Mostrando entradas con la etiqueta Cristian Alemany. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cristian Alemany. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de abril de 2014

La Vie en Rose

Anochece. Anochece en Barcelona: y la luz que queda es efímera, se escapa de las manos, fantasea por las calles del Barrio Chino y desdibuja el contorno de las viejas casas, tras cuyos muros se esconden multitud de historias.


En el cruce de las calles de Santa Mónica con Montserrat, veo a unos cuantos travestís y transexuales ofreciendo sus servicios. Se lanzan sarcasmos entre ellos, bromas gastadas y corroídas como el pavimento de la acera —repiqueteado interminablemente por tacones imposibles en las frías noches de invierno—.
Empieza a llover. Me resguardo bajo un portal y enciendo un cigarro. En frente está el Bar Pastis: un pequeño bistró que evoca la esencia de la bohemia artística y picaresca de los antros portuarios de Marsella.
Las manos me tiemblan.
—¡Tranquilízate!—me digo—. Un solo trago y estás jodido.
Una mujer, que debe rondar los 50 años, se detiene ante mí.
—¿Te has perdido?—me pregunta.
Viste con elegancia: como si viniera de disfrutar una agradable velada en el Liceo. La geografía de su cara está cubierta por un exceso de maquillaje para paliar, supongo, los estragos causados por el tiempo. En su mirada: mil vidas.
—No quiero mojarme—contestó.
Se pone a mi lado, saca del bolso una pitillera de plata y extrae un cigarrillo.
—¿Me das fuego?—me solicita.
Fumamos. El humo de los cigarrillos se desvanece, poco a poco, en el haz de luz proyectado por la farola. 
La calle se empieza a animar. Eternos mirones buscando saciar el hambre, nunca saturada, de su libidinosa mirada. Puteros que acarician con la mano, dentro del bolsillo, la piel de su cartera, mientras negocian o regatean el precio necesario para satisfacer su deseo, su fantasía, su aberración… Un par de turistas extraviados preguntan a un chulo de “rompe y rasga” por un buen restaurante.
—¡Sí, claro! En el dedo de Colón han puesto un restaurante giratorio; desde allí se puede ver toda la ciudad— les dice en tono sarcástico, ¡el desalmado!
Las carcajadas de los travestís aún resuenan cuando los “guiris” giran por Las Ramblas en dirección a la estatua de Colón.
Pasa un Fiat Punto rojo con cuatro jóvenes dentro; uno de ellos asoma medio cuerpo por una de las ventanillas y le asesta un sonoro manotazo en el trasero de un transexual.
—¡Vete a tomar por el culo! ¡Maricón!—grita éste furioso, mientras destroza su paraguas al golpear con saña el vehículo.
La mujer misteriosa entrelaza un brazo con el mío.
—¡La vida es una mierda!—sentencia—. ¡Invítame a un trago!
Siento el dolor ante la imposibilidad de expresar... de definir el tormento. Siento el vacío que precede al caos. Me estremezco ante la inevitable consecuencia: la cruel abstinencia cebándose en un ser que declina, que pierde defensas, que ya no ve tan claro un futuro donde expiar los errores; un mañana donde lamer las heridas, con calma, provocadas por el remordimiento. ¿Para qué engañarse?
—Vamos—digo, entregándome como Fausto.
Sin soltarnos del brazo, cruzamos la calzada y entramos en el Pastis.
El dueño del local, Marcel, habla con un cliente en la barra. Al vernos, nos saluda con un vago gesto.
—¿Te has perdido?—me pregunta.
