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lunes, 22 de abril de 2013

50 Despierta, Olivia, se están abriendo los cielos.

     Mara lo supo porque Alfred se lo dijo a Nicole al humedecerle la oreja con la lengua. Nicole se lo dijo a Dan en la consulta Ayurvédica. Dan se lo dijo a Louise en un ataque de celos. Louise se lo dijo a Mara entre besos. Nicole se lo dijo a Phil el día de su cumpleaños, y Phil ya lo sabía porque se lo había dicho Susan Darkin, su nueva mujer. Susan lo supo porque una desconocida le envió un correo electrónico. Raquel lo supo porque Olivia le dijo que abandonaba el proyecto del Village de Nueva York y se iba al fin del mundo. Por una u otra razón, Louise, Susan, Dan, y Nicole, habían llegado también a Montana al atardecer. Nicole porque no podía vivir sin Alfred. Dan porque Nicole le dijo que allí podría curarse del AIDS. Louise porque Dan no se tenía en pie y juró acompañarle hasta la muerte. Susan porque no creía en las casualidades. Todos menos Mara, Phil, y Raquel. Raquel porque quiso acabar el proyecto de Nueva York. Phil por razones de concepto. Mara porque se fue al desierto de Arizona, siguiendo las instrucciones que Adrameleck le cantó al oído desde muy lejos, la noche que se comió a Louise confitada de besos.

En el desierto presenció encantada una enorme nube de polvo que de la noche a la mañana acabó convirtiéndose en un batallón de demonios disfrazados de Ángeles del Infierno que tomaron la primera hamburguesa de su vida en un McDonald’s de las afueras de Tucson. Les entusiasmó, y casi todos concluyeron que aquello sí era vida de verdad y no la oscuridad del Infierno.

Cruzaron Utah y Wyoming en un santiamén. Cuando llegaron a Montana, al pasar por Livingston, a mucha gente le pareció lo más natural del mundo que en la gira americana de los Rolling Stones no faltaran ni los Ángeles del Infierno.

—Nunca mejor empleada la expresión —dijo Mara con cierta ironía a Adrameleck, ahora convertido en un apuesto Terence Cartinova, de Kansas.

Bastante atractivo, con barba, vestido de cuero negro forrado de clavos plateados, con cara de saber muy bien de qué iba el asunto. Mara, la muy coqueta, se pegó una fresita a modo de tatuaje donde arranca el pecho y comienza a hablar de cosas interesantes.

Al amanecer, Alfred salió a tomar el fresco.

—Vaya nochecita —se dijo satisfecho.

Todavía inmersa en el profundo silencio de la noche, le pareció escuchar una música muy suave de órgano y violines. Al principio la confundió por la resonancia de las melodías que escuchó en la blanquísima alborada de la Luz, y siguió paseando sin prestarle atención. Sin embargo, al regresar a la tienda de campaña, se paró y la escuchó con detenimiento. Un hecho cierto que iba creciendo en fascinación.

—Qué música más delicada —se dijo con el corazón palpitante.

Una sonoridad diáfana, como celestial, comenzaba a escucharse claramente en medio de aquel silencio estrellado. La música iba en aumento, una delicadeza indescriptible a la que se fueron incorporando gradualmente las voces cristalinas de un coro de ángeles. Miró atento hacia arriba y vio como el cielo se abovedaba por momentos, y el azul oscuro comenzaba a teñirse de tonos celestes. Las voces se hicieron algo más perceptibles, y más blanquecino el azul celeste dibujado con haces difuminados de luz. Poco a poco, aquella luz se fue transformando en ángeles transparentes, perceptibles muy pronto en toda su refulgencia. Volaban entrelazados en una ingente espiral luminosa que se iba abriendo a medida que el coro se hacía más poderoso y se dejaba escuchar con mayor intensidad.

Alfred entró en la tienda y despertó a Olivia con insistencia.

—Despierta, Olivia, se están abriendo los cielos.

Cuando salieron la masa coral había tomado consistencia, aquellas voces cristalinas inundaban el firmamento y comenzaban a propagarse por toda la Tierra. La bóveda celeste se había perforado. Había quedado abierta una enorme abertura circular desde donde caían majestuosos haces de luz en forma de cilindro, por los que descendían ingrávidos docenas de ángeles amorosamente difuminados en aquella transparencia. Cilindros concéntricos de Luz formando capas de diferentes colores, en cuyo manto exterior comenzaron a verse claramente los azules de la Voluntad y el Poder. Más hacia el interior, los dorados de la Sabiduría, rosados del Amor, verdes de la Abundancia y la Verdad, violetas de la Libertad, la Misericordia y el Perdón, violetas dorados de la Resurrección. En el centro, un manantial inacabable con el blanco purísimo de la Ascensión.

Tan potentes se hicieron aquellos coros de ángeles y tan intensa la refulgencia, que la gente comenzó a salir de sus tiendas de campaña. Se quedaron boquiabiertos, atónitos ante tanto esplendor. Fue tanta y tan desbordante la emoción del momento, que la muchedumbre entera se desplomó de rodillas entre sollozos: nunca ojos humanos habían presenciado tanta grandiosidad y tanta belleza. Los ángeles bajaban a cientos, y la intensidad de los coros crecía y crecía, y parecía no tener fin. Aquella luz intensa deslumbraba toda la faz de la Tierra con su resplandor. Las caras comenzaron a volverse de oro y de plata, y casi transparentes los cuerpos. Poco a poco, en el centro de la luminaria, franqueada por docenas de ángeles, majestuosa y resplandeciente, comenzó a revelarse con mucha nitidez el perfil cristalino de la escalera que ascendía al Reino de la Luz. En lo más crecido de las voces comenzaron a redoblar los tambores, y aquel coro de ángeles y arcángeles se convirtió de pronto en una marcha triunfal.

