella paloma no se hallaba solo en su aspecto externo, ni tampoco en su soberbio porte altivo, se manifestaba sobre todo en su mirada inteligente y también en su pata izquierda, allí dónde se hallaba anclado y preso un trozo de papel enrollado, sujeto a un pequeño anillo de cobre que lo rodeaba.
            Profundamente intrigado, el hombre maduro abrió lentamente la hoja de la ventana para no asustar al ave, más ésta mantuvo en todo momento las formas y el aguante y no movió una sola pluma cuando la mano del hombre maduro e intrigado, inició el acercamiento a su cuerpo.
              Con especial cuidado manipuló el cuerpo de la paloma y desprendió el papel ceñido a su pata. Una vez en su poder el minúsculo papel, devolvió a la paloma a su lugar en el alféizar, esperando que ésta levantara el vuelo en cuanto sintiera la laxitud de la mano que la aprisionaba, más ni uno solo de sus músculos movió tampoco entonces, quizá se hallaba esperando una respuesta del hombre maduro y extrañado con la que regresar al lugar del que provenía.
             El hombre maduro y pausado leyó el mensaje que contenía el pequeño papel que sujetaba entre sus manos y cuan inmensa no fue su sorpresa al descubrir entre sus líneas, un breve mensaje de amor en el que se le invitaba a participar de él.
             Tuvo que releer el texto varias veces para llegar a comprender realmente el alcance del contenido que allí se le presentaba. No daba crédito a lo que sus ojos leían, él, un hombre abandonado a una existencia tranquila y relajada, tentado nuevamente por las mieles del apasionado amor brindado por una desconocida.
             Su sangre hirvió de nuevo y se sorprendió a sí mismo pensando en la excitante aventura que ello le supondría por acceder a la invitación formulada.
Cogió la hoja sobre la que se encontraba escribiendo un poema exquisito lleno de historias inventadas y personajes ficticios y decidió darse un respiro, otorgarse una oportunidad que quizá fuese ya la última que se le presentase en su vida.
            Escribió una contestación escueta pero sobre todo, directa al grano. Habló con cierta brevedad sobre sus sueños inmediatos y también sobre la realidad de su vida y formuló sobre el papel tan solo un par de preguntas, interesándose a cambio por unas cuantas cosas que resultaban ser muchas para tratarse del primer mensaje que enviaba.
            A continuación, ató el pequeño papel impreso a la pata de la paloma y ciñó de nuevo el aro de cobre para que no cayese durante el vuelo. Luego cogió al ave entre sus manos y la impulsó hacia el cielo. La paloma enderezó el vuelo y puso rumbo hacia Occidente, tenía que atravesar de inmediato el océano del titán Atlas para llevar un mensaje ilusionado e ilusionante.








