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domingo, 16 de junio de 2019

El regreso de Giselle. Capítulo III. Y sin darme cuenta llegó el 16 de junio.


Las horas se hacían eternas hasta que vi entrar a mi hijo Abrahán por la puerta. Se le veía tan feliz al lado de Davinia que llegué a plantearme si el haber roto la relación con ella había sido lo más acertado.

Pero cierto es que eran ya muy continúas las discusiones que ambas teníamos. Y que mi hijo se criase en un ambiente en ocasiones bastante tenso no me parecía lo más oportuno.

Han sido muchas las veces en las que me he planteado como hubiera sido mi vida al lado de Musa y sobre todo la de mi hijo. Es cierto que había crecido en un ambiente feliz y estable. Pero me daba miedo el día en el que más tarde o temprano me hiciera más preguntas sobre su padre. Nunca le mentí y sabía que estaba muerto.

Recuerdo como si fuese ayer cuando al contárselo me dijo: —Entonces… Papá, ¿está en el cielo? ¿Algún día podré hablar con él y verlo?—. Nunca pensé que siendo tan niño me hiciese preguntas tan profundas.

Cuando los domingos le llevaba para que jugase al fútbol con sus compañeros de clase y me decía: —Mamá, ¿qué diría Papá al verme jugar? ¿Se sentiría orgulloso de mí?—.

Estas preguntas os aseguro que formuladas por un niño que todavía ni había hecho la comunión, sin que él lo supiera, me apuñalaban las entrañas. Y lo más penoso de todo es que no sabía que contestarle. En esos instantes, mis lágrimas, resbalaban incontroladas por mis mejillas.

Cuánto no daría por poderle devolver la vida a su padre y que con él compartiera esos partidos de fútbol… porque por más que Davinia y yo intentamos que no echase de menos la figura de un padre, era imposible evitarlo, mi hijo, necesitaba un padre.

—¿Qué tal os lo habéis pasado?—, les pregunté.
—Mamá Davinia me ha llevado al cine y… ¿sabes qué? ¡Me ha comprado palomitas!— Ver esa cara de felicidad con esos ojos tan brillantes me hacían sentir la mujer más feliz del mundo.

Aunque en esos instantes me sentía sin duda completamente dichosa, ya que mi hijo había conseguido que como mujer me sintiera realizada. Pero en lo más profundo de mi ser, no dejaba de sentirme sola, vacía…

No sé si tenía tan claro lo que quería, como lo que necesitaba, y lo que anhelaba era sentirme mujer, amada y deseada…

Davinia se había despedido de mí con un par de besos y se marchó. Hasta dentro de dos semanas no le tocaba volver a ver a mi hijo.

Como cada noche después de bañar a mi hijo y antes de que se durmiera le contaba un cuento. Cuando por fin conseguí que se quedase dormido, le miré embobada. —¡Cada día se parecía más a su padre—.

Cuando salí de su habitación —dejé la puerta entornada para poderle escuchar por si le sucedía algo— me dirigí a mi habitación. No tenía ganas de recoger la cocina y aunque soy bastante maniática para el orden y la limpieza, las ganas de abrir el diario y seguir escribiendo en él, eran más poderosas.

Me encontraba sentada en la silla frente al escritorio que tenía en mi habitación, cuando en ese instante el sonido que procedía del ordenador me anunciaba un mail nuevo en mi bandeja de entrada.

Me apresuré en abrirlo y era del Sr. Rodríguez, los días habían pasado tan rápidamente que ni me había percatado de que en una semana sería el día en el que me citó para vernos.

Hace años al recibir un mail de un cliente no me causaba ninguna sensación, mi profesionalidad en ocasiones me llegaba asustar, y sin embargo ahora… no sabía deciros si era miedo, respeto o deseo. Pero tenía claro que no podía dar marcha atrás.

Aunque no acertaba a manejar el ratón porque me temblaba el pulso, al final conseguí poder abrir el mail para poder leerlo.
  

Querida Giselle;

Como le prometí le escribo a una semana de nuestro encuentro. Encuentro que siento que va a cambiar nuestras vidas.

Aunque todavía sigo consternado al no llegar a entender el por qué se puso de nuevo en contacto conmigo, intento no darle más vueltas, ya que lo importante sin duda es que lo hizo.

Me dijo que nos citásemos en Crowne Plaza, pero Giselle…el nuevo hotel ni llega a ser la mitad de lo que en su día fue del que estaba situado en la Plaza de España. Ahora es más moderno, más cercano al aeropuerto, pero lejos… muy lejos de aquel maravilloso hotel.

¿Por qué citarnos en un hotel, Giselle? Tengo ganas de verla, de hablar con usted y para eso no necesito que estemos encerrados en una habitación. Un poco frío, ¿no cree?

Entiendo que ahora sea mi respuesta la que le contraríe y le aseguro que no es falta de interés hacia su persona, más todo lo contrario, quiero conocerla, quiero que me hable de su vida, que me cuente que ha hecho en todos estos años. Empecemos por eso y lo que tenga que ser, si tiene que ser, será.

La espero en la calle de la Rosaleda a las 19:30 de la tarde. Venga con ropa cómoda, deje a un lado su profesión y permítame conocer a la mujer, a la verdadera Giselle Bayma.

Sin más, me despido, ansioso de que llegue el día en el que por fin pueda apreciar su belleza en persona.


            Siempre suyo
            Roberto


La verdad es que después de leer el mail del Sr. Rodríguez he de reconocer que me dejó bastante contrariada.

Durante años había estado solicitando mis servicios y ahora que el destino le brindaba la oportunidad de hacerme suya, me encontraba con que solamente quería conocerme.

No puedo negar que esas palabras me extrañaban. Yo que hasta ahora tenía claro que lo que necesitaba era sentirme viva, ahora comenzaba a dudarlo, y tal vez lo único que en verdad quería era no seguir sintiéndome sola, vacía…

Y sin darme cuenta llegó el día dieciséis, día en el que al final nos veríamos.

