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martes, 21 de mayo de 2013

La Dulce Muñeca.

         A veces la mente juega malas pasadas y nos hace sufrir aún más de lo que ya lo estábamos haciendo. Digo esto, porque hace tiempo, visitando un albergue de esos que hay en las ciudades para los “sin techo”, conocí a una mujer menuda y joven, cuyo corazón rezumaba tanto sentimiento de culpa que su mente parecía no asimilarlo.
El comedor estaba repleto de indigentes en un día de invierno, tan frío como el alma de esta triste mujer.
Era mi primer trabajo bien pagado en la redacción de un periódico local y mi jefe, un gruñón sesentón y achacoso por el tabaco, me había mandado allí a investigar sobre las condiciones en las que se encontraba el local ya que se había recibido algunas denuncias por parte de los vecinos.
Recuerdo, entre sonidos de cucharas, platos, risas y gritos, como me fijé en ella. Mis ojos se cruzaron con los suyos por un momento pero su mirada estaba ausente.
Una mirada verde, clara, limpia y… vacía. No tendría ni 30 años y su pelo enmarañado era de un gris ceniza como los restos de una colilla.
Me extrañó ver a una persona tan joven en aquel sitio.
Me acerqué a ella, creo que no se dio cuenta porque ni se inmutó. El murmullo en el comedor era ensordecedor, el frío helaba el aliento y ella, aunque rodeada de gente, parecía sola en ésa inmensidad.
Me senté a su lado y me presenté.
—¡Hola!, me llamo Ana, ¿y tú?—. Me miró sin verme y siguió comiendo. 
Un viejo de barbas blancas y sucias como la nieve que había acumulada en la calle y ojos inyectados en alcohol, me dijo:
 —No insistas, nunca habla con nadie…está loca…no sabemos su nombre…aquí la llamamos “la dulce muñeca”…— me hablaba entre sorbo y sorbo de comida que se le quedaba en la comisura de la boca. 
En ese momento hice intento de irme. Parece que reaccionó porque me sujetó la mano y me miró de nuevo. Esta vez si me vio.
Sus ojos verdes, sin pestañear, me hablaban sin palabras. Su mano caliente, a pesar del frío, se aferraba a la mía. Sus pupilas se movían mientras me observaban, como si estuvieran leyendo un libro en mi cara y tengo que reconocer que me asustó.
Me aparté de ella en un acto reflejo y me fui como huyendo de un fantasma. Durante el resto del día sólo pude pensar en “la dulce muñeca” y me arrepentí por haberla abandonado de esa manera.
Esa noche, en la cama antes de dormir, me di cuenta que al final no había realizado el trabajo que me mandó mi jefe y que no tendría más remedio que volver al otro día.
En verdad, necesitaba volver allí otra vez.
Quería verla de nuevo. Quería saber qué me quiso decir. Quería, en definitiva, conocerla.  
La curiosidad pudo conmigo. 
Estuve visitando el albergue durante un par de semanas hasta que desapareció. Llegaba con tiempo suficiente para poder hacer mi trabajo y después la esperaba que entrase por la puerta con ese halo especial que sólo tienen las mujeres que no pertenecen a estos ambientes.
Su ropa, aunque vieja, no estaba sucia. Su piel era limpia y clara, se notaba que en otro tiempo estuvo bien cuidada. Su cabeza, siempre agachada con la mirada fija en el suelo como escondiéndose de la gente, como si no quisiera que nadie la mirase, se imponía en una espalda erguida y un paso firme, reminiscencia de una vida completamente distinta a la que llevaba ahora.
Durante los días que pasé junto a la dulce muñeca, compartí pan, pucheros, frutas y alguna que otra sonrisa. Aprendí con ella que a veces los gestos valen más que mil palabras, que una mirada te puede contar más que un diario y que una sonrisa, a veces, alivia enfermedades que los fármacos no consiguen.
Esta mujer me cortaba el pan, me acariciaba el pelo y a veces me miraba de soslayo y sonreía. Yo, ajena a su dolor, le contaba historias del periódico, de mi vida y en definitiva le hice partícipe de mis penas y de mis alegrías. 