La mujer y yo nos miramos con complicidad y reímos (es la segunda vez en diez minutos que me preguntan lo mismo). Nos sentamos en una mesa del fondo: en un rincón. Entretengo la vista observando algunos de los múltiples detalles o reliquias que forman el conjunto decorativo abigarrado, pero acogedor, del pequeño bistró.
—Me llamo Sofía.
La luz tenue de las velas la favorece. De repente, me parece bastante atractiva.
—¿Qué quieres beber, Sofía?
—Lo mismo que tú.
Pedimos cervezas, brindamos y nos las bebemos en un par de tragos sin soltar palabra.
En la mesa de al lado, un tipo barbudo con aspecto bohemio saca un cigarrillo de un paquete de Gitanes.
—¿No sé a dónde vamos a parar? ¡Nos van a prohibir, incluso, tocarnos los cojones!—exclama indignado. Se levanta y sale a la calle.
—¿Otra? —pregunto a Sofía.
Me incorporo sin esperar su respuesta, y voy a por dos cañas.
En la barra, Marcel discute con un personaje que me recuerda a Toulouse Lautrec. Beben Ricard. El tipo —Toulouse— está bastante exaltado.
—“Milord” es la mejor canción de Edith Piaf—vocifera.
Marcel me guiña un ojo mientras me sirve las cañas. El reloj de pared marca las diez. Los dejo con su discusión, y vuelvo a la mesa con las cervezas.
—¿Aún no me has dicho cómo te llamas?—indaga.
Le digo mi nombre.
—Pareces un buen tipo—dice.
—Gracias, pero dicen que las apariencias engañan.
—Las apariencias, quizás, pero tú no.
Apuramos las birras de un trago.
El tipo barbudo vuelve a su mesa, saca un bolígrafo de un bolsillo de su roída americana a cuadros, y empieza a dibujar en una servilleta de papel.
—¿Vamos a fumar?
Sofía asiente y coge su bolso. Salimos a la calle. Cuando sujeto la puerta para dejar paso a Sofía, basta un pequeño gesto leve con la mano para que Marcel vaya preparando otra ronda.
Sigue lloviendo. Los pitillos, que fumamos, son insuficientes para llenar el vacío inquieto que nos ha dejado la privación forzosa. Prendemos otros y los saboreamos en silencio, mientras contemplamos como las gotas de la lluvia rompen en los charcos, distorsionando reflejos de luces nocturnas; esta visión me induce a una placentera y sutil hipnosis.
De repente, una fugaz sombra pasa velozmente por delante.
—¡Al ladrón!—grita una mujer.
La sombra es un chorizo que corre despavorido hacia Las Ramblas con un bolso en la mano.
El hechizo se ha desvanecido. Taciturnos, lanzamos las colillas en un charco y entramos en el local.
Las cervezas esperan solitarias sobre la barra.
—¡Attendez!—sugiere, Marcel— ¡Así no se bebe una cerveza!
Sofía se sienta en un taburete, mientras Marcel resucita las cañas con un “toque” de grifo. Suena una canción de Piaf.
—Es la noche que Edith Piaf se desplomó, ante su público, en el Olympia de París—dice Toulouse, con un dedo en alto señalando un lugar imaginario del cual —parece ser— proviene la música. Emocionado, cierra los ojos y canta.
—¿Quieres ir a la mesa?—le pregunto a Sofía.
—Estoy bien aquí—contesta.
Vemos reflejada nuestra imagen en un gran espejo situado junto al botellero; nos echamos a reír.
—Parecemos personajes de una película de Fellini —dice Sofía—. Además, te pareces a Marcello Mastroianni.
Estallo en una carcajada.
Una joven que surge, repentinamente, de una mesa apartada y poco iluminada, se acerca a la barra tambaleándose.
—¿Tienes un cigarro, guapo?—me pregunta.
Le doy un cigarrillo; lo coloca voluptuosamente entre sus labios, y mira de reojo a mi acompañante. Sofía la ignora. El bohemio barbudo se levanta, pide otro pastis, y abre la puerta disponiéndose a salir.
