Hablaba de todos los temas y sobre todo en algunos pensaba que era un auténtico maestro. Muchos lo reverenciaban por esos conocimientos y escuchaban con suma atención sus largas disertaciones, que solo muy pocos se atrevían a rebatir. Cuando esto ocurría, su rostro adquiría un matiz rosáceo y sus pequeños ojos, escondidos tras unas potentes lentes, se tornaban fríos, tanto como su alma que despreciaba a cuantos carecían de una vasta cultura.De familia bien acomodada, vivía de la herencia de sus padres y nunca conoció lo que era un trabajo, ya que, según sus propias palabras, sus ansias por saber eran inagotables y no le permitían dedicarse a nada más.Era un hombre arrogante y altivo, que no despertaba simpatías. Acudía a cuantos actos culturales tenían lugar en la pequeña ciudad donde vivía, en los que se pavoneaba de su sapiencia.No faltaba a la reunión que los sábados por la mañana había en el café Central entre varios próceres de la localidad, quienes lo acogían, pese a su petulancia, por sus conocimientos.El último sábado uno de los contertulios llevó a su hija de siete años, quien, para asombro de su padre, permaneció quieta y callada durante las dos horas que duró la tertulia. Al finalizar, la niña se dirigió al que se creía sabio:—Señor, ¿eres amigo de mi papá?—Bueno, pequeña, sólo nos juntamos aquí—le respondió con gesto benevolente.—Entonces no sois amigos— replicó ella convencida— ¿Quiénes son tus amigos?
Él se quedó pensativo y miró a su alrededor; se dio cuenta en aquel instante de que todos le resultaban completamente desconocidos: nunca se había preocupado de hablar con ellos sobre cuestiones personales; con su nombre y profesión había tenido bastante.
—Están por ahí— contestó eludiendo la pregunta.
La niña le observaba atentamente con sus grandes ojos y él no comprendía por qué aquella mirada inocente le causaba inquietud.
—Señor— le llamó—Dime, guapa— le respondió con cierto nerviosismo.—¿Trabajas con mi papá?— preguntó de forma natural.—No— contestó secamente.—¿En qué trabajas?— continuó la niña intrigada.—Bueno… hago varias cosas.—¿En el insti?—No.—¿En dónde entonces?—En mi casa, guapa— sonrió molesto y cogió su abrigo para encaminarse a la puerta.
Doce ojos lo miraban con una satisfacción contenida, incluso dos de los tertulianos tapaban con disimulo sus bocas para disimular su risa. Nada había sido con lo que todos oyeron a continuación:—¡Papá, papá!—alzó la voz la niña sorprendida—. Ese señor es un vago como mi hermano, ¿a qué sí?
Todos estallaron en carcajadas y el hombre altanero y orgulloso salió a toda prisa del establecimiento.
Carmen Novo Colldefors












