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miércoles, 23 de abril de 2025

Jaimito, un capullo “de libro"


Hola:

Me llamo Jaime, pero los que me conocen me llaman Jaimito “El mentiroso”…

Tras las pruebas médicas que me realizaron las dos tesinandas que, por cierto, obtuvieron premio extraordinario por sus TFM'S sobre "Miembros viriles desaforados" (ellas lo llamaban "macrofalosomía genital", un trastorno que creo que al rey Fernando VII le impedía mantener relaciones sexuales normales y, según he leído, también lo padecían Napoleón Bonaparte, Rasputín y el rey Carol II de Rumania)... Pues, como os iba diciendo, tras aquel triste día de San Valentín, el día de los más de diez orgasmos seguidos, me propuse buscar el amor de verdad y, con mi cerebro científico y organizador, planeé una fecha tope para conseguirlo: El día de San Jorge (Jordi, para los amigos)... ¿Por qué elegí esa fecha...? Pues, es claro: La tradición habla de regalar un libro y una rosa a la persona amada y pensé que sería una bonita oportunidad para, con esa excusa, hallar el amor verdadero y duradero (Ya sabéis que, a pesar del tamaño de mi cacharro, soy un romántico...). Pero, aunque algunos me envidien por motivos obvios, al mirarme a la bragueta, creo que tengo un poquito de gafe y la jugada me salió rana... Veréis...

Yo vivo en una primera planta y tengo una vecina que vive en el segundo interior, de forma que la ventana de su cuarto tiene una visión excelente del espejo del armario de mi dormitorio. Cuando me asomo a tomar el fresco, casualmente, siempre veo a Carmen (así se llama) mirando hacia abajo y siempre me deleita con una sonrisa intensa y carnal, como fiera que ha puesto los ojos en presa sabrosa... La verdad es que la chica está muy bien y me desasosiega tanto su mirada, que no me queda más remedio que desahogarme unas cuantas veces, mientras me dura su recuerdo. Supongo que a todos vosotros os pasará lo mismo que a mí...

Una tarde me encontré a Carmen en el portal, al regresar a casa desde la universidad. Ella estaba hablando por teléfono y al verme meter la llave en la cerradura, colgó inmediatamente la llamada.

Yo la saludé y ella no me contestó, sólo se quedó mirándome alternativamente a los ojos y a la entrepierna y, aunque no soy muy experimentado, tampoco soy idiota e interpreté enseguida que ella me estaba avisando sutilmente de que debía de llevar la bragueta abierta. La sonreí un poco ruborizado y, girándome discretamente, trate de subir la cremallera, pero, resulta que no la tenía bajada, por lo que, me volví a mirar a la chica con cara de interrogación... Ella sonrió pícaramente, y se me abalanzó sin darme opción de proteger mi dignidad... Mientras me besaba como una loca, metiéndome la lengua hasta el último de mis empastes, me echó la mano a la bragueta y, ahora sí que se desabrochó... Imaginaos cómo se me puso el instrumento... Si ya en estado normal es desmesurado, ante aquella acción duplicó su tamaño. No os cuento la cara que puso ella al evaluar el tamaño real de mi apéndice reproductivo; solo, deciros que me miró con esa cara que solo ellas saben poner, cuando te ven desnudo y con la boca abierta de animal en celo, lees en sus ojos un “reviéntame con eso, cabrón”… Pero hete aquí, que de repente, la vecindonga del tercero exterior abrió la puerta de la calle y me miró al ver la escenita se quedó petrificada, con cara de pánico...

La chica se separó de mí violentamente hacia atrás y allí me quedé yo, delante de la Karen del visillo, empalmado como un verraco, con la bragueta bajada y un volumen interior tan espeluznante que, al verlo, va, la muy pedorra y se desmaya, rebotándole la cabeza dos veces en el suelo...

Carmen, muy asustada, salió disparada hacia su casa (nunca imaginé que pudiera subir las escaleras tan rápido, con aquellas piernecillas cortas y aquel tafanario espectacular que tenía...).

Yo no salía de mi estupefacción por lo que acababa de acaecer... Sólo le daba vueltas en mi cabeza a la idea de que la pobre mujer quizás se habría matado del golpetazo contra el suelo... Y sin dudarlo un instante, cogí, me agaché, le puse el oído en el pecho para ver si se escuchaba su corazón y, al ver que le latía, me serené un poco y hasta me puse a pensar en lo duras que tenía las tetas la buena señora y entonces ocurrió lo peor: ¡Apareció su marido! (imaginad la escena) y me pilló, con su mujer inconsciente en el suelo, visiblemente empalmado, con la bragueta abierta, tumbado sobre ella, mojándole la camisa a la altura del pezón, con la baba que aún tenía en mi barbilla por los besos de la otra... ¡Bueno...! Me dio hostias hasta en la foto del carnet de conducir y lo peor: Terminó su desahogo propinándome una patada donde ya os podéis imaginar... (Esta fue la primera vez en que agradecí a la madre naturaleza la desmesura de mi miembro; porque, al ser tan grande mi pene y mi glande (grande y glande riman... jijijiji...), hicieron de amortiguador y protegieron entrambos a mis cataplines, que podrían haber fenecido en la batalla...

