Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Pese a todo y a todos, Feliz Navidad.



Sin duda ha pasado mucho tiempo desde la última vez que una vez más tuve que enfrentarme al temor, al miedo, al vacío de no saber que escribir; a decepcionaros. Cuando es curioso que mi verdadera felicidad se haya en este mundo de letras...de historias de amor, de desamor, y sin embargo por más que intento encontrar esa historia digna de vosotros, no la hallo.

De nuevo asumir la Dirección de La Revista de Todos, es algo que aunque no quiera reconocerlo, me da miedo. Y no por mí, no por lo que vayan a decir de mí, —si lo hago bien o mal— sino porque quiero que ésta, vuestra casa, sea de nuevo ese lugar que durante tanto tiempo brilló con luz propia con vuestras aportaciones. —¡Sí! Las vuestras, porque a fin de cuentas mis letras no son sino jirones de mi corazón. Yo no sé escribir, ni soy escritora, sino escriba de sentimientos. —¡Esclava de lo que pienso y siento!—.

Aunque os cueste creer en estos instantes mis ojos están completamente inundados de lágrimas, deseosa sin duda de que llegue el 22 de diciembre para que la revista de nuevo salga a la luz, pero también con temor de enfrentarme a esos comentarios que tanto me gustan y que a la vez me causan tanto pavor.

Durante muchos años he tenido esta imagen como fondo de pantalla en mi ordenador y hasta hoy no he reparado en ella. Y tal vez sea porque en ella se refleja lo más parecido a la amalgama de sentimientos que de nuevo y en forma de historia se apoderan de mí para escribiros una situación real en la que se encuentran muchas personas, más de las que os podéis imaginar. 


No creo que sea necesario que os diga como me llamo, ni creo que sea relevante para que este conjunto de palabras que pretenden hacerte ver que la vida no es siempre lo que la sociedad nos impone, que la vida no es lo que los demás esperan de uno, sino que la vida hay que vivirla como uno quiere —sin hacer daño gratuito, sin duda, pero sí... como uno quiere—. Porque solo hay una vida, no hay más... y como tal hay que vivirla.

Me miro cada mañana al espejo y todavía me siento atractiva y sin embargo el hombre con el que amanezco cada día, si saber cómo ni porqué dejó de mirarme, ya no recuerdo que día fue el que dejé de reflejarme en su mirada...

Caminas de un lado hacia otro, te derrumbas, sabes que no debes hacerlo, y sin embargo... después de sentirte como una estatua insultantemente atractiva, pero gélida y fría, te das cuenta que necesitas de nuevo de esas manos de aquél escultor que cuando apenas tu belleza empezaba a despuntar, te esculpió y te convirtió en la maravillosa escultura que eres hoy.

La sociedad te impone que es lo que hay, que tendrás que esperar...; pero ya no puedo esperar, me niego a estar muerta y no poder respirar. Necesito expandir mis alas, necesito sentirte libre y de nuevo volar.

No quiero razonar más, no quiero preguntarme las consecuencias que podría traer el dejarme llevar. Deber y querer no siempre han de ir de la mano.

Enciendes el ordenador con el firme propósito de mandar un mail a ese hombre que hizo tambalear los cimientos de tu vida. Han pasado muchos años, no sabes que será de él; el tiempo y la distancia hacen mella y se encargan en ocasiones de borrar recuerdos —que aunque latentes ahora en mi—, en él seguramente bien puedan haber sido borrados por otros besos, por otras caricias... Suspiro, pienso... Ahora tendrá 50 años. —¿Qué habrá sido de él? ¿Quién estará encendiendo su piel? ¿Quién será la afortunada de beber de sus labios y calmar su sed?—. La curiosidad puede más y me decido a escribirle un mail: 

Destinatario: —Jamás lo diré—

Asunto: Hazme sentir mujer...

¡Hola!

Sin duda han pasado muchos años en los que usábamos esta cuenta de correo para citarnos y entregarnos a la pasión. Una situación fría para muchos y sin embargo a nosotros siempre nos ha servido como antesala para lo que después serían unos encuentros llenos de deseo, de respeto y de una increíble admiración. Ya no soy esa niña que temblaba en tus brazos, sino que esa flor que llamó tu atención y a la que acariciabas con ternura, hoy de nuevo te pide que la riegues con pasión.