            No tardó mucho tiempo en presentarse otra paloma en el alféizar de la ventana. El hombre maduro y reposado que tampoco la esperaba, sintió como el pulso se le disparaba en las venas pues nunca creyó ser portador de tanta buena suerte.
            El mensaje repetía las palabras de amor que aparecieron en la primera misiva y añadía algunas otras más. El texto mencionaba el ofrecimiento de un idilio apasionado con una joven muchacha golpeada por la vida y por la mala fortuna, aunque completamente segura de ser capaz de hacerle inmensamente feliz, ofrecía su amor eterno y su pasión más arrolladora al hombre maduro y desenfadado que había logrado enamorarla perdidamente, con sus palabras sinceras y hermosas y la enorme pasión oculta entre las francas líneas de su mensaje.
           El hombre que aún no daba crédito a lo que leía, devolvió el mensaje y pidió una imagen suya para adorarla a cada momento. Le advirtió entre poema y poema que él se hallaba en la línea opuesta de la vida a la que se encontraba ella, que mientras ella todavía iba él ya se encontraba de vuelta. Le conminó a preguntarse si entendía que hubiera futuro en una historia de amor en la que las diferencias eran tan evidentes y la razón tan en contra.
            Devolvió la paloma a su hábitat y esperó con nerviosismo la respuesta. Ésta no se hizo esperar, ni tampoco las siguientes. Durante unos días que parecieron meses las palomas cruzaron sus rutas y sus vuelos y frecuentaron el cielo del gran océano del titán Atlas.
            Las palabras de amor subieron un tono y se convirtieron en radicalmente apasionadas y sensuales, llegando a lograr hacerse el amor físico a través de sus mensajes.
            La joven muchacha le habló también de sus penas y sus dificultades pasadas, de sus desengaños y de las tragedias familiares sufridas, de la manifiesta soledad en la que se encontraba. Él sufrió y lloró por ello y maldijo su mala fortuna. Ella le prometió amor eterno, una vida distinta y maravillosa junto a ella, a través de un viaje de ida hacia la pasión más inconfesable y hacia la felicidad más absoluta.
          Le mostró su nombre, le hizo partícipe de sus sueños y le regalo una multitud de imágenes en las que ella aparecía radiante, plena de belleza y sensualidad. Le prometió la luna y las estrellas, le auguró mil placeres prohibidos y le brindo un motivo irrenunciable por el que seguir viviendo. Él, le devolvió la promesa, le entregó su alma y la razón, le regaló su persona y su vida.
           Ella finalmente decidió un buen día de manera unilateral que cruzaría el océano de Atlas para vivir en el lugar dónde vivía él, dónde el sol sale antes que en la tierra dónde ella habitaba. Y él la esperó confiado y feliz, contando los días que restaban para el inminente encuentro.
            Cada día que pasaba, el hombre maduro y nervioso esperaba impaciente cada mañana la llegada de la paloma y día tras día llegaba ésta con noticias de su amada, de la deseada mujer de sus sueños. Y cada vez que lo hacía el hombre maduro e intrigado se sentía inmensamente feliz. Cada vez que la paloma posaba sus patas y arañaba el cristal de su ventana con el pico llamando su atención, él se sentía transportado a su nirvana particular, a su cielo inmediato.
             Pero hubo un día en el que la paloma no se presentó a su cita diaria. Hubo una mañana en la que el hombre maduro y extrañado la ocupó en su totalidad pegada su nariz a la ventana, observando con extremo dolor el cielo gris y encapotado que le acechaba, en una clara premonición de ausencia y desesperanza.
             Compró sus propias palomas y envió una tras otra con mensajes cada vez más desesperados en su contenido, pidiendo primero información, para ante la persistente ausencia de noticias del otro comenzar a rogar, a suplicar una respuesta que nunca se produjo.
              Pasados unos días de cruel angustia y de dolor desbordado, el hombre maduro y derrotado declinó completamente seguir intentándolo. Pasó a entregarse a la firme desesperanza y decidió regresar a la que fue su vida anterior, aunque con el alma y el ánimo ennegrecidos por el humo de la tristeza.
              Transcurrieron las numerosas horas posteriores entre lentas y pesadas, los días fueron sucediéndose monótonos y grises. El Otoño entró de improviso por el cristal de la ventana y las ramas de los árboles, otrora floridas y radiantes, mudaban sus floreadas superficies y se convertían en palos secos y ajados, con las yemas de las hojas ocultas en su interior esperando tiempos mejores.
               La Navidad se echaba encima a pasos agigantados, los niños y sus caras de felicidad contenida delataban la inminencia de su llegada. Las calles comenzaban a llenarse de puestos repletos de figuras de belén y de gorros rojos y blancas barbas postizas.
              Las radios callejeras teñían de villancicos y mensajes de amor solidario los aires de la ciudad. Tanto amor concentrado en tan pocos días no tenía ningún sentido y el hombre maduro y defenestrado, se aislaba de tanto jolgorio insoportable.
             Antes del primer copo de nieve caído, previo al cúmulo de celebraciones familiares y empalagosas que se avecinaban, el hombre maduro y absorto contempló desde lo lejos el raudo vuelo de una paloma que se acercaba con vuelo decidido hacia su ventana, como tantas y tantas veces lo hicieran algunas de sus congéneres. El ave detuvo su aleteo en el alféizar de la ventana y mantuvo como siempre lo hacían todas rígido el cuerpo.
              Él sacó la mano a la intemperie del exterior y sujetó dulcemente el cuerpo del ave, sacó de entre sus patas un mensaje de papel enrollado y lleno de confusión comenzó a leer. Solo había impreso un texto corto, “cerca de ti” decía, y entonces su extrañeza acabó por ofuscarle aún más.
              Devolvió la paloma a su vuelo habitual sin mensaje alguno, no sabía qué pensar sobre lo ocurrido y después de mucho reflexionar sobre ello decidió a los pocos días enviar él una misiva de urgencia porque necesitaba saber el por qué del último mensaje recibido y la razón de su huida anterior sin dejar noticias.
              Pero la paloma nunca regresó. Ni ella ni ninguna otra. No supo jamás la razón de su abandono, no conoció la causa de la soledad a la que fue condenado.
              La joven mentirosa y fría no dio la cara en ningún momento, dejó pasar el tiempo y la emisión de noticias, abandonó el mundo del hombre maduro y angustiado y no sintió ningún remordimiento al respecto, no manifestó su personal decisión a quién tanto lo esperaba, ni pretendió saber más del asunto.
              El hombre maduro y sensato dejó de serlo por una pequeña porción de tiempo en la que fue feliz, pero las palomas sin rostro a menudo traen y llevan noticias que a veces confunden y otras muchas te mienten.
              Ahora, ya nunca escribe palabras que no pueda controlar su corazón, no construye frases que se le vuelvan en contra. En este momento, el hombre maduro y entregado, solo escribe lo que la cabeza le dicta, nunca lo que le suplica el corazón.