Afortunadamente, los vecinos llamaron a la policía cuando escucharon los gritos, y fue ya en la comisaría donde finalmente se pudo aclarar todo lo sucedido...

A la mujer, se la llevó el SUMA 112 y no hacía más que decir a los médicos que había visto cómo salía un “Alien” de mi cuerpo, por mi vientre... ¡En fin...! Creo que con el tratamiento está mejorando...

Yo tardé cinco semanas en recuperarme del palizón que me propinó aquel energúmeno. Para sobrellevar la convalecencia, y para lavar también su conciencia, Carmen me regaló un libro muy bonito con un título romántico y poético donde los haya: "Métela hondo y hasta el fondo" (Creo que el autor es un monje budista, basándose en la enseñanza del Kãma-sūtra-mãdre...).

 

La verdad es que la chica, cada vez que bajaba a verme, me hacía todas las cosas tal y como si fuera yo mismo... Yo creía que era un milagro el haber encontrado a alguien que conociera con tanta precisión mis gustos y preferencias eróticas (hubo días de gastar un paquete de tissús de 100 hojas, para adecentarnos y no chorrear el suelo al ir a la ducha) y, de ese modo, empezó a nacer en mí un amor romántico, a pesar de que algunos de sus hábitos dejaban bastante que desear, en lo higiénico... Pero, yo la perdonaba porque, en el fragor de la contienda, un cuesco casi huele a ambrosía...

Ella se empeñaba en querer hacer lo que me hizo, en su día, aquella pobre chica a la que ensarté y me quedé enganchado, hasta que me la arrancaron en el hospital... Yo le conté el suceso para prevenirla y aproveché para preguntarle qué ¿Cómo podía conocer con tanta precisión mis preferencias en el juego pajotero...?

¡Oído y atención a la respuesta...!

Me espetó: <<Porque llevo más de un año matándome a pajas, mirando desde mi ventana, en tu espejo, cómo te las haces tú...>>

Aunque me reí en el momento, fue un poco doloroso notar que su admiración por mí y su aspiración personal se basaban de nuevo en las bajas pasiones y no en el amor noble y puro al que yo aspiraba... ¡Qué le vamos a hacer...!

Los pocos ratos, en que me quedaba solo, los dedicaba a leer el libro; pero, como solía estar agotado, me quedaba dormido y avanzaba muy despacio en aquella penetración en el seno de la literatura, vetada para mí, por mi estado de agotamiento permanente...

Llegando San Jorge, ya bajaba yo a la calle y, la víspera, me fui a comprar una rosa roja y un libro para mi lasciva amiga. En mi anacrónico romanticismo, pensé que podría llamarle la atención un libro de poesía y busqué un clásico para la ocasión... Me dije... ¡Ya lo tengo! Le voy a comprar "Poemario Antológico de José Espronceda" (cuando lea "Con cien cañones por banda..." seguro que quiere casarse conmigo...).

Llegó el día señalado y yo, muy ufano, con mi rosa roja del Mercadona y mi Poemario, subí a entregárselos a Carmen con intención de invitarla a comer... Llamo al timbre, abre la puerta y aparece en paños menores, no... ¡ínfimos! y entorna la puerta tras de sí, como queriendo evitar que se viera quién había dentro... Pero, empinándome, alcancé a divisar que había un maromo, con su triste pene inhiesto, mal oculto tras su mano, que nos miraba perplejo...

Guardé silencio, me di media vuelta y entré en mi casa... Al cerrar la puerta, me senté en la cama y recapacité en lo acababa de ocurrirme y me di cuenta de que no le había entregado ni el libro, ni el puto capullo de rosa que le había comprado... Y pensé que estaba como el de la canción de Joaquín Krahe (Ya sabéis: “Y yo con mi capullo hice el gilipollas, madre”…), aunque terminé diciéndome resignado: ¡Jaimito! ¡Eres un capullo “de libro”...!

Pues, amigos lectores, de nuevo me quedé sin saborear las mieles del amor verdadero, aunque ,eso sí, Carmen, cuando estaba conmigo, siempre tenía las bragas "para sembrar arroz"... Sí, amigos, sí... Como la puta Albufera... ¡Siempre, empapadas!

Y es que, aunque el sexo no me falta (y, si me falta, me apaño)... ¡No sirvo para el amor!

Y los cabrones de los amigos siguen diciéndome que miento... Y yo, resignado, les digo: Sí, sí... ¡Soy Jaimito, “El Mentiroso"! Jajajaja…

 

To be continued!