Sabes que no soy de darme a cualquiera y por eso me pongo en contacto contigo. Libre estas de que no querer hacerme temblar como sólo tú lo has logrado.

Sin duda prefiero acariciarme pensando en los recuerdos que tener que aleccionar de nuevo a un amante que ni en sueños me hará sentir lo que entre tus brazos solo puedo sentir.

No me juzgues.
Besos...


Pasa un día, otro...


Tu vida sigue siendo pura rutina, todos los días iguales. Hasta que tiempo después cuando ya te habías hecho a la idea de no ver el sol nunca más —la contestación de aquél mail que enviaste hoy está pendiente de abrir en tu bandeja de entrada— y de nuevo un rayo  ilumina tu piel.


¡Hola!

¿Qué tal? Hace muchos años que dejé de abrir el mail, perdí la esperanza de volver a verte o por lo menos saber de ti. Mucho tiempo... Yo también he recordado y he disfrutado con tu recuerdo.

—¿Cuándo te he juzgado? Ya sabes que soy parco en palabras, pero en contestación al asunto del mail, te diré: —Me encantaría—

Como siempre, dime lugar y hora y allí estaré.



Lo que a muchos les resultaría unas palabras frías, en él y conociéndole era de lo más sinceras.

En ocasiones las palabras sobran. Como nos sobró la ropa aquél día cuando frente a frente desnudos, después de catorce años sin vernos, la química, el deseo, la complicidad, el saber estar y la pasión estaban tan latentes como el primer día...

Cuando llegas a casa tu vida sigue siendo igual de rutinaria pero con esos pequeños y cómplices momentos que te devuelven la vida.



¡Vaya! —Y eso que tenía miedo de no saber qué escribir—. Pero a fin de cuentas es solo eso, un conjunto de palabras con forma de relato.


Pese a todo y a todos, Feliz Navidad.




Maldito décimo del sorteo extraordinario de Navidad

Lo intuía. Esto tarde o temprano tendría que ocurrir, pero nunca pensé que fuese así tan de repente. Lo venía presintiendo, porque ya no te acercabas a mí con la misma frecuencia, sintiéndome por ello cada vez menos necesaria. Incluso el otro día, me llegaste a decir que era una inútil, que no soportabas mi lentitud. ¡Me dolió tanto el insulto! Nada pude hacer, sino tragármelo, como al orgullo, por no poder salir corriendo, debido a mi inmovilidad. ¿Dime en qué he fallado? Tienes razón en afirmar que no tengo la misma energía de antes, pero tú tampoco eres el mismo hombre vigoroso y fuerte de cuando nos conocimos. ¿Dónde has dejado varado tu brío de antaño, que ahora, hasta agacharte, te cuesta tanto? Te excusas ante mí, diciendo que el culpable es el tiempo. Sí, solo de él es la culpa —argumentas— que con su inexorable paso ha dejado mella en tus huesos, y a mi me ha deteriorado tanto por dentro. Él es el único responsable de que tus artríticas manos, a duras penas, consigan encenderme, y de que yo, con secuelas de las repetitivas intervenciones, me enfríe sin apenas calentarme.

Lejano queda ya el día que te fijaste en mí. Nada más verme, ansioso quisiste llevarme rápidamente a tu casa. Estabas solo y me necesitabas. Lo primero que te atrajo de mí, fue mi sencillez, me confesaste un día, y la facilidad con la que podías manejarme a tu antojo. Y yo portaba esas innatas cualidades, por eso me escogiste a mí y no a otra cualquiera. Me alzaste con tus robustos brazos y subiste desde el portal, de dos en dos, los peldaños que nos separaban hasta el segundo piso. Atravesando el umbral de la puerta, ya sin aliento, me posaste en el suelo. Presuroso me quitaste el supérfluo ropaje, desgarrándolo rapidamente para estrenarme. Ante mi blanca desnudez parecías el Rey pasmado, mirándome como si fuese Marfisa. Solo que yo no estaba tumbada, sino que permanecía inamovible de pie. Pasmado, y lerdo, añado ahora, porque con tus trémulas manos buscabas desesperadamente cómo conectar con mi cuerpo, sin conseguirlo. Y es que, aunque te cueste reconocerlo, siempre has sido un poco torpe y no sabias ni por donde empezar. Tan rudo eras, que nuestra primera vez fue un rotundo fracaso. 

