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martes, 22 de abril de 2014

Loca de Amor




Era la cuarta clase que tenía que dar esa mañana. Las tres primeras me habían dejado ya los nervios destrozados. Ese día habría deseado estar en cualquier parte que no fuera el Instituto. No tenía ganas de explicar las funciones del adverbio a los de primero, ni de comentar las picardías de Lazarillo de Tormes con los de segundo. Apenas si contaba con la voluntad necesaria para introducir nociones de gramática generativa en los grandullones de cuarto. Cuando sonó el timbre, estaba tan a gusto conversando con el bedel sobre bueyes perdidos, que me habría quedado con él el resto del día. Pero me esperaban los salvajes de tercero.



Como no me sentía con fuerzas de iniciar un tema nuevo, decidí que practicaran el análisis sintáctico, que buena falta les hacía ante la inminencia de los parciales. Así que les dicté las largas y rebuscadas oraciones y les pedí que iniciaran el análisis. Todos se pusieron a escribir. Yo volví a mi asiento y me dispuse a preparar los promedios del trimestre.


Un murmullo risueño me llamó la atención. Venía, como siempre, de la parte de atrás del aula. Así que me puse de pie y miré con el gesto más inquisidor que pude. El silencio reinó enseguida. Volví a mi mesa, pero volvió a suceder. ¡Paciencia! Tendría que trabajar en casa por la noche con las notas, anular la salida al cine que tenía prevista... Ahora tocaba pasearme otra vez por los pasillos entre los pupitres como un vigilante, algo que odiaba hacer y que poco tenía que ver con la lengua y la literatura.


En cuanto mis alumnos notaron que me levantaba y comenzaba a caminar, algo confuso y atropellado estalló en ese sector de la clase. Algunas chicas se reían, un muchacho de la última fila le dio una palmada en la espalda al de adelante y, de pronto, un papel doblado muchas veces cayó al suelo.


Cristina Landó se agachó para recogerlo como impulsada por un resorte, pero yo llegué justo a tiempo de apoyar mi pie derecho sobre el misterioso papelito, y estuve a punto de pisarle la mano a la pobrecilla. Entonces ella volvió a sentarse y estalló en sollozos desesperados. Todos dejaron de escribir. El descontrol era absoluto. Sólo eso me faltaba para completar el maldito día.


Introduje el papel en el bolsillo de mi chaqueta y, sin leerlo, pregunté qué era. Nadie respondió. Cristina seguía con el rostro escondido entre sus brazos cruzados sobre la mesa. Las vibraciones convulsivas de su espalda me indicaban que seguía llorando, y no había manera de calmarla. Así que ordené a la clase que continuara con el trabajo y todos, menos ella, volvieron a sus libretas. Imaginaba el contenido del papel, no era la primera vez que encontraba en el suelo ingenuas obscenidades dibujadas o escritas. Pero, ¿por qué estaba tan afectada esa muchacha? Seguramente, en esta ocasión se trataría de algo referente a ella con algún chico y le daba vergüenza que yo me enterara.


Pensaba en todo esto mientras le acariciaba lentamente la cabeza intentando calmarla, y para que notara que no estaba enfadado y que no pensaba castigarla. Sólo esperaba que se tranquilizase.


Por fin alzó el rostro y me miró. Sus enormes ojos verdes nadaban en lágrimas que resbalaban a chorros sobre su rostro. Parecía que iba a calmarse, cuando el llanto volvió a atacar con más fuerza. Con las mejillas ardiendo, me pidió permiso para salir. Le dije que sí, que fuera al lavabo, se lavara la cara, respirara hondo varias veces y que después hablaríamos. Me miró de un modo extraño y salió del aula.


Volví a mi sitio y, una vez hube comprobado que el orden volvía a reinar, saqué el papel misterioso de mi bolsillo, lo desdoblé y lo miré. No encontré dibujo alguno, ni palabrotas ni corazones ni nada por el estilo. Unas letras pequeñas y redondas lo surcaban minuciosamente.


          “Amor mío:


          Te adoro desde el primer instante en que te vi. Mi corazón da un vuelco y me quedo muda de emoción cuando me hablas, cuando me miras. Sueño cada noche que me besas y me rodeas con tus brazos desnudos, que imagino fuertes y viriles. Yo me dejo besar por ti a la luz de la luna y nos miramos a los ojos con mucha profundidad. El sueño es tan hermoso que querría no despertarme nunca. 


