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miércoles, 23 de abril de 2025

Lágrimas de un libro.

 

 

¿Te acuerdas de nuestras noches tejidas con palabras?

Letras de piel y deseo que se han convertido en recuerdos.

Un libro, decíamos.

un libro de versos y besos que no pudimos escribir

solo soñar y cantar

y sentir en pequeños momentos.

 

Donde se ocultan aquellos sueños

tal vez convertidos en máscaras vacías

en misterio.

 

Hoy he abierto de nuevo aquellas letras

que ya no son sino silencio.

La vida se desvaneció de sus páginas

para convertirse en soledad,

en un triste y fallido sortilegio.

 

Solo quedará un libro

mudo testigo de lo que no pudo nacer

más que en sueños.

 

Escribiré ese libro en papel y colores

y sus palabras vivirán

al leerlo

Aunque ni tu ni yo estemos ya vivos

el libro —así lo creo—

será eterno .

 

Magia y poesía de un libro

—como todos los libros—

escrito con el alma en carne viva

para guardar la memoria,

enjugar una lágrima

y tal vez desafiar al olvido.

 

 

Fernando Alonso Barahona

Marzo 2025

jueves, 23 de enero de 2025

Fernando Alonso Barahona y yo, juntos, de nuevo, escribiendo a cuatro manos.

 

Buenas días, buenas tardes o buenas noches;

 

Cómo ya sabéis, La Revista de Todos, nació en Agosto del 2012, yo, por aquél entonces vivía centrada en lograr, que un sencillo blog, fuese, con el tiempo, trabajo, esfuerzo y dedicación, una revista literaria con más de 2000 visitas mensuales, en el peor de los casos.

Cuando la abrí no había nadie en mi vida. Mi corazón, pertenecía única y exclusivamente a la literatura; un lugar, en el que, desde niña me sentía protegida y segura. Era y es fascinante poder vivir a través de tus personajes, todo aquello, que el gran porcentaje de las ocasiones, en la vida real, es imposible que se llegue a materializar.

Sobra decir, que estoy rodeada, de escritores, editores, periodistas y ávidos lectores, todos… con un mismo nexo en común, “la literatura”. 

Escribir es nuestra manera de amar

Y aunque, por mi timidez, era, para mí, mucho más fácil estar detrás del ordenador, comprendí, que si quería dar a conocer la revista y por ende a mí misma, tenía que romper esa barrera y lanzarme a ir a esos “eventos” a los que tantas veces me invitaban y siempre, mi respuesta, era la misma: —¡No puedo, estoy muy liada!—. Vil mentira, no estaba liada, más sin embargo tenía miedo a no estar a la altura de todas esas personas que me rodeaban, sintiéndome, inferior e incluso patito feo.

Recuerdo, que cuando le pedí una entrevista a Juan Luis Cano (Goma Espuma), me dijo:

 —¡Sí, claro! ¿Dónde quedamos?.

Evidentemente, yo no me atreví a quedar y le mandé el cuestionario, como solía hacer con todos los escritores a través de correo electrónico. Hoy no sabéis lo que me arrepiento. Gracias, Juan, por haberlo publicado en tu perfil de Twitter, ya que para La Revista, fue, un trampolín más. Espero que leas estas cuántas palabras… —Gracias por definirme como “una entrañable criatura humana”. ¡Nunca lo olvidaré!—.

 


Pero fue el 18 de junio del 2013, cuando José Membrive (Editor de Carena y amigo), me invitó a la presentación de su último libro, El Homo Transcendente.

Era la primera vez que la directora, hacía las veces de reportera, saliendo a la calle a cubrir el reportaje, para después publicarlo en La Revista.

Por casualidades de la vida, ese día, Fernando Alonso Barahona, quién fue el encargado de presentar el libro de mi amigo, pasó a ser con el tiempo y gracias a “esa presentación”, mi amigo, —mi mejor versión en masculino— y ese día nació una amistad maravillosa.

Fue también, quién estuvo a mi lado ayudándome a presentar mi novela y quién además, también se encargó, de escribir el prólogo.

Hemos coincidido en algún que otro evento literario, pero lo más bonito, es el haber podido tener la suerte de escribir un relato en común; —algo, que no ha realizado con nadie más, solamente conmigo, lo que no sé es deciros el por qué—y que si queréis podéis leer en La Revista. Se titula “Algo más que una presentación”, una de las aportaciones más leídas desde el nacimiento de la misma, teniendo a la fecha 1.987 visitas.