—¿Quieres fuego?—pregunta, bajo el dintel, a la joven.
Salen juntos a la calle.
—¡Vamos a una mesa!—ordena Sofía.
Vacío mi vaso.
—¿Qué quieres beber?—digo.
—Ya te lo he dicho. Lo mismo que tú.
Observo cómo camina hacia la mesa, chasqueo la lengua, satisfecho, y pido dos Ricard a Marcel.
—La vida te supera, ¿eh?—me advierte Marcel.
Asiento con la cabeza mientras echo un vistazo al maldito reloj de pared: son las once menos diez.
—No lo soporto…—dice Sofía, cuando vuelvo a la mesa.
—¿A qué te refieres?—pregunto.
—¡Una chica tan joven…!
—¿La conoces?
—¡Qué importa? Conozco a montones de chicas como ésa, y casi todas acaban mal.
Marcel aparece con el Ricard. Llena dos vasos y deja una jarra de agua con hielo sobre la mesa.
—Puedes dejar la botella—le sugiero.
—¡Santé!—dice Marcel, antes de esfumarse con la bandeja vacía.
La puerta del bar se abre y entra en escena el bohemio: solo. Se acerca a Toulouse, que sigue cantando, le pasa un brazo sobre el hombro, y acaban a dúo “La Vie en Rose”. Los ojos de Sofía se nublan. Marcel sonríe, melancólicamente, con el codo en la barra y la cabeza descansando sobre la palma de la mano.
—…Mon coeur qui bat…
Suenan las últimas notas del piano; el público del Olympia, emocionado, ovaciona a Edith Piaf.
Marcel revisa su colección de vinilos mientras el disco sigue girando, rasgado, sin piedad, por la aguja del cabezal; a pesar de ello el silencio es denso.
Entonces, la puerta del bar se entreabre y asoma la cabezota de un “pinta”.
—¿Qué pasa? ¿Se ha muerto alguien?
Mira hacia cada uno de los presentes, esperando que alguno se ría de la gracia. Una ráfaga de viento se cuela dentro del local, y hace volar la servilleta de papel donde el bohemio había esbozado un dibujo. La mirada que el bohemio lanza al cabezota es, en sí misma, "todo un poema".
—¡Vaya nochecita!—insiste el pinta, echando un fugaz vistazo a la calle.
—¿Vas a entrar o te quedas ahí mirando la lluvia?—pregunta Marcel, impaciente.
—¡Venga, ponme un chupito! ¡A ver si se me pasa la tontería!—dice el pinta, disipando las dudas.
Marcel le sirve un chupito en la barra y el cabezota se lo traga atropelladamente.
—¡Joder! ¿Esto qué es? Parece de garrafón.
Dirige la mirada hacia la botella de Pernod que preside nuestra mesa, y sonríe.
—¡Ya veo que por aquí solo se bebe anisete! ¡Venga, ponme a mí, también, uno de esos!
Marcel elige un disco de Jaques Brel; el ambiente se relaja con la música. Después se acerca al “pinta”, que sigue de pie, le sirve un pastis, y deja una jarra de agua junto al vaso.
—¿El agua es para la resaca, o qué? -el cabezota suelta la chanza, risueño, y luego mira a su alrededor para averiguar si hemos calado su ironía.
Marcel, derrotado, atiende otro menester.
—Voy al servicio—le indico a Sofía.
—¡Ni se te ocurra! Si me dejas sola, ese tío nos amarga la noche—dice, señalando con la cabeza al chistoso—. ¡Vámonos!
—¿A dónde?—le pregunto, mirando de refilón la botella.
—A mi casa. Vivo cerca de aquí.
Me acerco a la barra, y le pido la cuenta a Marcel con un gesto de la mano. Cuando pago, Marcel me lanza una mirada, en la cual descubro la expresión astuta del que ha librado mil batallas portuarias; las arrugas en la piel de su cara son surcos labrados por un sinfín de experiencias que ha padecido, asimilado, encajado y, por necesidad, transformado en un temperamento versátil y adecuado con el fin de afrontar las numerosas trampas que surgen, día tras día, en un bar del Barrio Chino.

