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martes, 21 de mayo de 2013

Fobia

Tal vez no debí levantarme esta mañana, tal vez es uno de esos días en lo que no debería amanecer porque desde el vamos todo termina en malos recuerdos… tal vez podría agregar muchos “tal vez” más. Pero no hay caso, el despertador que apagué a manotazos ha vuelto a sonar y no hay otra vuelta que dar, hoy debo enfrentarme a la cara del Sr. Méndez con su sonrisa sádica mientras me recuerda que mi vida no es más que un número en su legajo de personal, un número que según él no cumple con el requisito de “costo – beneficio”, sino con el de ahorro para su sitio en el cielo, como si soportarme no fuera otra cosas que una tortura del purgatorio, en el que irónicamente “gracias a Dios”, yo valía por una buena cantidad de pecados.
 
Él me ha dicho ayer con su gesto cruel de siempre: “mañana tendrás una sorpresa, sabes que las negativas se me dan mal y me ponen de un humor furioso”. ¿Estaba preparada para enfrentar las consecuencias realmente o tenía que detenerme a pensar en concreto cómo escapar de una situación tan extremamente dominante?... costaba responderme a mi misma cuando el efectivo apenas alcanzaba para pseudo mantener una madre enferma y las posibilidades estaban atadas a “eso” o a concretamente nada.
 
Ensayé en mi cabeza alguna disculpa tardía por la negativa poco inteligente del día anterior, pero me cuesta doblegarme al tacto indecoroso que él quiere hacer llegar día a día un poco más lejos y que no consigue más que provocarme arcadas.
 
El pensamiento concentrado en otras cosas evitó que me diera cuenta de absolutamente nada ¿o realmente él había maquinado las cosas tan bien como para que la “normalidad” fuera el requisito indispensable para una mañana que resultaría trágica?
 
La oficina aún estaba vacía cuando llegué y no hubo otra cosa que hacer que acomodarse a la rutina de buscar agua caliente para el café, limpiar el escritorio acomodando papeles y actualizar la agenda diaria dejando el detalle correcta y prolijamente escrito al lado derecho del teléfono. Su nota también estaba ahí, con esa redacción cortante que marcaba las distancias con líneas fuertes e impersonales: NECESITO DEL SOTANO LEGAJOS 2006. ¿Legajos 2006? Dios eso debía estar un poco más allá de lo que yo consideraba el fondo de un lugar que odiaba. Vaya venganza… bien que podía ponerse esa carátula esta vez.
 
Apreté los puños tomando aire mientras miraba la puerta como una entrada al mismo averno antes que a la escalera descendente que me llevada exactamente veintisiete escalones más abajo hasta el depósito de trastos.
 
La nota era clara y yo estaba en falta así que mi miedo tenía que quedarse arriba mientras mi lado responsable y trabajador bajaba hasta allí a pesar del latido rabioso de un corazón que buscaba salírseme del pecho: Ese lugar era cerrado, húmedo y oscuro… y era precisamente ese “oscuro” lo que resonaba en mi cabeza como si tuviera un latido propio y la capacidad de hacerme sudar las manos de forma exponencial con cada paso que daba hacia la puerta.
 
Encendí la luz, dejé la puerta abierta y comencé a bajar contando los escalones para concentrarme en algo que me impidiera pensar y temer, algo que me alejara de esa realidad tan palpable de la luz achicándose a medida que la profundidad crecía ¿acaso nadie podía haber iluminado esto con fluorescentes enormes anclados en las paredes y armados como una hilera de luces dándose la mano?
 
El sonido de la carcajada llegó a mí como un fogonazo acompañado del golpe seco de la puerta y el chisporroteo de la llave de luz explotando. La oscuridad siguiente se me metió de repente en la venas, como si me devorara dejando el vacío inmenso debajo de mis pies congelándome la sangre antes que pudiera incluso gritar.
 
Quería correr, pero mis piernas estaban tiesas, adoloridas… agarrotadas, muertas a cualquier estímulo u orden de un cerebro que ya no me funcionaba porque todo tenía manchones negros que crecían, que se multiplicaban, que conseguían que los oscuros traspasaran incluso el mismo color negro como si pudiera existir algo peor que eso. ¿Cómo gritar si la oscuridad se había llevado mi voz? ¿Cómo saber si esa sensación de ahogo y de caída libre no era cierta si no podía moverme, si mis ojos ciegos me ardían por la falta de luz?
 