No conseguí en esos días ni una frase coherente hasta el día en que desapareció. Observé cómo escribía en una carpetita llena de papeles que guardaba rápidamente cuando me sentaba a su lado.
Un día le regalé un bolígrafo de Betty Boop, ella me dio un beso en la mejilla y con su media sonrisa, me escribió con una bella caligrafía de letras claras como su mirada:
 —Hace tiempo que no busco una mirada amable. La encontré en tus ojos el día que te conocí. Gracias—. 
Se fue, como siempre, sin saber adonde y me dejó allí con una lágrima recorriéndome la mejilla. Pensé en su dolor, en su sufrimiento y el no poder llegar a entender qué tristeza era aquella que le quemaba el alma y que no quería expulsarla y compartirla conmigo. 
Al día siguiente, volví a buscarla entre la gente con la decisión de saber por fin qué era lo que la estaba matando por dentro. Allí estaba, sentada en el mismo banco de siempre, buscándome con su mirada.
No podía saber que ese iba a ser el último día a su lado. 
Mientras comíamos, le preguntaba y le preguntaba y ella sólo huía de mí bajando su cabeza, apoyándola entre sus manos. Pensé que no iba a conseguir nada con aquella actitud y decidí irme, pero antes en un acto instintivo saqué mi cartera para dejarle algún dinero por si lo necesitaba y el destino quiso que se me deslizara sobre la mesa la foto de mi bebé. 
En ese miso instante, no supe qué se le pasó por la mente. Cogió la foto con los ojos sobresaltados, la besó y por primera vez la vi llorar.
Llorar para dentro, llorar sin lamento, llorar sin lágrimas.
Sentí tanto dolor al verla en ese estado que la abracé para confortarla pero me rechazó.
Se levantó apresuradamente, me miró con las pupilas rojas y con la foto aún en sus manos, escuché su voz temblorosa:
—¡Perdóname!— y se fue corriendo entre el gentío dejando una estela de ella en el comedor. 
Cuando reaccioné, me percaté que sobre el asiento se había quedado la carpeta donde guardaba sus escritos y la curiosidad me pudo.
Tengo que decir que voy a transcribir palabra por palabra lo que encontré en algunos de aquellos papeles porque es la única forma de que ustedes y yo, logremos entenderla. 
Después de leer aquello, me desgarré por dentro el corazón por no haber sido capaz de ayudarla a salir de su equivocación.
Quiero que leáis con calma y comprensión las letras de una mujer llena de amor y de odio hacia sí misma y que el destino o lo que fuere, la arrastró al abismo que ella conscientemente, buscó:
“Llevaba el coche casi al límite de velocidad. El acelerador pisado con fuerza, con el mismo desgarro pisaba el freno, la música de Bob Marley me recordaba viejos tiempos, no muy lejanos, y un “may” entre mis labios, me embriagaba con su aroma.
Cerca del puerto fui aminorando la marcha, aunque no la rabia y busqué en aquel vetusto malecón, —donde el mar con su furia convierte las olas en amargas espumas de sal—, un lugar donde descansar mí angustiada alma.
Estacioné mi viejo coche —de color pajizo casi imperceptible en aquella inmensa oscuridad sólo rasgada por los focos de la luz de la bahía—, de cualquier forma y bajé de él.
El aire, frío como el hielo, cortaba la noche. El viento, como en un susurro, murmuraba a mí alrededor. La Luna no quería ni mirarme y me la imaginé enfadada conmigo.
Me senté sobre el impávido cemento muy cerca del mar, respiré hondo, di la última calada y me dejé llevar por su somnolencia.
Mis pensamientos empezaban a divagar evitando el doloroso recuerdo cuando a lo lejos, en el otro extremo del malecón, creí percibir el enfermizo grito de un niño.
No miré, el ruido del mar me confundía.
De nuevo volví a escuchar algo, esta vez fue una inocente sonrisa.