Ese relato, lo escribimos el 29 de agosto del 2013, apenas, nos acabamos de conocer, pero… pese a que ambos somos muy tímidos, hablamos el mismo idioma.

Para mí es un honor poder anunciar, de nuevo, que Fernando Alonso Barahona y yo, después, de doce años de amistad, de complicidad y respeto, nos presentamos, juntos y de las manos, para presentaros el nuevo relato que ambos hemos escrito para el especial de San Valentín y que si titula “Escribir es nuestra forma de amar”, os dejo una breve sinopsis, para que, de esta manera tengáis ganas de leer un relato, escrito, sin habernos visto, sin apenas haber hablado, solamente con la complicidad y la sinergia que se da cuando dos personas se entienden sin la necesidad de hablar.

 

Escribir es nuestra manera de amar”:

Ena es una escritora que se encuentra atrapada en un matrimonio insatisfactorio con Javier. Su vida da un giro inesperado cuando conoce a Alejandro, un seguidor de sus novelas, durante una firma de libros. A pesar de sus reservas iniciales, Ena acepta la propuesta de Alejandro de tomar una copa juntos, lo que marca el inicio de una relación apasionada.

A través de cartas y correos electrónicos, Alejandro expresa sus sentimientos y admiración por Ena, mientras ella revela sus problemas matrimoniales y su deseo de sentirse deseada nuevamente.

 

En nombre de Fernando y del mío, deseamos de todo corazón, que disfrutéis de su lectura el próximo 14 de Febrero día de San Valentín; en ocasiones, los regalos, se dan en forma de relato.

 

Un saludo

Eva Mª Maisanava Trobo



domingo, 22 de diciembre de 2024

Cuentos de un loco. El territorio secreto de José Zorrilla.

 


 

Ese vago clamor que rasga el viento

es la voz funeral de una campana;

vano remedo del postrer lamento

de un cadáver sombrío y macilento

que en sucio polvo dormirá mañana.

José Zorrilla (1817-1893)


En el año 1853 D. José Zorrilla se inventó un doble, un loco, un personaje con el que podía dialogar o crear mundos diferentes. Cuentos de un loco, es el libro que me había impresionado.

Yo quise adentrarme en esta fantasía y cual no fue mi sorpresa cuando en una de mis salidas de Madrid para pasar el fin de semana en Valladolid descubrí un lugar que no se encontraba en el mapa de la provincia.

Tiempo atrás había leído el nombre de Zenete en uno de los poemas orientales de Zorrilla. Sabía que alude a un marquesado en Granada y que es una comarca pequeña con ocho pueblos: Jerez del Marquesado, Lanteira, Alquife, Aldeire, La Calahorra, Ferreira, Dólar y Huéneja. Pero no me esperaba encontrar en Valladolid, al lado justo de Tiedra, un lugar enigmático llamado Nuevo Zenete. Enseguida adiviné que allí descubriría el misterio del loco.

La noche de aquel viernes la pasé en una posada de Tiedra, tierra de inmensos cultivos de cereales, de campos de lavanda, de cielos estrellados, castillos medievales y recuerdos celtas. Tiedra se encuentra en el oeste de la provincia de Valladolid, muy cerca de Zamora, a los pies de los Montes Torozos y a sólo 60 kilómetros de distancia de la propia Valladolid.

Yo llevaba en mi equipaje el texto íntegro del Real Decreto de 4 de octubre de 1853 convocando las Cortes del Reino para el día 19 de noviembre del presente año.

Aunque por el Real Decreto de 9 de abril último se declaró terminada la legislatura del 1853, tienen vuestros ministros razones poderosas para aconsejar a Vuestra Majestad que, usando de su real prerrogativa, anticipe cuanto sea posible la convocación de la legislatura correspondiente al año 1854. Es de alta conveniencia política que, reunidas las Cortes al verificarse, con el auxilio de la divina providencia, el feliz acontecimiento que la Nación aguarda con viva solicitud, puedan recibir el trono y la augusta persona de Vuestra Majestad fiel testimonio de los sentimientos de lealtad, de adhesión y de patriotismo que animan a los Cuerpos Colegisladores. Asociándose la representación nacional a un suceso tan venturoso para la Monarquía.

La mayoría de edad de Isabel II era el acontecimiento. Qué pensaría Zorrilla de aquel acontecimiento. Tengo casi segura la idea de que no lo apreciaba dada la deriva liberal que podría caracterizar al nuevo Gobierno.