El dolor avanzó por mis venas como la misma sangre, un dolor terrorífico, envenenado… más adrenalina que sangre y sin resultados tampoco… estaba helada, congelada en el pánico macabro de saberme rodeada de nada más que la maldita oscuridad que me tocaba dejándome desnuda ante ella… violándome, poseyéndome con furia, pintando mi piel de un negro lacónico.
 
¡Dios! ¿Por qué no puedo gritar? ¿Por qué la garganta se cierra y la oscuridad se me mete dentro también?
 
Tengo las respuestas y me rebelo a ellas… consigo meterme los dedos en la boca para devolver la oscuridad y la siento húmeda, rancia, mezclada con la bilis amarga de mi interior… maldita… pero sigo sin voz, sigo sin poder al menos arrastrarme hacia los escalones que pueden acercarme arriba, lejos de esa negrura sorda, de ese infierno que me posee sin permiso, volviéndose tiniebla tangible, dolor colado en la piel… grito callado a la fuerza sin sentido.
 
Duele… duele la manera en que el negro me circula… duele y ya no queda nada de mí que no sea la desesperación de que el dolor termine… a cualquier costo, no importa. Los modos ahora se sienten desconocidos y oscuros, punzantemente oscuros…


                                                                                                              Calíope

lunes, 22 de abril de 2013

Definiciones amorfas.



Rebeldía
Quiebre de las ataduras del “que dirán”,
del modo aburrido de mirar las cosas con la complacencia ciega
del acomodo humano incoherente
disociado del pensar en diferente hecho verbo por hartazgo.
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Amor
Latigazo que deforma las realidades dejándonos ciegos,
borrachos de vida y ensoñación o del dolor lacerante de la indiferencia…
Hilos, hilos que tejen la sin razón de los verbos pasionales inconscientes
cuando la conciencia no es otra que el nombre alborotado de quien quieres.
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Odio
Pasión hecha arrebato de venganza,
de rencor revestido de arrogancia
de los tonos oscuros de la rabia
de las parodias inverosímiles del alma.
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Dinero
Tentación morbosa que multiplica los esquemas
en el típico modo de enredarte bajo la maraña de la necesidad insana,
dónde el límite se mide en signo pesos
y en cuentas bancarias abultadas.
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Cama
Espacio que guarda tus perfumes
enredados en los pliegues de mis ganas
que dibujan en la sábana sedosa
las caricias de tus hábiles manos
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Hogar
Calor de gente conocida,
de verbos: compartir y ser amado,
de simplicidad de madre y abrazo sincero,
de preguntas, respuestas y mil manos…
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Computadora
Cajita virtual: sueños de Verne.
Utopía de un presente incongruente,
parpadeando las luces sin retorno
más el tipeo impertinente del mundo invisible que devora.
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Llaves
Olvidé que las cerraduras se me herrumbraron
esperando que abrieras la puerta de mis ganas,
con la pequeña contraseña de los sueños olvidados
(que olvidaste también como a mis manos)
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Ventana
Libertad de mirar fuera de las cuatro paredes del engaño
burlando los límites cuadrados de aquello que destruye los remansos,
de aquello que se abre a los resabios de un adentro encerrado
y de un afuera sórdidamente añorado.
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Felicidad
Camino propio que se proyecta andando,
Que olvidamos ver a ciencia cierta y sin engaños…
Que buscamos pensando que no existe
Perdiendo los tiempos que encontramos.
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Escrito por Calíope

miércoles, 13 de febrero de 2013

Vos y yo


Necesito remarcar los lados
pero perdí la fuerza en el desgano de la angustia
(lo sabes) (y lo sé también aunque lo niegue)
aunque disimule en el rellano del rompecabezas
en el que pinte sueños de un Van Goth tirano
de sus propias locuras inclusas,
de la histeria de bajar la luna en una magia ciega,
de mi y de ti en bis
parapetados en el borde obtuso de los contratiempos
en los reveses cargados de ausencias
y de indecencias
y  de una y más inconsistencias
porque estoy y estas…
en los universos paralelos de la nada,
en las formas impuras de las ganas
en la pérdida de instinto y en los dramas
estas y estoy
y sé que nada se dibuja debajo de los peros
(pero aquí estoy)
como en secreto
En una confesión disociativa que busca demoler las opiniones.
 