Esta fue la señal. Alfred se levantó resuelto.

—Vamos —dijo.

Cogió a Dan por la cintura, cargó su brazo por encima del hombro, y comenzaron a caminar decididos hacia adelante.

—Ánimo, Dan, ya sólo falta un paso para vencer a la Muerte —dijo mirando con dulzura aquellos ojos vidriosos de moribundo.

Alfred y Dan emprendieron el paso hacia la escalinata del Cielo, y con ellos, Olivia, Louise, Nicole, Susan, y toda la multitud apiñada. Cantando, llorando, rezando. Los tambores redoblaban con creciente energía, y los coros iban subiendo gradualmente de tono ampliados por las voces de los que alcanzaban los primeros haces de luz. Este grandioso escenario marcó el principio de la ascensión de los seres humanos al infinito Reino de la Luz. Todo se había transformado en un monumental coro solemne en el que dejaron de distinguirse las voces angélicas de las humanas. El poderoso canto de afirmación en la Luz que acompañaba los pasos de aquel reguero de gente apelotonada en una procesión interminable.

Avanzaban resueltos mirando hacia las alturas con los ojos llenos de lágrimas. Emocionados y deslumbrados, pero serenos. Embargados por la grandeza de tan gigantesco acontecer, cantando decididos con voces esperanzadas, convencidos de lo inquebrantable de su determinación, plenamente seguros de dirigirse hacia un destino glorioso. A medida que iban ascendiendo, sus voces se hacían diáfanas y se iban transformando por completo: sus caras rejuvenecían y se volvían hermosas, y sus cuerpos perdían densidad y ganaban en transparencia. Las inmediaciones del Yellowstone Park se habían convertido en un clamor multitudinario de alegría y de gozo, de voces cantando la gloria de regresar al origen. Incluso se acercaron varias familias de ciervos, una manada de búfalos, y animales de todas las especies, y emprendieron también el camino de la ascensión.

Entraron en el Reino de la Luz habitantes de todos los países del mundo.

Los primeros ya se habían perdido de vista en las profundidades celestes, y los demás iban ascendiendo en una hilera interminable a la que llegaba gente de todos los confines. Una columna inacabable que zigzagueaba y se extendía interminable por países y continentes, en medio de un clamor que resonaba por doquier cubriendo toda la Tierra. Un canto global que expresaba la determinación de muchos por ascender al Reino de la Luz, y que otros presenciaban entre risas y mofas, y escarnios de toda índole. Es natural, hay cosas que no se entienden.

—Enviadnos postales desde el Cielo —decían los más delicados.

—Dadle recuerdos a Dios de nuestra parte —decían otros riendo.

—Están completamente pirados —se decían unos a otros.

La gran mayoría se cruzaban con ellos moviendo la cabeza, sin prodigarles ni una mirada. Algunos con miradas de indulgencia, de conmiseración, de estupor ante tanta inclemencia de mente. Otros con ojos de intriga, de miedo, de rabia, de desprecio, de incertidumbre. Unos pocos incluso con envidia manifiesta. A la Luz no aspira todo el mundo. Miradas de gente cansada y confundida que se cuestionaba con escepticismo la realidad de un mundo cuya consistencia se desvanecía por momentos. Un mundo que aunque nadie quisiera admitirlo, se estaba cayendo a pedazos, y todos lo sabían. La Inmortalidad asusta de todas maneras. 

—Sólo nos faltan escaleras que vayan al Cielo —decían algunos.

Una realidad tan ficticia la del mundo, que aguardar en una fila el momento de ascender al Reino de la Luz, a muchos les parecía una más de las calamidades a las que tener que enfrentarse. Como un terremoto, un huracán, un incendio devastador. Nada que cupiera en la mente de una persona sensata.

—Una ficción pintoresca —decían los más optimistas.

—Mejor esto que la Guerra de las Galaxias —decían otros.

Sentían vergüenza ajena por los que se iban, y una vergüenza todavía mayor por ellos mismos que se quedaban. En el fondo sabían que no tenían nada que esperar, y encima se veían incapaces de decidirse por una opción imposible.

— ¿A dónde vais? —preguntaban en los pueblos.

—A fundirnos con la Luz —respondían convencidos los de la hilera.

—Si tantos han enloquecido de pronto, acaso seamos nosotros los enajenados por no ver lo mismo que ellos —se decían algunos otros.

— ¿Y si fuera verdad? —pregunta Laurie Chesley a su marido, fregando los platos pensativa en Mountpleasant, Iowa.

Enjabona una cacerola impregnada con grasa persistente de la costilla de cerdo que ha guisado para comer. Contempla con una nostalgia indefinible a todos los que se van, pensando ya hace rato que tendrá que hacer un pipí.

—Otra vez la cistitis —se dice con cierta resignación.

Ricky se levanta, se le acerca, se planta a su lado con una factura de electricidad en la mano izquierda, un bolígrafo azul en la derecha, y mira curioso a la gente por encima de las gafas partidas de leer que le caen sobre la nariz. La columna de humanos que ascienden hacia la Luz le ha sorprendido haciendo cuentas en la sobremesa.

Se llevan bien, pero el corazón de Laurie volaría si la dejaran. Si Ricky no se hubiera conformado tan pronto con lo poco que le ofrecía la vida.

—Laurie, cariño, ¿a ti lo de una escalera que ascienda a la Luz te parece una idea razonable?

Laurie sigue mirando por la ventana.