Me sobresalté al ver el cuerpo delgado y quebradizo de un niño que jugaba sin miedo a pie de dique.
—¡¿Qué haces niño!?— le grité aún creyendo que era producto de mi fantasía. 
El niño me miró y se rió de nuevo. Saltaba con piecitos pequeños de un lado a otro. Las olas chocaban con ímpetu y su cabecita esta estaba húmeda por el agua.
—¡Se va a matar!— pensé angustiada. 
Me levanté y asombrada lo observé claramente, su piel era sonrosada y apenas tendría 4 años.
Durante unos instantes no reaccioné, esperé a que por se fuera por sí sólo —ingenua de mi— pero inmune al riesgo, seguía allí jugando.
Busqué en las inmediaciones pero la noche era solitaria y ni las gaviotas del puerto volaban para acompañarme.
El niño, de repente, saltó y cayó tan cera de las olas, que creí ver entre la espuma brazos de hielo que intentaban llevárselo.
Corrí, como si fuera la última vez en mi vida. El viento arreciaba en mi rostro con indiferencia, las piernas me temblaban agónicas y un sudor frío me humedecía la espalda.
Una ola estalló muy cerca, tanto, que nuestros cuerpos quedaron empapados de mar y tristeza.
Llegué a su lado casi sin aliento, él no se movía. Y lo miré. Tenía carita de ángel y sonreía. Estaba mojado, herido y…sonreía.
Lo recogí entre mis brazos. Su cuerpecito, que apenas pesaba, era tan liviano que parecía se me iba a escapar entre mis manos.
Lentamente e intentando ofrecerle el poco calor que me quedaba, nos alejamos del malecón.
Me senté con él en el suelo, recostada en el coche, resguardándolo de Erinias y Euménides que se fueron buceando mar adentro porque yo no los dejé llevarse a “mi niño”. 
El viento dejó de soplar como si se hubiera quedado sin fuerzas, las olas dejaron de gruñir para sucumbir en un mar tibio y sereno, la Luna apareció con sus estrellas como si fueran a una fiesta de gala y la música de la radio del coche sonaba quedamente como si nos llegara de un mundo lejano. 
Sentí que el corazón me dolía de pensar que podía estar muerto. No quise comprobarlo. Y lo mecí, estrechándolo con mi pecho, cantándole una nana.
Lo abracé, como nunca antes lo había hecho con nadie, y lloré, lentamente, angustiosamente y las lágrimas me resbalaban mojando mis estériles labios.
Mientras le acariciaba su cabecita y le susurraba al oído palabras de amor que jamás dije a nadie, el crío abrió los ojos y vi en ellos toda la desolación de la noche. Sus ojos acuosos y grandes como lunas pequeñas me miraban absortos mientras lo besaba en la frente.
Y volvió a sonreír. 
Una vocecita endeble me dijo —¡Mamá!— y un beso de su labios se quedó impregnado en mi piel.
Y entonces lo acomodé en el suelo, me levanté y grité…grité de dolor rasgándome la garganta, me maldije con palabras innombrables y maldije el día en que nací, hasta perder las pocas fuerzas que me quedaban… 
…Amanecí en el asiento del coche con la cabeza apoyada en el volante, la ropa húmeda, la cara helada y la música sonando de fondo.
Me desperté de un sobresalto. La luz del sol cegó mis pupilas ensangrentadas y mis párpados abotargados. La garganta me dolía.
Salí del coche enloquecida buscándolo y no encontré a nadie…no lo encontré a él… 
El día era apacible, radiante. Los barquitos pescaban su monotonía surcando un mar pacífico y ajeno a mí, y te busqué a ti, mi niño y ya no estabas.
De pronto la fuerza del pensamiento me quebró de dolor en el bajo vientre, me arrodillé abrazando mi abdomen y recordando aquella sala blanca, aquel potro y aquel médico de pétreo rostro que miraba a la nada mientras me succionaban la vida de dentro.
Maldije de nuevo. El dolor era insoportable y no podía dejar de llorar. Y una palabra desde dentro de mis entrañas surgió como la lava de un volcán:
—...¡Perdóname!...¡perdóname!...—“. 
            Esto fue lo que leí de entre sus papeles y entonces comprendí…