Caliope

lunes, 21 de enero de 2013

Confesiones


Antes que nada deseo aclarar las cosas: esto es una infidencia, una que no debería hacer pero que mi propia ética me impide callar… y odio decirlo, tal vez me hizo falta la misma ética para darme cuenta que debía actuar independientemente a las cartas de poder que nunca se distribuyen al azar. Sé que nada de lo que hoy les cuente cambiará el peso de mi conciencia, pero quizá el hecho de saberlo consiga abrir la mente de algunas personas más. Ojalá alguien lo hubiera hecho con la mía.
 
* * *

 
Ella se llamaba Nair, alguien le había explicado que significaba algo así como “iluminada” y siempre persiguió la mística del nombre como si pudiera ser parte de esos cuentos asombrosos en los que se da ese jueguito de las soluciones mágicas, el príncipe azul, los vestidos rosas y el “y vivieron felices” con la fuente de la juventud eterna impidiendo que todo terminase.
 
Basofias. Así de simple y contundente, así de crudo; la que le contaba cuentos no era la madre abnegada que la arropaba por la noche… era otra criada, una que tuvo la posibilidad de que alguien al menos le enseñara a leer y escribir. ¿Alguien le enseñaría eso alguna vez? Siempre se repetía que sí, no estaba bien ver las cosas desde el color de la oscuridad, tal vez no podía definir esa palabra con otras que sonaran bonitas y sorprendentes pero comprendía bien su significado y su forma de ser gritaba que no estaba tampoco dispuesta a darse por vencida. Esa era su filosofía de vida.
 
Me gustaba verla, realmente contagiaba con esa sonrisa de dientes amarillos y algo torcidos pero siempre risueños en el rostro fresco, ninguno de nosotros podía negar que su cuerpo de niña no hacía otra cosa que transmitir una vitalidad que ―estoy segura― más de uno envidiaba, todo el día corriendo detrás de los quehaceres de un cura mañoso que tenía más de viejo que de católico. Hoy me pregunto porque ninguno de nosotros ―supuestos perfectos feligreses― se preguntó si podía hacer algo para mejorar su vida. Me he respondido que fuimos tan egoístas e idiotas que pensamos que la justicia de Dios cambiaría las cosas… otros han sido más duros que yo, se han autollamado ciegos y otros, bueno, otros mejor no nombrarlos porque esos sí han mantenido la venda doble por encima de los ojos negándose a ver lo que era obvio.
 
Pero basta, el tema aquí no es justificarme si no que conozcan la secuencia de cosas que se dieron una tras otra como una película muda sin que ella pudiera demostrarse a si misma que el pensamiento mágico podía existir al menos en los sueños. Creo que puedo fijar un inicio en la muerte del cura, o del viejo mañoso si es que el término les resulta más identificable… tres o cuatro años atrás de esto que hoy llamamos realidad. El nuevo fue definitivamente mejor a nuestros ojos que el párroco anterior. En los pueblos chicos estamos acostumbrados a gente con ese perfil más cercano a nosotros, alguien con el gesto benevolente, no propenso a los sermones largos pero si a las confesiones novelescas donde nos cuesta menos desnudar nuestros pecados multiplicadores de chismes. Y eso era el padre Rafael, el cura que tenía la marca de “APROBADO” en esa escala de valores sin obligarnos a ejercer concienzudamente una pizca de sentido crítico real.
 
Todos atribuimos el cambio de Nair a un extrañar lastimero sin darle importancia, nadie negaba que el viejo mañoso dentro de todo la había rescatado de una vida todavía peor… en la iglesia tenía comida, casa y vestido ―de nuestras donaciones usadas sí― pero lavados y remendados en un nivel de dignidad por encima de los andrajos mugrientos con los que llegó. Creo con justicia que no está de más decir que creímos de verdad que los ojos rojos y la mirada melancólica eran el resultado de haber perdido a lo más parecido que tuvo a un padre. Todos de alguna u otra manera también extrañábamos al mañero y se lo hacíamos saber con palabras de consuelo… aunque después cuchicheáramos entre nosotros sobre que ella había adoptado su mal genio al no responder al menos un “gracias” o un asentimiento de cabeza aprobatorio al acercamiento y congoja general.
 
Yo misma la tildé de mocosa desagradecida cuando rehuía de nosotros en la iglesia esquivándonos, todas las tardes que la práctica del coro nos reunía allí. Le recordé rabiosa a todos como antes el cura la obligaba a mantener la jarra de agua fresca, las partituras y el escaso inventario de instrumentos a nuestra disposición… la desprecié, le dije incluso un par de palabras de esas que deberían de haber formado parte de mis confesiones y que no quiero repetir ahora no por pudor, si por el propio respeto que le debo a un alma como la suya.
 