—Imagínate, un cielo que se abre con ángeles que vuelan. ¿A ti te parecería razonable esto, Laurie? ¿Te parece que a estas alturas de civilización tendría algún sentido una imagen ingenua como ésta? ¿No la encuentras, no sé, como de estampita de la Primera Comunión, algo de lo más cutre, por así decir?

Laurie abre el grifo del agua caliente.

—Una idea para mentes primitivas, crecidas en lo más rancio de lo espiritual. Argumentos para colmar emociones inmaduras, débiles, infantiles. Una historia que no se sostendría ni en un cuento de niños. Hoy día, Laurie, con tanto progreso como tenemos, con tanto como los psicólogos han avanzado en el conocimiento de la mente humana, propuestas como ésta parecen de lo más desencontrado, propio de mentes fantasiosas, ávidas de volar y volar sin saber hacia dónde. Sólo por salirse de la rutina, del orden que resulta imprescindible para progresar con firmeza. Ir hacia la Luz, santo cielo, Laurie, qué fantasía más desproporcionada. Esto no lo piensan ni los europeos —dice llevándose las manos a la cabeza.

Laurie sigue mirando entre los visillos de la ventana, cada vez más convencida de lo que ve. Friega la cacerola cada segundo con menos determinación.

— ¿Y estas caras de gozo, Ricky? ¿Cuándo has visto tú una esperanza tan firmemente establecida en algún rostro? ¿No te das cuenta que la Luz infinita ya resplandece en sus ojos y les ha hecho distintos? Mira qué caras de gloria, Ricky.

—Laurie, por favor.

—No, Ricky, este hecho se encuentra mucho más allá de cualquier lógica que puedas aplicarle a la vida. Se trata de un suceso extraordinario, quizá de la última Realidad, puede que de lo Verdadero —le dice con expresión conmovida.

Sin dejar de mirar por la ventana, Laurie deja la cacerola, se seca las manos con parsimonia, se desabrocha el delantal, lo cuelga con delicadeza, y abre la puerta de la cocina con determinación.

—Adiós, Ricky, me voy hacia la Luz —le dice dándole el último beso de esposa solícita que habría de darle en la vida.

Ricky se quedó mudo. Paralizado en el dintel de la puerta con la factura en la mano. Con la boca abierta mirando como su mujer se iba.

—Laurie, cariño, vuelve. Laurie, mi amor, con lo felices que hemos sido. Laurie, te quiero —alcanzó a balbucir Ricky desde la puerta de la cocina.

Laurie ya no podía oírle. Su voz se había unido al clamor de la multitud que no paraba de cantar. Por primera vez en la vida, un gozo de verdad había comenzado a inundarle el corazón, y ya no se acordaba de ninguna felicidad que fuera de este mundo. Las había olvidado todas por completo. Su rostro ya resplandecía con las luces de la Inmortalidad. Sus ojos brillaban con la refulgencia del Infinito.

En Zurich, al mediodía, de pie comiendo una salchicha de Frankfurt en una terraza, un ejecutivo le preguntó a otro si aquella fila que cruzaba la ciudad era para comprar entradas del teatro o para pagar impuestos. El otro contestó que para ascender hacia el Reino de la Luz.

—Debe ser el fin del mundo —dijo el primero.

—No, el fin del mundo ya vino con el eclipse —dijo el otro.

—Mierda, me he manchado la corbata de mostaza.

—Siempre me compro la ropa interior demasiado ajustada —se dijo la secretaria al escuchar la conversación.

 Si aquello pasó al margen del Tiempo, si tardó mucho o poco en acontecer, o si nunca llegó a pasar de verdad, es algo que muchos intentarán averiguar y seguramente nunca lograrán esclarecer con certeza. Sin embargo, por más real que fuera, no se vio en ninguno de los informativos. Ninguna cadena de televisión pudo retransmitir cómo la especie humana ascendía hacia la Luz. Así pues, nadie de los que se quedaron supo a ciencia cierta si realmente pasó, o pasó solamente en la mente de unos cuantos. Aunque no hubo cámaras de televisión, tampoco fue ningún secreto: todo el mundo pudo ver la hilera que conducía a la Luz.

En consecuencia, todos pudieron tomar una postura al respecto.

Si no ascendieron fue porque no quisieron. Nunca comprendieron que eran la mismísima Luz y lo habían olvidado debido a un lamentable error. No le vieron interés alguno, y prefirieron seguir con sus cosas en la Tierra. Sea lo que fuere, la realidad, la auténtica realidad, fue que mientras unos se daban las mil y unas razones para quedarse, otros se iban convirtiendo al instante en la Luz que siempre fueron. Dejaban de ser humanos y comenzaban a ser Infinitos.

Nunca en la Tierra se vio nada igual. Los recién llegados se quedaban extasiados al ver cientos de ángeles bajando desde las alturas para recibirles con reverencia. Caminaban absortos y fascinados, asombrados al ver como se iban transformando en seres de Luz. Caras de niño ilusionado al ver realizado un sueño imposible. Lágrimas de gozo de quien regresa entre resplandores a su olvidada condición primigenia. La naturaleza infinita se puede ignorar, pero nunca dejar de tener. El Infinito existe al margen de quien lo reconoce. Es Todo.

Alfred y Olivia ya caminaban por el centro de aquella inmensidad, franqueados a ambos lados por seres celestiales que les daban la bienvenida y engrosaban el coro con sus voces. Personajes de porte majestuoso vestidos con amplios ropajes, cuyos rostros revelaban la dignidad, la sabiduría, y el carácter que imprime pertenecer a la estructura de un Orden perdurable. Celebraban contentos el retorno de los humanos que habían traspasado la limitación. Final anunciado, por más olvidado que la humanidad lo hubiera tenido, escrito con letras de oro en los anales de su Historia. Una historia que nunca existió porque siempre ha existido.

