Emiria suspiró y levantó la mirada hacia el cielo: ya no había nubes. El
sol le entibió la cara, las sienes, el pecho. Cerró los ojos y lloró en
silencio. Miró otra vez la lápida junto a la tumba vacía. La
inscripción le había parecido, al fin, perfecta: “Emiria Brisa Noriega.
1979–2008”. Siempre le había gustado ver su nombre bien escrito. ‘Emilia
no, Emiria’, ‘¿Emiria?’, ‘Sí, Emiria, con r’, había corregido infinidad
de veces. Ahora al fin estaba bien escrito y lucía hermoso, brillante y
dorado sobre el mármol inmaculado. Todo era perfecto. Casi perfecto.
Se detuvo un poco antes de la salida para mirar hacia el terraplén y las
vías, cerca del sendero que atraviesa el cementerio. Un tren de carga
cruzó en lo alto ocultando el sol, y las sombras de la tarde se
alargaron hacia ella y hacia unas pocas personas que se marchaban. Pero
la oscuridad duró sólo un instante. Cuando regresó la luz, ella volvió a
su casa.
Cenó liviano y se acostó temprano. Casi no soñó y se despertó ligera,
contenta. Despachó algunas cartas que tenía preparadas desde hacía mucho
tiempo, selló las cajas que aún estaban abiertas, barrió todo el
departamento, lavó la taza y el plato del desayuno, soltó a los canarios
y salió a la calle.
Caminó apurada, casi conteniendo la respiración, con la mirada fija, sin
pestañear. Al poco tiempo comenzó a faltarle el aire y se quedó sin
fuerzas. Se detuvo en una esquina y se sentó en un umbral a descansar un
poco. De una ventana cercana le llegó la melodía de un tango
entrañable, agonizante: ‘Nada, nada queda en tu casa natal, sólo
telarañas que teje el yuyal…’. Cierto aroma a café molido, el aire tibio
del verano incipiente, las paredes de ladrillo oscuro, los árboles que
ensombrecían la calle de adoquines… todo parecía ser como antes; todo
era casi como antes.
Se recompuso y comenzó a caminar otra vez, un poco más lento, más
pausado, respirando profundo. Pensó en que, después de todo, todavía
tenía mucho tiempo: ni siquiera era mediodía. Así que caminó hacia la
plaza, se acercó a los juegos, acarició a un perro perdido y se fue
después de rodear la calesita y el quiosco. Llegó hasta la puerta de la
iglesia pero no entró: apenas alcanzó a ver la silueta del párroco dio
media vuelta. Caminó hacia la estación y se sentó en su banco favorito a
ver a la gente pasar, subir y bajar de los trenes. Por un momento
sintió la tentación de subirse a uno para viajar lejos, hasta donde
otros trenes pudieran llevarla. Pero no se animó, siempre le había
faltado coraje para las aventuras.
Cuando el penúltimo tren, el de las seis, partió con andar cansino, ella
también dejó la estación. Anduvo despacio, y al pasar junto a una casa
con jardín arrancó unos jazmines del país y los olió fascinada. Al fin
se dirigió al cementerio y llegó hasta la lápida que lleva su nombre.
Él la había visto entrar, como tantas veces, durante años, y la había
seguido, como siempre. Ya no había nada en aquel lugar que le resultara
atrayente, salvo ella. Sólo por verla de vez en cuando había decidido
seguir trabajando allí. Él vio cuando ella se arrodilló frente a la
tumba y dejó las flores, la cartera y los zapatos. Él vio cómo ella se
puso de pie descalza, con el vestido adherido a su cuerpo delgado,
brillante como el sol de la tarde que la alumbraba y parecía rebotar
sobre sus mejillas. En ese instante, a él se le ocurrió pensar que ella
era como un pétalo claro sobre el suelo amargo y silencioso de la tierra
removida y las flores mustias. Quiso acercarse y su corazón pareció
gemir mientras lo impulsaba a dar esos pasos anhelados por tanto tiempo,
para intentar cruzar unas palabras, o unos silencios, para estar cerca
de ella al menos por un glorioso lapso de eternidad. Entonces avanzó
decidido, feliz de haber vencido a las cadenas que lo clavaban al suelo,
que lo habían esclavizado tantas veces al ostracismo, a la soledad, a
la nada. Caminó feliz, porque sabía que tendría la oportunidad tan
deseada, y tan temida. Esta vez no habría vuelta atrás, no habría
regreso con pesar, regreso con dientes apretados de rabia.
Él se acercó a pocos metros y ella dejó caer su vestido. A él se le
desparramó el corazón y le temblaron las piernas cuando ella giró hacia
el sol, desnuda. Ella era mucho más que un pétalo, no había forma de
darle nombre ni adjetivo. Era, simplemente, lo más hermoso que jamás
había visto, ni vería. Él abrió la boca, pero ya no pudo hablar. No tuvo
tiempo. Ella corrió veloz hacia el sol, hacia las vías, hacia el tren
de las seis y cuarto.
(c) Jorge Camacho