Desesperado, no te quedó más remedio que recurrir a un manual para hallar información, y así, poco a poco, tomándote el debido tiempo, librito en mano, fuiste conociendo cada parte de mi cuerpo, desde lo más externo hasta el más profundo recoveco. Fuimos experimentando todas las técnicas, hasta la total compenetración. Acoplándonos, como en una perfecta simbiosis, con efectos benéficos para los dos. Aunque ahora me haces dudarlo, quizá estaba confundida y solo los obtenías tú, y por mi parte sufriese, sin saberlo, del síndrome de Estocolmo.

Ahora ya es tarde. La tragedia se cierne sobre mi cabeza, desde hace escasos días, cuando escuché tu conversación en el teléfono. Lo descubrí todo el pasado día 22. Siempre recordaré esa fatídica mañana cuando, exactamente a las diez y diez, mi suerte estaba echada. A partir de ese momento descubrí que mis horas en esta casa estaban contadas. Te creías que no te podía oír porque otras voces resonaban más altas que la tuya. Esa mañana habías cambiado los villancicos, por la letanía del Sorteo extraordinario de la Navidad. Pero agudicé todos mis sentidos y tus palabras entrecortadas me llegaron mezcladas con las vocecitas angelicales, que no pudieron mitigar mi dolor. Pedías que me llevasen, y —añadiste haciendo hincapié— que fuese antes que llegara ella…Te oí, y tus palabras se me clavaron como dardos envenenados. En ese instante, la melodía repetitiva que cantaban los niños de San Ildefonso, se convirtió en estridente sonido. Cancioncilla desapacible y chirriante, que se colaba por entre las rendijas, como el aire gélido que auguraba una fría Navidad. Ahora tengo la certeza que otra ocupará mi lugar.

Y ahora me arrinconas como a un trasto viejo. ¿Ya no te acuerdas de lo imprescindible que fui para ti? Siempre dispuesta, a cualquier hora, sin recriminarte nunca que llegases tarde o al romper el alba. Solícita me encontrabas en el mismo lugar para cumplir con mi obligación, aunque tu ropa oliese a leña de otro hogar. Después de cada uno de tus viajes, de tus prolongadas ausencias, te recibía con la puerta abierta de par en par, esperando que inundaras todos los poros de mi ser de tus diversos olores. En cuclillas abrías tu maleta, arrojándola a mis pies, que se ofrecía ante mí como tu más íntimo Diario sin candado. Acercándome, la llave de tus secretos, y yo clara y transparente, vibraba de emoción, mostrándote mi interior. Al principio, te quedabas embobado mirándome como daba vueltas de alegría, impregnada con tu aroma, revolcándome entre tus pertenencias más íntimas. Girar y girar, vuelta aquí, vuelta allá, en un baile de espuma, aclarando algo más que tus ideas. No era necesario hablar, porque tus arrugadas prendas traían marcas, como huellas indelebles, que me contaban tus avatares.

Tus camisas con manchas etílicas, no podían ocultarme tus excesos en trasnochadas bacanales.

Así como el desconsuelo que vino pintado en tu pañuelo de seda, que tanto te gustaba llevar al cuello, donde vino estampado en él, como un encarnado lacre, un beso de despedida. 

Tus pantalones me hablaban del pánico que sentías al subirte a los aviones. Ahora me resulta cómico al recordarlo, y me río por no llorar. En tu último viaje, sin ir más lejos, la marca del miedo traspasó tu ropa interior, extendiéndose hasta la entrepierna de tus pantalones. Éstos, acartonados y mugrientos, cuando salieron de la maleta, se asemejaban a viejos pergaminos, y sobre ellos pude, emulando a Santo Domingo, “leer palabras vivas en pieles muertas”.