—Cantos de bienvenida graves y serenos que salen de lo más hondo de la infinitud. Adornados con el marco de lo Perfecto —se dijo Olivia al sentir recuperada su índole celestial.

 Hermanos mayores que nacieron humanos y alcanzaron el Reino de la Luz. Maestros que ayudaron a otros a realizar su destino. Alfred reconoció a muchos que vio con anterioridad: los reyes Melchor, Gaspar y Baltasar que vinieron de Persia; Akbar, el más grande emperador Mogul, Abraham, Isaac y Jacob, los maestros Kuthumi y Djwal Kul, el señor Lanto, Luz de la antigua China, y sus brillantes contemporáneos Confucio, Gautama Buda y el señor Maitrea; Lao Tzu, espíritu del Tao, y Sanat Kumara; Amenotep III del antiguo Egipto, el que construyó el templo de Luxor; Leónidas, Hijo del León, rey de Esparta o Lacedemonia, que se enfrentó a los Persas en el paso de las Termópilas; Enoch, el profeta Elías y Melquizedek, Rey de Salem; Zaratustra y Pablo de Tarso, Hilarión, los sanadores Hermes de Trimegisto, Hipócrates y Paracelso, Morya El y el Conde de Saint Germain, muchos de la Orden de los Templarios, los místicos sufíes Shihab ad din Suhrawardi y Al Hallay, Juana de Arco, Ben Arabí, Kutumi, la Virgen María, San José, y todos los Santos, Kuang Ying, Narayana, Vashista, Shakti, Parashara, Viasa, Valmiki, Shukadeva, Gauda Pada, Shankara, Govinda, Brahmananda Saraswati, Patanjali, Aurobindo, Yogananda, Krishnamurti, Jesucristo, y tantos y tantos, santos, santas, Papas de Roma, Shankaracharyas de la India, luminarias que abrieron los caminos de tantos como entraban y se sumaban a los coros de la Luz. Maestros satisfechos de ver finalizada su inestimable labor.

Caminando entre su verdadera familia, Alfred y Olivia comenzaron a olvidarse de que fueron humanos. Lo último que atestiguaron siendo humanos es que el ámbito celestial es lo más natural del mundo. Mientras el pensamiento se desvanecía en aquella corriente luminosa, Alfred asumió sin darse cuenta su condición angélica. Nunca más habría de acordarse de la Tierra ni de lo Humano, ambas circunstancias desaparecieron de su memoria sin dejar ni rastro. Todo fue absorbido por una realidad en la que no podía encontrarse ni sombra de espejismo.

Aquellas hileras inacabables que conducían a la escalinata de la Luz terminaron por desaparecer de ciudades y pueblos con la misma naturalidad con que se formaron. Los que quedaron en la Tierra olvidaron que alguna vez hubieran existido. La gran mayoría ni siquiera se dio cuenta de su desaparición. Todo siguió enrevesado y complejo como de costumbre. Los políticos apretándose las manos, y las Bolsas subiendo y bajando. Los hielos licuando y todos pegando tiros.

Los únicos que permanecían atentos fueron los Ángeles del Infierno. Aquella polvareda de Tucson que se hizo realidad delante de los ojos chispeantes de Mara. Hora crucial largamente esperada. Cuando los últimos humanos ascendían hacia la Luz, se quitaron con diligencia cazadoras de clavos, botas y sombreros, gafas de sol, barbas y bigotes, y aparecieron como lo que siempre fueron: los auténticos Príncipes del Mal, sus Egregias Majestades Luciferinas vestidos de guerra. Aquella escalinata magnífica se disolvió con la misma delicadeza que los ángeles ascendieron, se apagaron los coros, y de todo aquello sólo quedó una abertura circular por donde se filtraban los últimos haces de luz.

Había llegado el momento.

Sin perder de vista las últimas luces, Lucifer dio la señal con un fogonazo de ira en los ojos. Lanzas en ristre, emprendieron el vuelo como un escuadrón compacto que va directo a presentar combate. A su paso fueron dejando un reguero de chispas de odio que cayeron sobre la Tierra como gotas de plomo fundido en un magma de azufre. Tanta fue la pasión, y tanto el odio acumulado, que no hubieron ni planes ni estrategias. Volar con el único propósito de entrar y destruir todo a su paso. Colmar la sed de venganza acuñada durante tanto como había durado la Oscuridad. Los rayos de luz cristalizaron como lanzas transparentes de titanio, y tal como iban llegando se enristraban con violencia en las invisibles espadas de Luz. Quedaron atrapados a miles. Tan pronto como quedaban atravesados se iban disolviendo sin dejar ni rastro. Iban desapareciendo aullando odios y maldiciones. Fue una auténtica carnicería. Algo espantoso.

Mara y algunos de los rezagados renegaron de su condición el último segundo. Un instante de Luz puede con milenios de iniquidad. Se tornaron blanquísimos y cruzaron triunfantes el portal de la Inmortalidad. Al final, Mara descubrió el origen de todas sus fantasías, el amor a Alfred fue el argumento para que se revelara su naturaleza ilimitada: desear la Inmensidad te convierte en la Inmensidad misma. Todavía es un deseo, pero es el último. Los que la siguieron abandonaron la Oscuridad porque la autenticidad de aquel final les hizo conscientes de haber vivido una gigantesca ficción. Fueron los últimos: el Portal de la Luz se cerró para siempre. Aquel intento de agresión pasó del todo desapercibido. En realidad nunca existió. Fue otra de las fantasías a las que obliga el poder ilusorio de la Oscuridad. Para los demonios fue un hecho cierto, pero para nadie más. Los que entraron estaban demasiado ocupados siendo el Amor. Todo era Bienaventuranza. La Infinitud lo llena todo.