De nuevo me he ido por las ramas en esa búsqueda que hago todos los días dentro de mis recuerdos para marcar el día cuándo todo empezó… me gustaría saber si su mirada sombría era la marca de un “pasará” o de un “ya fue”, y debo ser sincera al decir que no logro distinguirlo. Tampoco me he animado a preguntarlo y hasta ese punto llega la cobardía que se esconde detrás de estas líneas en vez de haberse desnudado frente a una denuncia formal y recta en una fiscalía. Les mentiría diciendo que no me he justificado en la excusa de que tampoco me hubieran hecho caso allí… pero nos enseñaron sobre el bien y el mal ¿no?, se supone que debemos pasar la prueba sin poner el pero de las dificultades.
 
Yo no lo hice. Lo que hice fue escuchar, escuchar eso que se cotilleaba por lo bajo mientras sonaba el sermón de ese Domingo de Ramos en que la iglesia doblaba la cantidad de visitas y la mayoría de nosotros hasta quedamos fuera agolpados en las puertas que dejaban ver la sacristía y de tanto en tanto a una Nair, con el ojo amoratado y las marcas de un azote de esos que todavía nosotros los viejos recordamos haber recibido alguna vez de nuestros padres. Yo me ofendí cuando terminé de escuchar y la busqué con la mirada para gritarle con gestos que era una desvergonzada… que esas calenturas de mujercita incipiente y resbalosa merecían más que el azote que mostraba, que yo misma le daría la tunda de su vida si amenazaba el decoro de este pueblo de Dios.
 
Mil cosas se me pasaron por la mente sumando prejuicios, desde mi propio marido hasta los hijos que todavía se agarraban de mi pollera antes de entrar a la escuela cada mañana y la vi como un engendro que quería lejos de mí, como una puta aprovechada que intentaba seducir a un hombre dedicado a servir al Señor.
 
Festejé el ojo cabizbajo y la mirada que rehuía la mía, como un castigo moral que yo misma quería imponer. Mi postura era dura y firme, sin resquebrajos compasivos que pidieran algún tipo de explicación de la boca de alguien que apenas si comenzaba a dejar de ser niña. Mi lado cristiano resultó tan impasible que hoy tengo pena de mi mezquindad, de mi falta de juicio, de la estupidez de juzgar a alguien sin el más mínimo derecho a réplica guiada por algo más complejo que el qué dirán. Mirando atrás sé que perdí el derecho al cielo el día que noté el vientre abombado y me acerqué con la rabia encendida restregándole palabras de injuria que aún suenan en mi cabeza tan repulsivamente como las dije:
 
  • Demonio lujurioso… meterte en la cama de un cura forzando su lado humano a tu indecencia… puta.
  • Él me forzó. ―apenas si las palabras salieron de su boca y no le creí.
  • Mientes… las de tu calaña no hacen otra cosa que mentir.
 
No respondió ni se esforzó en defenderse, volvió a hundir los ojos en el piso y se arrastró hacia adentro remarcando todavía más mi furia. ¿Por qué no se marchaba entonces? ¿Por qué seguía día a día alimentando el chisme pueblerino de convivir con un hombre prohibido? Ella quería estar allí, nadie negaría eso ante la evidencia. Yo tampoco.
 
Volví cada día a la iglesia a rezar por el padre Rafael, para que endureciera su corazón lo suficiente para echar de la iglesia a aquella mujer pecadora que lo sedujo en un momento de debilidad y horror. Recé cinco meses más, convencida de que su compasión y su culpa eran lo que le impedían arrojar a alguien que ―fuera quien fuera― llevaba un inocente en las entrañas. Tal vez por esa estúpida ceguera no entendí muy bien las cosas cuando ese mañana el auto del comisario estaba estacionado al costado de la iglesia junto a la ambulancia ¿un bebé prematuro? No alcancé a preguntar cuando la vi salir en un estado en que no creía que el ser humano pudiera sobrevivir.
 
―Laceraciones en cuello, boca, espalda y piernas, herida sangrante en recto y posible desprendimiento de placenta… traumatismo de cráneo y tensión arterial de 8/5.
 
El paramédico trasmitía los detalles por radio y mi comprensión sintió crecer su ignorancia insana cuando la conversación de más allá llegó también a mis oídos como una bofetada:
 
 ―El cura está adentro, esposado… el fiscal va a matarme pero ponele algo de ropa encima, ya guardé los palos ensangrentados que tiene y puse alguien a vigilar el sótano donde la encontramos a ella. Creo que sería mejor que la hubiera matado… no sé… ¿viste las marcas? No podés ultrajar a alguien con ese nivel de saña… pobre chica, no sé cómo en realidad aguantó tanto.
 
