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miércoles, 21 de mayo de 2014

TERAPIA DE MACHOS-EPISODIO 11: José Francisco: "Matar a un Ruiseñor"

-Ayer la ví.

José Francisco tiró la noticia en el grupo de terapia como una bomba….

-En realidad los vi. Estaba en el arenero del parque con el que supongo debe ser mi nieto.

Rebobinemos. Todo había comenzado dos semanas antes, cuando Guillermo, el terapeuta que dirigía la terapia de grupo, les había encomendado la “misión” de regalar una rosa y un libro a alguien significativo, alguien que les hiciera enfrentar sus propios “dragones internos”.
Y José Francisco,siempre tan  tan cumplidor, responsable y tan  ejemplo de buen paciente,  había sido el primero en cumplir con la tarea encomendada. Su “dragón” eran  sus dos hijas, a las que no veía desde su primer año en prisión, hacia casi veinte. Cuando se enteró que saldría en libertad condicional por buena conducta- José Francisco había sido un preso ejemplar-se puso en campaña a investigar sobre el paradero de sus hijas (aunque hasta ahora solo había conseguido datos sobre la mayor, Mariana).
Mariana tenía treinta y seis años, era Psicopedagoga y trabajaba en un colegio de la capital. Según había podido averiguar el ex-bioquimico, la chica se había casado ya pasados los treinta con un arquitecto. En realidad, Mariana Aztigueta había tenido un primer intento de matrimonio con bombos y platillos, pero su novio la había abandonado en el altar para irse con otra. José Francisco se preguntaba si de haber estado él presente en la vida de su hija-de sus hijas-eso no hubiera sucedido. El seguramente habría “olido” al infeliz  y nada de eso hubiera pasado. Curiosamente, él se sentía más en deuda con su hija por no haber estado cuando su novio la abandonó que por el hecho de haber asesinado a su madre y a su abuela (además de al amante de su mujer).
Así fue como averiguó que todos los Martes, Mariana llevaba a un niño a jugar al arenero del parque de su barrio y, muñido de  una rosa roja  y un libro, decidió ir a enfrentar a su "dragón". El libro que había elegido para regalarle a su hija era “Matar A Un Ruiseñor” de la escritora norteamericana Harper Lee. Este libro siempre había sido su libro de cabecera, ya que José Francisco se identificaba fervientemente con los valores morales de Atticus Finch, su protagonista.Y recordaba cuando muchas veces lo había leido junto con su "pequeña" Mariana en el sillón del living de su casa.
Así que ese Martes, se paró con la rosa y con su libro y se quedó firme como las estatuas de la plaza, observando a Mariana.

Mariana ,a diferencia  de su hermana menor, no se parecía a su madre, más bien tenía mucho de los Aztigueta: el porte, el cabello rubio arenoso, el cuerpo espigado y los miembros largos, como si el mismo estuviera atravesado con una vara. Vestía un jean, unas botas de cuero de taco alto y un sweater color natural.
José Francisco se acercó a una distancia prudencial. Allí logró ver que el niño que tendría unos cuatro cinco años de edad, tenía Sindrome de Down.
-Lindo nene-comentó.
Mariana le dirigió una discreta sonrisa, sin reconocer a su padre a primera vista.
-Se llama Nahuel.
Mariana lo volvió a mirar, algo extrañada. Bajó la vista y observó el libro. José Francisco percibió una cierta palidez que se apoderaba del rostro de su hija.
-      - “Matar A Un Ruiseñor”. Mi padre solía leerlo…¿Nos hemos visto antes? Su cara me suena familiar de algún lado.
Para José Francisco , esas palabras resultaron como un estilete cuya punta estaba embebida en algún veneno de acción rápida. Y José Francisco sabía de venenos y de compuestos quimicios. Sin embargo, se mantuvo imperturbable como la cal y se dirigió a su cometido.
-Tome. Esta rosa es para usted. Y este libro también.
Era extraño llamar a su propia hija de “Usted”. La joven se quedó sorprendida.
-¿Para mí? ¿Por qué?-dijo Mariana, confundida, entre una mezcla de sorpresa y desconfianza.
José Francisco siguió impávido, solo haciendo un gesto con la mirada, tratando con orgullo estoico de contener las lágrimas .
Mariana hizo fuerza con la cara como queriendo recordar. Y de repente recordó. Y su pequeño y rutinario mundo del arenero se derrumbó. Se llevó una mano a la boca, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Pero no eran lágrimas de tristeza, no; eran lágrimas de furia, de enojo, de frustración. No dijo nada. Tan solo agarró a a su hijo e intentó irse.
_Vamos Nahuel.
José Francisco la agarró de un brazo.
-Soltame, asesino…O me pongo a gritar acá…
-Hija…dejame por favor…vamos  a tomar un café..
-Dejé de ser tu hija hace veinte años. Mi padre está muerto…Al menos, el padre que yo quería. Y no el monstruo que envenenó  a tres personas a sangre fría por despecho.
-No, estoy bien vivo y ya pagué por lo que hice. Y no los maté por despecho. Ellos se lo merecían, eran unos inmorales, se reían de mí. Quiero saber de vos, de tu hermana. Nunca más me vinieron a visitar…La última vez que las vi eran dos adolescentes…
-Dos adolescentes a las que marcaste para siempre-dijo Mariana con la misma imperturbabilidad de su padre. Mariana tomó con hastío a su hijo, le puso el abrigo y dándole la espalda a su padre, comenzó a alejarse.
-¿Y Vanessa? ¿Cómo está tu hermana?
Mariana se detuvo  de golpe y dándose la vuelta le dijo con una sonrisa bizarra, mezcla de tristeza y desprecio.
-No sé. La última vez que supe de ella fue hace varios años, cuando se escapó con mi novio a Colombia,mientras yo esperaba con mi vestido de novia de diseñador en la sacristia de la iglesia,  haciéndome no solo cornuda , sino el hazmerreir de todas mis amistades.
José Francisco se quedó atónito. No podía creer que la mujer por la que el futuro marido de su hija había dejado era por su otra hija. No habái nada que hacer: Vanessa no sólo se parecía  a Elsita en lo físico; evidentemente, también en su personalidad.
Mariana siguió caminando y se perdió entre los tilos del parque. José Francisco se quedó parado en el arenero, entre el tobogán y las hamacas, con la rosa tirada en el piso y el libro en la mano.
No había que darle más vuelta al asunto: para su hija Mariana, José Francisco no era ningún Atticus Finch.