Cuando la ascensión al Reino de la Luz hubo concluido, aquella música de órgano y violines se fue alejando de la Tierra. El cielo de Montana volvió a ser el de siempre: un azul intenso y emotivo que aguarda los primeros rayos del Sol.

Si Lucifer optó por la Luz, igual que Mara hizo el último momento, o desapareció con los suyos, es algo que nadie supo, ni a nadie importó realmente.

Aquel día salió un Sol gigantesco.

El cielo desapareció engullido en un mar rojo intenso. El Sol se convirtió en una Gigante Roja, una luminosidad miles de veces superior a la que siempre tuvo. En pocas horas desaparecieron la atmósfera y los océanos, y la vida sobre la faz de la Tierra. El planeta Tierra se convirtió en una bola de fuego descomunal que quemó durante algún tiempo perdida en el espacio. También ardieron Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno, y Plutón. Todo el sistema solar. Nadie supo hasta cuándo. Los humanos desaparecieron y los ascendidos nunca volvieron a acordarse de que hubieran sido humanos. La Oscuridad era como si nunca hubieran existido. El espacio quedó como testigo mudo del hecho, pero ni se inmutó. Había presenciado impasible las órbitas de muchas bolas de fuego, de agua, y de hielo. Incluso alguna de miel amorosa.
 

Escrito por Jorge Bas Vall

jueves, 21 de marzo de 2013

No cambies, cariño...


Gina comenzaba evidenciar uno de sus principales temores: el de ser rechazada. Pero no en el plano afectivo, mucho más preocupante para Jorge, en el plano admirativo: Gina necesita sentirse admirada constantemente como único argumento para reforzar su sentido del sí mismo. Ha empleado todo su tiempo en crear una imagen de sí misma, en lugar de construirse a sí misma. Por esta razón no basa su autoestima en lo que ella es como consecuencia de haber desarrollado sus capacidades reales, la basa en su capacidad de captar la atención de los demás. Para Gina es fundamental la reacción de Jorge hacia ella, no tolerará ningún vacío en su dosis diaria de admiración. Tras una fachada de escogido rigor estético narcisista se esconde una fuerte dependencia de los demás.

—Pronto tendremos problemas de hostilidad: sin mi atención continuada crece su sensación de vacío y atacará se dijo Jorge. Jorge es de los que no está para que lo necesiten

—Una cosa es hacer favores cuando hace falta, y otra son las dependencias patológicas acostumbraba a decir.

Ni le gusta ser dependiente, ni le gusta crear dependencias.

—Ades, Gina ya está comenzando a mostrar su naturaleza comparativa y competitiva. Necesita mantener alta su autoestima tratando de imponer su superioridad añadió con una sonrisa. Para compararse y poder competir necesita de un modo fundamental a los demás: son la mismísima base de su razón de ser. Lo tenemos mal, para Jorge los demás ni siquiera existen a la hora de fundamentar las bases de su sí mismo.

La competitividad comenzaba a ponerse abiertamente de manifiesto en las largas conversaciones telefónicas.

—Una conversación basada en el marco de la competencia, lejos de ser creativa, es destructiva y completamente inútil. Es una pérdida de tiempo inmisericorde se decía Jorge al colgar el teléfono. Pero las leonas cuando piden guerra se suben al lomo del león y muerden lo primero que encuentran. Y Gina lo entendió así. El a menos pensado, le dijo a Jorge que se iba a Barcelona para conocerlo personalmente. A Jorge le sorprendió tanta determinación, pero al mismo tiempo no pudo dejar de admirar tanta claridad de propósito.

—Una mujer decidida merece un respeto se dijo.

A Jorge le gusta la novedad. Se aviene a lo inesperado. Adora los imposibles. Además, la cara de Gina le recordaba un pasado de espadas y caballeros. Un guión muy elaborado, por tanto. La recepcionista del hotel llamó a su habitación, pero Gina no estaba.

Al colgar el teléfono, mi por encima del hombro de Jorge y sonrió. Jorge se volvió de forma instintiva, y vio a Gina detrás de él sonriendo como una Princesa. Las Princesas sonríen por encima del Bien y del Mal, forma parte de su naturaleza real.

Vas adornada con el manto de Venus —le dijo Jorge.

Fue un encuentro inolvidable. Desaparecieron la recepcionista, el vesbulo, el hotel, Barcelona, y hasta podría decirse que el planeta Tierra. Sólo quedaron ellos dos flotando en un ahora interminable. En un instante se hicieron reales todas las imaginaciones. El poder de la presencia disolvió años de desespero, sosegó el ansia irredenta de reencontrar a la persona amada, devolvió el tiempo a su lugar, unió la fragmentación, y en un instante deshizo murallas de desencuentro. Había cesado el recuerdo. Se sentaron al fondo del inmenso vesbulo, un espacio magnífico para encuentros que requieren de todas la ceremonias. Los espacios generosos tienen el poder de agudizar el vacío, o de consolidar las plenitudes. Aquella incipiente reunión de amantes medievales sólo hablaba de abundancias. Propiciaba destellos inextinguibles. Anunciaba pactos innominados. Derrea todas las presencias y las transformaba en luminosa ternura. El hotel eran ellos. Una de las cosas que Jorge adoraba de Gina era que continuara sensible a la admiración como cuando tea quince años. Igual de curiosa. Igual de receptiva. Igual de inocente. Un frescor femenino que Jorge hacía mucho tiempo que no encontraba por ninguna parte. Las mujeres que había en su vida habían perdido incluso las ganas de reír. Solo se reían de las tonterías. En cambio, Gina era una mujer con la libertad suficiente para reírse de las genialidades. Las payasadas no le hacían ninguna gracia. De a, que sólo le interesaran los hombres inteligentes y le dieran pena los payasos vestidos de persona seria, aunque se tomaran la molestia de querer infundir respeto. Comenzaron un diálogo cargado de exuberancia en el que las palabras carecían de significado. Música que se oye y entusiasma.