 
* * *

Les dije que perdí el cielo… pero la verdad es peor que eso. La verdad es que perdí el respeto por mi misma como respuesta a esa parte de mi humanidad que falló y que por desgracia… afectó la humanidad de alguien más, alguien que recibió de nosotros la simple y llana respuesta de la indiferencia total.
Caliope

viernes, 21 de diciembre de 2012

Carta de Navidad




        
         Mamá:
           
         Me siento ante la hoja vacía y siento que su blancura me quema. Durante años en estas mismas fechas festivas he escrito tres líneas en una tarjeta que encargaba a alguien más comprar en algún kiosco barato. ¿Las firmaba al menos? ¿O todo era tan impersonal como este recuerdo que ni siquiera tengo pero me angustia? 

Me gustaría poder decirte que estoy bien, que mi “gran” progreso ha valido la pena, que en mi mesa de caoba habrá nueces, pavo, cerezas y mil regalos de navidad… que tengo lo que quiero. Porque es esto lo que perseguí y por lo que dejé de lado ese ajetreo de locos de tus navidades en casa. Pero sabes que no puedo, sabes desde donde estés que mi arrepentimiento es tan grande como mi dolor. 

Tus navidades en casa ya no existen y mi mesa de caoba está tan repleta de cosas materiales como vacía de tu risa… de la forma en la que hacías una mueca entre obscena y graciosa cuando alguien criticaba tu cena o preguntaba por qué diablos cada año tenías que repetir el menú. 

¿Cómo decirte esta Navidad que te extraño de veras? Que tantas ausencias se me agolparon en el pecho desde el momento en que te fuiste por ese camino sin vuelta, ese al que no tememos hasta que lo vivimos en carne propia sin entenderlo. 

¿Cómo decirte que esta Navidad estoy solo y vacío como esta hoja en blanco en la que sumo palabras que no llegan a decir cuánto te extraño? He sido un necio, he corrido detrás de la fama, detrás del delirio de un mundo material… y te he hecho a un lado pensando que lo sabía todo. Hoy la única cosa que sé es que no estás y que la navidad se me hace ese espacio sin color en el que nunca más recibiré el llamado acusador del otro lado del tubo: “hijo…tú eres mi mejor regalo”.  

Tu hijo
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Caliope

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Navidad Olvidada

          Caminé por la calle chocando con miles de caras que se cruzaban, miles de paquetes y bolsas de regalos, miles de adornos, el tránsito insoportable, el ir y venir acelerado de un montón de vidas que pasaban entre la euforia y el conglomerado de emociones inconclusas que se contradecían a si mismas. 

          Miré los rostros y no vi la alegría del momento, o la entrega real a un “algo” que no fuera el pasatiempo comercial de una navidad llena de las luces rimbombantes tan alejadas de ese viejo establo de hace más de dos mil, choqué con alguien y mis bolsas cayeron manchando alguna de las cajas con el consiguiente grito rabioso y el intercambio estridente de palabras de las que en su momento no me arrepentí. ¿Debía? 

          Esta Navidad estaba harta de esas películas cursis de un Santa Claus barbudo con su “jo-jo-jo”, paradójicamente había comprado más regalos que nunca, había leído “Un cuento de Navidad” unas diez veces y había cruzado esa línea invisible entre la culpabilidad y la redención, línea oscura diría yo, línea ambigua también, línea al fin, que recordaba ese maldito AHORA descompaginado de un ANTES que había dejado la huella profunda donde pensábamos que todo estaba tranquilamente bien. 

          Me pregunté esa mañana porque el auto no había arrancado, porqué había olvidado hacer los encargos antes, porqué la señora de la limpieza no vendría, porque estaba al borde de una histeria insoportable, y tampoco supe qué me hacía de repente tantas consultas enmascarando la “insoportable levedad del ser”. 

          No quedaba más que caminar despacio, haciendo equilibrio con los paquetes sobre el hielo resbaloso, soportando el frío y el viento helado que me recordaba porqué odiaba tanto el invierno en la navidad y ahí estaba, vi la puerta cerrada y pintada del desvaído color del olvido, y el mundo se desmoronó de repente. ¿Cómo volver atrás cuando el tiempo es sólo una medida de nuestra estupidez? 