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lunes, 21 de octubre de 2013

Me haces falta, mucha falta.




                                                       
                   
                              
 
 
 
 
 
(A mi querida amiga María Angélica)
                                                      por Faustino Cuadrado


          Un pasado y lejano día alguien me dijo en privada confianza que la auténtica valía de las personas y su verdadero e innegable carácter serán mostrados al mundo y con total espontaneidad, cuando más difíciles sean las circunstancias que exijan y motiven su puesta en escena.
 
          Pocas veces en nuestra escueta existencia tenemos la inmensa suerte y la posibilidad de participar y disfrutar de la vida de aquellos que enseñan y muestran tantas cosas bellas y reparadoras, como uno jamás imaginó que podrían darse.
 
          Seres que te dan a probar y disfrutar con su especial contacto, esos sabores y sentimientos únicos e inolvidables que llevan impresos en su alma y que jamás se nos hubiera ocurrido pensar en la realidad de su existencia, de no haber irrumpido con tal fuerza en nuestras vidas. Lo desconoceríamos todo si no hubiéramos podido hablar y compartir con ellos sus sencillos sueños y sus grandes esperanzas.
 
           Pues yo conozco a alguien de esta madera y debo decir que existen de verdad espíritus así, doy fe de ello. Yo tengo la fortuna y el sentido placer de poder participar ahora en esta etapa presente de su vida y desde luego, convenir por completo en el hecho de que ella forma parte principal de la mía.
 
           Que me enamora su fortaleza y su espíritu, su alma indómita y apasionada, sus ojos claros y límpidos y su sincera mirada, aquella que traspasa la frontera de la fotografía y penetra en tu corazón dotándole de paz y armonía.
 
           Tengo la íntima satisfacción de saberme querido y respetado por ella, de percibir en mi interior su cálida y acogedora cercanía en cada momento en el que nos comunicamos y su fortaleza y su carácter indómito a cada minuto que paso sin tener noticias de ella.
 
           Ese ser magnífico y único se halla inmerso en una lucha incansable por su vida, en una batalla física y emocional en la que intenta vencer las graves y terribles circunstancias que tiene en contra y lo hace con la frente despejada y la mirada orgullosa al frente, con una perenne sonrisa dibujada en los labios.
 
          Es una criatura bella y maravillosa, es un alma libre e independiente que vela por sus amigos y disfruta con cada día de amor que le regala la vida, como si éste pudiese llegar a agotarse en algún momento. No, María Angélica, nunca lo hará, siempre tendrá suficiente para ti.
 
          Ella regala de continuo fascinantes sonrisas y cariñosas palabras de apoyo a quienes le rodean, cuando debiera ser ella la única receptora de la atención de las mismas.               
         
          Esa linda mujer que un día surgió de entre las brumas de mi vida, levantando la mano y saludando mi compañía, celebrando y agradeciendo como nadie lo hizo nunca mis palabras de apoyo y cariño y convenciéndome de que éstas resultaban ser mágicas para ella y que le hacían mucho bien, que le prestaban la compañía suficiente que ella siempre deseó y necesitó de quién le rodeaba en cada momento.
           
           Ese ser maravilloso que me regala mariposas que surcan prestas el océano en mi busca para agradecérmelo todo, para firmar con su llegada el acuerdo de una cena futura en la que disfrutar ambos de su victoria, del éxito final de su cruzada. Una cena en la que al mirarnos fijamente a los ojos, yo podré ver ya reflejado en ellos su esquiva felicidad y la firme esperanza de que le devolverá su brillo y yo seré testigo de ello.
 
            Daré siempre gracias al destino que la puso en mi camino y nunca me cansaré de hacerlo porque ella me ha hecho y me hará siempre mejor ser humano, mucho más sentido y apasionado por la vida.
 
             Esperaré siempre con ilusión su recuperación total, su futura visita, sus gratas palabras y sus maravillosos gestos que aún no conozco, todo cuando haya vencido sus duras batallas y reconquistado el reino que persigue desde hace mucho tiempo.
 