 

El Perurena


viernes, 14 de febrero de 2025

Las tribulaciones de Jaimito


 

Hola:

Me llamo Jaime, pero los que me conocen me llaman Jaimito “El mentiroso”…

No viene a cuento volver a explicaros el motivo de tan humillante apodo, pero os aseguro que ni he mentido, ni miento, ni mentiré, jamás…

¿Qué tengo grandes atributos? Pues, sí, la verdad… Pero, sólo en parte, ya que lo que se dice los perendengues son de un tamaño normalito, normalito… Eso sí, lo otro es —como lo del argentino del chiste— ¡Enorme!

En mi anterior relato, os describí una aventura en la que terminé siendo objeto de persecución de dos enfermeras del hospital, donde me desengancharon de mi compañera Jimena (por cierto, la pobre quedó allí ingresada y no pudo recuperarse… ¡QEPD!)…

Pues hete aquí que, al salir del hospital, las dos sanitarias en cuestión, con la excusa de hacerme una entrevista para sus TFM’s, me pidieron mi teléfono y mis datos de redes sociales. Yo, incauto, se los di sin poder siquiera imaginarme las consecuencias de aquella acción…

Unos días más tarde, la primera semana de febrero, estaba yo saliendo de clase y, al conectar el móvil, me saltaron varios mensajes de WhatsApp. Uno de ellos procedía de un número que no estaba en mi lista de contactos y que decía así: <<Hola, Jaime. Soy Desideria, pero puedes llamarme “Side”: Debo confesarte que mi compañera, Luisi, y yo quedamos bastante impresionadas con lo sucedido en la sala de urgencias del hospital en que os atendimos. Las dos estamos terminando un máster en sexología y jamás habíamos visto un miembro como el tuyo (lo comprenderás…). Creemos que nuestro estudio sería muy exitoso si pudiéramos realizarte algunas fotos y ciertas pruebas, para aportar los resultados, de forma totalmente anónima, por supuesto…

—¿Querrías colaborar con nosotras…?—.

Si aceptas, te invitamos a nuestro loft, donde trabajamos y tenemos todo el instrumental… Esperamos tu respuesta, con nuestro agradecimiento. Un beso.>>

 

Yo tiendo a la timidez, como ya sabéis los que me seguís; pero, al asegurarme que su estudio era totalmente anónimo, dije que sí… al fin y al cabo eran dos chicas y me tentaba y apetecía que me tocaran…

Quedé con ellas el 14 de febrero en un polígono industrial (qué romántico pensé, quizás está es una oportunidad de encontrar quien me quiera…).

Aquel día, me vestí como quien acude a una cita: pantalones anchos, para ocultar ya sabéis qué; camisa de flores, para que no me mirasen hacia abajo y un sombrero ridículo para la gente, pero que a mí me encanta…

Cuando llegué, ellas ya estaban dentro… ¡Madre mía lo que tenían allí…! Aquello parecía más una sala de tortura de la Inquisición, que un laboratorio para pruebas médicas… Pero, de perdidos, “al trío”… pensé.

Me ofrecieron algo de beber y me dieron una pastilla (Cialis, creo) que, aseguraron, era inocua (como si necesitase yo ayuditas…).

Pusieron música y me hicieron desnudarme del todo y tumbarme en una camilla del cuarto contiguo. Noté que ambas me miraban boquiabiertas centrándose en mi entrepierna, como no dando crédito a lo que estaban viendo. Pensé que Side era la más tierna y me daba buena “vibra” en aquel San Valentín imprevisto y sorprendente.

Al echar una mirada a mi alrededor, quedé estupefacto… Había allí vitrinas enteras de juguetes eróticos de todas las formas y tamaños imaginables. Había también una especie de máquina con un motor que desplazaba horizontalmente, con movimiento de vaivén, una barra metálica que tenía en su punta un pene negro de buenas dimensiones (aunque parecía de juguete, comparado con mi herramienta…)

Las chicas se me acercaron y comenzaron a ponerme electrodos en la cabeza, en el pecho, en las piernas y en más sitios y, con aquel toqueteo, no pude evitar que me sobreviniera una incipiente excitación… Entre avergonzado y curioso, yo las veía trajinar por allí, agachándose a coger objetos en los cajones, sin tener el menor cuidado de no mostrarme sus traseros en pompa una vez y otra y otra y una vez más… Esto pintaba mal, ya que mi instrumento crecía por instantes, con unas palpitaciones que lo iban hinchando al ritmo de los latidos de mi corazón y, claro, pasó lo que tenía que pasar: Al acercárseme Side, no pude reprimir una violenta eyaculación que le dejó la cara y el pelo como la radio de un pintor (Para “millennials”: ¡Llena de chorretones blancos!)…


Como todo había sido tan prematuro, no les había dado tiempo de conectarme los electrodos y me pidieron repetir la prueba… ¡Ya ves¡ No tuve ni que recargar la estilográfica… A los pocos minutos, tenía aquello, otra vez, vamos… como el cerrojo de un penal… y las chicas estaban bastante emocionadas… Luisi empezó a apoyarse en mi pecho, así, como sin darse cuenta,  y con el meñique, me rozaba tibiamente la rajilla de mi miembro, lo que me hizo dar un impulso con mi cadera de tal calibre el meneo que casi se cae la pobre chica… Afortunadamente, no me corrí en ese momento, porque, como me llega el instrumento a un palmo de la boca, me habría tragado, yo mismo, mis propios hijos inmaduros…