          No soporté y dejé resbalar las lágrimas sobre un rostro que siempre había sido lo suficientemente duro para nunca traslucir nada más que la hueca satisfacción de llegar a las metas que tenían el signo dólar impreso. 

          Alguien abrió cuando golpeé la puerta en un ruego callado pidiendo perdón, y me ayudó a atravesar el pasillo estirando la tortura de ver lo que no era sino la cosecha de miles de navidades perdidas, corriendo detrás del reloj, sumando tarjetas y regalos caros enviados por correo, sin una sencilla y afectuosa mano amiga que estrechar, “su” mano, la mano que me había alimentado de niño, que había curado mis heridas tras las miles de caídas, que había trabajado a sol y sombra sin olvidar nunca palmear mi espalda en la noche antes de dormir.
 

-       Por favor no la atosigue, recuerde, un saludo, un Feliz Navidad, nada de apuros ni de emociones fuertes, no sabe quien eres, no te recuerda…
 

           La vi sentada en su sillón especial, con los cabellos plateados acomodados en su peinado de siempre y me acerqué lento, sabiendo que me dolería más su mirada perdida y curiosa que toda la culpa que sentía por dejarla allí, pasé de largo cuando vi que ni siquiera me miraba y me vestí en la habitación de al lado: traje rojo, panza inventada, barba de algodón…
 

-        ¡Feliz Navidad señoras! ¡Jo jo jo!
 

          Y mi alma cambió, la luz del establo se dejó ver detrás de sus ojos, en un brillo que me devolvió mi propia fe.

 

-       ¡Mi hijo! ¡Cómo me gustaría que mi hijo estuviera aquí! Él amaba a Santa Claus y siempre me abrazaba en Navidad, decía que era lo único que podía regalar…
 

          Mi alma se quebró, y todas las explicaciones de los médicos, de un Alzheimer progresivo que devoraba de adelante hacia atrás… de ese maldito gen que despertaba y que le había hecho olvidarme, “Ella” me recordó y pensó en mi para alegrarme.
 

          Lloré debajo de la barba blanca, la senté en mis rodillas y la llené de regalos, le canté villancicos y la oí reír, y entendí que la Navidad también me estaba dando un regalo a mí, devolviéndome el tiempo que yo mismo perdí.
 

 

Caliope

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Sentidos sin sentido


No me quedan más que pensamientos divorciados
          de mi propio sentido abstracto,
          de las ganas de sentirte mío
          en niveles inconscientes de conciencia
          ―mío―
          impudorosamente mío.
          sumergido en mí, adrede,
ahogando porqués y cuadros defectuosos
escritos entre líneas
en códigos secretos encriptados
[sin sentido tal vez]
pero lógicos en mi locura demagoga
posesiva, histriónica y ambigua
          ―mía―
enhebrada en mis sentidos
aunque silencio acobarde el histórico momento de perderte.

Caliope Cullen

miércoles, 24 de octubre de 2012

"La Bestia"



            La complejidad del comportamiento humano lo conmocionaba, de su propio comportamiento —no sabía si humano— aún más. Se repitió a si mismo que debía calmarse pero el instinto resultaba entre salvajemente acogedor y propiciamente culpable, así que se dejó llevar. 
 
            No sentía nada más que un alivio ansiosamente anhelado a su locura a medias o “y media” como uno de esos psicólogos poco inteligentes le había repetido en burla. No importaba el dolor ajeno, ni los gritos, ni la sangre, ni la culpa que le atacó al inicio pero aplacó con la fuerza de su propia rabia. 
 
            Nada importaba, sólo su paz, sólo la liberación de la bestia que a ratos le sacudía el cuerpo recordándole importunadamente que su “normalidad” no era más que un disfraz barato de carnaval, una cáscara al animal indómito y a la fuerza bruta sedienta. 
 
            Antes había luchado contra ella, con tanta vehemencia que había quedado sin impulso después de darse cuenta que a nadie le importaba su lucha (¿Acaso a esa mujer vanidosa totalmente ensangrentada ahora le importaba que él lo hubiera perdido todo por matar a su bestia?). ¡No! a ella sólo le importaba ahora su propio dolor, entender cómo de la nada alguien había surgido para golpearla hasta al cansancio y violarla de formas que su imaginación jamás hubieran concebido. 
 
            ¡No! a ella no le importaban los motivos de él, ni su entrega anterior al submundo “profesional” en el cual trató de ahogar a la bestia, no conocía las tramas dolorosas que él tejió tratando de caer en el estereotipo de hombre adaptado a la sociedad, no conocía los desprecios, ni la angustia, ni el dolor de darse cuenta que la bestia seguía ahí, más fuerte que nunca, más apoderada de su cuerpo que nunca. 
 