Llamé a Davinia y le pedí que se llevase a Abrahán a pasar el día con ella, aunque por fecha no le tocaba.

Habíamos quedado a las 17:00 para que lo recogiera y se lo llevase. Cuando mi hijo me preguntó que a dónde iba, no supe que contestar, ya que me parecía demasiado temprano como para hablarle de la que en su día fue mi profesión. Una verdad que tenerla que callar me envenenaba día a día cada vez más.

Davinia con esa mirada escrutadora que le caracterizaba, me preguntó en silencio si estaba bien, si me sucedía algo… Me abracé a mi hijo, después a ella y me dirigí al interior de mi casa, después de asegurarme de que la silla que llevaba Davinia en el coche para mi niño estuviese bien asegurada.

El miedo sin saber porqué se iba apoderando por momentos de mí. Aparentemente lo tenía todo o eso era lo que parecía de cara a los demás, sin embargo, sentía la necesidad de respirar.... Lo que me frenaba es que ahora no tenía la frialdad de entonces, ahora me sentía bastante vulnerable. —¿Y si de nuevo volvía a enamorarme? ¿Y si era en verdad eso lo que necesitaba?—

Vivía al lado de la rosaleda, por lo que no necesitaba coger ningún taxi como antaño hacía para acudir a ninguna cita de trabajo.

Iba vestida como realmente quise hacerlo años atrás cuando decidí alejar de mí esa imagen de mujer frívola. Llevaba puestos mis vaqueros favoritos, una camiseta de palabra de honor de color negro y una fina chaqueta de hilo que color azulón que sin duda alguna resaltaba el color de mis ojos, y mis queridísimas zapatillas de deporte.

Conforme me iba acercando al lugar donde nos habíamos citado, las pulsaciones, iban aumentando. El miedo a lo desconocido es algo que a día de hoy me seguía atrayendo sobremanera. No me había parecido bien el que me hubiese citado en un sitio tan cercano a mi casa, siempre podía haber alguna vecina a la salida del colegio y que sin querer su hijo le dijese algo al mío. —Ya se sabe que los niños son las personas más sinceras del mundo— ¡Lástima que esa sinceridad con los años desaparezca!

Hace años no tenía la necesidad de tener tanta cautela y sin embargo ahora, toda precaución era poca.

—¡Cuántos años sin verte, Giselle!— me decía mientras cogía mi mano para llevarla hacía su boca para besarla.
—Sin duda, Sr. Rodríguez. ¡Mucho tiempo!
—Por favor Giselle, deje de tratarme de usted, me llamo Roberto y me gustaría que me llamase por mi nombre.
—Será complicado. Ya sabe que yo…
—¡No!, no sé nada. Tan solo sé que acabo de verla y toda su vida profesional anterior es como la vida personal de cada uno, privada, y en estos instantes parte del pasado.


Cada vez me desconcertaba más su actitud. Estaba acostumbrada a que todo fuese de una manera más rápida y directa en cada servicio. Todo esto… no dejaba de sorprenderme.

Me cogió de la cintura y fuimos paseando hasta llegar al Templo de Debod. No recuerdo haber visto un atardecer tan maravilloso. Me sentía rara, hacía años que nadie me cogía por la cintura al caminar, a excepción de Musa. Esa sensación me hizo sentir rara, diferente si cabe, pero completamente agitada por el recuerdo de una sensación ya casi olvidada.

Apenas hablaba, como siempre, estaba acostumbrada a escuchar y aunque quisiera alejarme de mi profesión, no podía. El escuchar siempre me daba más pistas sobre la vida de la persona que tenía frente a mí.

Al regresar me cogió de la mano al caminar, como si de un acto reflejo se tratase, la aparte de la suya.

—Giselle, ¿te encuentras bien?… Notaba cierta tristeza en su mirada al pronunciar estas palabras.
—¡Sí, no sé… supongo! Apenas pronuncié estas palabras con un hilo de voz.

Estaba completamente nerviosa y hasta notaba que las piernas me temblaban. Hace tantos años que no me cogía un hombre de la mano, me sentía completamente desconcertaba a la par que deseosa.

—¡Tranquila! ¿Quieres que te lleve a tu casa? Me dijo mientras que me besaba en la frente.
—¡No! Se me pasará. Hace tanto tiempo que yo…
—¡Hace tanto tiempo de qué, Giselle!
—De quedar con un hombre a solas. Cuando murió Musa, mi vida, fue la de mi hijo. Todo lo que he hecho hasta ahora ha sido por y para él, hasta tal punto que me olvidé de mí, de lo que yo sentía, de lo que yo necesitaba. —Las lágrimas rodaban incontrolables por mis mejillas—. Y no dejo de sentirme culpable, hasta mezquina y mala madre por estar aquí Roberto. Pero yo necesito…
—Sé que necesitas, lo sé desde el minuto cero, Giselle. Rompe la coraza, vence tu miedo, se tú misma y así te quitarás de encima ese lastre que te lleva mortificando desde hace tanto tiempo.

Sin saber cómo en ese instante los nervios se fueron o estos tal vez fueron los que hiciera que comenzase a quitarme de encima la coraza que durante tanto tiempo llevé puesta.

En ese instante me abracé a él,
comencé a llorar,
a vaciarme por dentro,
a expulsar toda la rabia que me consumía
y que me quemaba por dentro.
Dejé de luchar,
me dejé llevar,
me dejé querer,
me arrulló entre sus brazos
y me sanó con sus besos.
Y ya no era yo, sino éramos...

Cuando sus labios se separaron de los míos. En éstos se habían dibujado una sonrisa. Ya caminando de la mano, sin tener ninguna sensación extraña, nos dirigimos hacia su coche.