Ardua tarea me encomendabas. La de limpiar tus heridas, enjuagar tus lágrimas y hasta borrar la marca de tus miedos, entre otras que recordar no quiero

***

… ¿Y dices que es inteligente y dulce a la vez? Y más rápida —añades cabizbajo— mientras tus cobardes ojos no se atreven a mirarme. Con un ténue hilo de voz, agregas una cualidad más de ella, pues en tan solo 59 minutos, en menos de una hora, —recalcas—, como si yo fuese tan idiota como tú en entender las cosas, que te hará lo mismo que yo te hacía en dos horas, y con mejores resultados. Ahorrarás tiempo, me dices, intentando justificar tu decisión. Desde luego, no me puedo equiparar con ella…y continúas dándome tantas razones, que ya no me importan…porque la Parca con su guadaña viene a por mí. Se acerca, disfrazada con bata blanca, pero no me engaña, porque en ella viene impregnado el olor a muerte. Te sigues justificando pero ya no te escucho. Apañado estás, si no te pones al día en tecnología... ¡Si conmigo tenías que doblarte, con ella te veo doblegándote!

Maldigo al azar en forma de décimo premiado, desencadenante de esta tragedia incipiente. Y me maldigo por ser tan estúpida de rescatarlo de morir ahogado, cuando extraviado lo encontraste en el bolsillo de tus pantalones, entre la ropa sucia. Todo mi sistema se paralizó y pudiste rescatarlo de una muerte segura. Me arrepiento, sí. Me arrepiento una y mil veces de no haberlo mandado por el abismo de la cañería abajo. Él ha puesto al alcance de tu mano lo que antes te resultaba inaccesible. Apelo a tu espíritu navideño, si te queda algo, para que no prolongues más mi agonía. Te suplico que te agaches por última vez ante mi y cortes rápidamente, antes de que llegue ella, el cordón umbilical que me une a ti, desconectándome de los cables que me mantienen con vida. Después no olvides secar ese salado charco que mi tubo de desagüe ha dejado. Que no se note que he llorado…

 ***

El operario depositó la nueva adquisición con cuidado , y retiró la antigua, con la naturalidad de quien lo hace varias veces al día. Cargó con la vieja maquina a sus espaldas y ambos fueron descendiendo poco a poco, de uno en uno, los mismos peldaños que años atrás ella subiera, jubilosa, en los brazos de su vigoroso dueño. Mientras éste, alelado intenta descifrar, sin apenas conseguirlo, el panel que Candy Bianca, la máquina de lavar más inteligente del mercado, lleva tatuado en su joven y metalizada piel.

Candy Bianca, la más Smart, frente al más lerdo. Un versus entre el nuevo dueño y el más inteligente y dulce regalo navideño. Cual jeroglífico , comenzó a descifrar con dificultad todas las funciones de su innovadora compañera: “Al utilizar Zoom el exclusivo Mix Power Jet+System inyecta detergente directamente en las fibras de las prendas, y junto al sistema Boost Heating y el acelerador CPU, los mejores lavados en el menor tiempo quedan garantizados_continuó leyendo con el corazón acelerado_ La inclinación de 11º del Smart Ring te permite interactuar con la lavadora sin tener que agacharte, manteniendo la espalda recta, la postura erguida. Con su Chekup avanzado, recibirá notificaciones de cuando debes limpiar el filtro..Sonrió satisfecho, haciendo una pausa, porque todo eran ventajas. Y prosiguió “Talkyng Bianca es solo una de las muchas funciones que gracias al APP Simply-FY. permite mejorar tu experiencia de usuario desde tu Smartphone o tablet ..” Paró de leer porque un sudor frio le subió por el cuello, recordándole que ni siquiera tenía móvil, ¡por no saber usarlo! Era evidente que ya no tendría que agacharse, incluso podría ponerla a trabajar a distancia, programándola cuando estuviese de viaje, entre otras múltiples funciones, que ahora, su mermado intelecto, no llegaba a comprender, porque para empezar tendría que comprarse un diccionario de inglés.

¡Ay! —Ya se lamentaba— La dulce Bianca le facilitaría la vida en el futuro, en eso no cabía ninguna duda, pero ahora, recién llegada comenzaba a complicársela. Ya añoraba a la anterior, más lenta, más gruesa, incluso menos bella, al menos por fuera, pero que llegó a entender a la perfección, y ahora, aunque le costaba reconocerlo, daría su vida por tenerla de vuelta a casa.    
                    
  ***

Tumbada en la furgoneta, camino al Punto Limpio, por el cristal de su orondo ojo, se desliza una furtiva lágrima, cuando siente pegados junto a su filtro, como reliquias sagradas, un pañuelo de seda sin carmín y un desparejado calcetín.