Continuará….



martes, 22 de abril de 2014

TERAPIA DE MACHOS-EPISODIO 10: "Una Rosa Es Una Rosa Es Una Rosa"

-Pero qué alegría escucharte, chaval, como siempre. Ahora escúchame,  lamentablemente tengo que colgarte, porque ya llega mi grupo…

El llamado había acontecido mientras Guillermo se encontraba acondicionando , como todos los Jueves,  el living de su apartamento para transformarlo en “consultorio” para su grupo de terapia. Guillermo se puso extático al escuchar la voz de su amigo Jordi del otro lado del auricular.
Guillermo había vivido algunos años en Barcelona cuando era joven, persiguiendo a una catalana de la que se había enamorada perdidamente. El lugar le había encantado y decidió quedarse a vivir allí por tiempo indefinido. Pero luego se aburrió y se volvió para la Argentina, a terminar sus estudios de Psicología. Sin embargo, de toda esa época-sus “años salvajes” como él le decía- le había quedado su amigo Jordi, su compi, su colega, su mejor amigo.

-Oye…¿Qué no me vas a saludar?
Guillermo dudó… ¿Qué fecha era hoy? Definitivamente no era el cumpleaños de Jordi ya que él cumplía en pleno invierno español y solían ir a festejarlo a Andorra.
-Macho…qué hoy es mi santo…Sant Jordi!
Claro. Los españoles y su manía de festejar los santos, cosa que no se estilaba en Argentina. “Somos un pueblo de herejes” solía decirle Guillermo a su amigo.
-Pero claro! ¡Qué gilipollas!-cuando hablaba con Jordi, Guillermo automáticamente cambiaba al español castizo de España-Felicitats, amic!
Si había algo que Guillermo recordaba bien –en su mente y en su cuerpo-eran las celebraciones de Sant Jordi, donde él y su grupo de amigos terminaban siempre desmadrados por algún lugar de Barcelona.
El timbre sonó.
-Oye Jordi, te tengo que dejar, me están tocando el timbre. Te quiero, macho! Adeu!