Pero me interesaba mucho más el otro libro que llevaba conmigo: Cuentos de un loco, recién publicado por Zorrilla y que me había fascinado. Ustedes se preguntarán de qué conozco a este poeta aún joven. Y yo les puedo responder que he nacido en Tordesillas, que estudié leyes en Madrid. que he publicado algunos poemillas –este mismo año de gracia de 1853 en El Norte, de Madrid y que estuve en el entierro de Mariano José de Larra el 15 de febrero de 1837.

Aquella noche, su amante, una mujer casada llamada Dolores Armijo, le había dicho que la relación se había acabado y que volvía con su marido. Tan pronto como la mujer salió de la casa de Larra, el escritor se disparó en la sien derecha.

El día 14 Zorrilla y su amigo Miguel de los Santos Álvarez se encontraron allí con Joaquín Massard, quien les dio la noticia del suicidio de Larra la noche anterior; juntos acudieron a la iglesia donde se velaba el cadáver.  Y luego su poesía. Qué voz la de Zorrilla cuando recito su poema, una voz juvenil y fresca con un timbre que acariciaba el alma.

Sí, yo conocí ese día a Zorrilla, de hecho, me marché con él al término de la jornada y estuvimos pasando frio , bebiendo vino y hablando de poesía en una tasca de la Plaza Mayor de la capital.

Y en 1844 asistí al estreno de Don Juan Tenorio. Teatro de la Cruz, Madrid disfrutando de Carlos Latorre, La Bárbara,  Lumbreras y Pedro López.

La posada de Tiedra era sobria, pero con gente muy amable, yo sabía que Zorrilla estaba en Londres tratando de solventar sus problemas económicos. Creo que fue a visitar a un famoso relojero llamado Losada. Y me dijo algo de una   Serenata morisca en honor de Eugenia de Montijo.

La noche en la posada transcurrió tranquila, me desperté de madrugada y salí un instante para sentir respirar el amanecer. Después del desayuno me encamine a Zenete , la aldea celta que no estaba en los mapas.

Apenas dos manzanas, tres o cuatro calles que confluían en una plaza mayor silueteada por una iglesia y una taberna. Se veían algunos carros, y varios caballos, la luz tenue de las farolas proporcionaba al lugar un aspecto espectral.

Me encamine a la taberna tras comprobar que la iglesia estaba cerrada. Lo sentí porque en su exterior parecía asemejarse a la iglesia de Wamba no muy lejos de allí. Pensé que tal vez guardara otro osario con esa inscripción que reza «como te ves, yo me vi, como me ves, te verás, todo acaba en esto aquí, piénsalo y no pecarás». Siempre pensé que esa inscripción era de Zorrilla, aunque se conservase desde siglos atrás. La iglesia de aquel pueblo sin mapa estaba al lado de un minúsculo cementerio en cuya entrada podía leerse: Templo de la verdad es el que miras, no desoigas la voz del que te advierte que todo es ilusión menos la muerte”.

La taberna estaba semivacía, me sirvieron un brandy muy fuerte pero que me sentó de maravilla.  Pregunte al tabernero, un hombre enjuto y de voz muy grave.

 

—¿Viene usted por lo del loco?— me preguntó—.

—Busco al amigo del escritor.

—El del Tenorio, he visto la obra, ¿sabe? Muy bonita.

—¿Conoce su paradero?

—Nadie lo sabe, aunque todos dicen que anda por aquí, pero este pueblo no lo conoce nadie y cada vez vivimos menos. La gente se va a Valladolid.

—Comprendo

—Además no es usted el primero que hace esas preguntas. Una mujer que estaba sirviendo las bebidas en las mesas nos escuchó y se me acercó.

—Creo que yo puedo ayudarle. Me hizo un gesto y salimos de la taberna. La ventisca nos azotó la cara con un dedo helado, pero solo fue un segundo.

—Qué hace usted en este pueblo perdido.


La mujer tendría poco más de treinta años, morena de mirada penetrante y una curva silueteada en una especie de voluptuosidad vagamente celtica.

—Vengo buscando a un loco.


La mujer sonrió, la respiración hacía marcar unos pechos grandes que por segundos pareciera que querían saltar y mostrar su indómita desnudez.

—Entonces es el lugar adecuado, en este pueblo fantasma todos estamos locos.