Sólo espero que donde ella esté reaccione algún día y levante su frente al inmenso cielo, lo mire con sabiduría y comprenda que él ya la perdonó porque no hay mayor castigo que el arrepentimiento y consiga así poder vivir en paz consigo misma.
           —En recuerdo de la dulce muñeca—.
 
 
Escrito por:
Nurya Ruíz

 

lunes, 22 de abril de 2013

Día del libro.


 
Escuché hojas inconexas 

y armé letras bajo 

manos ateridas de dudas.

 
Volteé páginas amargas

y sorteé versos eternos

en la gruta de mis pensamientos.
 

Un libro es más que

un amigo tendiéndome una mano:


Es un preámbulo

en medio del desierto,

es un argumento

que enlaza vidas ajenas.

 
Es un final 

cuando la muerte espera.
 

Escuché hojas amargas 

y armé letras bajo 

ojos manchados de tierra.
 

Volteé páginas inconexas

y sorteé versos eternos

en la barricada de mis olvidos.
 

Leí un libro, dos, tres, 

mil y renuncié a mi historia en pos 

de la Historia Verdadera. 

 

Escrito por Nurya Ruiz

jueves, 21 de marzo de 2013

La liturgia de abrir un libro.


Tengo que empezar diciendo que no estoy en contra de las nuevas tecnologías y que aunque no he nacido en la era de la informática y los móviles, creo que he sabido ponerme al día y adaptarme a las nuevas plataformas de comunicación.  

Mi móvil de última generación, mi blog, el facebook y demás, lo avalan. Incluso a veces he reparado algún que otro problemilla de mi PC cuando éste se ha quedado colgado o le ha entrado un virus. 

Sin embargo tengo que reconocer que todavía no he sido capaz de aplicar, al cien por cien, esas nuevas tecnologías a la hora de leer un libro. 

Estoy convencida de que la liturgia de abrirlo, de tocar sus tapas, oler sus hojas, hacer apuntes en los laterales, subrayar palabras y colocar todo su cuerpo en las baldas del mueble librero de mi casa donde tengo recopilados años de lectura, puede decirse que desde que empecé a leer, no podría cambiarlo por ninguna otra forma de lectura. 

He sido y soy una enganchada de los libros y ello me lleva a tener una máxima en mi vida: si alguien me pide prestado un libro de mi biblioteca personal, se lo compro. Prefiero dejar mi coche antes que un libro. 

El amor a los libros me hace ser egoísta y lo asumo ¡qué le vamos a hacer! 

Y de pronto, un buen, día aparece en las noticias los i-book, los tablets y las descargas de libros por Internet.

Comprendo que la comodidad de llevar un tablet en la maleta cuando vas de viaje, o a la playa y poder disponer de tu lectura favorita en cualquier lugar, es inmensa.

Sin embargo, con esta nueva metodología podremos leer los libros de máxima actualidad del momento pero poder descargarte unas aventuras de Rocambole del francés Terrail, los artículos y poemas de un Poe, un cuento como Bel Ami del escritor Maupassant, una antología poética de Carolina Coronada, máxima representante de la poesía del romanticismo en España incluso un libro de nuestros escritores Campogibraltareños como Emilio Ríos, Carmen Sánchez y Fernando Mota o un Jose Luis Benitez, extraordinario escritor malagueño afincado en Alemania, es imposible.