Como de costumbre, los seis pacientes fueron llegando y cumplieron con la rutina ya instalada de descalzarse y formar  un círculo alrededor del piso, sobre la alfombra con la cara de Buda.
-Hoy les voy a contar una historia-dijo Guillermo, muy entusiasmado ante la idea que su conversación telefónica con su amigo catalán le había despertado en su imaginativa y versátil mente.
Cuenta una leyenda que en la Edad Media, todo un reino estaba siendo aterrorizado por un feroz, bestial y despiadado dragón, el cual con su aliento flamígero apestaba todo, causando estragos en la cosecha y el ganado. Los habitantes del pueblo trataban de mantenerlo alejado de sus murallas dándole de comer sus animales pero cuando estos se acabaron, no tuvieron más remedio que hacer lo más temido: comenzar a sacrificar a sus propios habitantes.
Día tras día, minutos antes de ponerse el sol,  se arrojaban los nombres de los habitantes a una olla-incluyendo al Rey y su familia-y así se decidía quien moriría a la mañana siguiente. Hasta que una tarde la “elegida” fue la princesa Nuria (Guillermo se había inventado el nombre en honor a su ex amor), el tesoro más preciado del rey. Por más que su padre, desconsolado pidió que no, la hermosa joven salió de las murallas, a dirigirse estoica hacia su triste destino. Voraz y terrible, el dragón avanzaba hacia ella hambriento para devorarla, cuando de repente, de entre la bruma, surgió un apuesto caballero llamado Jordi, todo vestido de blanco sobre un caballo alado del mismo color, y  quien acto seguido arremetió contra la bestia. El animal, herido de muerte, se sometió a Jordi, quien le ató a su grueso y escamoso cogote una de las puntas del cinturón de la princesa. Nuria tomó la otra punta del cinturón y condujo al dragón como si fuera una mascota hasta la puerta de la ciudad, dejando a los habitantes atónitos de asombro.
Una vez en la puerta, y a la vista de todos, el gallardo y apuesto Jordi  levantó su espada mágica y remató a la bestia de un certero golpe. Un gran  charco de sangre se fue formando debajo del dragón-el cual, acto seguido, fue absorbido por la tierra- y en aquel mismísimo lugar al instante creció un  rosal y de sus ramas brotaron rosas rojas como la sangre. Jordi  obsequió a la princesa una de esas rosas y desde ese momento se convirtió en un mito. A partir de  ese día, en un día como hoy,  se conmemora el Día de Sant Jordi en muchos países, en donde todos deben regalar un rosa y un libro (aunque en realidad, Guillermo no recordaba a ciencia cierta él por qué del libro).
Todos lo miraron con ojos atónitos, como esperando algo más. Ya sabían que Guillermo no se caracterizaba por su ortodoxia a la hora de la terapia, así que de una manera u otra, sus pacientes imaginaban que algo se traía entre manos. Justamente era eso, lo imprevisible, lo que hacía amena la terapia. Casi todos ellos eran hombres clásicos, rutinarios, apegados a sus  costumbres pero el Licenciado Guillermo Macedo lograba sacarlos de su zona de confort.
-Pero en nuestro país no se festeja-dijo Alejandro con su voz queda-Ni sabemos quién es San Jorge. Yo solo conozco a San Expedito, al Gauchito Gil y a Santa Gilda. Y hay una señora en mi barrio que le pide siempre a San la Muerte…
Fausto y Damián cruzaron miradas cómplices e irónicas por la ingenuidad de su compañero de terapia que creía en esas cosas. Aunque Fausto, quien por supuesto nunca lo admitiría ante nadie, en su desesperación por un trabajo, llegó un día a ir a la Iglesia donde se exponía la figura de San Expedito, y hacer las largas horas de cola para pedirle al santo por su posición. Pero nada pasó y sus deudas-y descenso social-siguieron acumulándose.
-La cuestión es esta-dijo Guillermo…Quiero que cierren los ojos por unos minutos e identifiquen qué o quién es el “Dragón” en su vida, ese monstruo feroz al que tienen que vencer.
Todos cerraron los ojos, tratando de bucear en sus mentes qué o quién era ese voraz dragón al que tenían que vencer. Damián, el músico en decadencia, fue el primero en levantar la mano.
-Mi carácter infantil, caprichoso y adictivo que me lleva a una vida caótica. Pero pensándolo bien, creo que hay un monstruo más grande que eso: mi madre. Ella es mucho peor que el Dragón, seguramente de haber estado Doris ahí, se lo hubiera comido ella a él.
Guillermo sonrió. De todos sus pacientes, Damián era el de menor capacidad auto-crítica, con una tendencia a no hacerse responsable de las situaciones-“se dejaba llevar” solía decir- y sobre todo con un Edipo hacia su madre terrible sin resolver. Pero sin embargo, en el último tiempo, había mejorado bastante y esa asunción significaba una gran perla en su terapia.
-Mi Dragón sería lo que hice-dijo José Francisco, refiriéndose con “lo que hice” al triple asesinato que había cometido hacía años y por el cual había cumplido condena en prisión y había salido antes por buena conducta.
-Pero creo que ya pagué por él y tuve mi castigo-agregó.
-Y no hay nada que te de miedo y que tengas que vencer?-intervino Guillermo.
-No suelo tenerle miedo a nada, sobre todo cuando creo que tengo la razón, y por lo general la tengo.
Sus compañeros se rieron, sin darse cuenta que el bioquímico no hablaba en broma y creía fervientemente en sus palabras.
-Tu rigidez podría ser tu dragón-le dijo Fausto, quien se había convertido en excelente a la hora de marcarle cosas a sus compañeros, aunque no así tanto como para abrirse a las suyas propias.
José Francisco lo miró altivo, con una mirada pétrea digna de Medusa.
-Sin embargo-continuó José Francisco-quizás SÏ tenga un “dragón”. Me perturba la idea de ver y enfrentarme a mis hijas.
-Bueno, eso no es un tema menor-fue la devolución de Guillermo.
José Francisco no veía a sus dos hijas hacía casi veinte años. Ninguna de ellas había querido ir a verlo a la cárcel y les había perdido el rastro.”Monstruo” había sido la última palabra que había escuchado de su hija mayor.
Darío levantó la mano para hablar.
-Yo creo que mi dragón es mi exigencia a la hora de las relaciones. Esa cosa de fantasear con una relación perfecta que no existe. ¿Cómo se me pudo ocurrir que podía tener una relación con un chico de diecisiete años? Porque no era solo el sexo como todos piensan…Yo REALMENTE apostaba a una relación, simplemente no pensaba en la diferencia de edad…
El ambiente se ponía tenso cuando el futbolista mencionaba su tortuosa historia de amor con “Yonatan con Y”. Pero Guillermo, a quien casi nada lo espantaba, siempre encontraba la palabra justa. Además, el trabajo terapéutico con Darío era el opuesto al de Damián: Darío solía ser muy auto-critico y exigente consigo mismo, llegando al auto-flagelamiento moral. Pese a su temperamento apasionado, al futbolista le costaba mucho conectarse con el deseo y el placer. Por eso, las pocas veces que lo hacía…se producía una hecatombe.
-Bueno, Darío, pero acordate que estás por llegar a la edad en que la mayoría de los hombres quiere dejar a sus mujeres por una chica apenas mayor que sus hijos…
-Hey, yo no-gritó Fausto-Yo amo a Debbie y no la dejaría por nada del mundo. Es la madre de mis hijos, mi compañera, sobre todo ahora que las cosas no están tan bien.
-¿Y vos, Fausto? ¿Cuál es tu dragón?-aprovechó Guillermo, dejando al ex Directivo de Marketing sin palabras.
-Creo que está más que claro, no?
-Aclará, que acá no importa que oscurezca.
-Bueno, ya saben, por eso estoy acá. Porque lo perdí todo.
-¿Todo?
-Bueno, todo no, podría ser peor. Pero ese es mi dragón, el haber perdido mi trabajo, mi profesión, mi status y sobre todo la seguridad. Para mí desde chico la seguridad siempre fue algo importante, no sólo  la económica, sino también la seguridad de saber que yo “podía”, que era un hombre capaz, con recursos para abastecerme y abastecer a los míos. Me acuerdo que de niño, solía juntar monedas en un tarro para mi futuro, mientras mis amigos se lo gastaban en figuritas. La inseguridad, la incertidumbre, el desazón, son todos sentimientos nuevos para mí…
Guillermo notó como los ojos de Fausto se llenaban de lágrimas, aunque se notaba la fuerza que hacía para reprimirlas. Alejandro, sentado al lado de él, le alcanzó unos pañuelos de papel tissue.
-Bien. ¿Y el resto? ¿Robertino, Ale?
-No sé, calculo que mi gran dragón es el accidente-contestó Robertino, lacónico como siempre, refiriéndose al accidente automovilístico que había tenido algunos años atrás, donde había sido el único sobreviviente.
-Soy medio autista por naturaleza, pero creo que el accidente me lo agravó. Nunca tengo ganas de estar con nadie, solo quiero estar encerrado en mi dormitorio, con mis videojuegos, sin que nadie me moleste. Es como si hubiera cambiado mi vida real por una virtual.
Cuando Robertino terminó, se hizo un gran silencio y todos pusieron su vista en Alejandro, el introvertido mecánico, que como muchas veces, era el último en decir algo. Alejandro se sonrojó ante tantas miradas. Y su respuesta no hizo más que seguir confundiendo al grupo, que ya estaba desorientado por los mensajes crípticos del muchacho.
-Mi dragón es…es…bueno, es la sociedad. A diferencia de Robertino, yo sí quiero estar en sociedad y participar y que me acepten como soy.
“Qué me acepten como soy” anotó Guillermo en su cuaderno. Era la enésima vez en meses de sesiones que Alejandro decía esa frase. Pero aún no había explicado lo que significaba,  “como era” y qué era lo que tanto temía que la sociedad rechazara de él.
-Bueno, a partir de ahora, nos vamos a enfocar bien en tratar de vencer a esos dragones que nos quieren aterrorizar-dijo el terapeuta retomando el mando de la sesión.
-Y además, para terminar con un broche de oro esta historia de Sant Jordi, les voy a dar “Tarea para el hogar”…
Todos rieron con cara de “qué se traerá ahora”. Los ojos de zorro de Guillermo brillaban más que nunca.
-El jueves que viene es feriado, así que no vamos a vernos hasta dentro de quince días. Por lo tanto, quiero que en ese tiempo, hagan lo siguiente: le van a regalar una rosa y un libro a alguien. Pero ese alguien tiene que estar relacionado con sus dragones. Esa rosa y ese libro los tienen que convertir a ustedes en una especie de Sant Jordi y permitirles atravesar algo, como esos nativos que caminan sobre brasas.
Atravesar algo. Caminar sobre brasas. Guillermo se sintió orgulloso de sus propias palabras sin saber que esa dinámica de las rosas y los libros, traería un desencadenamiento de eventos de los cuales no habría vuelta atrás.
CONTINUARA…