Las palabras se desvanecían entre el bullicio. Zenete resplandecía en el interior de la noche, como la luz fugaz pero brillante de una estrella misteriosa. Como las letras del Tenorio engarzadas en cada casa, en cada persona. La mujer seguía mirándome con descaro.

—Aquí hay fugitivos de la justicia, contendientes de duelos por razones de mujer, políticos que diseñan golpes de Estado, adúlteros en espera de una noche de amor. Habitantes fijos no habrá más de veinte. El resto son pasajeros. Y hay amigos de escritores. Y escritores fracasados.

—¿Las autoridades lo saben?

—Aquí hay autoridades también, somos pocos y no hacemos daño a nadie. El silencio es nuestra autoridad.

—¿Y tú vives aquí?

—Yo enseño mi cuerpo a todos los que me lo piden y lo pueden pagar. He conocido escritores famosos y ha hablado mucho con uno que me contaba sus fantasías, sus genialidades

—¿Zorrilla?

—No lo sé. Aquí no se pregunta el nombre a nadie. Pudiera ser, pero también puede ser otro, A mí no me importa y además no ha sido solo uno.


Debí esbozar un gesto extraño porque ella ensombreció el timbre de su voz.

—Te escandaliza, ¿acaso no eres escritor como la persona de la que me hablas? ¿Qué has venido a buscar entonces?


No supe qué decir.  Pensaba que el loco de los cuentos de Zorrilla era una invención literaria hasta que me pusieron en la pista de esta aldea perdida de Valladolid. Pensaba encontrar a otro poeta, tal vez enfermo al que el autor del Tenorio ayudaba y hacía compañía. O tal vez un familiar lejano y un admirador Ahora veo que podría ser esta mujer. O tal vez otra, o ninguna y yo me estaba volviendo loco.

Debió pasar la noche porque no puedo recordar nada. Solo la visión de su espalda desnuda, de sus labios rojos, de unas palabras en un idioma extraño. Céltico tal vez.

He debido pasar varias horas en una posada, la única de Zenete, no sé cómo habré llegado, esa misteriosa mujer debió echarme algo en la bebida, aunque he comprobado mi equipaje y no falta nada.

Me duele la cabeza. Me he asomado al balcón y los rayos del sol ya calientan, aunque sea tímidamente la pequeña aldea fantasma helada tras la noche.

—¿Y si todo ha sido una pesadilla?

Cuando me he dispuesto a pagar la noche la dueña de la posada me ha entregado un papel mirándome a los ojos como si ya me conociera de antes.

Zenete sigue dormida, o tal vez no exista más que en la imaginación de algunos poetas y escritores.

La cara que me ha entregado contiene solo unos versos manuscritos.


¡Aparta, piedra fingida!

Suelta, suéltame esa mano,

que aún queda el último grano

en el reloj de mi vida.

Suéltala, que si es verdad

que un punto de contrición

da a un alma la salvación

de toda una eternidad,

yo, Santo Dios, creo en Ti.

En la firma se lee el nombre de José Zorrilla.

 

De repente comprendí que los cuentos del loco tal vez solo sean las fantasías de nuestra propia pasión. O de nuestra incipiente locura.

 












Fernando Alonso Barahona

martes, 23 de abril de 2019

Mirar tus ojos





Tus ojos sonríen versos
y escriben poemas en mi cuerpo
esclavo de ti.
Pero no puedo mirar tus ojos. 

Tus labios muerden palabras y besos
de fuego y caricias.
Tus labios son lenguas de fuego
que abrasan
mi piel desnuda y mi alma blanca.

Pero no puedo sentir la mirada
dulce
de tus ojos.

Mis ojos 
miran tus labios rojos
y tiemblan al sentir
la dulce prisión húmeda que los cautiva
y captura.


Tus ojos se cierran 
cuando tus labios muerden
sangre y pasión derramada.
Y yo quiero acariciar tu cuerpo
que se desvanece 
como el aire, como el alma
si te vas.

Tus ojos se ocultan y no puedo mirar.
No puedo vivir sin esa mirada
oculto misterio,
que desaparece en cada suspiro.

Vuelve a mirar mujer de cielo,
abre tus labios frescos
y despierta el pulso yermo
de mi corazón sonámbulo.

Ojos, labios, vida, sangre herida.

No puedo vivir sin mirar.



Poema de Fernando Alonso Barahona

https://fernandoalonsobarahona.blogspot.com/





















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