Sintiendo mi testosterona rebosante, ambas mujeres se iban despojando de sus ropas y yo no sabía ya dónde atender... De pronto, se miraron con una sonrisa de infinita lujuria y se pusieron a manosearme el miembro a cuatro manos y a cuatro tetas, mientras se besaban en la boca… A mí, que no había tenido más experiencia previa que la aventura de Jimena, me bastaron dos o tres caricias verticales de mis científicas admiradoras, para provocarme un nuevo orgasmo, está vez múltiple, porque se embadurnaron sus pechos, sus bocas, sus…  y todo el aparataje de alrededor, y las muy perturbadas se divertían recogiendo mi semen con los dedos y dándoselo, la una a la otra, a sus boquitas para golosearlo con delectación, mientras se les salía rebosándoles por la comisura de los labios…

—¡Hasta diez orgasmos conté…!—.

Como me tenían atado a la camilla y conectado a los aparatos, aquello empezó a pitar, chiflar y a parpadear diversas luces rojas, con varias alarmas y las chicas se empleaban en tratar de apagar los aparatos. Para conseguirlo, pasaban con sus pechos desnudos por encima de mi cara y de mi boca, lo cual excitaba de nuevo mi juvenil impulso y volvía a ponerme verraco, como ciervo en celo… y yo bramaba y mugía de placer barnizando sus pezones al pasar por encima de mí… En fin, no sé cuánto duró aquella locura, pero sé que aquellas mujeres no podían ni andar para venir a despedirme, tanto, por lo que había caído en el suelo (dejé aquello como un bebedero de patos), como porque les temblaban las piernas de tanto acariciarse la una a la otra… ¡Qué terrible decepción! ¡Yo que creía que en ese día iba a encontrar el amor…!

Aquello terminó, dejándome tan exhausto que sólo pude despedirme con un gesto, levantando mis cejas, al salir de allí. Ellas, bañadas en mis semillas, se habían corrido tantas veces que quedaron sentadas en sendos sofás, mirándome con una sonrisa de haber ascendido al éter y no poder descender…

Al llegar a mi casa, me tumbé en el sofá del salón y, reviviendo las imágenes de lo que acababa de presenciar, dije… ¡A la mierda, el día de los enamorados! Así que, agarré mi cacharro, me alivié de nuevo, antes de meterme en el sobre y me quedé dormido.  

Para fastidiarme más, había venido escuchando en el coche a Carina y su puto “Día de los enamorados” y pasé toda la noche soñando con la cancioncita de los huevos.

Y es que, ¡me pasan unas cosas…!

Bueno, amigos… En el próximo capítulo, os contaré los resultados del examen médico al que me sometieron… Porque la cosa no acabó en el loft…

“To be continued!”

Saludos, amigos.


El Perurena

domingo, 22 de diciembre de 2024

Jaimito, el mentiroso.

 

Hola: Me llamo Jaime.

Los amigos, desde joven, me llaman “Jaimito, el Mentiroso”, porque dicen que me como veinte y cuento una (ya sabes que los tíos son al revés, como el parchís: Se comen una y cuentan veinte)… Confieso que me hubiera gustado que así fuera, pero la realidad es la contraria… Siempre he sido gordito, retaco y un poco tímido, aunque, para compensar, la Naturaleza me dotó, más que “adecuadamente”, diría yo que “sobradamente”... Esa condición, en casa, de pequeño, era motivo de risa y permanente tomadura de pelo… Hasta mi madre y mis hermanas me miraban de soslayo la entrepierna, cuando iba al baño para ducharme...

Dicen que los miembros grandes, a la hora de la verdad, crecen menos que los pequeños; pero, en mi caso, creo que no se cumple esa norma (quizás es fruto de una de tantas leyendas urbanas)…

En el barrio me habían visto desnudo los amiguetes, cuando jugaba al fútbol; ya que, en los vestuarios, los tíos nos paseamos en pelotas, sin pudor alguno. Eso propició mi fama, y pasé a ser envidiado por todos los colegas de la vecindad.

Más tarde, en la universidad, conocí a una chica, Gimena, también gordita, como yo, pero con estupendas formas: Tenía cintura, un culito respingón, que daban ganas de sacarla del mapa a empujones, y un par de “aldabas” que podrías usarlas de escondite, metiéndote entre ellas en caso de peligro nuclear. Con aquel físico, despertaba la atracción de los compañeros, poco habituados a esas voluptuosidades y, claro, todos estaban detrás de ella, para invitarla a vermut o a cubatas, para ver si pillaban… Yo la observaba desde hacía más de un mes y le dedicaba sinceros homenajes por las noches, cuando estaba solo en mi cama…

Una tarde, llegando las vacaciones de Navidad, fuimos diez o doce compañeros a tomar unas copas, celebrando el final de las clases. Estuvimos en varios tugurios del barrio universitario y cuando ya íbamos contentillos, sobre la media tarde, se decidió ir al chalet de uno de los presentes, que estaba vacío, porque sus padres estaban de viaje y… ¡Allá que nos fuimos!