jueves, 13 de febrero de 2014

"TERAPIA DE MACHOS".EPISODIO 9: "¡OH, L' AMOUR!"

Guillermo prendió, como cada Jueves a la tarde, las velas aromáticas que se encontraban diseminadas de manera estratégica por todo el apartamento, el cual a su vez le servía de consultorio. Mientras las encendía, pensó en su propia historia. Guillermo Macedo siempre había un hombre astuto, inteligente y rápido de mente y de actos, un verdadero “zorro” -inclusive su mirada chispeante tenía algo zorruno- y por lo general, siempre caía bien parado como los gatos. Pero estos últimos tiempos algo le había fallado: había perdido su trabajo como Director de Recursos Humanos de una gran empresa de gaseosas, su exitosa y atractiva novia con la cual habían estado juntos once años lo acababa de abandonar y allí se encontraba él, lleno de algunas dudas y muchas deudas. Pero su lema era “Siempre Qué Llovió; Paró”. Luego se le había ocurrido la genial idea de hacer una terapia sólo para hombres, “hombres que habían perdido su GPS” como solía llamarlos él. Parecía mentira pero ya habían pasado tres meses-exactamente trece sesiones- desde que sus “machos” como él los llamaba cariñosamente, se habían juntado por primera vez. Un grupo variopinto si se quiere…
El grupo había decidido hacer un hiato en su terapia a partir de las fiestas navideñas, hiato que se extendería por todo Enero y ahora retomaban a mediados de Febrero. Como todos los jueves a las siete de la tarde, uno a uno fueron llegando: Robertino, “el pendejo”[1], quien llevaba encima el peso de un accidente donde había sido el único sobreviviente; José Francisco, un flemático y formal bioquímico jubilado y ex convicto por haber cometido un triple crimen pasional, quien estaba tratando de reinsertarse en la sociedad; Fausto, un ejecutivo muy “Casa, Club y Familia”[2], a quien el éxito profesional y la seguridad económica ya no le sonreían y quien había perdido su estatus social y con ello, su autoestima, por más que se aferrara a su imagen de hombre compuesto y seguro de sí; luego estaba Alejandro, un joven mecánico muy vergonzoso con problemas graves de integración, que aún no develaba nada importante y decía las cosas de su historia con cuentagotas; completaban el grupo Damián, una estrella del pop en ocaso, adicto a las adicciones y con un carácter infantil y caprichoso y Darío, un futbolista gay con una personalidad controladora y obsesiva, que había sucumbido bajo los encantos de un adolescente perverso, sumiéndolo en una gran depresión existencial.

Como era la costumbre, se sacaron sus calzados al entrar (Robertino, unas zapatillas Converse rojas; Damián, unas modernas D & G abotinadas hechas en “patchwork”[3]; José Francisco, siempre formal, unos clásicos zapatos de vestir negros acharolados; Darío, unas zapatillas negras de cuero con el logo de Puma en blanco; Fausto, unos mocasines italianos color borravino  y Alejandro, unos borceguíes gastados que usaba para trabajar, que parecían dos veces su talle), se sentaron en circulo en los almohadones “extra-large” dispuestos en la alfombra de seda tailandesa que tenía impresa la cara de Buda, cerraron los ojos por unos minutos, respirando hondo con inhalaciones profundas, tratando de dejar el estrés del afuera y concentrarse en el aquí y ahora.

-Bienvenidos otra vez-les dijo Guillermo cordialmente y algo excitado con la vuelta de sus pacientes. –Se me ha ocurrido algo: hoy por ser el Día de San Valentín, vamos a enfocarnos en el amor...o en la falta de él.
Hubo risas y silbidos por lo bajo; Damián revoleó la mano por lo alto haciendo un gesto muy de cancha y tarareando el tema “Oh, L’Amour” del grupo Erasure.
-Para empezar,  les pregunto: Si tuvieran qué elegir una pareja que representara “LA” Pareja Ideal… ¿Quiénes serían?
Guillermo vio como las respuestas de cada uno de sus pacientes se iban mezclando en su mente con sus propios pensamientos al respecto. A veces, su mente pareciera tener vida propia.
Robertino : Harry Potter y Ginnie.
(¿Ginnie?! ¿Quién mierda era Ginnie en Harry Potter? ¿Harry no se la trancaba a Hermione?)