Durante todo el trayecto hacia su casa apenas hablamos, pero sí nos intercambiamos unas miradas cómplices. De nuevo volvía a tener a mi lado a una persona con la que apenas tenía la necesidad de hablar, ya que hasta en silencio nos entendíamos.

Solamente entrar en su casa. Me besó apasionadamente. Beso, al que correspondí con la misma pasión. Me cogió en brazos y me llevó hasta la cama. Y una vez allí, me desvistió como hace tiempo nadie hacía. Sentí sus labios acariciando cada centímetro de mi piel. Mis pezones se endurecían al sentir como los mordía. Siguió besando mi vientre y en ese instante separó mis piernas delicadamente, dejando mi sexo abierto ante él y una vez allí, sentí su lengua jugueteando con mi sexo hasta que sentí que mi clítoris comenzaba a palpitar. Me estremecí, grité, pedí que no parase… Hasta que sentí desfallecer de placer…



Y sin darme cuenta llegó el dieciséis de junio, fecha en la que al final logré sentirme como hace tanto tiempo no me sentía. Mujer, amada, deseada y después de mucho tiempo… viva.



Escrito por:
Eva Mª Maisanava Trobo



—En el teatro—


Son menos cuarto. Entramos todos y nos vamos acomodando en las butacas. Por lo que se ve, habrá llenazo... ¡Qué bien! Es distinto el ambiente de una función cuando está completo el aforo. Fila 7, asiento 9... En el 9 hay sentada una mujer...


— Disculpe, creo que ese asiento es el mío...—

La mujer está hablando con su acompañante y gira hacia mí unos ojos grandes, profundos y bellos y con una sonrisa en los labios dice...

— Seguramente... Estábamos hablando y no me he fijado mucho, disculpe—.

Pienso que, con unos ojos así, debe de encandilar a todos los tíos...
Ambos se desplazan una butaca y ocupo mi asiento.

Se atenúa la luz, se hace el silencio, empieza la función, noto que ella mira hacia mis manos y me sorprende, yo miro las suyas con dedos infinitos de pianista, me sube un tenue calorcillo por mi cuello, me ruborizo, pero, como ya no hay luz, no me lo puede notar, sonríe mi alma por dentro… Me estoy perdiendo el principio de la representación, me concentro en el escenario, son buenos actores, la sala ríe, ella me mira de soslayo y mi mano, siguiendo no sé qué extraño impulso, se desplaza hacia mi rodilla, la más próxima a mi vecina, como si quisiera pedirle que se acercase y poder acariciarla, creo que desvarío… La representación transcurre amena, pasan unos minutos y logro serenarme. De pronto, ella me roza el codo en el reposabrazos que compartimos: retiro mi brazo dulcemente y un instante después lo vuelvo a acercar deseando encontrarme con el suyo, y allí está, esperándome, provocándome, haciéndome estremecerme por lo insensato, pero delicioso, de la situación… Ella mueve su brazo y yo comprendo, hago lo propio y nos acariciamos dulcemente desde el codo a la muñeca, ahora ella se separa, le dice algo al oído a su acompañante y yo me aparto de golpe pensando si todo será una burla… pero, no, no es eso… Aplaudimos todos el final de una escena y mi vecina aprovecha para quitarse su rebeca de hilo que, sutil, extiende sobre sus piernas y una parte levemente sobre mi rodilla derecha. Me apresuro a poner mi mano allí, debajo de la prenda y me encuentro con la suya, entrelazamos nuestros dedos y nos apretamos con fuerza… Todo mi cuerpo arde, me inclino hacia ella en el asiento y desplazo mi mano sobre su muslo; lentamente voy subiendo su falda milímetro a milímetro y alcanzo su ropa interior cálida y la acaricio por fuera, noto que lleva algo de encaje ¿será para gustarle a él…? Agradece mi llegada separando discretamente sus muslos para que yo sepa que tengo el paso franco hasta su tesoro: no la decepciono. Retiro con el meñique la goma de su ingle y pongo mi mano dentro, piel con piel, está completamente depilada, cómo me excita... Tengo el corazón y mi sexo latiendo incontenibles. Se acomoda y me facilita todo, me decido y profundizo mi caricia con dos dedos en su nido acogedor y no puede evitar estremecerse; con el índice y el corazón separo sus gruesos labios y comienzo a hacer círculos sobre su durísima avellana… De repente, me detiene con su mano y noto que me empapo… está terminando el primer acto y se va a encender la luz, retiro mi mano y me seco metiéndola en el bolsillo del vaquero, Ella se recompone, le dice algo a su pareja, se levanta y pasa delante de mí mirándome de tal forma que comprendo la orden que me da con su mirada y yo obedezco. Sin mediar palabra, la sigo al lavabo de señoras, allí nos encontramos, echamos el pestillo y nos besamos tímidas al principio y pronto con tal locura que casi nos hacemos daño, nos desnudamos deprisa, dejamos caer todo por el suelo, le como los senos, lamiendo sus pezones pequeños y duros como piedras, ella me corresponde, yo desciendo con mi lengua hasta encontrar lo que busco y por fin se entrega y me da todo lo que antes no había podido darme... Volvemos a besarnos, ahora dulcemente, ella se arrodilla y me hace abrirme de piernas sobre su boca, acaricia con su lengua todo mi sexo, desde muy muy atrás, entrando y saliendo por donde pasa hasta agitar su lengua en mi sexo hambriento,  absorbiéndolo todo y, golosa, acaricia mientras tanto mis pezones con sus dedos y nos volvemos locas las dos y nos queremos, como dice la canción, "mujer, contra mujer…" Volvemos a nuestras butacas y de la mano, discretamente tapadas y temblando por dentro, llegamos al final de la función. Ella busca algo en su bolso y sutilmente me entrega una tarjeta que yo, con la misma discreción meto en el mío. No hemos vuelto a vernos.