Rocío Ruiz

La Navidad siempre.


La Navidad siempre será una fecha especial e inolvidable dentro de mí.

Puede ser que con el paso de los años ese sentir parezca que haya cambiado...

El recorrido que hemos hecho en la vida, la inocencia perdida y sobre todo por el dolor de saber que alguno de nuestros seres más queridos ya no están presentes, hacen que todo sea distinto. Cuando me planteo si sigue en mí ese espíritu, esa magia, me paro a pensar, cierro los ojos... Siempre lo hago cuando quiero recordar algo.

Entonces veo de nuevo el color de las luces encendidas en el árbol, mirando por la ventana o recorriendo las calles. Veo las bolas de colores, los espumillones con los que nos hacíamos collares mientras decorábamos nuestra casa. Siento el olor a Navidad, porque sí, la Navidad tiene un aroma especial, a turrón, a comidas hechas en el horno, a bombones, a chocolate...


Y sin saber cómo me embargan esos valores propios de esas fechas, el de la bondad, la amistad, el amor, la felicidad y es en ese momento cuando la alegría que respiro es la que sentía entonces.

Escucho como si fuera ahora mismo, los villancicos que mi madre ponía en el tocadiscos para ambientar la casa, siempre lo hacía...
Y oigo cómo me dice...
            
—Venga hija, ponte el abrigo que vamos a la plaza —así le llamaba ella al mercado— que tenemos que hacer la compra para nochebuena, ¿qué os apetece que hagamos? Ya tengo el marisco encargado y el cordero, pero ¿queréis besugo al horno para cenar?

Y a mi padre...

—A mí con que me hagas bacalao con coliflor ya soy feliz, por lo demás, lo que queráis. —¡Jajajaja—, me río; sabía que para mi padre era una tradición desde pequeño pues en casa de sus padres, en estas fechas no faltaba el bacalao, y que para él es importante y no perdona.

Ese detalle, del cual me reía antes, cuando era aún una niña, ahora cobra sentido...

Él también sentía la Navidad a pesar de que ya nada era igual que antes, que su padre ya no estaba y que esos años quedaban en el recuerdo.

Sin embargo ahora era él el que quería que yo sintiera la Navidad como algo que queda grabado en el tiempo y dentro de nosotros para y por siempre.

Vienen a mi esos días de calor de hogar, de familia unida, de días de comidas especiales, de reuniones familiares, de AMOR.

Mamá, que preparaba todo con tanto cariño, también lo hacía con los regalos del día de Reyes.

Recuerdo a mi madre planchando un 5 de enero...

—Voy a plancharte este vestido para mañana, para que estés guapa el día de Reyes—. Y poniendo la tabla de la plancha en el salón empezó a hacerlo. Estábamos todos en el salón.
            
Estábamos en silencio papá y yo, con villancicos de fondo y observando como mi mamá pasaba la plancha de un lado a otro...
            
De repente se oyó un ruido en el pasillo.., extrañada les miré:
            
—¿No habéis oído eso?
            
Mamá contestó...
            
—No—Y miró a papá.
            
—Yo tampoco— respondió él.
            
Al ver que yo insistía mi madre respondió de nuevo, sin dejar la plancha:
            
—Vete y mira a ver, igual ha sido en otro piso— me dijo.
            
En ese momento me levanté del sofá y despacio y con miedo, porque era muy miedica, fui hacia la puerta del salón que salía directamente al pasillo.
            
Cogí la manilla de la puerta con la mano y abrí despacio, casi a cámara lenta...
            
—¡Venga, abre ya!— me dijo papá.
            
Tardé unos segundos, quizás hasta un minuto y abrí. Asomé la cabeza despacio y con miedo cuando de repente aparecieron en el pasillo regalos y más regalos ¡No me lo podía creer! —¡Una bicicleta grité! ¡Han venido los Reyes Magos! ¿Pero por dónde han entrado si estábamos todos en casa?—pensé...
            
Hoy en día sólo me imagino a mis padres organizando todo para que la sorpresa estuviera perfecta. Hoy, me imagino la ilusión con la que lo hicieron.
            
Ahora les estoy tan agradecida por hacer que todo fuera tan mágico, tan agradecida de que me transmitieran ese sentimiento. Agradecida por esa educación en valores, por el amor que me han dado.
            