Pero su mirada, también, previene de los fantasmas que me acechan.
—¡Sí! Lo sé—le digo.

Cuando Sofía y yo cruzamos el bistró para salir, el bohemio asiente un par de veces con la cabeza a modo de despedida. Toulouse, afectuoso, nos estrecha las manos. El “pinta” se agacha por detrás de Sofía, provocando el asombro de todos, y recoge una servilleta de papel que se había quedado pegada en el tacón de uno de los zapatos de la mujer.
—¡Vaya! Parece ser que tenemos un Picasso entre nosotros—dice el cabezota, tras echar un vistazo al dibujo.
El bohemio rechina, casi imperceptiblemente, los dientes.
El endemoniado reloj marca las once y veinte.
—¡Adieu!...
Cae una tormenta sobre las calles, que ya no son calles: son arroyos que arrastran los residuos de la lujuria. Tengo los sentidos aletargados hasta que el aroma indescifrable de las aceras mojadas me devuelve a la cruda realidad. Sobre la calzada discurre un río, metáfora de la vida, indiferente a los anhelos y la desesperación de algunas almas en pena: y en vilo. Lo demás son cuerpos yacentes y rendidos a un sueño liberador que mitiga la angustia causada por soportar una existencia absurda y vana.
Un rayo inunda de luz la noche, como si fuera un foco de proyector iluminando un escenario vacío; un flash que retrata la expresión triste y sombría de Sofía tras sentir la vulnerabilidad que rezuma de cada uno de mis poros.
Se quita los zapatos y, sin perder la compostura, camina sobre los charcos. Dubitativo, enciendo un cigarrillo y observo cómo se aleja. Cuando está a punto de girar por una esquina, se da media vuelta.
—Puede salir bien -dice esperanzada. Está totalmente empapada y el cabello le cae, apelmazado, sobre los hombros.
Espera mi respuesta con la cabeza echada hacia atrás, pero sólo recibe como respuesta el estruendo ensordecedor de un trueno. Alzo la vista, hacia el cielo teñido de malva, en espera de alguna señal, y cuando dirijo la mirada, de nuevo, hacia Sofía, me golpea su ausencia.
Me pierdo entre sórdidas callejuelas, sintiendo un dolor punzante en el velado rincón donde se alojan las emociones.
La noche se cierne, amenazante, sobre mí.






jueves, 13 de febrero de 2014

El secreto del Jardín.



Me llamo Lourdes. He vivido en París los últimos 25 años de mi vida; allí me casé y tuve 2 hijos. Aprovechando un fin de semana, he vuelto al pueblo que me vio nacer y donde conocí al hombre, entonces niño, del que me enamoré locamente: Cristian.


Cuando cumplimos los 20 años, nos fuimos a vivir juntos. Encontramos trabajo en una brigada forestal que ejercía su labor en los hermosos Jardines Secretos. Éstos habían acogido, cuando éramos niños, nuestros primeros escarceos amorosos.

Cristian sufría depresiones agravadas por el consumo de drogas. El amor incondicional que le profesé no fue suficiente para evitar la dinámica autodestructiva en la que entró. El día que me propinó una bofetada, al cabo de una convulsa convivencia de 5 años, hice las maletas y me marché: hasta hoy.

El reencuentro con mis padres ha sido muy emotivo. Después, para aliviar la tensión, hemos salido a pasear por el pueblo y conversar con algunos amigos y conocidos.

Por la tarde me dirijo a los Jardines Secretos. El aroma melancólico de la tierra mojada me trae al recuerdo mi infancia. Aflora en mi pensamiento aquella sombra titilante proyectada por el árbol umbrío —refugio y hogar de nuestros juegos clandestinos—.

Busco la sombra pero no la encuentro. Era un lugar apartado —bucólico — donde los sueños dormían. Allí, el tiempo languidecía en el ocaso (quietud voluptuosa subyugando las almas cándidas, los corazones rotos…); y una mirada anhelante perseguía la luz ambarina que impregnaba los árboles, las plantas y el semblante risueño de Cristian.

He oído rumores; dicen que en la puesta de sol que precede a cada luna llena, Cristian busca —también— la sombra titilante en los Jardines Secretos.