—Pobrecitas palabras se dijo Jorge presenciando brillos.

Gina hablaba y hablaba, y mientras tanto Jorge aprovechaba para irle dando besitos en la mejilla y bordeando la boca. A Gina se le iban las ideas de la cabeza durante décimas de segundo. Los destellos de ternura se llevan mal con el flujo carcomido del recuerdo. Hablan de otras luces. Perfilan nuevas dignidades. Abren a la felicidad.

—Mi primer marido no me dejaba llevar minifalda.

—Con lo adorable que debías ser… —pensó Jorge al instante.

De vez en cuando Gina recibía impresiones inesperadas que la llenaban de satisfacción. Un hombre capaz de tocar profundo

Este hombre no es como los demás se dijo muy pronto.

Las mujeres entienden mucho de hombres, y poseen una intuición que traspasa todos los disfraces imaginables.

Hoya, ir disfrazado delante de una mujer resulta tan ridículo como echarse la sopa por encima de la corbata se dijo Jorge sonriendo al sentirse penetrado hasta el tuétano.

Gina era muy consciente de tener un cuerpo espléndido. Mientras la escuchaba, Jorge reflexionaba sobre el magnífico perfil indostánico de su nariz, acariciaba la tersura satinada de su piel con besitos cortos de vez en cuando, y se permitía el lujo hacer conjeturas acerca del color y la textura de su ropa interior. Los hombres, ya se sabe: lo que no pueden ver, lo imaginan.

Negra con filigranas grises, arremolinadas como piel de astracán enamorado se aventu a pronosticar para sus adentros. Estaba seguro, había percibido de refin la textura del sujetador que ella le dejaba ver en un gesto de insumisa coquetería.

Gina dominaba el arte de la expresión corporal como una veterana maestra de Tai Chi. Por no hablar de la espléndida curva de caderas que perfilaba el vestido gris Plutón cuando cruzaba las piernas y se ladeaba un poco sobre el asiento. Un poder de convicción de los que no necesita ni media palabra. Un hecho estético al que no se puede añadir ninguna simetría para confirmar su arcaica rotundidad. Algo completo, cerrado, indescriptible. Gina hablaba y hablaba, pero lo único que hacía era ir hipnotizando a Jorge con aquel inconfundible brillo áureo que desprende la Belleza. Las mujeres hablan, pero mientras tanto sienten. Y Gina no paraba de sentirse admirada, reconocida, y deseada. Lo que más ansiaba en su vida, y pocos hombres habían entendido. Hacía mucho tiempo que los ojos de un hombre no la miraban con ilusión. Probablemente nunca. Ni su padre, ni su primer marido, ni su segundo marido, ni su primer amante. Todos por razones distintas, es verdad, pero el hecho siempre acabó siendo el mismo.

En aquel preciso momento de su vida, su inteligencia de mujer hecha y derecha añoraba aquel poderoso destello mercurial que exhibe la naturaleza masculina liberada de todas las ataduras de género. Gina comenzaba a desear con fuerza un hombre que se hubiera alejado de la vulgaridad.

Los hombres nunca dejarán de ser hombres, ya lo sabemos, lo que mata es la mediocridad con que entienden lo femenino se dijo.

Jorge se limitaba a contemplarla por fuera y por dentro. La tersura nacarada de aquella piel dorada por el primer Sol de primavera le abrió las puertas del tabernáculo donde Gina guardaba lo más precioso de su naturaleza como persona: el sentido de lo Bello. Aquel brillo reposado del oro antiguo que sintoniza de maravilla con la música de órgano. Jorge ya está de vuelta de los brillos que deslumbran. Sabe desde hace tiempo que para compartir la cama con alguien hay que tener el mismo sentido de la estética, pero desde que ha crecido en esplendor interno valora en gran medida la capacidad de las personas para relacionarse con lo Bello.

Gina tiene la Belleza estructurada en lo más profundo de su persona se iba diciendo al oírla hablar del pasado. Una manera de ser que lo impregna todo con tintes dorados al pasar. Cualidad valiosísima para un Jorge acostumbrado a oros y platas desde tiempo inmemorial. Una manera de ser como cualquier otra. Naturalmente, cuando menos lo esperaba ninguno de los dos, Jorge le pasó la mano desde la cadera hasta la rodilla, acariciando de un modo consciente la curvatura del muslo cubierto con una textura sedosa que lo vesa con elegancia. La curvatura misma del universo encarnada en cuerpo de mujer.

La carne habla claro a través de cualquier textura pensó.

Un gesto que le descubrió otro de los patrimonios incalculables de Gina: el Equilibrio. Aquella magia invisible capaz de mostrar todas y cada una de las sutilezas de la Belleza.

Gina es belleza en equilibrio —conclu satisfecho.