Nada más entrar, observé que su árbol de Navidad era verde, sin nieve que lo cubriera, y a mí me parece que es una imagen muy cutre de las fiestas invernales y me obsesiona sobremanera; pero, en fin…

Por el camino habíamos comprado unos bocatas y, tras comérnoslos, empezamos a pensar en qué juegos sabíamos, para divertirnos y calentar los ánimos… Tras los típicos juegos de cartas y los clásicos juegos de mesa, uno propuso jugar “a la botella” (ya sabes… Girar una botella y al pararse, el señalado debería despojarse de una prenda). Pues ¡dicho y hecho…! Estuvimos gira que te giraré y, poco a poco, fuimos despojándonos de las prendas que teníamos puestas… Alguna chica dijo que se quedaría como máximo en bikini, otras no dijeron nada. Los chicos, más osados, no pusieron condiciones… Todos, excepto uno : ¡Yo…! ¡Pufff…! ¡Menuda coña…! Me llamaron de todo y fui el hazmerreír de la reunión. Les dio por decir que la tenía pequeña y que, por eso, no quería que me la vieran y se propusieron bajarme los pantalones, jugando a demostrar su sospecha. Las chicas, muertas de risa, apoyaban a los brutos aquellos, hasta que lograron quitarme los pantalones… ¡Ahí quedaron estupefactos! No hacía falta quitarme los calzoncillos para comprender el tremendo tamaño de mi estimado miembro… Se hizo un silencio espeso, las chicas, sonrojadas unas y boquiabiertas las más, no decían ni palabra y a los maromos se les pasó de golpe la risa y la borrachera… En aquella situación, rompió el silencio Gimena: Me llamó tendiéndome una mano, recogió mis pantalones del suelo y me subió al piso de arriba. Fue como una madre protectora que me salvó de aquella manada de cenutrios. Yo me senté en la cama de matrimonio y Gimena hizo lo propio… Durante el jueguecito, ella se había despojado de la blusa y tenía los pechos casi al descubierto. Al mirarla, me di cuenta y me quedé embobado observando de cerca aquel terso canal de la Fosa de las Marianas, en el que yo, a solas, ya había vertido varios litros del fruto de mis entrañas… Ella, muy femenina, se sonrió y me tomo la mano y se la plantó en una de sus hermosísimas tetas, como diciéndome “toca, que son de verdad”… ¡Horror!  La pobre no pudo sospechar el efecto que tendría aquel acto sobre mi miembro… Si, ya era impresionante en estado de reposo, imagínate cuando empezó a crecer y crecer… En diez segundos, empezó a sobresalir por encima de la cintura del calzón mostrándose en todo su esplendor con un color amoratado en la cabeza, que era como una gigantesca berenjena, con una rajilla en medio por la que comenzaba a chorrear un jugo transparente que, ella se apresuró a tomar entre sus dedos y se la llevó a la boca con una mirada lasciva que casi me hizo reventar en su cara. Sin cambiar su mirada, paladeó aquel icor y, ya que tenía humedecidos los dedos, los introdujo hábilmente bajo su tanga y se puso a acariciarse impúdica haciendo círculos con los dedos, variando la velocidad a placer… Yo, al ver aquello, no tuve más opción que ponerme de pie delante de ella y sacarme mi monstruoso instrumento para pedirle que lo cuidara un poco… ¡Todo fue inútil…! Hizo varios intentos de metérselo en la boca y sólo consiguió agrietarse los labios y hacerme un daño de narices en la punta. Al ver aquello, siguió lamiéndome, como si no hubiera un mañana y decidió, entonces, pasar a mayores… Me quitó la ropa y ella también se quedó desnuda… Debió de pensar que su tesoro sería más elástico que su boca y se empecinó en introducirse mi pene, pero era imposible… De pronto, se levantó, fue al baño y se embadurnó con vaselina, vino a la cama e hizo lo mismo con mi herramienta (se acabó el bote)… Al ponerse encima de mí, noté como un desgarro terrible y ella gritó, como en el potro de la tortura, y de pronto me miró fijamente con los ojos fuera de las órbitas, muy seria, con la boca entreabierta, y un gesto entre el dolor y el estupor, que me hizo pensar… ¡ésta ha muerto empalada! Pero, aquello sólo fue el inicio de la pesadilla…