José Francisco: A mí me gusta mucho la ópera. Cuando estuve en prisión me las ingeniaba para conseguir cds de Opera. Así que mi pareja favorita sería Tristán e Isolda. Aunque si pienso en Elsita, mi ex mujer, ella era más parecida a la Carmen de Bizet. Esa fue su perdición.
Vos fuiste su perdición que la mataste!)

Fausto: Bill y Hilary Clinton, siempre apoyándose el uno al otro, a pesar de las dificultades.
(Aunque él se la dejara chupar por una pasante. La imagen ante todo, ¿no Fausto?)

Damián: Sid Vicious y su novia Nancy. Pero con final feliz.
(No hay final feliz para gente como Sid y Nancy. Tampoco lo hubo para Amy Winehouse, ni Jim Morrison, Ni Janis Joplin. Ni para vos, como sigas con esa vida)

Alejandro: Perón y Evita.
(Era obvio que iba a contestar eso. Como que dos más dos son cuatro)

Darío: Bette y Tina, de la serie “The L Word”.
El nombre de la serie le hizo hacer un clic. Guillermo recordaba que había visto un par de temporadas de la serie que trataba sobre un grupo de lesbianas pijas en Los Angeles. En realidad a Guillermo le importaba un cuerno la historia de las protagonistas, pero la serie tenía escenas de alto voltaje erótico y sáfico que a Guillermo le ponían y estratégicamente arreglaba todo para que la serie coincidiera cuando estaban con Sofía en la cama. Como Guillermo se excitaba como un animal en celo con las escenas lésbicas, terminaban haciendo el amor salvajemente. Erróneamente, pensó que la serie serviría de trampolín a su fantasía de lograr hacer un trío con Sofía y otra mujer, pero sus expectativas fueron en vano. Sofía, con su ácido sentido del humor, siempre le contestaba: “Está bien, pero si hacemos el amor con otra mujer, también lo hacemos después con un hombre. Y quiero que él te penetre. Pero bien salvajemente”. Y al pensar en tal situación, a Guillermo se le quitaban inmediatamente las ganas del ménage a trois.
-Notable que hayas elegido una pareja de mujeres a una de hombres-le devolvió a Darío, volviendo su atención a la sesión.
-Las lesbianas son mejores en eso. Son más fieles, más estables, les gusta estar en pareja.
-¿Te gustaría ser lesbiana, entonces?
Todos se rieron, menos Darío que no era muy afecto a las bromas, y menos  cuando era el objeto de ellas. Su quijada  cuadrangular se puso más rígida que de costumbre y si bien no contestó, le devolvió a su terapeuta una mirada casi furibunda.
-Bueno, sigamos: Ahora, Si ustedes tuvieran que contar su vida con una canción de amor..¿qué tipo de canción sería y qué tema elegirían para contarla?
-“Los Amantes” de Mecano, of course!-dijo Damián con entusiasmo. 
- Yo usaría un bolero-respondió José Francisco-Sería Perfidia…
Fausto, sentado erguido en posición de Loto en su almohadón, dibujó una sonrisa. No era la habitual sonrisa de pasta dentífrica que solía poner, sino una verdadera, provocada por algún recuerdo feliz.
-La letra no tiene mucho que ver, pero creo que sin duda sería el tema con el que Débora y yo entramos en nuestro casamiento. El dueto de Drácula, el musical…
Robertino dijo: “Without You” de David Guetta- luego de pensárselo mucho.
Alejandro-quien curiosamente solía siempre contestar en último lugar-se adelantó a Darío:
-“Si te agarran las ganas” de Leo Mattioli.
Por último, Darío dio su veredicto:
-Mi vida amorosa siempre fue un desastre. Y eso que me esmero en que la relación sea perfecta. Creo que en el fondo soy un idealista. Pero es como si siempre llegase demasiado tarde o demasiado temprano a la vida de la gente. O ya están en pareja y quieren que solo sea el amante o recién vienen de  una relación conflictiva y no quieren compromiso. O no están lo suficientemente maduros para una relación. Pero siempre o bien me terminan dejando o los termino dejando yo, porque la relación no se acopla a mi idea de una relación perfecta. Así que calculo que mi canción sería “Te Dejaré”  de Mijares.
-Ajá-asintió Guillermo-Vamos entonces a exorcizar nuestros demonios, nuestros amores perros. Vamos a hacer los siguiente: se van a parar y van  a empezar a caminar, recorriendo todo el espacio, repitiendo un par de versos de cada una de sus canciones, primero mecánicamente pero luego se van a ir conectando con sus sentimientos y pensando en una persona a la que se dedican. ¡Arriba!
Los seis hombres se incorporaron y comenzaron a caminar por el consultorio. Siendo el único que estaba en su salsa, al principio sólo Damián cantó fuerte. Su voz de barítono, musical y entonada, retumbaba por todo el salón.
-Yo soy uno de esos amantes, tan elegantes como los de antes, que siempre llevan guantes.
Los demás seguían caminando, pero las palabras que salían de sus bocas eran casi apenas susurros inentendibles, murmullos. Guillermo sintió un dejo de frustración. Mientras tanto, Damián seguía en una especie de éxtasis, cantando y haciendo coreos como si estuviera en un recital.
-“Y voy buscando por los balcones bellas Julietas para mis canciones y hacerles los honores…”
Hasta que de repente, José Francisco sacando una voz operística que parecía surgirle de las mismisimas entrañas, se puso a cantar.
- “Mujer, si puedes tú con Dios hablar, pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar...”