            Volvió a mirarla sin sentir nada, no era el placer de someterla o un arrebato de egoísmo, era calmar a la bestia, nada más, entretenerla con algo para que no auto consumiera el propio cuerpo y siguiera desterrando su poca coherencia mental. Necesitaba liberarla a ratos al menos, darle un espacio para convivir con ella en vez de renunciar por completo a una vida que todavía creía suya. 
 
            Pensó por un instante en si debía pensar en las consecuencias y las consecuencias no le importaron, la sociedad le había demostrado que su drama personal tampoco le importaba, así que... qué más daba, la bestia seguiría dentro suyo en el lugar que estuviera, se seguiría apoderando de él burlonamente mientras el resto lo creería cada vez más loco sin detenerse a pensar que “él” no estaba loco, “él” no era la bestia, “él” era tan víctima de ella como aquella mujer. 
 
            Se preguntó si ella tendría familia, una parecida a la que le prohibieron ver con una orden judicial, se preguntó si su hija pequeña algún día debería enfrentar a la bestia de alguien más o peor si el maldito juego genético no había dejado en su ADN una bestia propia. 
 
            Volvió a mirarla e intuyó que los estertores de su pecho sólo precedían a su muerte, no se animó a tocarla para ayudarla a cruzar el umbral más rápidamente, la bestia había magullado tanto su cuerpo que la masa se había vuelto un despojo despreciable. 
 
            Se sentó a su lado, a esperar las consecuencias o a esperar que la bestia tomara alguna determinación, se sentía tan ridículamente manejado que sintió asco de si mismo. Pero... ¿qué respuesta darse? ¿Qué hacer para cambiar la situación que ya no hubiera hecho? ¿A quien acudir? si médicamente le habían dicho que la bestia no existía, que la bestia era él mismo. 
 
            Nunca podría aceptar eso, cómo explicarles que la sentía dentro suyo riendo, mientras el vagaba de consultorio en consultorio, de iglesia en iglesia, de amigo en amigo. 
 
            ¡No! este mundo era tan estúpidamente ciego que quizás no merecía que él hubiera hecho tanto por querer pertenecer a él, debería dejarse morir antes que la bestia lo consumiera, antes de seguir padeciendo la lucha inútil de liberarse de ella. 
 
            El cuerpo a su lado, inerte y él sin sentir nada otra vez, ansiando oír alguna sirena de policía, algunos pasos que vieran la escena atroz y gritaran. Algún alma que lo descubriera ahí, con la bestia dormida incapaz de levantarse y huir, y nada otra vez la calle desierta, un ruido más que lejano de un par de autos peleando con el tráfico y más al fondo, más en su interior, un imperceptible bostezo, un sonido bestial que él reconoció y multiplicó por cien su angustia. Un indicio —claro y conciso— de que la bestia despertaba aturdida lenta pero imponentemente:
 
“LEVANTATE PILTRAFA Y HUYE… QUE AUN TENGO SED”
 
Caliope

miércoles, 10 de octubre de 2012

Crisis.


            Ella se acomodó los zapatos despacio, mientras pensaba que un fetichista de pies jamás la vería con buenos ojos, ¿le importaba?. Jugó con su lengua sobre el borde de sus dientes y deseó tener algo de piel nueva desarreglando la parte vacía de su cama. 

            Trató de reconocer desde cuando había olvidado los tabúes y se había dado de lleno a cualquier cosa que en ese momento le importara, pero tampoco supo si había tenido en cuenta el tiempo como un nuevo punto de partida en esta vida. Se ratoneó pensando en la camisa semidesprendida del obrero que se cruzó dos cuadras antes de su casa, macizo, indiferente y con el perfume rancio del cuerpo masculino sudoroso. Sintió deseo y sonrió, adoraba el cosquilleo prohibido en sus partes íntimas mientras la piel se le erizaba. 

            ¿Alguna vez me saqué la careta para hablar de mi misma sin ningún tapujo?. A mi misma tal vez, pero no de forma tan abierta con la piel expuesta a las críticas tan conscientemente. 

            Tomó papel y lápiz y comenzó a escribir, tratando de identificar las alas caídas de su propio ángel.


Demonio 

            Los demonios la gran mayoría de las veces permanecen dormidos en la penumbra de nuestros pensamientos más oscuros. Y cuando despiertan les decimos “monstruos” como si no estuviéramos felices de liberar esa parte sombría de nuestro yo oculto. 