Empecé a mover las caderas y su expresión no cambiaba. Le acaricié las enormes tetas y, sin poderme ya contener, noté que le vertía litros de semen en su interior, que me aprisionaba con tal fuerza que llegaba a dolerme… Gimena no debió ni de notar mi orgasmo y, al irse deshinchando un poco el instrumento, reaccionó tratando de desenclavarme de su cuerpo… Como no podía salirme, mi miembro le acariciaba por dentro y, al tercer o cuarto intento, tuvo un orgasmo brutal con gritos de animal herido y soltándome unos cuantos chorros de “squirt” que empaparon toda la colcha…

A pesar de que ya había mermado bastante mi tamaño y de que ella estaba rezumando jugos, no había forma de sacar aquello del acogedor recoveco de su cuerpo… Con cada intento de desengancharnos, yo iba recuperándome y sentía mis venas henchidas de sangre y obstinadas en volver a engrosar mi pene… Ahí, ya no pudo más y empezó a gritar pidiendo ayuda… ¡Imagínate qué bochorno…! Llamaron al 112, llegaron los sanitarios y decidieron llevarnos al hospital. Nos pusieron sobre una camilla y echaron una manta para tapar nuestra desnudez. Al bajar las escaleras, se cargaron el puto arbolito de Navidad ¡Qué torpes…! Nos metieron en la ambulancia y no te imaginas el “cachondeito” del conductor y el sanitario… Al llegar al hospital, nos sacaron en la camilla y nos pasearon, como un trofeo, por toda la sala de espera… Yo le sugerí a Gimena que disimulara, ya que estaba sentada sobre mi miembro, fingiendo que me daba un masaje cardiaco… Casi fue peor el remedio, porque con los meneítos al apoyarse sobre mi pecho empezó a sentir la presión en su interior y tampoco pudo reprimir otro nuevo orgasmo escandaloso, mientras nos dirigíamos al box de Urgencias… ¡Imagínate qué Show…! Sólo de oír sus alaridos y de sentir las contracciones de su vagina, yo no pude evitar correrme otra vez, como un animal en celo…

Y, allí que tenían también el consabido arbolito de Navidad, con muchas bolas, ¡Pero sin nieve…! ¡Me saca de quicio!

Ya, más calmados, los médicos no pudieron hacer nada para desenclavarnos, a pesar de que tiraron de ella, hasta tres tíos en fila, como en un juego infantil al que yo jugaba que se llamaba “estirachorizos”… Por fin, a uno se le ocurrió hacerle un corte perianal, como en los partos y sólo así, logramos separar nuestros destinos; no, sin que ella volviera a sentir un nuevo orgasmo, por el roce al deslizar mi instrumento, fláccido ya, por su vagina, mientras salía…

Pero, lo que no previó nadie es que, tras varias corridas mías, tenía un importante volumen de semen a enorme presión en su interior y, al sonar el taponazo, y con aquella vulva gigantesca y dilatada que se le había quedado, empezó a manar de allí, como el champán cuando lo agitas, un sifonazo de semen espumellante que empapó a todos los presentes y también roció con mis semillas la paredes y aparatos de la sala de urgencias… La mayoría hizo gestos de asco, pero vi a alguna que se relamía con cierta naturalidad… Para finalizar aquel espectáculo, le tuvieron que dar veintisiete puntos de sutura para su episiotomía. 

Yo recibí el mayor porcentaje del riego de aquel aspersor humano y también me corrí de nuevo, pringando sus enormes tetas, con las que seguí soñando varios años… Aunque lo mejor fue ver, por fin, aquel árbol de Navidad bien nevado, de arriba abajo, chorreando nieve, como si hubiera vuelto “Filomena”… ¡Qué paz…!

El destino me preparaba una sorpresa… Dos enfermeras, de las que nos atendieron, quedaron bastante impresionadas con lo que presenciaron y me persiguieron mucho tiempo (te lo cuento en el próximo capítulo de Jaimito, el Mentiroso) y, como comprenderás, me veo obligado a firmar con un seudónimo.

¿Sabes lo peor…? Después de haberme desvirgado así… ¡Ella me dejó!

¡Nunca la perdonaré!

 


 

EL PERURENA. 07/11/2024.

viernes, 30 de agosto de 2019

Carta de El Perurena a La Revista de Todos


La Revista de Todos, escenario tibio y acogedor, lugar de delicados placeres y sutil mezcla de amor, pasiones y ternuras.

Donde leer es placer de los sentidos y despertar de pasiones, donde el relato, la novela y el devaneo poético encuentran cobijo y regocijo, donde soñar es más fácil y gozar es más sencillo...

Eres de todos, como lo es tu creadora Eva-Giselle, una mujer luchadora y fuerte que cada día retoma sus armas para luchar por ti, Revista de Todos... 

Una mujer que con su lucha consigue que tú, lector amable, disfrutes de la tranquilidad de hallar cada día el dulce remanso de la lectura.

Gracias, Eva. 
Gracias, amigos lectores. 
Gracias, autores... 
¡Gracias, Revista de Todos!