Había llegado la hora de ir a cenar. Un restaurante japonés de lujo que parecía llevar milenios esperando a que llegaran cogidos de la mano como dos adolescentes. Gina lo iluminó con una de sus primeras miradas. Belleza en equilibrio. Ensalada de algas, sashimi de cinco variedades, helado de mango, Sake caliente, licor de Sake, amor confitado, caricias caramelizadas. A Gina le llamó la atención el modo con que Jorge invitaba al servicio a participar de la celebración con su cariñoso trato distinguido: el Amor se desparrama con mucha naturalidad. Una cena de una delicadeza exquisita.

Volvieron al sofá del inmenso vesbulo del hotel y comenzó a entrar la noche. Al cabo de dos horas el Recepcionista se acercó a preguntar si estaban alojados en el Hotel. No entendía ni media palabra de la escena porque él via en el mundo real.

Jorge se limitaba a observar. Con las mujeres nunca lleva la voz cantante, prefiere abandonarse al capricho súbito de lo femenino.

—Es tan adorable que te seduzca una mujer… pensaba.

Pero Gina no encont el momento para invitarle a su habitación. Se despidieron de madrugada, sin que ninguno mostrara ninguna extrañeza. Antes de que llegara el ascensor, Gina salió en busca de Jorge, pero ya no pudo encontrarlo. Todo tiene su momento.  Eran casi las seis de la mañana. Gina cambió el billete de tren para el día siguiente y alargó otro a la estancia en el hotel. Llamó a Jorge repetidamente para decirle que volviera, pero Jorge tea el teléfono apagado. Tuvo que volver a cambiar el billete de vuelta y cancelar la reserva del hotel. Por la tarde se marchó a su casa. Jorge continuaba con el teléfono apagado. Gina cre que Jorge era un desconsiderado simplemente porque no estaba a su disposición. Todaa no sabía que Jorge nunca va a estar a disposición de nadie: no está hecho para la gente dependiente. Ambos sintieron que algo había quedado pendiente porque todaa no había llegado el momento.

Al cabo de una semana Gina le citó en el mismo sitio, y a la misma hora.

Las Princesas son geniales aunque se mueran cientos de veces.  Lo son, y siempre lo serán. Y las que no lo son, no lo serán nunca. Aunque se tiñan el pelo plateado y las vista Yves Saint Laurent. Gina volvió a Barcelona una semana después.

Mismo sitio, misma hora.

El encuentro fue muy cordial. Esta vez, además del respeto y la admiración, habían incorporado a su relación algo muy estimable para todas las parejas: la complicidad.

Los dos sabían perfectamente qué iba a pasar finalmente. Gina sonreía como una niña traviesa que espera unos Reyes Magos que nadie más sabe que van a venir. Un matiz de ingenuidad infantil que Jorge confundió como la madura inocencia de una mujer hecha y derecha. Salieron del hotel cogidos de la mano y se fueron a cenar amartelados como dos petirrojos en celo. Contentos y fascinados. Cenaron en el Flash-Flash. Ya no quedaba ni rastro del glamour de la Gauche Divine de cuando Jorge iba a comer dos o tres veces por semana. Tuvo un encuentro muy afectuoso con los camareros: hacía veinte años que no se veían. Comieron un pez espada a la griega riqsimo  A media cena, Gina se fue al lavabo un buen rato.

—Ufff, qué descanso, me he quitado las medias y la ropa interior dijo al regresar a la mesa dando unas palmaditas sobre el bolso.

A ver, déjame ver dijo Jorge con una sonrisa.

Gina se sorprendió y le mi entre divertida y asustada. Tomaron una copa en Il Giardinetto, y charlaron ampliamente. Volvieron paseando al hotel disfrutando de una magnífica noche primaveral. Gina hablaba y hablaba de su pasado, y Jorge la escuchaba.

En el ascensor, Jorge le dio el primer beso de verdad. Al entrar de lleno en aquel beso profundo y constatar la reacción de Gina, Jorge se dio cuenta de que hasta aquel momento ningún hombre había penetrado en el universo erótico de Gina. Todos se habían quedado en las puertas. Casi siempre, los intereses egoístas de uno impiden adentrarse en la profundidad del otro. Con aquel beso Gina comprendió que Jorge había entrado definitivamente en su intimidad: fue el primer hombre que la tocó en sus capas profundas. Aunque parezca mentira, los besos dicen más cosas de lo que uno imagina. Gina se quedó emocionada y pensativa.

¿mo puede ser que después de tantas experiencias masculinas nadie haya podido rozarme el alma con la lengua? se dijo.

Fue un conjunto de circunstancias: el ascensor, el tono desenfadado del momento, la improvisación de aquel beso entre risas, pero, sobre todo, y más que nada, aquella lengua consistente que entró decidida sin ningún preámbulo, una invasión carnosa desmedida. Al menos esto fue lo que Jorge interpretó mientras caminaban por el pasillo hacia la habitación, pero la verdadera causa de aquella conmoción habría de descubrirla algunos meses más tarde. Gina había traído una botella de Möet&Chandon Rosé Impérial que esperaba impaciente en el frigorífico del hotel, dos copas de cristal, unas velitas perfumadas, y unas barritas de sándalo Rosa Celestial de Media Noche. Una puesta en escena de película. Abrieron el et, y brindaron.

Mientras Jorge encendía el sándalo, Gina se fue al cuarto de baño y apareció de inmediato con una bata de seda cremosa plateada. La habitación era muy espaciosa, con una cama de matrimonio, y decorada con una gradación de negros, grises y blancos. Un marco ideal que resaltaba la crotica esplendidez de Gina. Todo comen con una pasmosa naturalidad. Gina ya estaba desnuda. Jorge le abrió la bata y comen besarla con un hacer espontáneo, pero enormemente preciso. Lejos de optar por el ritual de ir avanzando posiciones, Jorge optó por el más descarado de todos: le abrió los muslos con suavidad y comen a lamerle el sexo. Gina no supo qué decir, se quedó maravillada.

