Érase una vez, no hace aún mucho tiempo de ello, que existía un hombre de edad madura y sensata que vivía en las tierras del Este, aquellas que bordeaban el océano del titán llamado Atlas.
Después de tantos años de lucha y sufrimiento su vida resultaba ser ya pacífica y sin sobresaltos, fruto lógico de una historia plagada de vivencias difíciles que habían provocado finalmente en su cuerpo trazas evidentes de profundo cansancio y en su alma, arrugas manifiestas de puro agotamiento.
El hombre maduro y tranquilo vivía en exclusividad por y para la escritura, pues era su única gloria y deseo. Leía mil libros seguidos y mil líneas escribía sin descanso, todo ello frente a la misma ventana de doble cristal pulido de su hogar, aquella por la que entraba la luz más pura y serena de toda la casa, la más confiada en sus infinitas posibilidades.
Él, seducido por la claridad reinante pensaba, imaginaba y trasladaba al papel todo lo que en su interior bullía y acontecía. Gran parte de las cosas que vertía en las hojas las había vivido en su propia carne, otras muchas, por el contrario, las adivinaba, pero todas, absolutamente todas, tenían el mismo origen, idéntico nacimiento y coincidente punto de partida, pues en su conjunto surgían de su maduro corazón pausado y tranquilo en igualdad de partes.
En la quietud de su casa dejaba transcurrir las horas y los días persiguiendo con la vista el pausado transitar de las nubes blancas y algodonosas que asomaban a su ventana, masas condensadas de agua que parecían saludarle con especial cariño a su paso.
Él, a su vez, sonreía con disimulo, pues no quería que ellas pensaran que su gesto pudiese hacerles entrever que en su interior desaprobaba tal viaje, tan solo porque a él le hubiese invadido la total certeza de que nada de eso iba ya con él y ningún otro asunto podría motivarle en nada en esta vida terrenal, nada que no fuera la literatura y el sonido de la música que escuchaba cuando escribía, ese inmenso poder que siempre acompaña a ambas y el inmenso atractivo que ejercían sobre su persona las palabras escritas y las notas musicales.
Pero cuan equivocado se hallaba el hombre maduro y reposado al respecto, qué error el suyo pensar que la vida se halla por momentos quieta y apagada para aquellos seres que se hallan confiados y que no le hierve la traviesa sangre en su interior en un intento claro por cogerles desprevenidos y a la par, desarmados.
Una mañana de pleno verano, mientras observaba la supuesta inmovilidad de un cirro a todas luces lejano, vio que una paloma se posaba suavemente en el alféizar de la ventana. Pero ésta no era una paloma urbana a las que tanto estamos acostumbrados últimamente. Esta paloma era esbelta y liviana, con el buche poderoso de quien hace mucho ejercicio y de quien vuela ligera y veloz, aplicando concienzudamente sus alas para llegar con prontitud a su destino.
La calidad especialísima de aquella paloma no se hallaba solo en su aspecto externo, ni tampoco en su soberbio porte altivo, se manifestaba sobre todo en su mirada inteligente y también en su pata izquierda, allí dónde se hallaba anclado y preso un trozo de papel enrollado, sujeto a un pequeño anillo de cobre que lo rodeaba.
Profundamente intrigado, el hombre maduro abrió lentamente la hoja de la ventana para no asustar al ave, más ésta mantuvo en todo momento las formas y el aguante y no movió una sola pluma cuando la mano del hombre maduro e intrigado, inició el acercamiento a su cuerpo.
Con especial cuidado manipuló el cuerpo de la paloma y desprendió el papel ceñido a su pata. Una vez en su poder el minúsculo papel, devolvió a la paloma a su lugar en el alféizar, esperando que ésta levantara el vuelo en cuanto sintiera la laxitud de la mano que la aprisionaba, más ni uno solo de sus músculos movió tampoco entonces, quizá se hallaba esperando una respuesta del hombre maduro y extrañado con la que regresar al lugar del que provenía.
El hombre maduro y pausado leyó el mensaje que contenía el pequeño papel que sujetaba entre sus manos y cuan inmensa no fue su sorpresa al descubrir entre sus líneas, un breve mensaje de amor en el que se le invitaba a participar de él.