El Perurena


Mil razones y un poema




Cuando los lazos de amistad
amenazan con romperse...
en medio de la tempestad
que no parece detenerse.

Cuando en el ambiente
se agitan desacuerdos...
tornándolo ambivalente
mas pienso: ¡Yo no pierdo!

Cuando la mejor razón
de la palabra es el silencio...
silenciamos el corazón
dejándolo aún más tenso.


Cuando aún el silencio
molesta e incomoda;
y tan solo el bullicio
en el pensar se acomoda.
Cuando la única razón
de la razón es la sinrazón;
y todo es contradicción,
mas nada con el corazón.

Cuando el único sentido
es solo el contrasentido;
y nada permanece unido,
mas todo parece perdido.

Cuando entonces ni tu ni yo
entendemos lo que acontece;
y todo nos estremece
mas nada nos enaltece.

Cuando todo esto yo sentí
en ese instante comprendí
que golpeaban a mi puerta...
¡Mil razones y un poema!



Hollman Barrero


Enrique en portugués se escribe con hache




En el salón de aquella ilustre casa, como cada jueves por la tarde, se encontraban reunidos más de doce hombres sin piedad, en una sesión plenaria con carácter especial, donde se abordaba un asunto de suma trascendencia, pues estaba en juego el futuro de una de sus moradoras.

La polémica estaba lanzada, desde aquel fatídico 8 de abril de 1997, cuando en presencia del rey español, un colombiano sugería que se cambiasen las normas de convivencia entre todas ellas.

Alrededor de la ovalada mesa, cuya pulcritud era tal que se diría un espejo, se reflejaba la preocupación de los rostros de cada uno de sus miembros, que atónitos escuchaban el contenido de una inesperada carta, de resolución peliaguda, que tras los preliminares de rigor decía así:

Ante esta sabia audiencia, espero y deseo ser escuchada, aunque sea por primera y última vez. Permitid que me dirija a Vds. escribiendo, porque únicamente en las letras es donde me encuentro realizada y sobretodo me hago visible, de otra manera pasaría desapercibida; es por ello que mi representante ha tomado la palabra por mi.

Presento mi dimisión, cuya decisión, inapelable, ha sido pensada con seriedad y rigor, pues no tengo otra alternativa si quiero seguir viviendo.

Desde que escuché, agazapada detrás del sillón, el anuncio de mi exterminio, las pesadillas me asaltan, no pudiendo dormir, ni apenas respirar. Vds. no saben lo que es vivir en esta angustia sabiendo que tengo los días contados. Me marcho, con dolor de dejar a mis compañeras, con las cuales he hilado e hilvanado multitud de historias, jugando con ellas, conviviendo pacíficamente, pero ilustrísimos señores, han de saber que no es fácil esta convivencia, cuando una se siente diferente, como es mi caso. Soy distinta, pues fuera de aquí parezco un fantasma que solo los más eruditos pueden reconocerme. Mi mudez es una dificultad para adaptarme, y he tenido que soportar insultos y vejaciones, sin poder gritar. Soy muda, aunque todos saben que en tiempos pasados tuve voz y voto. Poco a poco me han ido desplazando, anulando, hasta tal punto que yo misma duda de cuál es mi lugar.

Dejo libre mi puesto. Vengo sufriendo acoso desde hace mucho tiempo.
No recuerdo cuando comencé a sentirme excluida, pero ahora siento que mi presencia se hace insoportable para mucha gente, solo por ser diferente.

Poco a poco he visto, con inmensa tristeza, cómo vamos quedando cada vez menos, en esta casa. Donde convivíamos veintinueve, y ahora solo somos veintisiete, puesto que habéis echado a dos, pero concretamente la marcha obligada de mi compañera, que ocupaba el cuarto lugar, rebajándola de condición, y viéndose obligada a cambiar de género, para sobrevivir, ha colmado el vaso, pues cuando me acercaba a ella es cuando mi voz era fuerte y clara, juntas nos divertíamos y a su lado yo me sentía útil, sobre todo en las tardes frías saboreando chocolate, chuches, churros, o bailando el Chachachá…

He sufrido maltrato psicológico, he tenido que escuchar llamarme, entre otras barbaridades que no voy a citar, por respeto a los miembros aquí reunidos, la horrenda palabra despectiva dirigida a mí de “rupestre”, y no es de los peores insultos, pues otras veces, algunos incultos se acuerdan de mi familia, y no para mandarles flores precisamente. Alegando que es mejor que no existiese porque les complico la vida.

En los colegios el acoso hacia mi persona es brutal. Estar entre los párvulos es un peligro, pues pareciera que no les dan de comer en sus casas, y hambrientos, con un apetito feroz, me comen, me omiten, haciéndome en algunos casos desaparecer, al menor descuido.

No me libro del peligro entre los de la ESO, pues esos si que ya no tienen remedio, desean y proclaman mi desaparición aludiendo que les complico la vida. Así es, señorías, esos de la ESO, me aspiran como caladas de humo hasta lo más profundo, volatilizándome después de ahogarme en sus pulmones, en otras ocasiones, zarandean mi ya maltratado cuerpo, poniéndome aquí o allá, en un libre albedrío, sin ton ni son. Y a eso, Vds. saben mejor que yo, que se le ha dado el nombre extranjero de bullying.

Siento un nudo gordiano, que me oprime la nuez, tan fuerte y complicado que ni el mismísimo Alejandro Magno podría cortar con su espada. Un nudo imposible de desatar que me asfixia y no deja salir mi voz, la cual se va ahogando, desapareciendo lentamente.

Antes que hayan terminado la lectura de mi carta, yo no habitaré en esta ilustre casa, pues en el país vecino, respetan desde hace más de setecientos años mi existencia, incluso las de mi estirpe mantenían un linaje que las permite durante siglos, tener un lugar de honra, desde D. Alfonso Henriques.