De vez en cuando Jorge le miraba el cuerpo y sonreía. Gina tiene un cuerpo mucho más joven de lo que corresponde a su edad, parece una adolescente rellenita muy apetecible. Tiene un culo precioso. Generoso. Un monte de Venus perfectamente depilado que conmueve con su exquisita ternura. Los pechos implantados de volumen discreto acrecientan aún más su aspecto de quinceañera. Toda ella emana un aura adolescente, entre curiosa y rebelde, ingenua y caprichosa, con una sensualidad inocente y genitiva.

Gina comen muy pronto a reaccionar al esmulo. En lugar de limitarse a experimentar la sensación, hablaba en voz alta como dándose instrucciones a sí misma.

Sí, así, qué bien, sigue, ayy, me gusta, ohhh, sí, es genial, así, qué delicia, sí, sí, ohh, qué bien lo haces, ahh, continúa, me voy a correr, sí, humm, jooooodeeeeeeerrrrr, jooooooddeeeeeerrrr…

A Jorge le encantaba aquella entrecortada caligraa tan bien perfilada. Pronto comprendió que Gina es de las mujeres que se dejan hacer, pero que no toman ninguna iniciativa: su ego está satisfecho cuando se siente admirado y su cuerpo cuando se siente deseado. Se encuentran exclusivamente centradas en su placer y en recibir esmulos. No están muy interesadas en satisfacer a nadie. Consideran que el otro ya encontrará placer suficiente en satisfacerlas a ellas. O simplemente no consideran nada en absoluto.

Como los niños: sólo existen ellos, sus necesidades y sus caprichos. Una relación con un solo protagonista porque ambas partes están enamoradas de la misma persona.

En este caso, Jorge de Gina, y Gina de Gina.

¿Y qué? se dijo Jorge encantado de hacerla morir de gusto. Jorge es muy autosuficiente, no depende de lo que hacen los demás, por esto no espera nada de nadie en ninguna circunstancia. Se limita a bailar el baile que tocan, en aquel caso volver loca de placer a una mujer deseosa de abandonarse en el éxtasis. Así que, ni corto ni perezoso, adoptó su vertiente lésbica, la más indicada para las que adoran con delicadeza su propia imagen. ¿Quién mejor que una mujer para dar placer a otra mujer? Un argumento que no es válido en el caso de un placer compartido entre hombre y mujer, pero absolutamente cierto cuando se trata de un placer egoísta como en la circunstancia que nos ocupa.

—Unas veces se comparte y otras no, nada que objetar se dijo. Jorge conoce perfectamente el hacer lésbico, y además le encanta. Un a descif para siempre el enigma de Lesbos viendo una exquisita película de lesbianas. Precisión, ternura, dedicación, sensualidad, abundancia, y paciencia. Una explosión interminable Una espectadora anónima dejó escrito un comentario muy concluyente al respecto de la secuencia documental: Ya me gustaría que mi marido me hiciera lo que sabe hacer esta mujer… Desde aquel a se hizo lesbiano para disfrute de todas.

Jorge no paraba con su martirio diabólico, y Gina no paraba de decir jooooooddeeeeeerrrr, en todas las tonalidades imaginables. Fue una delicia que se prolongó varias horas. Al final la penetró, escuchó el último jooooooddeeeeeerrrr de la noche, y a Jorge se le achinaron los ojos por el efecto placentero de las endorfinas del orgasmo. Aún encima de ella, la mi con una sonrisa licuada, y ella sintió que la miraba con un endulzado amor genuino.

Se te han puesto ojos de chino, mi amor… dijo Gina todavía ingvida.

Fue una velada serena y excepcional. Una primera noche envuelta con la naturalidad de años de experiencia. Pero, sobre todo, fresca, rontica, descarada, creativa, poderosa, pasional, y cariñosa.  Lo que dan de sí Jorge y Gina en la misma cama. Durmieron desnudos y se encontraron en universos poblados de seres angélicos, adornados con flores de oro y plata, perlas y pedrería. Escucharon enlazados melodías celestiales. Se miraron en sueños. Se miraron uno soñando dormido y el otro soñando que estaba despierto. Se contemplaron despiertos a los ojos con las caras muy próximas. Se miraron tanto que al final se enamoraron. Por la mañana, Gina iba desnuda por la habitación y Jorge la miraba fascinado desde la cama.

Tienes un cuerpo de adolescente decía Jorge.

Y Gina sonreía complacida y encantada de ser admirada. Sonó el teléfono en la mesita de Jorge. Era la recepcionista. Gina se acercó y habló con ella. Estaba de pie, y Jorge tumbado en la cama con la cabeza a un palmo de su monte de Venus.

Qué cosa más maravillosa… pensó.

Acercó la mano y lo acarició cariñosamente con las yemas de los dedos mientras ella hablaba. Despacio, delicadamenteEn la Escuela de Arquitectura, Jorge tuvo ocasión de dibujar muchas esculturas griegas de mujer. Para dibujar bien has de volverte lo que

dibujas. La mujer tiene muchas curvas, pero no todas son igual de sutiles. A sus dieciocho años, a Jorge le fascinaban dos: la comba del vientre de la Venus de Milo, y la exquisitamente refinada curvatura de todos los montes de Venus que encontraba a su paso.
 
Gina tiene uno de los montes de Venus más adorables que he acariciado en toda mi vida se dijo al terminar de acariciarla. Y era verdad. Se despidieron cansados, pero satisfechos. Había pasado lo que tea que pasar.


Escrito por:
Jorge Bas Vall


 
 

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