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viernes, 21 de diciembre de 2018

Qué pido al año nuevo


Foto cedida por Carlos de Miguel


Ya pasó Navidad.
Mañana es Año Nuevo.

Dicen que hay que pedir
un deseo a las doce…

¿Y qué quieren que pida?
Si ya no espero a nadie.
Si ya no espero nada.

Me basta,  en este invierno,
la certeza inmutable de la nieve
que cubre el Guadarrama.
Después, en primavera,
bajará derretida en regatos de agua
que irán a remansarse
en lagunas solanas y,  a su orilla,
se adornaran las zarzas en verano
con pendientes de moras
y con chales de seda
que tejen las arañas.



Y otra vez reinará en el hayedo
el cálido silencio conocido,
apenas roto por el silbo del mirlo
y la paciente esquila de las vacas.

En otoño,  la rebusca de setas
entre las hojas húmedas y blandas.

¿Qué más quieren que pida?
No necesito nada.

Aunque… quizás…

esperar la llegada
de un Año Nuevo más,
leyendo un viejo libro.
Alfajor de canela,
aguardiente de endrino y,
ante la chimenea
donde crepite,  hipnótica,  la llama
del  inmolado brazo de una encina,
celebrar,  con mi gata,  su llegada.




Luz Macías





martes, 22 de abril de 2014

Una rosa amarilla.





A Pepe Cormenzana


Una rosa pletórica, amarilla,
mi color favorito adivinado,
me regala un amigo, atribulado
por un supuesto agravio… ya olvidado.

En la postrera luz, la última hora
de la tarde de octubre macilenta,
de su jardín la reina,
era la última rosa que otoñaba,
ofreciendo a la mano del verdugo
la orgullosa cabeza coronada.

Me ha contemplado, erguida sobre el tallo,
sumergida en la paz de mi escritorio,
curioseando mis cartas y mis versos,
viéndome componer folio tras folio.

Hoy me sigue mirando, aún obcecada,
cuando pasan los días y doblega,
flojo el tallo, ya el pétalo rizado
de oro viejo, la corola apretada.

Es tan bella la rosa
que hasta en la humillación
de la decrepitud,
aún sigue siendo hermosa.



Luz Macías.


jueves, 13 de febrero de 2014

Iba muerta de amor.






  
Poema para leer en el Cementerio Romántico de Madrid,
en memoria de Gustavo Adolfo Bécquer.


Como todas las noches,
hoy no había dormido.
Se incorporó en la cama,
estática de abrazos
y huérfana de ruido.

Aquella madrugada,
no escuchó otro sonido,
salvo el crujir de las sábanas secas,
que el del reloj de carillón tocando,
una por una, todas las horas huecas.

La luz del sol que, como cada día,
doraba, oblicua, su fotografía,
le hizo entornar, herida, la mirada
que se posó, un instante, en el Cupido
de la colcha de seda adamascada.

Cuando cerró su  cuarto…

Iba vacía de él,
fría de su calor,
sin su olor en la piel.
Iba muerta de amor.

Anduvo por la casa
paseando recuerdos
y entornando ventanas.
Y con la misma mano
que antes daba la cuerda,
mientras la vida andaba,
se entretuvo, un momento,
a detener el péndulo
del reloj de la sala.


Salió luego al jardín
a admirar la hermosura de la parra,
a regar las hortensias
 y a dar la libertad al pajarillo
prisionero en la jaula.

Después,
en esa lucidez de la conciencia
que da una firme decisión tomada,
abrió,  de par en par,
las dos hojas de roble guarnecido
y  salió, para siempre,
de aquella noble casa…

Iba vacía de él,
fría de su calor,
sin su olor en la piel.
Iba muerta de amor.

Los pies desnudos se acogieron al frío
de los cantos rodados
y al suave cosquilleo
de las briznas de paja.
Por la Calle Mayor,
sólo andaba su alma.

La puerta medieval, angosta y baja,
apenas daba paso
a la esbelta figura
que agachó la cabeza al traspasarla.

Ascendió los noventa escalones
que subían, en estrecha revuelta,
el eje de la torre.

La ventana ojival daba a la vega,
a los campos segados y al molino
ya cegado de zarzas,
aún corrida su entraña
por el agua del río,
sin muela que moliera, detenido.


Se tiró con los brazos abiertos,
recibiendo su ausencia
sin miedo disuasor…

Iba vacía de él,
fría de su calor,
sin su olor en la piel.
Iba muerta de amor.

Regaba el cielo una lluvia menuda,
hisopo porfiado
del escueto cortejo
formado por el cura,
el médico, el notario
y los sepultureros.

Apoyada a un costado de la fosa,
la lápida de piedra
que un año antes acogiera al muerto.
Un rápido responso, improvisado,
sin llantos y sin rezos
y el descenso a la tierra removida
del vergonzante féretro.

Por fin estaban juntos
en la última morada.
No le importó llegar
como una fugitiva,
proscrita por suicida,
descalza, reprobada…

Iba vacía de él,
fría de su calor,
sin su olor en la piel.
Iba muerta de amor.













Luz Macías

sábado, 21 de diciembre de 2013

La nevada.





Amaneció el jardín

tan cubierto de nieve

que, al abrir la ventana,

me hizo cerrar los ojos

la cegadora luz que reflejaba.

Corrí a la puerta, como cuando niña,

a pisar la nevada,

pero algo me detuvo

y fue, probablemente, la conciencia

de hollar de la blanca mañana la inocencia.

Me acomodé en el porche,

me arrebujé en mi manta

y me puse a esperar

que fuera el propio sol quien le quitara

el velo virginal de desposada.

Al fuego del amante,

lloraron las encinas

gotas de calentura,

y desnudó su capa, pluma a pluma,

el cisne de escayola del estanque.

La rabilarga pajarita de nieve

barrió la puerta a la casa-guarida

del lironcillo, ladronzuelo de migas

del pan duro, atrasado,

que esparzo a los gorriones por el prado.

Mecidas al compás de la batuta

del viento, a tiempo lento,

las palomas orfeo,

calentaban el cuerpo en lo más alto

de las copas de los álamos blancos.

Y viendo a la mañana

sacudirse la escarcha

de cristales de hielo,

como el manto de un hada,

agradecí a la vida

que levante el telón cada jornada,

que sigan los artistas actuando:

La paloma, el lirón, la rabilarga; 

yo, por mi parte, no me pierdo función,

tengo abono de palco

y no hay que pagar nada.
  

Luz Macías

jueves, 29 de agosto de 2013

El metro de Madrid.




La ciudad esconde un mundo

debajo de la tierra,

Venecia de canales sin agua

surcados por pacificas ballenas.

Esta caverna, donde no sale el sol

y nunca hay luna llena,

cobija en sus entrañas

las doce tribus de Israel enteras:

Rockers, pijos, trendis, punks,

heavis, skins y bakalas

revueltos, en la diaria carrera,

con hip hoperos, neohippies,

skaters, góticos, frikis;

jonases autoinmolados

que pugnan por ser tragados,

albergados y expulsados,

(crudos, sin ser digeridos),

del vientre de la ballena.

Me sumerjo entre toda la gente,

mientras buscan mis pasos la salida

del laberinto de los cien conciertos,

y cabalgo la cima a la serpiente,

cuyo lomo de acero

transporta a la mesnada dócilmente.

El azote del viento

anuncia que llegamos a la entrada,

sésamo de la cueva

de la ciudad encantada.

La mano del recuerdo de mi padre

me sube la bufanda:

tápate la boquita,

no te me pongas mala”.
Luz Macías.

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