Tuvo que releer el texto varias veces para llegar a comprender realmente el alcance del contenido que allí se le presentaba. No daba crédito a lo que sus ojos leían, él, un hombre abandonado a una existencia tranquila y relajada, tentado nuevamente por las mieles del apasionado amor brindado por una desconocida.
Su sangre hirvió de nuevo y se sorprendió a sí mismo pensando en la excitante aventura que ello le supondría por acceder a la invitación formulada.
Cogió la hoja sobre la que se encontraba escribiendo un poema exquisito lleno de historias inventadas y personajes ficticios y decidió darse un respiro, otorgarse una oportunidad que quizá fuese ya la última que se le presentase en su vida.
Escribió una contestación escueta pero sobre todo, directa al grano. Habló con cierta brevedad sobre sus sueños inmediatos y también sobre la realidad de su vida y formuló sobre el papel tan solo un par de preguntas, interesándose a cambio por unas cuantas cosas que resultaban ser muchas para tratarse del primer mensaje que enviaba.
A continuación, ató el pequeño papel impreso a la pata de la paloma y ciñó de nuevo el aro de cobre para que no cayese durante el vuelo. Luego cogió al ave entre sus manos y la impulsó hacia el cielo. La paloma enderezó el vuelo y puso rumbo hacia Occidente, tenía que atravesar de inmediato el océano del titán Atlas para llevar un mensaje ilusionado e ilusionante.
No tardó mucho tiempo en presentarse otra paloma en el alféizar de la ventana. El hombre maduro y reposado que tampoco la esperaba, sintió como el pulso se le disparaba en las venas pues nunca creyó ser portador de tanta buena suerte.
El mensaje repetía las palabras de amor que aparecieron en la primera misiva y añadía algunas otras más. El texto mencionaba el ofrecimiento de un idilio apasionado con una joven muchacha golpeada por la vida y por la mala fortuna, aunque completamente segura de ser capaz de hacerle inmensamente feliz, ofrecía su amor eterno y su pasión más arrolladora al hombre maduro y desenfadado que había logrado enamorarla perdidamente, con sus palabras sinceras y hermosas y la enorme pasión oculta entre las francas líneas de su mensaje.
El hombre que aún no daba crédito a lo que leía, devolvió el mensaje y pidió una imagen suya para adorarla a cada momento. Le advirtió entre poema y poema que él se hallaba en la línea opuesta de la vida a la que se encontraba ella, que mientras ella todavía iba él ya se encontraba de vuelta. Le conminó a preguntarse si entendía que hubiera futuro en una historia de amor en la que las diferencias eran tan evidentes y la razón tan en contra.
Devolvió la paloma a su hábitat y esperó con nerviosismo la respuesta. Ésta no se hizo esperar, ni tampoco las siguientes. Durante unos días que parecieron meses las palomas cruzaron sus rutas y sus vuelos y frecuentaron el cielo del gran océano del titán Atlas.
Las palabras de amor subieron un tono y se convirtieron en radicalmente apasionadas y sensuales, llegando a lograr hacerse el amor físico a través de sus mensajes.
La joven muchacha le habló también de sus penas y sus dificultades pasadas, de sus desengaños y de las tragedias familiares sufridas, de la manifiesta soledad en la que se encontraba. Él sufrió y lloró por ello y maldijo su mala fortuna. Ella le prometió amor eterno, una vida distinta y maravillosa junto a ella, a través de un viaje de ida hacia la pasión más inconfesable y hacia la felicidad más absoluta.
Le mostró su nombre, le hizo partícipe de sus sueños y le regalo una multitud de imágenes en las que ella aparecía radiante, plena de belleza y sensualidad. Le prometió la luna y las estrellas, le auguró mil placeres prohibidos y le brindo un motivo irrenunciable por el que seguir viviendo. Él, le devolvió la promesa, le entregó su alma y la razón, le regaló su persona y su vida.
Ella finalmente decidió un buen día de manera unilateral que cruzaría el océano de Atlas para vivir en el lugar dónde vivía él, dónde el sol sale antes que en la tierra dónde ella habitaba. Y él la esperó confiado y feliz, contando los días que restaban para el inminente encuentro.