La voz pop de Damián y la voz lirica de José Francisco se entrelazaron en el aire, como una enredadera a un muro. Rompiendo la armonía entre ambas voces, se escuchó a alguien imitando con sonidos onomatopéyicos el “punchi punchi” de la música electrónica  y una voz desafinada se unió a las otras. Era Robertino.
-“I am lost, I am vain, I will never be the same, without you, without you”.[4]
Para sorpresa de Guillermo, Alejandro que siempre era el último en hacer cualquier dinámica o en hablar de alguna cosa, se acopló a los demás con una voz dulce, que a Guillermo curiosamente le hizo recordar más a la de Gilda que a la voz áspera de Leo Mattioli.[5]
-“Y cierras los ojos si te agarran las ganas y soñemos los dos que estamos en la cama, 
haciendo cosas bonitas
…”
Fausto que seguía cantando en voz muy baja, se quedó callado. Cerró los ojos por unos segundos y cuando los abrió, recurriendo a sus varios años de concerts[6] en su  colegio alemán, se transformó en un personaje salido de algún musical.
-”No estás junto a mi ahora. Amor ¿Cuándo volverás? Perdón, pero yo sin ti, estoy tan perdido, siento que la vida se viste de gris”.
Finalmente, el duro Darío rompió su coraza y trató de cantar:
-“Te dejaré que vayas, tan hermosa como eres. Daré mi vida intentando sostenerte…”

Guillermo sonrió satisfecho. La dinámica estaba dando los resultados esperados. Las voces, las palabras, los versos de sus “machos” se mezclaban en el aire cada vez con mayor intensidad. Los diversos sentimientos hasta se podían palpar en el aire, de tan densos que eran.
-Sal ya, que este trovador…
-“La perfidia de tu amor…
-You! You! You!
-Yo te hago el amor enloquecido y perdido…
-Querer apurar las horas…
-Te dejaré que encuentres…
Un trueno se escuchó potente como un meteoro estrellándose en las inmediaciones. Súbitamente, la lluvia se desató sobre la ciudad en ese día de calor húmedo y pegajoso. Instintivamente, y como dando pie a algo más dionisiaco, Guillermo corrió las cortinas y abrió el ventanal de su balcón terraza (ventajas de vivir en el último piso de una torre moderna). La lluvia caía sobre las abundantes macetas y  plantas que Guillermo (y Sofía) habían improvisado y mimetizado como jardín.
Damián fue el primero en salir, seguido por Robertino. Se sacaron sus remeras y comenzaron a bailar y saltar bajo la lluvia. El contraste de los dos cuerpos, morrudo y con algo de panza el de Damián, muy alto, desgarbado y fibroso el de Robertino, ambos con tatuajes, se recortaba sobre la copiosa lluvia. En un impulso, Darío  se sacó su remera negra deportiva, develando un torso casi perfecto de deportista y salió a juntarse con sus compañeros, quienes ya estaban en ropa  interior. Fausto y José Francisco, quizás los más formales del grupo,  se miraron y con una sonrisa cómplice, se desabrocharon sus camisas, sacándoselas y corriendo a unirse con los demás. Fausto tenía cuerpo de deportista venido a menos y José Francisco un cuerpo delgado y fibroso, muy bueno para su edad. Guillermo pensó que inclusive en cueros, el bioquímico no perdía esa flema rígida de Lord Inglés.
 Alejandro se quedó mirándolos desde adentro, sin saber qué hacer. Una parte de él se moría de ganas de liberarse y bailar bajo la lluvia con sus compañeros de terapia pero su otra parte-aquella de Elizabeth María Eva, que todavía nadie en el grupo conocía- le daba mucha vergüenza. Si bien a fuerza de inyecciones de hormonas, testosterona y mucho entrenamiento en el gimnasio, había logrado un torso masculino y bien formado, aún tenía algo de ginecomastia (7) que le recordaba su otra vida.

Guillermo, al ver que el joven no se integraba, le tendió la mano como invitándolo.
-¿Venis, Ale?
_Bueno…pero…yo no me saco la camisa-dijo dubitativamente.
-Ok, no hace falta. Después te presto una camiseta mía para que te pongas.
Y finalmente se unieron al grupo. Siete hombres en cueros (bueno, todos menos uno) bailando bajo la lluvia, exorcizando sus demonios de amores perros.
Curiosamente, del departamento de al lado se escuchaba a Kylie Minogue cantar a toda voz su hit “All The Lovers”: Todos Los Amantes.

Continuará…





[1] Arg. Chico, joven.
[2] Expresión equivalente al  inglés “Boy Next Door”
[3] Tela hecha con pedazos de distintas telas superpuestas.
[4] Estoy perdido/ Estoy vacío/ Nunca Seré El Mismo /Sin Ti, Sin Ti.
[5] Gilda y Leo Mattioli: cantantes de música tropical argentina.
[6] Shows de fin de año, usualmente representaciones de musicales, que se estila hacer en los Colegios Privados.
[7] Exceso de pecho flacido en los hombres, asemejando los de una mujer.

martes, 21 de enero de 2014

"TERAPIA DE MACHOS"-EPISODIO 8: "Alejandro-Como Mulán"

Guillermo se tomó un momento para echar una mirada a sus pacientes. Notó como
—pese a ser tan diferentes entre sí—cada uno hacia su propia figura en su fondo. José Francisco, erguido, delgado, con una especie de rígida flema inglesa, parecía más un juez que un ex asesino; Fausto, con su aparente look de yuppie exitoso, intentando a aferrarse a esa fachada con su sonrisa de publicidad pero con algo que dejaba una grieta abierta desde donde podía vislumbrarse levemente la derrota; Robertino, el más joven pero no por eso el de menos angst[1], algo desgarbado pero con un atractivo como uno de esos modelos franceses, una especie de Iván de Pineda[2] de la nueva generación, con sus rulos y sus labios gruesos; Darío, el único gay del grupo, pero que exudaba masculinidad, con su cuerpo tenso, similar al de un felino a punto de cazar a su presa y una actitud de contener una energía muy fuerte como si estuviera a punto de explotar; Damián, la estrella pop en ocaso, el niño prodigio que se había descarrilado al que aún se le podían denotar rasgos infantiles en su rostro, endurecido por la droga y el alcohol. Y luego estaba él, el gran enigma de Guillermo: Alejandro. De baja estatura, morrudo pero con los músculos marcados, fibroso, extremadamente tímido y vergonzoso, como una violeta a punto de florecer.