Y debo reconocer que alguna vez me he descargado o me han mandado un PDF con muy buenas obras, hoy en día a través de Internet y de facebook es, en ocasiones, la única solución para darse a conocer un escritor que no tiene editorial que le publique o un medio para hacerse un hueco en el mundo literario.

Aún así me ha sido imposible visionarlos con la emotividad que se merecen en la pantalla del ordenador, y he tenido que imprimirlos para leerlos pausadamente, pasando mis dedos por cada hoja y paladeando cada palabra escrita.

Dicho todo esto, asumo con no poca vehemencia, que leer un libro es como hacer el amor al tiempo. 

Que cada uno busque el sitio, la forma y el método para disfrutarlo, pero que nunca, nunca, por Dios, dejen de sentirlo.

 

Nurya Ruiz

miércoles, 13 de febrero de 2013

Una pedida de mano muy peculiar




          Este relato es pura ficción, lo que ocurrió realmente ese día, como fue o como no fue o si fue ese día u otro, solo lo saben los protagonistas de esta historia.

Era un día claro, luminoso, de esos que cuando miras por la ventana se te quitan todas las penas. Además iba a ser un día muy especial o así al menos me lo imaginaba desde hacía unas cuantas semanas.

Mientras dormía, mientras me duchaba, mientras trabajaba...mis pensamientos estaban en este día.

Lo elegí por puro azar, una tarde un compañero del trabajo me regaló un cupón y resultó con dinero vuelto con el número 5 y como nunca me había tocado nada, me puso tan contento que decidí que el 5 del mes siguiente sería el gran día.

Y así llegó el susodicho, me levanté el primero y preparé un desayuno de los que nos gusta a nosotros: pan de campo tostadito, manteca colorá y café de pucherete...te sube el colesterol...pero te sube con una alegría en el cuerpo que pa qué...

Bueno, la mañana la pasé medio perdido en pensamientos de quita y pon. Me explico, le diré esto, no, lo otro; me vestiré así, no, de la otra forma; se lo diré aquí, no, allí...total un galimatías tal que llegaría la hora y ni sabría qué decir, ni qué ponerme ni dónde decírselo.

El caso es que ella llevaba todo el día intrigada, incluso algo mosqueada porque me notaba raro...y yo no estaba raro, no, yo lo que estaba era hecho un flan intentado que los pensamientos no se me vieran en la frente pasar con lucecitas rojas como el letrero que hay en contribución para coger turno, vamos...

¡Pues no iba a estar raro, si apenas comí, con el saque que yo tengo!

Y llegó las 5 de la tarde.

Resulta que tanto pensé cómo iba a decírselo- memoricé unas cuantas palabras que casi rimaban para darle un toque romántico, imaginé cogiéndola de la mano y con dulzura poniéndole una alianza de pequeños diamantes que aparté en la joyería hace ya varios meses y fantaseé con besarla apasionadamente hasta dejarla casi sin aliento-, que llegó la hora y se me había olvidado ir a recoger el regalito y por supuesto en pleno verano y sábado, no me iban a abrir la puerta de la joyería ni aunque la echara abajo tirando piedras.

Y llegó las 5 de la tarde.

Ella tomaba un té ojeando una revista, yo, con el delantal puesto fregando los platos –hoy me tocaba a mi- me cogió el toro.

Y tenía que ser a las 5, podía aplazarlo para un poco más tarde, pero como soy tan cabezota, quería que fuera a esa hora.

Y allí mismo, con el delantal puesto, una coqueta pulsera de alambre inventada por mí a la prisa y con los ojos vidriosos como platos, le dije:
 
  • ¿Te quieres casar conmigo?

Y se lo dije tan bajito que ella siguió leyendo y yo esperando la respuesta.

Creí morir. ¿Será que no quiere? ¿Me estará gastando una broma? ¡Ya no sabía qué pensar!