El Perurena


Panaché de verduras




Mañana de domingo: Calor, ducha, desayuno completo. Tú, con mi camiseta fresquita de manga corta. Yo, con bermudas, sin nada debajo. Preparo tostadas, con aceite del bueno, troceo sandía y lavo unas cerezas… Tú, Colacao. Yo café…

Al terminar, me tiro en plancha en la cama, aún deshecha, para leer en el móvil las noticias y los whatsapp, tú haces lo propio…

Todavía tenemos en la memoria las imágenes de anoche y sobre la mesilla los objetos de nuestro desatino, nos miramos y nos reímos… Tú me reprendes con la mirada y te llevas el dedo a los labios pidiéndome silencio, pero con esa mirada pícara de quien sabe que ha hecho algo prohibido…

—¿Hay algo prohibido en el amor…?—

Nos partimos de risa y nos besamos con ternura. Vuelvo a notar la suavidad lúbrica de tu piel, desde tus muslos a tu cuello, desde tus senos a tu seno…

Querría estar acariciándote hasta el final de los tiempos…

Y te sigo besando y me pides no sé qué, empujando suavemente mi cabeza hacia tu vientre…

Yo lo adivino y te complazco y te enloquezco y me entretengo donde sé que debo hacerlo y te muerdo despacito en cada pliegue y acaricio cada rincón, cada hueco, cada dulce recoveco…

Ahora me detienes, tomando entre tus manos el cabello de mis sienes que palpitan desbocadas, que no quisieran detenerse pero que saben hacerlo por complacerte…

Entonces te interrogo con una mirada y una pícara sonrisa, tú alargas la mano y recuperas los dos frutos anaranjados que anoche habíamos usado y me los das y, con la boca abierta de deseo, me miras y me dices un sí, señalando con tus ojos el lugar de su destino. Como un niño obediente, realizo mi trabajo con mi boca, con mis manos, con mi lengua, con mis dedos…

Como me pides más, te propongo otro elemento, aquel más verde y grueso al que anoche renunciamos dejándolo en el suelo…

Lo recupero y lo limpio, introduciéndolo en mi boca justo hasta donde puedo… y tú me dices que no con la cabeza, pero me muestras el sendero que debo recorrer muy despacio y con esmero…

Vas conduciendo mi mano y vas gimiendo suave y yo me muero…

Cual su naturaleza requiere, les hace falta riego y yo me ofrezco a bridárselo y los riego. Tú tiemblas en ese preciso momento, con todos los artefactos en el fondo de tu cuerpo, sintiéndote regada en tu piel, en tu boca y en tu pelo, húmeda la almohada y arrugada por la presión de tus manos al hacerlo…

Te relajas y te beso y sonríes y te quiero.


El Perurena


domingo, 16 de junio de 2019

—En el teatro—


Son menos cuarto. Entramos todos y nos vamos acomodando en las butacas. Por lo que se ve, habrá llenazo... ¡Qué bien! Es distinto el ambiente de una función cuando está completo el aforo. Fila 7, asiento 9... En el 9 hay sentada una mujer...


— Disculpe, creo que ese asiento es el mío...—

La mujer está hablando con su acompañante y gira hacia mí unos ojos grandes, profundos y bellos y con una sonrisa en los labios dice...

— Seguramente... Estábamos hablando y no me he fijado mucho, disculpe—.

Pienso que, con unos ojos así, debe de encandilar a todos los tíos...
Ambos se desplazan una butaca y ocupo mi asiento.