El domingo por la mañana acompaño a mis padres a misa. Cuando salimos de la iglesia, me encuentro con el padre de Cristian. Me pregunta por mi exilio voluntario y le relato brevemente los hechos más trascendentales. Pero me muero de impaciencia por saber algo de él.

—¿Cómo está Cristian?—le pregunto.
—Está en el Sanatorio—le cuesta expresarse y agacha la cabeza—. No… no está bien.

Le cojo de la mano y aprieto los dientes con todas mis fuerzas para no llorar.

Al atardecer me encamino hacia el Sanatorio. Cuando entro en el recinto, paseo por un sendero de grava que bordea la residencia. Observo a un hombre sentado en un banco de piedra. Lleva puesto un pijama azul. Tiene el cabello greñudo y blanco; el sur de su cara lo cubre una poblada barba canosa con manchas de color sepia en la perilla y en la punta de los pelos del bigote. Está fumando y encara la vista hacia las montañas de la Sierra. De repente, parece percibir mi presencia y se gira: es él.

El corazón me palpita con fuerza. Nerviosa, se me cae el bolso al suelo, volcándose su interior. Cristian se levanta, se acerca y me ayuda a recoger los objetos caídos. Cuando nos levantamos, me acaricia una mejilla y me besa en la frente; veo en sus ojos mil tormentos inconfesables. Entonces se aleja. Le sigo con la vista hasta que lo pierdo cuando gira por un vértice del vetusto edificio. El crepúsculo de fuego confiere una atmósfera irreal al entorno. Cubro mi rostro con las manos y me echo a llorar desconsoladamente. Soy consciente de la futilidad de la vida, pero, también, de la realidad opresora e inapelable del dolor.

Cuando despega el avión que me lleva de vuelta a París, abro el bolso para coger un libro y encuentro un sobre oculto entre sus hojas. En el anverso —del sobre— está escrito “El secreto del jardín”. Lo abro, con las manos temblorosas, y empiezo a leer:

—¿Te acuerdas de nuestro escondite, Lourdes?—.
—El misterio de su alma es la eterna alquimia del poeta de la Naturaleza; un día creí descubrirlo —el misterio—­ pero tropecé con el palíndromo ininteligible de sus sombras y volví a la más sabia de las decisiones: libar con su belleza.
—Los Jardines Secretos me tienen preso en el centro del enigma. ¿Me rescatas?—.
—No puedo, Cristian—digo en alto, inconscientemente, mientras las lágrimas me caen en cascada.

FIN


martes, 21 de enero de 2014

El viejo y el vino



Las musas esquivas imaginadas tras el ventanal danzaban su pieza más macabra, mientras las figuras cotidianas que pululaban por el arroyo, con andares grotescos y extraños rictus, excitaban la mente del escritor, ya de por sí torturada.
—Un vino de la casa—vociferó Ernest.
—¡Volando!—aventuró el joven camarero.
Irrumpió la lluvia en la calle con una violencia inusitada.

—¿Qué demonios me ocurre?—pensó Ernest—. No soy capaz de escribir una sola palabra. No puedo dejar de pensar en aquel maldito porche donde mi abuelo, con una pipa humeante en la mano, se mecía en su butaca y veía pasar la vida. Si por lo menos reviviesen en mí las sensaciones de entonces, éstas podrían insuflarme una buena dosis de inspiración…

—Su vino, señor Hemingway— el camarero dejó el vaso sobre la mesa de madera de roble.

Ernest observó como rompían las gotas de la lluvia sobre el empedrado de la acera, y como se reflejaba la inquietante luz de las farolas en los charcos anunciando la culminación del ocaso.

—Excelente—exclamó, tras sorber enérgicamente el vino.

El camarero sonrió al tiempo que frotaba el mármol de la barra con un trapo seco.

Hemingway escribió algunas palabras hasta que la desesperación se apoderó de él, y despedazó la hoja de papel. La expresión de su cara aparentó la virulencia de mil diablos enfurecidos. Se levantó de la silla y se acercó a la barra con el vaso vacío en una mano. 

—Otro vino, por favor— solicitó.