Os aseguro, ilustrísimos, que he sufrido mucho fuera de los muros de esta casa, porque aquí se me espetaba, siempre tengo el lugar que me corresponde, pero fuera es un tormento.

¡Estoy harta!, No puedo más. Sí, harta con hache, no se olviden. No puedo culpabilizar de mi dimisión, ni de la depresión que estoy padeciendo, a nadie en particular, pues todos, sobretodo los menos cultos, por no llamarles analfabetos, que tiene una connotación despectiva, han sido los culpables de la agonía en la que he vivido, ignorada por unos, manipulada por otros.

Pero sin duda, si alguien ha destapado la caja de los truenos, con su amenaza hacia mi persona, no ha sido precisamente un ignorante, sino todo lo contrario, un Nobel colombiano, pedía que se me enterrase, cuando con un inoportuno discurso anunció mi muerte.  Desde Zaratecas me llegó la crónica del anuncio de mi muerte. Parece que al Sr. Gabriel García Márquez se le daba muy bien hacer crónicas funerarias. Ahora que ya ha fallecido, no tengáis en consideración sus vaticinadoras y dañinas palabras. Por mi parte, no soy rencorosa, y desentierro el hacha de guerra, aunque él proclamara a los cuatro vientos: ¡Enterremos las haches rupestres!, entre otras barbaridades. No me extraña que el coronel no tenga quien le escriba, al menos sin faltas de ortografía, pero lo que Gabo no sabía con aquellas palabras hirientes es que me ha sumido en un profundo aislamiento, que me pesa más que cien años de soledad, desde que quieren algunos, siguiendo su consejo, acabar con mi incómoda existencia.

Para que os chirríen los dientes, para que os duela la vista, me despido como si no existiera, para que sufráis en vuestras carnes lo que se siente al ser ignorada, menoscabando mi presencia, cambiándome de lugar, en definitiva, invisible y muda:

        “Hos dejo el siyón  uérfano, aora ya podéis henterrar la ache rupestre, y revisar la hortografia, simplificando la gramática, antes que la gramática hos simplifique, como dijo el Nobel colombiano, ¡Hadiós y  asta siempre!”

La bandera de la Real Academia de la Lengua Española, ondea a media asta en memoria de la octava letra del abecedario. En la Casa de las letras, cuyo lema “Fija, limpia y da esplendor”, será revisado brevemente, sus eruditos miembros incapaces de diferenciar, con su ausencia, las palabras homógrafas de las homófonas piden que se divulgue un comunicado para encontrar viva o muerta a la desaparecida hache. Octava maravilla de la gramática y la ortografía. En el salón dos asientos vacíos, donde nadie ocupa su lugar, cuyas espaldas el polvo acumulado apenas deja entrever una H mayúscula y entre las telarañas, una minúscula hache, esperando a que los ilustres miembros limpien, fijen y den esplendor a los muebles, al paso que a la lengua. Las compañeras están desoladas con tan importante pérdida del mundo de las letras.


NOTICIA DE ÚLTIMA HORA DE LA AGENCIA EFE


Fuentes próximas al mundo de las letras aseguran haberla visto junto a un apuesto acompañante, que también fue humillado y echado de la RAE. Un garboso dígrafo, al que atiende por el nombre de Che, no por ser guerrillero, sino un innato luchador, un puro superviviente que cambió de género para sobrevivir.  Se les vio por última vez en Portugal, concretamente en la ciudad de Oporto, alojados en el Hotel Infante D. Henrique, cuando a altas horas de la noche la algarabía de sus alegres voces llegaba hasta las aguas del Duero, rompiendo el silencio de la madrugada, bailando el charlestón, embriagados en alcohol, brindando con champagne por sus nuevas vidas, con zapatos nuevos de charol.


Rocío Ruíz.


Fran Tallerman - Escape del Het'Mandje

La Colonia I de Lespk tiene ese nombre porque era la primera del arreglo entre sus pares. No sólo era una de las más grandes, su generador de microondas a partir de energía solar alimentaban al resto de las colonias que están bajo su “sombra”. Debido a su posición fue la elegida por la infantería del general Lillith Tallerman para acuartelarse durante su escape de territorio oreliano. Ahora que no se encuentran, los carteles de reclutamiento en todas partes recordaban a todos que la guerra continuaba, aunque no quisieran admitirlo.

Esto es especialmente ominoso para los que se encontraban en edad de recluta. Los muchachos y los jóvenes adultos estaban conscientes de que pronto comenzaría la lotería; ni el sexo ni la posición social serían disculpas para ninguno, porque la guerra amenazaba con destruirlo todo y no había otra opción más que pelear.

Ante la revelación de que pronto perderían su libertad y si no tenían suerte su vida, miles de muchachos se aproximaron a la única ciudad de la colonia, Li’Chestea; ya fuese para reclutarse o para divertirse. No era casualidad que los centros de reclutamiento se encontraran en la misma calle que Los Dos Klics de la Perdición; la concentración más grande de bares, clubes nocturnos y salones de baile de toda la colonia.

Para Fran Tallerman esto era la norma. El hacinamiento era la norma. Calles infinitas llenas de bares eran la norma. Como una niña de bien ella no debía acercarse a esos antros de perdición. Pero su padre no estaba, como tampoco estaba la madre de sus compañeros de travesuras. Estaban bajo la supervisión del tío ausente de los muchachos. Esto era una invitación a las travesuras y el descarrió. Esa noche decidieron jugar a adultos, salir a una discoteca en esa calle, sin permiso por supuesto. Por eso se vistieron de forma estrafalaria; ella de rosa, Jean de negro y Pierre con un vestido rojo de su madre. Por su mente pasaban muchas cosas, culpa por hacerle caso a los gemelos, remordimiento por sedar a su hermana para dejarla en la casa, miedo por lo que fuese a pasar en ese sitio sólo para adultos.