Sólo espero haber conseguido lo mismo, que mis hijas cuando cierren los ojos y piensen en la Navidad, esa de cuando eran pequeñas, puedan sentirlas siempre y en su recuerdo poder transmitir, año tras año, lo mejor que tengan dentro de su corazón.

Por eso,
La Navidad siempre dentro de nosotros...
La Navidad siempre...
La Navidad...


Menchu Regueiro Iglesias.




La primera Navidad lejos de casa

Mi pequeña mesa redonda está decorada con un mantel rojo en conmemoración del periodo navideño. Un recipiente de vidrio lleno de nueces sirve como pieza central. Mi cena, un pedido de comida china y una lata de refresco. Es deprimente pasar las fiestas en soledad, especialmente cuando se trata de la primera Navidad que paso solo, alejado de mi familia y sin amigos con quien compartir. Peor aún, cuando tienes vecinos en el piso superior que cada vez que tienen relaciones sexuales, es como si quisieran cruzar mi techo, con unos gemidos que parece que están haciéndolo en la habitación de mi departamento. En el poco tiempo que llevo viviendo aquí, he tenido varias fantasías con Maribel, la vecina ruidosa del piso superior, es una dama hermosa, obviamente mayor que yo, en sus treinta, es de tez bronceada y posee una larga cabellera negra, con unos pechos de diosa griega y un culo que levanta la imaginación de cualquiera. Solo de escucharla gemir mientras estoy acostado en mi cama es suficiente para despertar una excitación inmensa en mi ser. El ruido de su cama golpeando mi techo, exactamente sobre mi y al ritmo de sus gemidos, es una impresión maravillosa. Tanto que en esos momentos me desnudo y me masturbo mientras imagino lo que sucede en el piso de arriba.        

En más de una ocasión he alcanzado mi orgasmo en el mismo momento que mi habitación se ha llenado con el largo y placentero gemido de Maribel, el cual anuncia de igual manera la llegada de su clímax. Lo que sigue después son los rápidos martilleos de la cama brincando ante las fuertes y rápidas embestidas del acompañante de Maribel en su faena de alcanzar él también su orgasmo. Yo espero paciente ese momento mientras continúo frotando mi entrepierna, una vez la acción termina, tomo una ducha y me acuesto a dormir.  

Por ser un día festivo especial, de seguro que esas actividades que ocurren en el piso superior me acompañarán esta solitaria noche. Me recordarán los días de Noche Buena, que antes de participar de la obligada cena familiar con la familia de mi entonces novia Rosa, nos escapábamos en el coche que mi padre me prestaba.  Buscábamos algún lugar solitario en donde dejábamos escapar nuestra lujuria y nos enfrascábamos en un sexo incómodo pero apasionado en el asiento posterior del auto. Rosa estudiaba en otra Universidad pero podíamos vernos una vez al mes cuando ambos regresábamos a nuestros hogares en el mismo pueblo. Las cosas cambiaron. Yo acabo de aceptar una oportunidad de trabajo al otro extremo del país, y ella se fue a continuar estudios postgrado en el extranjero. Entendimos que iba a ser extremadamente difícil vernos, así que decidimos terminar nuestra relación.

Este año, por ser el empleado más nuevo de la empresa, tengo que cubrir las operaciones durante los días festivos. Ni siquiera puedo ver a mis padres esta navidad.

A pesar de ser una hora temprana, ya está oscuro. El cielo ha estado gris todo el día, muy nublado y la nieve ha comenzado a caer moderadamente, con un pronóstico que aumentará en los próximos minutos. Tome la decisión correcta de comprar comida temprano, ya hablé con mis padres y seguramente, muy pronto comenzará la actividad en el apartamento superior. Esta noche me masturbaré nuevamente pensando en la hermosa Maribel.

Termino de colocar la comida en el microondas para calentarla cuando alguien toca a la puerta. Estoy sorprendido, no espero a nadie. Desconcertado camino a la entrada del apartamento y lentamente abro la puerta pensando en que alguien se ha equivocado de apartamento. Quedé mudo, helado como un témpano de hielo.

Maribel, qué sorpresa finalmente pude decir.