          No me atrevo a decirte que te amo con locura porque te burlarías de mí o, peor aún, me tendrías lástima. Mi miedo más grande es que todos en la clase se enteren y se rían a carcajadas de mí. No podría volver al colegio. Quizás hoy me atreva a entregarte esta carta que no es la primera que te escribo, pero sólo lo haré si nadie se da cuenta. Sólo entonces, cuando la hayas leído, te miraré a los ojos como en el sueño, y adivinaré por tu mirada la respuesta. Si, como supongo, no correspondes a mi amor, me mataré, porque te quiero más que a mi vida.

                                                                                                            Cristina

         

Me sentí enternecido y consternado. ¡Qué trágicos podían llegan a ser los adolescentes! El asunto parecía ser más grave de lo que había pensado. ¿Qué podía hacer yo? No iba a traicionar una sensibilidad tan delicada preguntando a la clase en pleno de quién estaba Cristina tan enamorada, pero el chico al que iba dirigida la carta tenía que saberlo. Una idea negra que cruzó por mi mente me borró la sonrisa complaciente de adulto que está de vuelta de todo: a esa edad uno es capaz de hacer cualquier locura por amor.


Una gran inquietud se apoderó de mí y salí corriendo de la clase. Tenía que hablar con Cristina cuanto antes y hacerla entrar en razón, no podía dejarla sola en ese estado. Crucé el patio a largas zancadas y entré en los lavabos. No había nadie. ¿Dónde podría haber ido? Noté algo extraño en el espejo, y supe en el acto que la chica había estado allí. Estaba todo cubierto por una pátina de jabón. Había algo escrito en el espejo y traté de descifrarlo. Horrorizado, comprendí. Eran las letras que formaban mi apellido.  Mi apellido en grandes letras de jabón destrozado.


Recordé su verde mirada bañada en llanto, mi mano intentando confortarla con caricias como si fuera mi propia hija, sin imaginar siquiera que pudiera ser yo el objeto de tan sublime y obsesivo amor...


Regresé a la clase, nervioso y asustado, con la secreta esperanza de encontrarla en su sitio y que semejante despropósito jamás hubiese ocurrido, un vano engaño de los sentidos a causa del agotamiento. Tal vez para mi apasionada alumna esto fuera un sueño de amor, pero para mí significaba una horrible pesadilla. Ella no estaba en el aula, y treinta miradas expectantes se posaron en mi rostro y en mis manos temblorosas. Volví a salir disparado, siguiendo un impulso, esta vez hasta la puerta de entrada del colegio.


En la esquina, unas cuantas personas se amontonaban curioseando en la confusión que creaba la llegada de una ambulancia con su sirena estridente. Me abrí paso entre la gente como un autómata. Cristina estaba en el suelo, inconsciente y sangrante. Los médicos que le administraban los primeros auxilios preguntaron si alguien la conocía. Yo respondí, espantado: “Soy su profesor”. “Se pondrá bien, ya reacciona.”, dijeron. “Se ve que ha cruzado corriendo y sin mirar, ¡ay, esta juventud!”, comentó una señora. Llamé con mi móvil a dirección, para que avisaran a la familia de Cristina del accidente.


La romántica carta de amor aún me quemaba en el bolsillo y, sin pensar, la saqué, encendí una de sus puntas con el mechero y la tiré a la alcantarilla viendo cómo se consumía. 

No volví al colegio ese día, en realidad no volví nunca más. Estuve dos meses de baja por depresión y luego acabó el curso. A partir de ese desafortunado incidente, cambié de trabajo. Ahor me dedico a enseñar en escuelas para adultos.


sábado, 21 de diciembre de 2013

Una pequeña trampa.


UNA PEQUEÑA TRAMPA

                                                                                                           

          La estridencia del timbre la hizo saltar sobresaltada de la cama.

          Miró el reloj. Eran poco más de las diez de la mañana. Su hijo estaba ya en el colegio. Y su marido había salido hacía ya dos horas rumbo al trabajo.


          Ella se había levantado temprano, había puesto la calefacción, había dado el desayuno a Pablito, lo había llevado al cole bien abrigadito y había vuelto a acostarse al volver a casa. Se sentía perezosa esa mañana, algo que se permitía desde que se había quedado en el paro. La parte buena del desempleo era que tenía ahora más tiempo libre para dedicarse a sí misma pequeños placeres cotidianos, como éste de quedarse remoloneando en la cama, arropada bajo el cálido edredón nórdico, hasta media mañana.