Y le repetí, ahora con más fuerza en la voz – demasiada -, no calibré la verdad:
 
  • ¡¿Te quieres casar conmigo o no?!
  • ¿Pero qué dices Antonio, me lo puedes repetir?- dijo ella con esa dulzura que la caracteriza.

Y yo, con la pulsera de alambre en la mano, el delantal puesto y la voz más temblorosa aún, le repetí.
 
  • ¿Te quieres casar conmigo?                   

Y ella, no echó cuenta a la pulsera, ni al delantal, ni escuchó mi corazón galopando, sólo me miró a los ojos como la primera vez que la conocí, acarició mi rostro con sus manos y me susurró al oído:
 
  • Te amo, te amo como jamás nadie te ha podido amar.

Me mordió con suavidad el lóbulo de la oreja y siguió diciendo:
 
  • Sí, sí quiero. Quiero estar a tu lado hasta que nuestros cabellos sean plateados, nuestros nietos hayan crecido y el que está arriba nos guiñe un ojo y nos llame para estar a su lado.

Y ahí fue cuando la besé, con tanto amor que quería demostrarle en ese gesto que perdimos el equilibrio y terminamos en el sofá riéndonos como críos.

Ese fue mi día 5 y aunque en ese momento no le dije bellas palabras, las tengo escritas y dicen así:
 
 
Cuando la luz de las estrellas
 
te miren de reojo
 
piensa que te estoy amando.
 
Cuando la espuma del mar
 
bañe tus pies
 
recuerda que siempre estaré a tu lado.
 
Cuando la música de una caracola
 
suene quedamente en tu oído
 
no olvides que soy yo el que te está llamando
 
para decirte sin palabras que TE QUIERO
 
para cantarte sin música que TE ADORO
 
y para escribirte sin letra que TE AMO.
 
¿QUIERES CASARTE CONMIGO?
 
 
Por:
Nurya Ruiz

lunes, 21 de enero de 2013

Artículo: Mafalda.




Estamos inmersos en un mundo donde la prima de riesgo, la bolsa, los bancos y los políticos, sean del color que sean, manipulan nuestras vidas y nuestros bolsillos con total sutileza.

Me gustaría pensar que la libertad existe, pero ésta únicamente nace y se reproduce en nuestro subconsciente, a la hora de la verdad, nuestras decisiones siempre están condicionadas de forma intrínseca por el entorno político-económico y social en el que nos desarrollamos como personas.

Dicho esto me viene a la mente una frase que dice:"Y al final, ¿cómo es la cosa? ¿Uno lleva la vida por delante o la vida se lleva por delante a uno?"

El origen de esta frase fue una niña, bajita, de pelo rizado y negro a lo afro y de una amplia sonrisa en su oronda cara, que vio la luz hace casi 50 años de la mano de su creador, Joaquín Salvador Lavado o Quino, para sus fans argentinos, el autor de Mafalda, el flamante personaje que con los años se transformaría en un estandarte de lucha por la igualdad social.

Seguramente los jóvenes de hoy en día apenas la conozcan, ellos han crecido con los dibujos televisivos japoneses pero los de nuestra época crecimos con la filosofía de vida de esta niña, que en cada una de sus viñetas aparecía preocupada por la humanidad y la paz mundial y se rebelaba contra el mundo legado por sus mayores.

Sí, amigos míos, Mafalda ha sido querida y amada por muchos de nosotros y aunque un 25 de junio de 1975 apareciera por última vez en una tira, el personaje sigue tan vigente como entonces, los diez únicos libros de la serie continúan reimprimiéndose una y otra vez en todo el mundo.
Umberto Eco comentó de ella en el prólogo de la edición italiana que Mafalda y sus amigos son ya de índole universal, aunque sus orígenes fueran argentinos y su creador, Quino, no tuviera ni idea del personaje que en aquellos momentos estaba creando.