–Esto es una mala idea.

–Opino lo mismo Pierre, esto es una mala idea.

–No me arruinen la diversión, chicos– contestó el muchacho mientras se acomodaba la falda. –Además, te dije que el Het’Mandje tiene tres pistas de baile geniales. ¿O ahora ya no quieres bailar? Buhh… Buhh…

Fran odiaba ser tan transparente. Realmente le incomodaba la diminuta camiseta rosa que mostraba su vientre, temía que se notara su pierna sustituta con la falda que usaba. Pero quería bailar, así que con una aspiración guardó silencio hasta que llegaron a la puerta de metal de un edificio clásico de tres pisos. Phillipe fue quien se adelantó y tocó tres veces. Una hendija se abrió en la puerta, este pasó un tiquete y tras una bulliciosa secuencia de ruidos incómodos la puerta se abrió y los dejó pasar.


Allí fue donde ella se maravilló. Era cierto lo que le había dicho, el lugar tenía tres plantas, con inmensas salas de baile interpuestas una encima de otra. En la primera planta bailaban los travestidos, lo hacían con una gracia y naturalidad que la sonrojaban. En los otros dos pisos había comensales bebiendo o bailando, fuesen hombres o mujeres, en parejas o solos, pasaban un buen rato dentro del local.

–Jean, vamos a bailar.

–No, Fran… Ve tú.

–Pero…

Ella quiso continuar, pero sabía que Jean estaba realmente apenado y no se sentía en la capacidad de complacerla. Tras un suspiro, ella subió al segundo piso y bailó en la pista al ritmo de la música. Tenía tanto tiempo de no hacerla que se dejó llevar por el ambiente. Ella apenas se dio cuenta cuando tuvo pareja, lo aceptó de buena gana y ambos bailaron con todas sus fuerzas. Hasta que en una vuelta de pronto se tropezó con una figura alta de negro. Por un momento sintió real temor, hasta que logró identificarlo.

¡Jean!

Ella enlazó su corazón con el de su pareja y ambos bailaron hasta perderse. Ninguno se percató de que tocaban una pieza suave. Conforme seguía la música ella se abandonó en sus brazos y permitió que el ambiente la envolviera. Mientras moría la canción, su compañero usó la mano para subir su rostro. Sus ojos se fijaron entre sí en un momento que le pareció eterno.

Vamos, Jean... Bésala... Tú puedes hacerlo, hermano.

Fran no pudo contener la carcajada. Él la acompañó. Ambos conservaron su sonrisa por un instante, ella cerró los ojos, apretó la boca y esperó el beso prometido. Pero en ese momento la luz hirió sus ojos cerrados.

–Jean… Es una redada… Saca a Francisca por el baño de hombres… No permitas que los atrapen o su padre nos mata...

Sabía que era una mala idea. Ella tomó de la mano a Jean y se dejó guiar. Ante las luces parpadeantes y los sonidos estridentes, lograron llegar al baño pero la puerta de emergencias estaba cerrada con un candado. Podía sentir la desesperación de Jean al ver la puerta, por lo que con un suave gesto lo apartó.

–Cúbrete.

El sistema controlador de su pierna izquierda calculó la fuerza necesaria, su patada hizo pedazos el cerrojo. Ella lo tomó de nuevo de la mano, salió por la puerta y activó la habilidad de percibir los pensamientos en toda su capacidad. Con ella pudo sortear a los oficiales que estaban esperando en la salida de emergencia al subir unas escaleras, salieron por el segundo piso de un apartamento a un callejón. Recorrieron el callejón por un largo rato hasta que su mente dejó de percibir a las autoridades. Con la calle principal a la vista, ambos repusieron su aliento contra una pared, cuando lo recuperó tuvo a la vista a su pareja y recibió sus impresiones mentales de golpe. Él no solo la deseaba, la adoraba, su corazón la amaba locamente, pero no tenía la capacidad de decírselo. Muchas cosas pasaban por su mente, pero su mayor temor era que no lo correspondiera.


No lo pensó dos veces. Ella lo abrazó con pasión y lo besó atropelladamente. Ella también lo amaba. Adoraba su amabilidad, el cariño con su familia las había recibido a ella y a su hermana. Pero lo amaba a él, a su timidez y a su forma de decir las cosas en silencio. En ese momento Jean se abrió y ambos expresaron el enorme cariño que sentían el uno por el otro.

Jean dio el siguiente paso. Sus manos bajaron a sus caderas, pudo sentir que estaba emocionado por todo lo que estaba pasando, esto la asustó. Por eso puso su mano sobre su pecho y apartó su beso con delicadeza. Lo que la sorprendió fue que él también lo hizo.

–Paraste… ¿Por qué?

–Phillipe… Mi hermano me ha explicado el idioma de las manos. Si la mujer pone la palma sobre tu pecho quiere distancia. Debes dársela.

–Tú hermano es especial. Tiene ese don para comprender las cosas. Es una lástima que tu madre nunca vaya a pagar por su sueño debido a su formación moral.

–Nunca te hemos dicho eso.

Fran sintió como un balde de agua fría caía sobre su cuerpo. Sabía que había metido la pata, su padre se lo había advertido claramente. No todos verían de la misma forma que ella descendía de una irezumi, muchos la odiarían si la descubrieran. Pero su pareja acarició su cabello y esbozo una sonrisa pícara.

–Lo supe desde el día que te conocí en el hospital de campaña. El doctor mencionó que tu pierna era un modelo reciente, exclusivo de las irezumis. Se los dije a mi madre y a Phillipe ese mismo día.

–¡No sabes que fisgonear es una mala costumbre!

–También escuché cuando le confirmaste al doctor que tu madre probablemente era de esa especie. La pregunta es, ¿por qué lo ocultaste?

