Querido profesor:
Le escribo en estos momentos de zozobra infinita. Y porque usted es de los pocos amigos serios e indudables que tengo. Pero, ¿cómo empezar?
¡Si usted la viera!, ella es lo más bonito que existe, cuando te sonríe se ilumina el mundo y si te mira creces y creces hasta sentirte importante de verdad, seguro que usted no me entiende, porque esto hay que vivirlo, hay que sentirlo para saber de lo que estoy hablando.
Cuando estamos juntos, quiero decir cuando
estábamos juntos, era como si todo estuviera en su sitio, como si todo
funcionara bien, ¡qué bien hecho está el mundo!, nos decíamos, y qué contar de
la alegría que sentíamos, no nos cabía dentro. Por eso saltábamos, cantábamos,
corríamos por el parque, por este mismo parque desde el que le escribo, sí, corríamos
bajo la lluvia y nos parábamos debajo de los árboles a besarnos y a tocarnos
nuestros cuerpos empapados. El tiempo no existía ni en nosotros ni en nuestro
alrededor, nos sentíamos juntos desde siempre y estaríamos juntos por siempre
jamás, fluyendo día a día, naturalmente, hasta la lejana eternidad. Usted no
sabe de lo que hablo, ¿verdad? O, por lo
menos, ya no lo recuerda, siempre usted tan sereno, tan equilibrado.Yo ahora ya solo quiero entender, comprender lo que pasó, dónde fue todo el amor que nos teníamos, en qué espacio está, porque el mío sigue aquí y no me abandona. Quién quebró aquella sinceridad con que hablaban nuestros ojos, quién se la llevó. Ella no vino un día a nuestra cita ni tampoco quiso atender mis llamadas desesperadas. Algunas semanas más tarde accedió a que nos viéramos y ya era otra, me miraba como si no me conociera, me miraba con compasión. Pero yo no la olvido, porque no puedo y sobre todo porque no quiero, ¿sabe lo que le digo?, porque no quiero. Algún día ella volverá, es imposible que haya olvidado lo mucho que nos queríamos. Si el amor existe, ella volverá, yo la espero en nuestro parque cada día, y cada día que no viene borro, sin embargo, un poco de las promesas que nos hicimos y esculpimos en el tronco de este viejo árbol que hay frente a mí.
¿Qué otra cosa puedo hacer querido profesor?
Un abrazo de su alumno y amigo.
Querido alumno predilecto:
Cuando pierdes el primer amor es muy duro, lo pierdes todo. Pierdes la confianza y la inocencia de golpe y aprendes de repente que en el mundo existe la tristeza.
Pero el amor es lo único importante en esta vida. Cuando te llega el amor te das cuenta de que el hombre debió ser dios un día. Esas ansias de trascendencia, de mirar más allá de nuestra corta estatura, de adivinar horizontes de grandeza, ese empuje para superar nuestra liviandad, nuestra fragilidad, solo lo da el amor.
Tú no la olvidarás nunca, es cierto, pero no por lo que ella fue, y mucho menos por lo que ella en realidad es, sino porque con ella germinó en ti la semilla del amor. Tú y solo tú eres el artífice de todo lo que sentiste, de todo lo que sentirás. Tú eres el creador de toda la bondad, de toda la fuerza, de toda la magia con la que paso a paso se cambia el mundo y se pone al hombre un poco más allá del horizonte de sus limitaciones.
Será doloroso aceptar el adiós, pero solo hasta que descubras que todo está en ti, en tu interior. Que el amor no está en su bonito rostro que te iluminaba cada día, ni en su cuerpo suave y cálido, que era para ti el más confortable sitio del mundo, el amor está en buscar esa fuerza, esa alegría que nos trasciende, para salir de nosotros y cambiar el mundo. Todo esto se resume en una sola cosa: soñar, soñar, soñar...
Es todo lo que te puedo decir, queridísimo alumno predilecto.
Un fuerte abrazo y resiste y vencerás.
Queridísimo y predilecto alumno:
Rompe mi carta anterior. Está llena de palabras vacías. Yo no soy equilibrado y, mucho meno, sereno. Yo no sé ni lo que soy…
Ella vino a verme para unas consultas académicas y, de repente, ocurrió: me trajo el amor de nuevo. Todo eso que tú sientes, habita ahora conmigo.
No te pido que me comprendas y mucho menos que me perdones.
Sólo decirte que la trataré como tú lo hubieras hecho. Como ella, sin duda, se merece.
Ya sé que nunca seremos amigos, aunque hayamos compartido más cosas que nadie.
Lo siento. Te dejo. Ella viene…
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| Francisco Rodríguez Tejedor. |