Delante de mí estaba mi preciosa vecina, con un abrigo negro que la cubre hasta las rodillas y tacones igualmente negros.  En su mano una botella de vino tinto. Me pregunta si puede pasar, despertándome de mi letargo. Me hice a un lado y con mi mano le indico que pase. Cuando camina frente a mí, la sigo con mi mirada de asombro. Cierro la puerta.

Disculpe, no la esperaba, no esperaba a nadie. Estoy sorprendido y aún más que de que estés aquí. Me imagino que tu novio vendrá pronto, digo, ira a tu apartamento.

Michael no es mi novio, solo somos buenos amigos 

Me dice mientras se vuelve a mirarme.

Pero he podido ver que su relación va más allá de una amistad y supongo que un día como hoy vendrá a pasarlo contigo y vendrá a traerte tu regalo de navidad.

En eso tienes razón, estamos muy unidos y nuestra amistad incluye beneficios adicionales. Por lo del regalo, digamos que ya me lo ha dado, o mejor dicho, él me lo está dando.

¿Qué te lo está dando? ¿Significa que te lo dio? pregunto intrigado.

Más o menos, mi regalo eres tú. Le dije a Michael que quería estar contigo y él me obsequiando el tiempo para hacerlo.

Maribel se abre lentamente el abrigo mostrando como su esbelto cuerpo está cubierto solo por una diminuta y transparente lencería de color rojo. Fácilmente se puede ver el color marrón claro de sus pezones, el color que marca la culminación de sus pechos grandes y redondos. Me excité instantáneamente mientras un frío de miedo recorrió mi cuerpo al mismo tiempo. Su abrigo cae al suelo y comienza a caminar lentamente hacia mí con sus tacones altos aún puestos

Qué ingenuo eres, ¿pensaste que mis gemidos y la brusquedad de mi cama moviéndose ruidosamente cuando Michael me hace el amor era solo una casualidad. No... querido, cada gemido, cada orgasmo, estaba exponencialmente exagerado para llamar tu atención.

Aún perplejo, Maribel me besa y toma mi mano. Camina a mi habitación sin soltarla. Lo que pensé que sería una Navidad triste y aburrida fuera de casa, promete ser la mejor Navidad que he tenido. Definitivamente que los milagros y la magia de la Navidad si existen.

Mi cena quedó olvidada dentro del microondas.

















E. N. De Choudens


Navidad: Menú Intelectual











Luz en Navidad


Rayos de luz entran por la ventana;
lentamente penetran la casa...
por cada rincón se desplazan...
por cada rincón de la estancia.

Deslizándose van en todo espacio
revelando así cada rincón...
deslizándose van en todo entorno
revelando así cada instancia.

De pronto tambores granizos
irrumpen tranquilos silencios;
golpeando cada techo y ventanal
anunciándose así la navidad.
  

Luces y brillos multicolores
de siniguales formas y colores
adornan casas y calles
avenidas e interiores.

Y más que iluminar en sus días y noches
avenidas, calles y estaciones
son los tiempos y son la ocasiones
de iluminar... nuestros corazones.


Hollman Barrero




Última carta de la Navidad


       “Mi querida esposa: cuando recibas esta carta, probablemente será ya Año Nuevo y yo ya no estaré aquí, en este mundo quiero decir, pero nunca dejaré de estar contigo. ¿Sabes lo que hay más allá de las adelfas, de la muerte, como tú la llamabas? Pues nosotros, seguimos estando nosotros. Donde vayas tú, allí estaré yo, donde tú llegues, allí me aproximaré, ¿recuerdas?” 


       “Contigo he vivido la sensación de caminar juntos, cortando el paisaje y mirando al sol, de trabajar codo con codo por sacar adelante nuestras vidas de una forma diferente, de conocer el secreto de la otra cara de la moneda, que eras tú, y, por la noche, de amarnos y unirnos como está escrito en las palmas de las manos y en la luz de las pupilas de un hombre y de una mujer y, luego, de cerrar los ojos y descansar, arrullado por la compañía de tu aliento, por la compañía de tu silencio, que eran el antídoto contra la noche, contra la soledad de la noche y del profundo miedo”.
      