            Esta noche no pienso esconderme detrás de mis demonios, esta noche pretendo que ellos me gobiernen y ultrajen esos espacios de inocencia que todavía la estúpida lleva consigo cuando me echo a dormir. ¿Qué paradójico no? Qué forma absurda de pensar sabiendo que somos dos mitades incompletas la una sin la otra. 

            Me calcé las medias de red mientras pensaba, y busqué la minifalda de cuero que apenas cubría los bordes de las nalgas. Hoy me sentía fatídicamente exhibicionista y poco me importaba que las manos de unos cuantos ebrios me estrujasen a mansalva. Recogí mi cabello en una coleta alta, necesitaba mi cuello desnudo, el escote pronunciado con el cierre relámpago tentando al que quisiera deslizarlo de un plumazo; me calcé los tacos de aguja, y seduje al mismo taxista escandalosamente cuando le pagué el viaje con un poco menos del dinero y un lengüetazo morboso en la oreja desnuda y temblorosa. 

“Un antro”… “mi” antro… me dije satisfecha ante las puertas negras que se abrían de par en par ante las mujeres de mi calaña. 

·        Pasa...gatito bonito.

·        Perra, corregí mientras tomaba yo misma el cierre de mi diminuta chaqueta y la bajaba hasta casi debajo de los pechos, dándole más luz y libertad, satisfecha por la mirada lasciva del guardia que volvía a cerrar la puerta detrás de mí.

·        Humo, alcohol, perfume barato, mezcla rancia de demonio marchito, marchito en mi.

·        ¿Te invito algo? (ni lo mire a la cara, era suficiente que fuera hombre y mis feromonas lo sintieran como tal)

·        ¡No!, llévame donde la gente nos vea, y demuéstrame que eres hombre. 

Función parroquial, gritos, morbo, gemidos, sexo y manos libidinosas y silbidos. Ningún orgasmo, ningún “algo” que me libere. Ningún rebrote de conciencia en mí después de levantar mis ropas y marcharme. Nada.

Ángel

            La mañana nublada que me encuentra agazapada en el sofá llena de hematomas, dolorida, hecha un ovillo escandaloso y oliendo a piltrafa humana. Me levanto apenas y descubro la ropa que maldigo en el espejo y la sonrisa torcida de ella que me mira por dentro, que ríe a carcajadas en mi mente como si pudiera herirme más demostrándome que existe. 

            Miro a los niños dormir, y la tarjetita del mayor estrujadita en sus manos: “mami… te quiero, me asustas cuando te pones mala”. Y el llanto, el quiebre emocional que me libera la angustia de saber que puedo perderlo todo por ella, por la ironía de tenerla conviviendo conmigo, adherida a mi piel como un injerto, como un parásito que oigo en mis oídos delirando: 

·        ¡Vete!, no ves el daño que le haces… a ellos

·        ¡Cállate idiota, déjame en paz y libérame entonces! En vez de tratar de esconderme en tu mente

·        ¡No existes!

·        ¿Quieres más pruebas? ¿Quieres más de lo de anoche?

·        ¡No seas irónica, vete, mi vida es esta!

·        ¡Tu vida nenita, es esa cosa que pretendes mostrar a los demás y me rebela!

·        ¡Eres denigrante!

·        ¡Eres insulsa!

·        ¡Vivo feliz!

·        ¡Eso te lo inventas para ponerte una máscara de risita ingenua!

·        ¡Basta!, ya no quiero saber nada de ti.

·        ¡Me importa poco, existo!

·        ¡Vete! ¡Vete de mi! 

            Los niños se levantan aturdidos porque ella discute a voces con el espejo de la habitación, gritando como si quisiera arrojar su propia voz fuera de si, aporreando su cabeza contra las paredes blancas de la casa hasta que el peso de los golpes vuelve a sumirla en un desmayo. El rictus de sus labios se curva: “He ganado idiota, el parásito vive” reverbera su mente ambigua. 
 
Caliope



 

Distancia escarlata

 
Duele verte
 
y el rojo no trasciende detrás del gris
 
(me sangra)
 
Me desangra mejor
 
y se me apaga
 
mientras el espacio se acorta
 
y los brazos te abrazan
 
y los dedos tamborillean de rabia
 
dinamitando mis ganas.
 
Duele verte
 
sentir la distancia multiplicada
 
reabsovida, repensada,
 
furibunda y vana.

 
Caliope

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