              Su mirada de un azul sobresaliente será un alivio para mi espíritu cuando se pose en mi y el paseo por las calles de mi ciudad, sin prisa y agarrados de la mano bajo la radiante luz de la luna llena, será ese supremo placer fruto de una promesa cumplida y de un sueño realizado.
 
              Te espero impaciente, no tardes mucho. Sana y cierra pronto tus heridas y sal al mundo de nuevo, pues hay quienes lo deseamos de todo corazón y ardemos de impaciencia por ello.
 
              Piensa que al fin y al cabo, nos haces falta, mucha falta.

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sábado, 21 de septiembre de 2013

Una diosa se enamoró de mi.

 
Es difícil de explicar lo que ocurrió a quién no lo pudo ver por sí mismo. Es complicado de aceptar, cuando los ojos de los demás han de hallarse apartados de un hecho tan inusual como lo es ese, por las malsanas envidias que llegará a provocar y por los celos ofuscados que generará por tan mala baba como hay suelta. Solo acertará este milagro a confortar el alma de los que sí lo aceptan y lo celebran como si les hubiese ocurrido a ellos.
 
La diosa vino a mi sin previo aviso, sin llegar yo a imaginarlo siquiera por ser ya tan tarde y por haberse consumido gran parte de la llama de mi vela.
 
Desde la espalda de la luna, dónde las hadas y las leyendas preparan en secreto sus historias, cuando más brillante estaba la cúpula del cielo por tanta estrella cómplice, la diosa extendió una mano suave y tierna hacia mi, impregnada de fragancias de menta y romero y me tocó suavemente el rostro, con la íntima dulzura que solo las diosas saben imponer a sus actos.
 
Y yo, pequeño mortal anhelante de cuánta magia pueda dispensarme la vida, levanté la vista para comprobar quién era quien me tocaba con dedos de amor y aliento de brisa de mar, y quedé cegado por la belleza que descubrí en su rostro y por el inmenso amor que me trasladaban sus ojos.
 
En un ser humano abatido de amor quedé convertido. La arena ardiente bajo mis pies dejó de quemar mis plantas y el abatimiento que me acosaba desde tanto tiempo atrás, desapareció a través de los poros de mi piel como por ensalmo.
 
Miré mis manos y mis piernas y las vi recompuestas de anteriores trabas y de escaras de amores muertos. Mi cara se reflejó a pesar de la oscuridad reinante, en la misma piedra pulida con la que anteriormente tantas veces había tropezado, y todas juntas, todas esas señales inequívocas que me ilustraban me advirtieron de la inminente llegada de la felicidad soñada, de la arribada del gran amor de mi vida que tanto tiempo había esperado.
 
La diosa de la Luna abrió la boca y sus labios sensuales y húmedos susurraron mi nombre, acariciaron mi oído con su leve roce. El cielo se abrió de par en par entonces y la mujer más bella que nunca hubiese imaginado poder observar, deslizó su divino cuerpo por entre los escasos nimbos blancos y algodonosos que jalonaban la noche en dirección a mi, con los brazos abiertos, hambrientos de mi cuerpo y dispuestos para el feliz abrazo que me ofrecían.
 
Yo no puse barrera alguna entre su camino y mi persona y abrí mi camisa dejando mi mortal pecho al descubierto, pues mi eterno sueño largamente forjado en lo más recóndito de mi corazón había comenzado a materializarse.
 
Me esperaban cálidas noches de ensueño y hermosos días de auténtica gloria, pues la diosa se me había manifestado, prometiéndome entre besos tiernos y pausadas caricias su amor eterno. Yo le creí sin dudar y puse en sus manos todo el amor que poseía, lo derramé a paletadas y vacié de escombros las alforjas de mi corazón, en sus ojos claros y en su piel de seda y gasa.
 
Ahora soy un hombre nuevo, que ama a una diosa con locura total de la que no me arrepiento y que se siente amado de igual manera por ella misma. Una diosa, que al parecer, solo vino a este mundo a cumplimentar mi llamada, a dotarle de una vida infinita al sueño de un mortal caducado pero ahora señalado por la fortuna, un mortal que soy yo y con el cual me identifican.
 
Mi vida ya no depende de mi, pues se la entregué a quién vino desde la espalda de la luna a iluminar mi cielo con sus haces de luz blanca y transparente, con su corazón de ahora, humano y palpitante, una vez posó los pies sobre la blanda tierra y el verde césped.

                                                        
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