“Y con esa obsesión de  “tocarse el paquete” a cada rato” pensó Guillermo.

Al terapeuta no le extrañó que el muchacho quedara para lo último. Luego que Damián terminara de presentarse-al que hubo que callar, ya que se había tomado más tiempo que los demás-se hizo un silencio esperando que Alejandro empezara. Pero sin embargo, no lo hizo. Se quedó callado y se reía nerviosamente, una risita que escondía una gran ansiedad, vergüenza o miedo. O una mezcla de las tres.



Alejandro, es tu turno— le dijo amablemente Guillermo, quien solía ser ácido con sus pacientes, pero a quien el chico de Lanús[3] le inspiraba ternura y protección-Eres el único que falta presentarse.

No me animo— dijo tímidamente el paciente. Todos habían estado tan ensimismados en sus respectivas presentaciones que no habían caído en la cuenta que a pesar que el chico había revuelto la bolsa no había sacado ningún objeto.
En cualquier otra ocasión, Guillermo—quien no se caracterizaba por su paciencia ni delicadeza — le hubiera hecho una intervención más dura. Pero un costado más suave asomó en él.

 —Tomate tu tiempo, revolvé la bolsa y preséntate con tu objeto.
Alejandro  suspiró un suspiro ansioso y bajó la vista. Tomó la bolsa, metió la mano, revolvió un poco y finalmente, sacó un espejo. Si bien no sabía qué decir, lo primero que le vino a la cabeza fue la letra de la canción principal de su película favorita, Mulán[4]. Nadie lo sabía, pero Mulán y Alejandro tenían bastante en común.
Esto es un espejo y…

En primera persona-lo corrigió Guillermo, ya al borde de la impaciencia.

Soy un espejo. Reflejo la imagen que la gente ve….pero…pero…
Guillermo hizo un gesto como tratando de sacarle las palabras.

—Pero a veces no refleja quien uno es en verdad. Las imágenes pueden ser engañosas.
Y se acordó de su infancia, de sus orígenes humildes, de todas las desgracias que le habían pasado mucho tiempo antes. Pero sobre todo se acordó de “ella”: Elizabeth María Eva.

Elizabeth María Eva había sido la cuarta hija y segunda mujer en una familia de siete hermanos. Justo  la del medio, ni tan grande para formar parte de los grandes ni tan chica para ser de los chicos. Por eso desde que tenía uso de razón, había tenido una extraña y triste sensación de no encajar. Peronistas[5] de ley, de aquellos peronistas “de antes”, habían decidido ponerle a su hija “María Eva”  como un homenaje a Evita[6], de quien tenían prácticamente un altar en la casa. Por qué teniendo una hija mayor, recién lo habían decidido con ella, era un gran misterio. Los Palomeque eran una familia humilde pero digna. Vivían en una casa eternamente en construcción que se iba ampliando según las necesidades familiares, sin ningún tipo de planeamiento ni arquitectura, entre dos terrenos baldíos que los varios niños Palomeque y otros chicos del barrio usaban como potrero[7]. En la casa no vivían solo los Palomeque, sino también el  Tío Ramónhermanastro de la Madre y más cerca en edad de sus sobrinos que de su hermana- la Abuela Gladys y el hermano mayor de Elizabeth-el segundo en realidad, ya que la mayor era una mujer—con su mujer y sus tres hijos. Elizabeth tenía varios alias: “La Ely” “La Evy” “La Lili” “La Mavy” y respondía indistintamente a cualquiera de ellos.
Elizabeth María Eva siempre había sido una chica tímida y vergonzosa. Algo varonera (“la marimacho” le decían en el barrio), desde chica había sentido pasión por los autos y se sentí más atraída a jugar con los autos de sus hermanos varones que con las muñecas de sus hermanas mujeres. Ya desde pequeña sabía de mecánica. Su padre tenía un Ford Falcon todo destartalado que se rompía a cada rato y ella observaba con detenimiento y minuciosidad como su padre trataba de arreglarlo. Se sabía todas las piezas de memoria: bujías, radiador, cigüeñal, batería. Había aprendido inclusive a hacer encender el auto sin la llave, algo que le sería de mucha utilidad años más tarde cuando se juntara con una pandilla de adolescentes que se dedicaban a robar autos.
A los siete años, Elizabeth supo de golpe lo que era crecer de golpe. El Tío Ramón —quien contaba con  quince años cuando ella tenía sietesolía manosearla y cuando ella tomó la Primera Comunión dos años después, Ramón, totalmente borracho, le arrancó el vestidito blanco y abusó de ella sin más. La Mavy no sabía muy bien lo que había pasado, pero sintió una sensación de suciedad, de inmundicia, y su mente infantil asoció el hecho con el vestido y decidió nunca más volver a usar uno. El Tío Ramón siguió violándola algunos años más. A los doce, quedó embarazada. La llevaron a lo de Doña Yolanda que además de curandera, tiraba las cartas, hacía pociones de amor y de paso, algún que otro aborto. Doña Yolanda miró a la niña detenidamente—a quien ya se le notaba la panza—, le puso un péndulo sobre el vientre y luego que el péndulo comenzó a oscilar, se sacó el puro de la boca, sentenciando con aire profesional:

Es demasiado tarde. Ya tiene el sapito adentro.
La criatura nació algunos meses después y Gladys, la madre de Elizabeth María Eva, se lo entregó a una familia de La Capital en cuya casa trabajaba su hermana como empleada doméstica. Nunca nadie preguntó quién había sido el padre y como había pasado el hecho. Los Palomeque venían de una gran tradición de madres solteras y ya nadie preguntaba nada, aunque Elizabeth María Eva había sido la más precoz de todas. Por lo general, las Palomeque se quedaban con sus hijos, pero La Mavy había sentido tal rechazo al crío hasta el punto de no querer amamantarlo y dada la precaria situación económica de la familia, habían pensado que lo mejor era que el bebé se criara en una familia que le pudiera ofrecer una vida digna.
En cuanto al Tío Ramón, conoció una chica que trabajaba de puta en un cabaret y un buen día  se fue de la casa de su hermana, desapareciendo por varios años, sin saber qué el hijo que esperaba su sobrina era suyo.
Desde aquellos episodios poco felices, Elizabeth María Eva le tomó odio a su vagina y la vio como fuente de todos sus males. Si una cosa le quedaba clara era que todo lo malo que le había pasado era por ser mujer, los hombres la tenían más fácil. Solía mirarse al espejo y sentir repulsión por su cuerpo. “¿Por qué tengo este cuerpo?” se preguntaba a cada rato. Y al mismo tiempo que se miraba, vivenciaba de vuelta el dolor punzante e insoportable de cuando su tío la penetraba con su enorme pene. Miedo, inseguridad, angustia, aflicción, todas eran sensaciones que a Elizabeth María Eva le eran caras y conocidas. Lo más paradójico era que al mismo tiempo que ella se detestaba por haber nacido mujer, su deseo por otras mujeres se intensificaba; y al mismo tiempo que su odio al género masculino se hacía más y más grande, ella quería ser como ellos.
Así que un día, inspirándose en Mulán, su película favorita, robó la máquina de rasurar profesional que su hermana mayor se había comprado para probar suertes como peluquera y se rasuró sus largos cabellos bien al ras, haciéndose un corte militar. Con una faja, apretó sus  pechos adolescentes—por suerte  no tenía mucho—y comenzó a vestirse con ropa grande y holgada, masculina, peinándose los cabellos con gel. El toque final fue ir hasta un Sex Shop del centro y comprarse un consolador, uno con forma y textura de pene que asemejaba uno real. Elizabeth María Eva se lo acomodaba dentro de su bóxer, y visto desde afuera, parecía que estaba muy bien dotado. El problema era que como el aparato no tenía un arnés, la chica se lo tenía que acomodar a cada rato y de ahí en adelante le quedó la costumbre de acomodarse el paquete.
Entonces hizo que todo el mundo la llamara “Lalo”, dejó la secundaria, en gran parte por las burlas de sus compañeros y dada su habilidad para la mecánica, se unió a una bandita de delincuentes juveniles que robaba autos. Sin embargo, se dio cuenta que la vida criminal no le iba y que él quería ser un “chico decente”, así que dejó su vida criminal tan rápido como la había empezado, dedicándose en cambio, a lo opuesto: arreglar autos.
Elizabeth María Eva/Lalo se sentía cada vez más feliz y más segura con su vida de hombre hasta que conoció a “La Yesi”. Yesica “La Yesi” Montes era una amiguita de las hermanas más chicas de Lalo y ahora, con dieciséis años, se había convertido en una “yegua espectacular[8]”: piernas largas, pechos grandes y turgentes, el cabello negro azabache largo casi por la cintura y una sensualidad digna de La Coca Sarli[9]. La Yesi se paseaba todo el tiempo por el barrio con sus mini shorts, su musculosa apretadita y sus plataformas que la hacían parecer mucho mayor de lo que realmente era. Salieron durante algunos meses. Lalo estaba perdidamente enamorado de ella. Pero con el voraz apetito sexual de La Yesi, Lalo tenía que hacer malabarismos para que no se descubriera su secreto. Por empezar, no dejaba que la chica le practicase sexo oral y siempre hacían el amor a oscuras. Cada vez que se encendía la luz, Lalo ya raudamente se había puesto los  bóxers y la camiseta, por lo que Yesica nunca lo lograba ver desnudo. Pero dicen que no hay nada oculto entre el Cielo y la Tierra y tarde o temprano las cosas salen a flote, por lo que un buen día Yesi descubrió de manera inesperada que su Lalo era en realidad una mujer como ella y lo insultó y lo maldijo y le dijo cosas horribles como “Tortillera del orto” y “Trola Pervertida”[10]. La chica estaba tan fuera de sí que fue  a buscar a su ex novio, quien con sus amigotes trataron de darle una palizota a Lalo, de la cual salió vivo por un tris y gracias a  su velocidad a la hora de correr.
Elizabeth María Eva/Lalo se sintió morir. Estaba perdidamente enamorado de La Yesi y ahora la había perdido, pero también se había confrontado con su verdad: por más que se quisiera sentir un hombre, no lo era. Al igual que de pequeña, no se sentía parte de nada. No era mujer heterosexual porque no se sentía una ni le gustaban los hombres. Pero tampoco se sentía lesbiana porque no se sentía mujer en ningún sentido, aunque tuviera ese tajo allá abajo y sus pechos sobresalieran algunos centímetros para afuera. La verdad era que Elizabeth María Eva tenía que desaparecer para darle lugar a Lalo y entender su verdadera identidad. Con lo de Yesi, había descubierto amargamente que no bastaba con “parecer” hombre. Definitivamente, tenía que dar un paso más allá y convertirse en uno.

Las imágenes pueden ser engañosassusurró Alejandro mientras se presentaba.

—¿Qué más, Alejandro?le preguntó Guillermo, decepcionado por la poca información que el joven mecánico había dado.
El chico hesitó y se quedó pensando. De repente, miró a su terapeuta con sus enormes y tristes ojos almendrados y le dijo:

Sólo una cosa más. Me pueden llamar Lalo. Así me llaman todos los que me conocen.

Continuará…




[1] Angst: En Psicología, angustia o temor existencial.
[2] Modelo Internacional de origen argentino.
[3] Barrio suburbano del Sur de Buenos Aires.
[4] Película de Disney basada en una leyenda china, sobre una princesa que va a la guerra en lugar de su padre.
[5] Pertenecientes a un partido político que tiene a Juan Domingo Perón y Evita como figuras principales.
[6] Eva “Evita” Perón: ícono histórico argentino
[7] Espacio de tierra abandonado usado como cancha de fútbol.
[8] Arg. Yegua, Potra: mujer hermosa y voluptuosa, que exuda sensualidad.
[9] Sex Symbol argentino de los años 60 y 70.
[10] Insultos para lesbiana.

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