       «Pero, mi amor, el hombre nace solo y estará solo el resto de su vida hasta la muerte. La soledad de nuestro destino anida en lo más profundo de nuestro corazón y, únicamente, el que está solo de verdad puede apreciar una buena compañía. Tú lo has sido todo para mí, mi querida esposa, he tenido todo a lo que puede aspirar un hombre, te he tenido a ti, que eres como un alma gemela mía, y he comprendido en ti la inocencia, el desvalimiento y la soledad de los que estamos hechos. Cuando llegó mi última hora pensé primeramente en compartirla contigo, como he hecho siempre pero, luego, algo muy profundo tiró de mí en otra dirección, debe ser la soledad desnuda de nuestro destino de la que te hablaba antes, debía vivir mi propia muerte yo solo, mi amor».
   
             «No sé si he sido un hombre valiente, pero cuando decidí enfrentarme solo a mi destino me sentí mejor. Te escribo esto con todo el amor y todo el respeto que te tengo. Así que me fui a despedirme del mundo, a escribir mi último libro que, por cierto, no logro empezar, a cruzar la última línea del horizonte, más allá de las adelfas. Pero como te decía, querida esposa, algo me indica que más allá de las adelfas seguimos estando nosotros, porque si no, ¿de dónde crees tú que podría llegarnos la poesía que inunda nuestros corazones solitarios?, pues de más allá de las adelfas precisamente, mi amor, por lo menos eso es lo que pienso, lo que siento yo en estos momentos finales».

       «A lo mejor todo esto es solo que yo soy una persona orgullosa, ya sabes, y que no quiero que me veas palidecer en mi final, deshilacharme en vida, perder la cabeza, arrugarme como una pasa y que ya no te guste, que no te conquiste, que no te enamore, porque yo siempre he querido ser algo especial para ti, ¿sabes? Aunque yo conozca perfectamente que hecho estoy del mismo barro que los demás, siempre he querido que me vieras como una pequeña joya, como un diminuto, pero valioso, diamante”

       “Tal vez haya sido esa mi forma de quererme también a mí mismo, porque si uno no se aprecia, no se quiere, ¿quién lo va a querer? A lo mejor únicamente por eso soy tan valiente de enfrentarme yo solo a todo esto. O, qué sé yo, tal vez resulta que es fácil para un hombre como yo jugar a estar solo, mi amor, cuando sabe que pertenece, para siempre, a una mujer como tú. Me voy más allá de las adelfas, allí te espero, mi amor, no tardes. Pero tampoco tengas prisa, y disfruta del próximo Año Nuevo y de todos los que te queden, porque para mí, a partir de ahora, el tiempo ya no tendrá sentido”.

       “Así que te envío esta, mi última carta de Navidad, con la cita de un escritor que a ambos nos gustaba mucho, Albert Camus: “El hombre tiene dos caras: no puede amar sin amarse antes a sí mismo.”

       “Para que, durante el Año Nuevo, cuando la leas, después de pensar en ti, pienses también un poco en mí. Porque la eternidad también me da miedo, y no tengo a nadie más a quien contárselo. Mil besos. Y adiós.”
      
       FRANCISCO RODRÍGUEZ TEJEDOR



Aguinaldos Venezolanos




Los nacimientos promueven 
el recuerdo de JESÚS 
que nació en un pesebre 
y luego murió en la cruz. 

Hoy halagamos al niño 
que entre humildad, nació 
para salvar nuestras almas 
aun siendo hijo de Dios.

Los aguinaldos se cantan 
como viva tradición, 
los divinos son hermosos, 
pululan por la nación.


La charrasca está sonando, 
el cuatrico y la guitarra, 
la tambora ya retumba 
mientras la emoción te embarga.

El pesebre representa 
lo que es la navidad, 
pues allí nació JESÚS 
para dar felicidad.
 
Se le decora con musgo, 
barba de palo o verdoso. 
Mucha gente se entusiasma 
y hasta le queda precioso

La brisa le canta nanas 
a nuestro niño JESÚS, 
le da una preciosa manta 
bordada en punto de cruz.


Desde el ramaje se oyen 
de las aves, muchos trinos, 
mientras yo recibo abrazos 
de toditos mis amigos.


Una feliz navidad 

a todas las madres vivas 
y las que no la tenemos 
que nuestra mente conciba 
el recuerdo mas hermoso 
y que el haberlas tenido 
es lo que aún nos anima.











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