–Nuestros padres nos advirtieron nunca revelar que poseemos estos dones. Creía que mi madre era una clase de experimento, mis poderes y los de mi hermana eran heredados. Pero cuando perdí la pierna en el nodo 350, las irezumis me hicieron un examen y resultó que mi madre era una exiliada de esa especie... Eso es lo que me produce más temor. Las irezumis son monstruos sin moral. Yo también seré un monstruo ajeno de moral…

–No he visto a una irezumi que sea fea. ¡Serás un monstruo hermoso!

Un codazo bien colocado en el brazo fue su única respuesta. Pero su molestia se cambió a risa cuando él no pudo evitar las carcajadas. Ambos rieron por un rato, tras lo que repuso.

–Invitame a algo dulce y te perdono.

–Trato hecho.

Ella permitió que la tomara de la mano y ambos salieron a la calle, a buscar un lugar donde comer, donde conversar y donde pasar tiempo de calidad. Pero ambos sabían que sea lo que fuese a pasar, habían dado el primer paso en un camino que recorrerían juntos.


Carlos A. Molina Velázquez

Tres vidas


Hola;

La historia que os voy a contar es inverosímil, pero autentica, por lo menos para mí, es verdadera.

Yo, he muerto tres veces. La muerte es parte de la vida, todo lo vivo muere. En mi tercera muerte se paró mi corazón, vi pasar mi vida en diapositivas, como si fuera una película, para mi sorpresa, cuando acabó la película de mi tercera vida, empezó otra en la que yo era el protagonista, transcurría en otro tiempo, en el mismo lugar y con las mismas almas. He vivido tres vidas. He visto pasar mis vidas en diapositivas. Las diapositivas flotaban en un elemento transparente como una burbuja de jabón, que desprendía una luz ultravioleta era invisible y se hacía perceptible, cuando el alma abandonaba mi cuerpo.

Yo le hice un guiño a la muerte. Los médicos me volvieron a la vida. Estuve mucho tiempo pensando en mis otras vidas: —¿No sería un sueño?—.

Y llegué a una conclusión: El alma es energía, la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma en materia. Todos los seres vivos tienen alma y para mí nuestro planeta, Tierra, está viva.

Al morir nuestra energía se adhiere al alma de la Tierra, y la naturaleza convierte esta energía en materia, en seres vivos. Siempre son las mismas almas.

Los humanos somos viajeros del tiempo sin memoria. A mí, mi tercera muerte me hizo recordar. En mis otras vidas he estado enamorado de la misma alma, porque el amor sobrepasa al tiempo.

Es mi alma gemela y nos topamos en distintas vidas, distintas épocas de un mismo lugar. Nuestro destino es estar juntos como energía o materia.


Mi primera vida:

Lo primero os voy a situar. El lugar es Pozuelo de Alarcón y el tiempo la prehistoria. En esta época, este lugar era un valle con grandes bosques e inmensas praderas de margaritas. Mi vida fue corta, pero intensa. Yo era el mago de una tribu de Cro-Magnon, salíamos a cazar jabalís y pequeñas aves. Un día en una trampa había una presa y no era comestible, era una mujer, los cazadores pensaron sacrificarla, no se lo permití. Nada más verla me enamoré de ella. Me hice un corte en la mano con un hacha de sílex y con mi sangre manché su bella cara, para demostrar a los cazadores que la extraña mujer me pertenecía. Ella gritaba porque no entendía lo que pasaba, era de otra especie, era Neandertal. Yo en mis sueños ya la conocía.

Era la mujer de mi vida. Ella sabia que yo no la iba hacer daño, sino todo lo contrario. Todos los días nos íbamos al bosque a recolectar frutos.

Ella recogía margaritas y luego las colocaba en nuestro lecho dentro de la gran cueva, donde disfrutábamos de nuestro amor. La gran cueva de nuestro poblado estaba situada en la orilla de un riachuelo, donde pescábamos y del que obteníamos el agua para beber.

Todos los hombres íbamos a la caza. Un día, cuando regresamos con la caza, la tierra empezó a temblar. Yo, me quedé sorprendido, porque la tierra no debía moverse: ¿La Tierra estaba viva? Sobre mí se precipito un árbol y me hizo una herida mortal. Yo, sólo podía pensar en ella. El poblado estaba destrozado y algunas mujeres heridas. Mi mujer me estaba esperando en el lecho de margaritas, pero la cueva se hundió sobre ella. A los dos se nos acabó nuestra primera vida.

La muerte no es el final sino el principio.

Mi segunda vida:

También estamos en Pozuelo de Alarcón, pero en siglo XIX. Esta historia es más extraña, porque en esta vida no soy humano, sino un ave, una cigüeña. La naturaleza convierte la energía en materia, en seres vivos, el alma no cambia, pero sí la materia, por lo que esta vez la naturaleza me ofreció esta vida. —¿Por qué no iba a aceptar su oferta?—

En esta vida encontré a mi pareja en un riachuelo que estaba cerca de una pradera de margaritas, dónde podíamos cazar pequeñas ratitas. Nuestro nido de amor estaba situado en el campanario, desde el que podíamos visualizar todo el pueblo y a los pozueleros de antaño y sus costumbres. En el campanario susurramos lo bonito que era este pueblo:

"Es un pueblo de un insólito clima. Por eso pasan los trenes de verano llenos de aventureros que vienen a este pueblo, porque a dos kilómetros de la estación, hay un vivero de oxigeno sacudido por las cuevas del Guadarrama, que ha curado muchas enfermedades. Es un pueblo culto y limpio y los pozueleros son gente elegante. Hay praderas de margaritas y de violetas, hay calles de rosales, árboles del paraíso. No hay ningún lugar en los alrededores de Madrid que se le parezca"

Las cigüeñas somos fieles por naturaleza. Cuando vi a mi pequeña Neandertal me di cuenta que a esa cigüeña ya la conocía de otra vida. De momento, mi segunda vida era más tranquila. No pensaba en otra cosa que mi pareja, en darla el amor que no habíamos podido disfrutar en la vida anterior. Cuando llegaba el frío emigrábamos a otros campanarios más cálidos, pero no eran igual que mi pueblo. Mi pequeña Neandertal murió de vieja, pero feliz, teniendo una vida plena.