 

          Mientras se dirigía al telefonillo, iba abrochándose la bata y refregándose los ojos. Sería el cartero. Siempre tocaba el timbre para avisar que había dejado cartas en el buzón, cosa que fastidiaba enormemente a Marisa, sobre todo cuando la obligaba a levantarse.

          Pero no. “De la compañía telefónica”, dijo una voz de hombre. Y Marisa recordó que había pedido que vinieran a reparar el aparato. “Ah, sí, adelante” —dijo, ahogando un bostezo que se empeñaba en estallar.

          Abrió la puerta e hizo pasar al hombre. Le indicó el lugar donde se hallaba el teléfono fijo y él se dispuso a desarmarlo.

 

          Marisa lo miró un instante. Fue suficiente para sentirse atraída por él, que ni siquiera parecía haber reparado en ella. “Mejor —pensó—, debo de estar horrible en este momento.”

          Se dirigió a la cocina a preparar café.

          Siempre había oído historias de mujeres que se iban a la cama con hombres como ése y en situaciones similares, estando sus maridos en el trabajo. Es algo que sale en multitud de chistes y rumores de todo tipo. Ella jamás le había sido infiel a Mario, y la verdad es que ni siquiera se le había pasado por la cabeza la idea, y si se le había pasado, la había descartado de inmediato. Hasta este momento.

 

          Desde hacía diez años estaban casados, y eran lo que se dice un matrimonio bien avenido. Llevaban una vida tranquila, sin apremios económicos a pesar de que ahora entraba un sueldo menos. Su casa era confortable y nada enturbiaba su paz. Pasaban los fines de semana en la casa de la montaña que había heredado de su familia, donde ella y el niño mantenían un pequeño huerto que ya empezaba a dar sus frutos. Mario se ocupaba del jardín, preparaba carne asada en las brasas del hogar en invierno, y en la barbacoa del patio en verano. Y, sobre todo, allí tenían tiempo para amarse a gusto. Seguían tan enamorados como el primer día, y se creaban un divertido juego de seducción que sólo surtía efecto los fines de semana allí, si las condiciones eran ideales, si no tenían invitados...

 

          Sin embargo, Marisa comenzaba, últimamente, a reconocerse algo insatisfecha.

          Querría tener a Mario, piel con piel, durante más tiempo, en circunstancias no programadas.

          Querría que lo que ocurría en la cama con él no fuera tan previsible y repetido.

          Querría desearlo más y sentirse más deseada por él.

 

          Su cuerpo a veces se rebelaba y le pedía más, y se lo pedía a gritos que Marisa se esforzaba por disimular. No le había contado estos sentimientos a Mario, porque no le gustaba hablar con él de estas cosas; a ella le parecía que el hecho de hablar tan explícitamente de ello le quitaría espontaneidad a la relación... Hubiera querido que él lo notara e hiciera algo para sorprenderla, para renovar el deseo, que tuviera alguna iniciativa diferente en ese sentido, no ser ella quien siempre iniciaba los acercamientos íntimos...

          Siempre quedaba la posibilidad del adulterio, tener de tanto en tanto una aventura, pero cómo y con quién. Además, le asustaba la idea de hacer el amor sin amor, porque jamás lo había hecho de ese modo.

          Aunque hay que decir que también la tentaba la idea. Por eso la relegaba al terreno de la fantasía que, de todos modos, canalizaba cuando se acostaba con su esposo. Así, no se sentía culpable y de paso enriquecía la sexualidad de los dos.

          Porque, a decir verdad, Mario tenía mil caras y mil cuerpos diferentes en la rica imaginación de Marisa. Así que, sin él ni siquiera sospecharlo, le hacía el amor con la crueldad de un sádico, como un caballero romántico y apasionado, como un animal en celo, como un jovencito inexperto o como un amante furtivo.

          Era sólo una pequeña trampa.

          Marisa se preguntaba si él también tendría este tipo de fantasías, si también haría estas pequeñas trampas en el lecho conyugal, cuando la acariciaba entre sueños de una manera extraña, o la penetraba con inusual violencia, o cuando le hacía darse la vuelta para hacerlo por detrás... Esta idea de las supuestas fantasías de Mario le producía unos pequeños celos que resultaban tremendamente beneficiosos, porque en esos momentos ella no tenía que inventarse historias para erotizar su piel dormida.