Cada día que pasaba, el hombre maduro y nervioso esperaba impaciente cada mañana la llegada de la paloma y día tras día llegaba ésta con noticias de su amada, de la deseada mujer de sus sueños. Y cada vez que lo hacía el hombre maduro e intrigado se sentía inmensamente feliz. Cada vez que la paloma posaba sus patas y arañaba el cristal de su ventana con el pico llamando su atención, él se sentía transportado a su nirvana particular, a su cielo inmediato.
Pero hubo un día en el que la paloma no se presentó a su cita diaria. Hubo una mañana en la que el hombre maduro y extrañado la ocupó en su totalidad pegada su nariz a la ventana, observando con extremo dolor el cielo gris y encapotado que le acechaba, en una clara premonición de ausencia y desesperanza.
Compró sus propias palomas y envió una tras otra con mensajes cada vez más desesperados en su contenido, pidiendo primero información, para ante la persistente ausencia de noticias del otro comenzar a rogar, a suplicar una respuesta que nunca se produjo.
Pasados unos días de cruel angustia y de dolor desbordado, el hombre maduro y derrotado declinó completamente seguir intentándolo. Pasó a entregarse a la firme desesperanza y decidió regresar a la que fue su vida anterior, aunque con el alma y el ánimo ennegrecidos por el humo de la tristeza.
Transcurrieron las numerosas horas posteriores entre lentas y pesadas, los días fueron sucediéndose monótonos y grises. El Otoño entró de improviso por el cristal de la ventana y las ramas de los árboles, otrora floridas y radiantes, mudaban sus floreadas superficies y se convertían en palos secos y ajados, con las yemas de las hojas ocultas en su interior esperando tiempos mejores.
La Navidad se echaba encima a pasos agigantados, los niños y sus caras de felicidad contenida delataban la inminencia de su llegada. Las calles comenzaban a llenarse de puestos repletos de figuras de belén y de gorros rojos y blancas barbas postizas.
Las radios callejeras teñían de villancicos y mensajes de amor solidario los aires de la ciudad. Tanto amor concentrado en tan pocos días no tenía ningún sentido y el hombre maduro y defenestrado, se aislaba de tanto jolgorio insoportable.
Antes del primer copo de nieve caído, previo al cúmulo de celebraciones familiares y empalagosas que se avecinaban, el hombre maduro y absorto contempló desde lo lejos el raudo vuelo de una paloma que se acercaba con vuelo decidido hacia su ventana, como tantas y tantas veces lo hicieran algunas de sus congéneres. El ave detuvo su aleteo en el alféizar de la ventana y mantuvo como siempre lo hacían todas rígido el cuerpo.
Él sacó la mano a la intemperie del exterior y sujetó dulcemente el cuerpo del ave, sacó de entre sus patas un mensaje de papel enrollado y lleno de confusión comenzó a leer. Solo había impreso un texto corto, “cerca de ti” decía, y entonces su extrañeza acabó por ofuscarle aún más.
Devolvió la paloma a su vuelo habitual sin mensaje alguno, no sabía qué pensar sobre lo ocurrido y después de mucho reflexionar sobre ello decidió a los pocos días enviar él una misiva de urgencia porque necesitaba saber el por qué del último mensaje recibido y la razón de su huida anterior sin dejar noticias.
Pero la paloma nunca regresó. Ni ella ni ninguna otra. No supo jamás la razón de su abandono, no conoció la causa de la soledad a la que fue condenado.
La joven mentirosa y fría no dio la cara en ningún momento, dejó pasar el tiempo y la emisión de noticias, abandonó el mundo del hombre maduro y angustiado y no sintió ningún remordimiento al respecto, no manifestó su personal decisión a quién tanto lo esperaba, ni pretendió saber más del asunto.
El hombre maduro y sensato dejó de serlo por una pequeña porción de tiempo en la que fue feliz, pero las palomas sin rostro a menudo traen y llevan noticias que a veces confunden y otras muchas te mienten.
Ahora, ya nunca escribe palabras que no pueda controlar su corazón, no construye frases que se le vuelvan en contra. En este momento, el hombre maduro y entregado, solo escribe lo que la cabeza le dicta, nunca lo que le suplica el corazón.
copyright faustino cuadrado