Todos los que leíamos sus tiradas queríamos ser como ella, porque Mafalda representaba la aspiración idealista y utópica de conseguir un mundo mejor. Sus comentarios y ocurrencias eran y siguen siendo el espejo de las inquietudes sociales y políticas tanto del mundo de los años 60 como de la actualidad.

Mafalda, en cuarenta años de existencia, traspasó no sólo fronteras sino también los estrechos márgenes de las tiras para convertirse en un personaje más de nuestra realidad cotidiana.

Aunque Quino se despidió de ella, hace ahora, hace casi 37 años, el personaje sigue tan vigente como entonces. En el 87, Quino dibujaba a Mafalda diciendo: "¡Sí a la democracia! ¡Sí a la justicia! ¡Sí a la libertad! ¡Sí a la vida!

En el 88 vuelve a dibujar a Mafalda junto a Libertad, para un cartel del Ministerio de Relaciones Exteriores de la Argentina, en conmemoración del Día Universal de los Derechos Humanos y no dejará de dibujarla en años posteriores. Podemos verla, con los años que tiene, navegar tranquilamente por los muros de facebook y siempre la compartimos porque seguimos creyendo en ella y en lo que representa.

El mejor modo de finalizar este artículo para despedirme de ustedes y ofrecerle mi pequeño homenaje a esta amiga imaginaria que me acompañó en mi juventud, es recordando algunas, entre tantas, de sus célebres frases que dicen:

"Todos creemos en el país, lo que no se sabe es si a esta altura el país cree en nosotros” o ¿No sería mas progresista preguntar dónde vamos a seguir, en vez de dónde vamos a parar?" O la última dice: “¿Por dónde hay que empujar este país para llevarlo adelante?"

Escrito por:
Nurya Ruiz.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Cuento de fin de año. Pinceladas de colores desde la ventana.

          El vehemente aire del invierno abrió la ventana. Cohetes multicolor surcaban el suelo negro del firmamento incorporándose al manto de estrellas.
 
          Unos ojos redondos, de un extraño gris violáceo y de largas pestañas castañas, parecían a punto de llorar.
 
          Un cabello caoba, de extensos tirabuzones, rodeaba una fina cara casi de porcelana.
 
          Un escuálido cuerpo de niña-mujer, permanecía estático ante el ventanal de aquella anticuada casona tan siniestra que podía otearse en el horizonte.
 
          Unas manos blanquecinas aferraban  unas ruedas de fino caucho, balanceándolas hacia delante y hacia atrás, con titubeantes movimientos que hacía crujir el viejo suelo de madera.
 
          Unas adormecidas piernas, sobre un pequeño escalón de hierro, aunque inmóbiles, parecieron por un momento temblar bajo una mantita de cuadros azul y beige.
 
          Una espalda recta – el dolor no había logrado arquearla – apoyaba toda su historia sin pasado en el   respaldo de esa silla, especie de trono con ruedas.
 
          Y los cohetes con sus silbidos de felicidad, disparaban brazos de colores que descendían caóticamente, y antes de desaparecer en el infinito, sus terminaciones como ojos de cristal iluminados, la reclamaban a su lado y al explotar en la inmensidad, le decían: Ven...y algunas palabras más que se diluían en la noche.
 
          Abajo en la cocina, un rechinar de platos para la cena de fin de año se amontonaban en la encimera.
 
          De pronto, los cohetes desaparecieron y el silencio volvió a ocupar su sitio en la habitación de la niña. En el salón, la música sorteó los recovecos de la casa hasta llegar a sus oídos y en su soledad pensaba:- ¡cuánto me gustaría poder bailar!...¡cuánto me gustaría poder bajar al salón y decirle a mi papi: mira papá, mamá desde el cielo me ha ayudado a levantarme...!
 
