Hace poco lo aprendí. Antes no la había olido nunca, pero
ahora, sé a qué huele. En algunas personas es una mezcla de olor a alcohol y
tabaco, en otras de hospitales y desinfectantes, sólo en los menos, será de
putrefacción y final. En su forma más poética, la desgracia va unida a lágrimas
derramadas en soledad y a manos inalcanzables porque ya no nos agarran o porque
ya no están con nosotros.
La
desgracia huele a miedo que llega cubierta de lágrimas y temblores y que a
veces, al intentar expresarse, genera palabras inconexas, mensajes confusos con
ideas solapadas, todos ellos, llenos de dolor o de ironía por lo perdido o por
lo que nunca llegará.
La
desgracia a veces huele a pobreza, a noches de insomnio en las que no se ve la
luz más que cuando vuelve a salir el sol por la mañana, otra mañana… en la que
no se ve el final, no se sabe dónde encontrar una solución ante los pagos
urgentes o ante la urgencia en los pagos.
La
desgracia huele a sucio, a poca agua y jabón, a la mezcla del alcohol y las
drogas, a la calle como única casa, a la acera, al bordillo. Ese olor impregna
la ropa, el calzado, el pelo… Todo el que lo ha olido lo reconoce. Ese olor
pertenece a los que piensan que ya no tienen nada que perder. Ya jugaron todas
sus cartas.
La
desgracia huele a mala suerte, a enfermedades no buscadas, a pasos mal dados
que llevan a muchos seres humanos a hospitales, a residencias o a albergues y
al olor a medicinas y anestesias. Esas enfermedades se instalan, cual parásito,
y agarradas con uñas y dientes permanecen en la persona o deciden “bailar” con
varios a la vez hasta que la música se acaba o se desenchufe el aparato.
La
desgracia se puede oler y tocar y sobre todo sentir.
Me
gustaría saber por qué surge y sobre todo por qué no se para, por parte del que
puede y tiene poder para pararla.
Cuando
un episodio amargo se instala en cada uno de nosotros, nuestra difícil vivencia
o problema, nuestra mala suerte, nos hace más humildes, tolerantes,
comprensivos y solidarios. Más humanos y más personas. O quizás debería decir,
mejor persona; al fin y al cabo, personas somos todos.
Algunos
aún, no se compadecen ante tanto infortunio, no está la tristeza en su entorno
cercano, su casa no huele, no hay en su vida ninguna espiral de conflictos
económico o social, ni sienten la dificultad en su familia ni la palpan en sus
hijos. Ellos piensan que son diferentes, especiales, que a ellos no les suceden
ese tipo de episodios; esas cosas les suceden a otros.
Pero
a todos nos ocurren cosas y nadie vive cien años sin conflicto ni problema. La
vida nos da nuestra propia dosis de dificultad o problema. ¿Ocurre esto para
hacernos más personas? Pues no lo creo pero si pienso que tras un episodio de
este tipo somos mejores personas y menos dioses o endiosados.
Por
eso, abre los ojos y mira a tu alrededor. Usa tus cinco sentidos. Palpa la
necesidad y colabora. Se justo y ayuda, con lo que puedas, a quien lo necesite
y no tapes lo que no es ético ni legal. La corrupción no solo está lejos, en
las nubes, también esté en nuestro entorno, muy cerca, lo sabes.
Tú
también puedes cambiar el mundo, tu mundo más cercano.
Y,
para los que tienen más poder, para los políticos, triunfadores actuales,
banqueros, millonarios, empresarios de éxito, modelos esculturales, deportistas…
acercaos a los demás con humildad, solidaridad y celeridad; no olvidéis que de
todo se aprende y que alguna vez estaréis en el otro lado y os gustará que el
resto, os sienta, os vea y en definitiva…os quiera.
Gema Theus.