El camarero se lo sirvió atentamente. Hemingway se paseó de un lado a otro de la barra como un león enjaulado. De repente, detuvo el paso y con los ojos bien abiertos, exclamo:

—Me he pasado la vida huyendo de aquello que me define como persona. Siempre he tenido miedo a que mis propios fantasmas me condujeran hacia la locura. Por eso he buscado la aventura, la acción, como un antídoto capaz de arrinconar la angustia. He superado mis temores encarando la muerte; porqué no hay nada más prosaico que el acto de morir, y la prosa, en su definición más amplia, puede ejercer de medicina para alejar el delirio…

Un relámpago estremeció a aquellas dos almas.

—Cuando el miedo ancestral —dijo el camarero— es genético, tiene difícil solución. Sin embargo, el temor que nos han inculcado a través de la educación social, familiar o religiosa es más fácil de combatir.

Ersnest se asombró del razonamiento de aquel hombre.

—¡Cuánta verdad hay en sus palabras, amigo!—dijo Hemingway.

Salió a la calle y prendió el tabaco de su pipa grande y robusta. El humo ascendió lentamente en sugestivas volutas, tal si fueran las divagaciones del escritor estimuladas por el calor agradable del caldo en sus entrañas. El olor de las calles mojadas se confundió con los atávicos aromas de los viñedos húmedos. Inspiró con fuerza y volvió a entrar en la taberna.

Apuró el vaso de vino, guiñó un ojo a su amigo y se fue hacia la mesa simulando bailar un vals. Y sin llegar a sentarse, de pie, con el cuerpo inclinado y con un codo reposando sobre el tablero, estampó las palabras sobre las hojas en un estado febril. Algunas veces reía, otras fruncía el ceño, pero en todo momento parecía estar inmerso en un éxtasis envidiable. El joven camarero no pudo evitar observar aquella sublime actividad del escritor (una cascada inigualable de creación) con una mezcla de estupor y veneración. Una hora después, Ernest, abatido, soltó la pluma y escondió la cabeza entre los brazos.

—¿Se encuentra bien, señor Hemingway?—le preguntó el joven. 

—Llámame Ernest, amigo -contestó el escritor sonriendo—. Sí, estoy bien.





Hemingway cogió todas las hojas esparcidas sobre la mesa y se dirigió a la barra. 

—Me gustaría que las aceptase— le dijo al joven, entregándole todo su escrito.

Éste se quedó atónito y sin saber qué decir. Ernest soltó una carcajada que inundó toda la estancia. 

—No digas nadale dijo el escritor—. Simplemente acepta esto como un obsequio personal. Sólo te pido algo a cambio.  
—Lo qué usted quieradijo el camarero sin salir de su asombro.
           
Cuando Ernest le susurró algo cerca del oído, un trueno blasfemó la comunión espiritual originada entre aquellos dos hombres, y la lúbrica a aquel vínculo se manifestó con un apagón que los dejó sumidos en la oscuridad...

Un anciano, sentado en un banco del parque, lanza unas migas de pan a las palomas. Ha transcurrido más de medio siglo desde aquella inolvidable tarde. Se sacude las manos y extrae unos papeles ajados de color sepia de un amplio bolsillo de su abrigo de paño, y con expresión triste en el rostro los relee una vez más. Cuando levanta la vista tiene los ojos nublados por la emoción. Como por arte de magia, aparece un mechero de una de sus manos, lo enciende y acerca las hojas al fuego. Mientras arde el manuscrito, el anciano pierde la mirada en el horizonte donde se recortan unas nubes rojizas ante un cielo malva. Tras sentir el quemazón en los dedos, suelta el pequeño pedazo de papel chamuscado, y éste cae al suelo con un vaivén descendente que al anciano le hace recordar aquellos pasos de vals improvisados por Ernest. Sonríe, se levanta y se aleja.