Yo, en cambio me morí de pena, dejé de ir a la pradera de margaritas a alimentarme. Tenía que volver a oír cálido murmullo del canto de la cigüeña.

La muerte no es el final sino el principio.

Mi vida actual:

Estamos en el presente, en el mismo lugar. Ya os he dicho que yo, le hice un guiño a la muerte. Por eso os estoy contando esta historia.

En la vida actual, cuando era niño me gustaba ir al campanario a ver a las cigüeñas, me quedaba horas y horas, no sé porqué. Desde el campanario se escuchaba cálido murmullo del canto de la cigüeña. Al lado de mi casa había un parque La Fuente de la Salud, donde iba a jugar. Este parque tenía un riachuelo, en sus orillas florecían margaritas. Yo las recogía y me las llevaba a mi cama, con su esencia me dormía relajado. Siempre tenía el mismo sueño:

Una mujer que se transformaba en cigüeña,
Que cantaba una cálida balada,
Y su voz era un murmullo de mi alma,
Y hacíamos el amor en un lecho de margaritas,
Y otra vez la cigüeña se transformaba en mujer.


A los dieciocho años de mi actual vida:

Me dio por beber, porque me faltaba mi alma gemela. Yo todavía no tenía memoria de mis vidas pasadas. Un día el alcohol me pasó factura, me dio un coma etílico, además estaba obeso, mi corazón no lo soportó y me dio un ataque cardíaco. Los médicos me volvieron a la vida. Yo vi pasar mis vidas en diapositivas. Yo iba al campanario a pensar. Estuve mucho tiempo pensando en mis otras vidas:—¿No sería un sueño?


A los veintiún años de mi vida actual:


—¿Qué hora es? —, le pregunté la hora a una mujer que salió de la iglesia.
—¿No me conoces?— Dijo ella.
—¡No!— Le constesté.
—¡Me he confundido, perdóneme!—, me dijo ella.

La mire a los ojos fijamente, me quede inmerso en sus iris. Era ella, mi cigüeña, la volví a encontrar de nuevo con otra cara, otro nombre, otro cuerpo diferente, pero era ella. Esta vez la naturaleza se había superado, porque estaba más bella que en las otras vidas. Su pelo era una sábana de terciopelo, que cubría ligeramente sus hombros. Su piel era suave como de melocotón y sus piernas eran un paraíso para mis manos.

Su cuerpo tenía una simetría perfecta, excepto algún lunar que dibuja uno de sus pechos. Su mirada hacia florecer en mí recuerdos de mis vidas pasadas. Su voz hacía que mi alma aflorara fuera del cuerpo, para poder sobrevolar la pradera de margaritas.

Ella era una viajera del tiempo sin memoria. Volvimos a coincidir en el campanario, yo la entregué un ramo de margaritas. Planté una margarita en una de sus orejas y la cogí de la mano.

—¿Cómo sabes que son mis favoritas?—Me dijo ella.                             

—Sé muchas cosas de ti, ¡estás en mis sueños!— Le dije.

Los dos de la mano anduvimos sin dirección, nuestras almas nos llevaban al riachuelo, casi seco, en su orilla había una pequeña praderita de margaritas. Nos abrazamos y los dos a la vez nos dijimos: —¡Te amo!¡Te amo!—

Las miradas se cruzan, las caras se acercan, los labios se rozan, las almas se sueldan, nos dimos nuestro primer beso. Duró unos segundos, pero lo suficiente para estar vivo. De nuevo estábamos juntos. Tuvimos varios años de felicidad, pero una tormenta de odio nos separó y delante de nosotros levantaron muros de fuego, que nos impedían acercarnos él uno al otro. Yo ya sabia que te volvería a perder y volvería a sufrir. Porque vivir también mata.

A mi querida cigüeña:

Mi primera margarita es para mi cigüeña, mis primeros pensamientos del día son para mi pequeña Neandertal. Sueño con el lecho de margaritas, sueño con sobrevolar la pradera de margaritas, sueño con el primer beso que me regalaste en cada una de nuestras vidas; sueño con la próxima vida.

Que la naturaleza fusione nuestras almas y al transfórmala en materia nos convierta en un árbol para poder estar contigo mil años. Me gustaría nacer en la orilla de un riachuelo al principio del bosque, para poder ver la pradera de margaritas, ver jugar a las niñas de mi cuento, ver a las cigüeñas volar. Me gustaría que mis frutos dieran de comer a las Hadas y a los Duendes del bosque y en mis ramas los colibríes puedan descansar.

Tu serás la savia que fluya por mis venas, yo seré el tronco que te sustenta felicidad espero que echemos raíces, y que las raíces sean profundas, para que se amamanten del alma de la Tierra.

La muerte no es el final sino el principio.

La vida, es un círculo, al que hay que dar la vuelta para vivir. Las sumas de muchas vidas hacen que el círculo se convierta en esfera. Para que pueda nacer una vida otra debe de morir. Las otras almas quedan a la espera, junto al alma de la Tierra, para nacer.

El alma es energía, la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma en materia. Todos los seres vivos tienen alma.

No sé cuantas vidas voy a vivir, pero espero verte en todas porque el amor sobrepasa al tiempo. Nuestro destino es estar juntos, como energía o materia. Este relato esta dedicado a mi alma gemela, de tu aprendiz de poeta. Te espero en la pradera de margaritas en un futuro. No te preocupes, porque tenemos todo el tiempo del mundo. Mientras yo, voy ir al campanario a escuchar cálido murmullo del canto de la cigüeña.

Manuel Barranco Roda


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