Se atenúa la luz, se hace el silencio, empieza la función, noto que ella mira hacia mis manos y me sorprende, yo miro las suyas con dedos infinitos de pianista, me sube un tenue calorcillo por mi cuello, me ruborizo, pero, como ya no hay luz, no me lo puede notar, sonríe mi alma por dentro… Me estoy perdiendo el principio de la representación, me concentro en el escenario, son buenos actores, la sala ríe, ella me mira de soslayo y mi mano, siguiendo no sé qué extraño impulso, se desplaza hacia mi rodilla, la más próxima a mi vecina, como si quisiera pedirle que se acercase y poder acariciarla, creo que desvarío… La representación transcurre amena, pasan unos minutos y logro serenarme. De pronto, ella me roza el codo en el reposabrazos que compartimos: retiro mi brazo dulcemente y un instante después lo vuelvo a acercar deseando encontrarme con el suyo, y allí está, esperándome, provocándome, haciéndome estremecerme por lo insensato, pero delicioso, de la situación… Ella mueve su brazo y yo comprendo, hago lo propio y nos acariciamos dulcemente desde el codo a la muñeca, ahora ella se separa, le dice algo al oído a su acompañante y yo me aparto de golpe pensando si todo será una burla… pero, no, no es eso… Aplaudimos todos el final de una escena y mi vecina aprovecha para quitarse su rebeca de hilo que, sutil, extiende sobre sus piernas y una parte levemente sobre mi rodilla derecha. Me apresuro a poner mi mano allí, debajo de la prenda y me encuentro con la suya, entrelazamos nuestros dedos y nos apretamos con fuerza… Todo mi cuerpo arde, me inclino hacia ella en el asiento y desplazo mi mano sobre su muslo; lentamente voy subiendo su falda milímetro a milímetro y alcanzo su ropa interior cálida y la acaricio por fuera, noto que lleva algo de encaje ¿será para gustarle a él…? Agradece mi llegada separando discretamente sus muslos para que yo sepa que tengo el paso franco hasta su tesoro: no la decepciono. Retiro con el meñique la goma de su ingle y pongo mi mano dentro, piel con piel, está completamente depilada, cómo me excita... Tengo el corazón y mi sexo latiendo incontenibles. Se acomoda y me facilita todo, me decido y profundizo mi caricia con dos dedos en su nido acogedor y no puede evitar estremecerse; con el índice y el corazón separo sus gruesos labios y comienzo a hacer círculos sobre su durísima avellana… De repente, me detiene con su mano y noto que me empapo… está terminando el primer acto y se va a encender la luz, retiro mi mano y me seco metiéndola en el bolsillo del vaquero, Ella se recompone, le dice algo a su pareja, se levanta y pasa delante de mí mirándome de tal forma que comprendo la orden que me da con su mirada y yo obedezco. Sin mediar palabra, la sigo al lavabo de señoras, allí nos encontramos, echamos el pestillo y nos besamos tímidas al principio y pronto con tal locura que casi nos hacemos daño, nos desnudamos deprisa, dejamos caer todo por el suelo, le como los senos, lamiendo sus pezones pequeños y duros como piedras, ella me corresponde, yo desciendo con mi lengua hasta encontrar lo que busco y por fin se entrega y me da todo lo que antes no había podido darme... Volvemos a besarnos, ahora dulcemente, ella se arrodilla y me hace abrirme de piernas sobre su boca, acaricia con su lengua todo mi sexo, desde muy muy atrás, entrando y saliendo por donde pasa hasta agitar su lengua en mi sexo hambriento,  absorbiéndolo todo y, golosa, acaricia mientras tanto mis pezones con sus dedos y nos volvemos locas las dos y nos queremos, como dice la canción, "mujer, contra mujer…" Volvemos a nuestras butacas y de la mano, discretamente tapadas y temblando por dentro, llegamos al final de la función. Ella busca algo en su bolso y sutilmente me entrega una tarjeta que yo, con la misma discreción meto en el mío. No hemos vuelto a vernos.




El Perurena


martes, 23 de abril de 2019

Presión en el metro

Lunes, temprano, yendo a la oficina, el metro se para en Puerta del Sol. Pasan cinco minutos, pero aquello no se mueve: Hay avería… Las puertas abiertas del vagón dejan que entre la gente sin control. Ya no cabemos más…


Una mujer de sutil belleza se ve abocada a empotrarse contra mí… Me mira para disculparse y se ruboriza al descubrir que mi mano derecha ha quedado atrapada justo a la altura de su entrepierna. Los dos somos conscientes de ello, pero la presión es tal que no puedo sacar el brazo ni para retirarlo un poco del cuerpo de aquella mujer… Yo la miro con mucha vergüenza y ella sonríe comprensiva. Sigue entrando gente.  Aquello va a reventar… Sus senos se aplastan ahora contra mi pecho, su perfume, recién puesto, invade mis fosas nasales y dispara mi instinto sexual de forma irreprimible… En ese instante, noto que la mano de aquella mujer estaba percibiendo claramente el pálpito irreprimible de mi miembro. Yo no podía detener aquellos latidos que iban provocando una erección brutal… Veo que a ella le ocurre lo mismo: está excitada, como yo. 

Siento que mueve su mano unos centímetros y al hacerlo acaricia tímidamente mi sexo, levanta su mirada y me sonríe, entre resignada y pícara… Yo la correspondí, debajo de su falda, como dice la canción de Sabina… Nos duramos 30 segundos escasos…  Noté perfectamente el estremecimiento de su vulva en mi mano y una humedad deliciosa que se escapaba entre mis dedos y empapaba sus bragas. En ese instante yo no pude contenerme más y volqué mi virilidad con tal fuerza que parecía que nunca antes lo hubiera hecho…

Por fin, el tren echó a andar. Llegamos a la estación siguiente, se abrió la puerta y, al ir bajando gente, pudimos respirar… Ella levantó la mirada y abriendo aquellos labios carnosos, besó los míos y me susurró “Soy María ¿y tú…?”. “Yo soy tu esclavo”, le contesté. Ella sonrió de nuevo, se apeó y se giró para mirarme, pero se quedó boquiabierta cuando bajó la mirada hacia mi bragueta empapada... 

Entonces, se rió con ganas y dándose la vuelta desapareció para siempre… Yo, muerto de vergüenza, me quité la americana y la usé para tapar aquel desaguisado tan rico, que nunca había contado, hasta hoy, porque quién lo habría de creer…


Escrito por
El Perurena

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