Cuando sale del parque se sumerge entre la vorágine despiadada de la ciudad. Le vienen a la memoria pedazos de su pasado. Siente una tristeza insondable que lo deja cruelmente indefenso. La noche se cierne sobre las tumultuosas calles. Unas luces de neón parpadean ante sus ojos. Levanta la vista y lee: “El viejo y el mar”. Entra en un pequeño bar situado frente al “cine de arte y ensayo” y pide un vino de la casa. Un camarero joven, despreocupado, se lo sirve. El anciano alza el vaso, encarándolo al cartel iluminado, y brinda:

—¡Salud, viejo amigo!—.



sábado, 21 de diciembre de 2013

Navidades rotas.

-La navidad es blanca –masculló entre dientes, Raúl, mientras palpaba con una mano la papelina que yacía dentro de uno de los bolsillos traseros de sus gastados tejanos.
Sonrío con ironía. Las chiribitas de navidad, lilas, rojas y amarillas, abovedaban la calle, velando las primeras luces de la noche.
Raúl entró en el bar Quitapenas, se desprendió de su gabardina negra, lanzándola despreocupadamente sobre un taburete, y se acodó en la barra.
-¿Un rioja, gran reserva? –le preguntó el camarero con sorna.
-Déjate de historias, y ponme un vaso de ese “matarratas” que tú llamas vino.
Cuando se iba al lavabo, escuchó un villancico que unos tertulianos, azules de dicha, farfullaban en uno de esos programas de la tele que deprimen y ofenden a la inteligencia.
Al salir del servicio, le delataban las pupilas dilatadas y una compostura corporal más firme y desenvuelta. Pero sólo recibió la complicidad del camarero a través de un guiño. Los demás clientes, carne de cañón solitaria, bastante tenían con intentar resolver, a través de nebulosos pensamientos, sus atribuladas vidas.
Raúl apuró su copa de un solo trago y conminó al camarero, señalando con el dedo índice el interior del vaso, a llenarlo de nuevo con el cascado néctar.
Un viejo que ocupaba un extremo de la barra, pareció despertar de su letargo, y apostilló con voz rajada:
-Nada, nada…. Igual me dejo pasar más tarde por ahí.
Desde luego, nada parecía indicar que la información fuese dirigida hacia alguien en particular, a tenor de su mirada perdida.
-¿Me dejas fumar aquí? –le provocó, Raúl, al camarero mientras sacaba un pitillo y un mechero de uno de los bolsillos de su gabardina.
El camarero, amodorrado, negó lentamente con la cabeza mientras fruncía sus labios con autoridad.
-Pues, entonces, me “piro” –apostilló, Raúl.
Se tragó el vino y se fue mientras el camarero le despedía a la manera militar.
Visitó bar tras bar hasta que le agotó tanta noche buena entre seres que vivían ese momento como una excusa para dar rienda suelta a su embriaguez.
Se compró una botella de Jack Daniel’s en la licorería del pakistaní de mirada dulce las 24 horas del día.
-¿Cuándo debe de dormir este tipo? –pensó, Raúl.
Se perdió por los solitarios jardines del Parque del Mar hasta que encontró un recóndito banco de piedra amparado por la muralla milenaria; se dejó caer en él con laxitud. Se llevó el dedo meñique a la boca y lo ensalivó; después lo frotó sobre los últimos restos de polvo blanco que quedaba en la papelina, y se lo restregó sobre las encías. En seguida, sorbió el whisky con ansia y hundió la cabeza en su pecho.
Empezaron a caer unos copos de nieve que acentuaron el silencio del lugar, dándole una apariencia irreal, mágica. Raúl pensó, desesperado, en la divina comedia… Cuando pensaba en la manera de traspasar la última frontera, levantó la cabeza y enjuagó sus apagados ojos con un postrero rastro de humanidad.
Entonces… la vio. No estaba soñando, era ella. Estaba plantada frente a él con un brillo de inocencia y cariño apresado en sus retinas. Guarecida con un abrigo y un gorro de lana blanca, le pareció un ángel redentor.
-La navidad es blanca –musitó, Raúl, con una pizca de esperanza, reencontrando el amor al amor.
 

Textos registrados

Safe Creative #1205150611376