          Un fin de año más, y ya van doce, y la niña vuelve a estar de nuevo en el dormitorio con olor a madera rancia, de nuevo vuelve a mirar las estrellas buscando los ojos de una madre que nunca conoció, de nuevo se quedará dormida en esa silla que desde siempre ha sido su cárcel sin que nadie venga a darle las buenas noches, ni a tumbarla en la cama con un cariñoso beso en la frente y de nuevo las risas y el baile del salón inundan su apagada mirada de tristeza.
 
  • ¿Hola?...¿Estás dormida? - le dice al oído un pequeño saltamontes vestido con frac, con una humeante pipa en un lado de su pequeña boca y una bufanda de franela alrededor de su estrechísimo cuello.
  • ¿Quién eres?....¿sabes hablar?...
  • Pues claro niña, desde siempre, lo que pasa que a veces nadie me escucha  y de un salto se posó en su regazo.
  • ¡Qué bueno que sabes saltar!...¿¡me gustaría tanto saltar contigo?!...
  • ¡Me gustaría...me gustaría! Así no niña, Me gustaría es un condicional y significa que será o no será, ¡pídemelo de nuevo! De otra forma.
  • Es que no sé.
  • Sí sabes. Di lo que quieres, no lo que te gustaría querer. Vamos, empieza de nuevo.
 
          Ella cerró los ojos y la boca para pensar pero no se le ocurría nada.
 
  • ¡Es que no sé! ...ayúdame pequeño saltamontes, por favor, y te prometo...que...que...si consigo andar...yo...yo...te regalaré mi casita de muñecas para que vivas en ella y te resguardes del frío en invierno...¿te parece?...
  • Bueno, bueno, vamos a ver niña – le decía el iracundo saltamontes mientras se pasaba la pipa de un lado al otro de la boca – dime ¿quieres bailar conmigo?...
  • Sí, sí, quiero.
  • Dime niña, ¿quieres correr conmigo por el jardín?...
  • Sí, sí.
  • Dime otra vez ¿quieres pasear por la arena de la playa?....
  • Sí, sí quiero – le contestaba la niña mientras aplaudía con sus pequeñas manitas -.
  • Pues ahora, dilo tú sola y después ¡HAZLO! - y desapareció.
 
          Las campanas de la iglesia empezaron su toque de queda de Fin de Año din...don...din...y mientras las campanadas sometían mentalmente con su himno anual las ilusiones de los paisanos, la niña recomponía y lanzaba al vuelo sus quiméricas palabras.
 
          Voy a andar esta noche y así conseguiré que mi papá, este año por fin, pasee conmigo por el jardín que a mi madre tanto le gustaba...
 
          De pronto, los cohetes con sus brazos de colores y sus ojos de cristal iluminados, empezaron a silbar y explotar, entretanto en el salón aplausos y risas desconocían que la niña, con sus débiles brazos forzaba su frágil cuerpo hasta abandonar la silla.
 
          El último cohete estalló en la madrugada con una cascada  multicolor que iluminaba el cielo.
 
          La niña, de un golpe, cayó al suelo. Sus raquíticas piernas no pudieron soportar el peso de su fantasía.
 
          Por la mañana, el ama de llaves la encontró tendida en el suelo.
 
          El conjurador saltamontes, sentado en una pequeña butaca de la casita de muñecas, sonreía mientras se balanceaba, fumando su pipa.
 
  • Pero nena ¿cómo estás en el suelo?...- le amonestaba su padre, agachándose para recogerla.
 
          La niña se desperezó y antes de que el padre pudiera ayudarla, se levantó como si nunca hubiese estado paralizada, giró su cabecita ante la sorprendida mirada de su padre y vio al saltamontes en su casita de muñecas, y éste, con un guiño de ojo, le dijo muy bajito: ¡Feliz Año Nuevo, niña!...te lo mereces.
 
          Y ella, por fin, sonrió.
 
 
 
 
 
 
NURIA RUIZ
28/12/2010

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