 

          ¿Cómo sería hacer el amor con un hombre real al que jamás hubiera visto antes?

          Sólo se atrevió a planteárselo al encerrarse en el lavabo, mientras el operario de Movistar seguía con el teléfono, mientras ella se lavaba la cara con agua fresca y se cepillaba los dientes frente al espejo, mientras se peinaba lentamente y su mirada recuperaba poco a poco su brillo habitual.

          Se sonreía a sí misma con complicidad ante sus disparatados pensamientos.

          Pero en su interior la decisión ya estaba tomada. Se serviría una taza de café y le convidaría otra al hombre. Mientras tanto, se daría cuenta de si él comprendía su intención y, en tal caso, intentaría seducirlo.

Se sintió excitada imaginando las miradas, las inevitables frases que sería necesario pronunciar.

 

          No —pensó-, sería mejor no hablar, no pronunciar ni una sola palabra, y actuar con naturalidad después del café. Tomarlo de la mano y conducirlo en silencio a la habitación. Pero la cama estaba revuelta y la ropa desordenada, ¡la habitación estaba patas arriba! No le parecía el escenario ideal para una aventura que sería, quizá, la única de su vida. Sería mejor hacerlo en el salón, en plan salvaje, con música de jazz (ya estaba el CD puesto, sólo había que pulsar el PLAY). Con la alfombra blanca peluda y suave bajo sus cuerpos desnudos. Un poco de sol se filtraría por la cortina, sólo lo suficiente para verse. (Marisa estaba harta de hacer el amor a oscuras.) Quería verlo, registrarlo todo en su memoria, hasta los más pequeños detalles. Sería una relación apasionada y fría al mismo tiempo. Tal vez él le diría cosas, o la trataría como a una princesa... O mejor aún, la trataría como a una cualquiera y ella gemiría y gozaría sin ningún pudor, porque, total, no volvería a verlo nunca más.

 

          Antes de salir del lavabo, Marisa respiró hondo porque estaba agitada, y se humedecía ya su entrepierna sólo de imaginar lo que vendría. Sí, estaba dispuesta a gozar del sexo puro, sin pensar más que en ella misma y en su propio placer. ¡Era ahora o nunca!

 

          Ya en la cocina, sirvió un café con la mano temblorosa, y escuchó ruido de herramientas junto al teléfono. Decidida y con su mejor sonrisa, preguntó, por decir algo, cuál era la avería y si era difícil el arreglo. El hombre, gentil y respetuoso, respondió que ya había acabado, que se trataba de una tontería.

          Esto desconcertó a Marisa, que no había contado con esa posibilidad. Y, aunque hubo una pausa mientras él cerraba el maletín, no se atrevió siquiera a ofrecerle el café. Porque el hombre ya decía: “Bueno, adiós, señora, y que tenga usted una feliz Navidad”. “Adiós, gracias y felices fiestas también para ti”, se oyó decir Marisa.

          La había llamado “señora” y la había tratado de “usted”. Y ni siquiera la había mirado.

 

          Bebió el café de un trago y encendió el primer cigarrillo del día.

          Se puso en actividad de inmediato, para no pensar en lo ridícula que se sentía. La cena familiar de Nochebuena tocaba este año en su casa y ya faltaban pocos días. Ya podía ir comprando las gambas congeladas...

          Sintió mucha vergüenza mientras hacía las compras en el supermercado.

          Y también algo así como un animalito vivo en su interior que desde ahora, lo sabía, le sería muy difícil dominar. Estuvo inquieta y excitada todo el día.

          Por eso llamó a su marido a la oficina y le propuso que salieran esa noche, propuesta que él aceptó sorprendido y de buen grado. Habló enseguida con su madre para que el niño se quedara a dormir esa noche en su casa, cosa que alegró tanto a la abuela como al nieto, contento pues, al día siguiente, comenzaban ya las vacaciones de invierno.

 

          Dieron un paseo cogidos de la mano, admiraron la decoración navideña de las calles; luego fueron a cenar a un buen restaurante y bebieron un vino excelente. Marisa fascinó esa noche a Mario, porque estaba especialmente hermosa, seductora y alegre, con el vestido negro tan ceñido y escotado, y con ese brillo tan prometedor en la mirada que él conocía tan bien.

 

          Casi no durmieron esa noche, porque una y otra vez hacían el amor.

          La excitación de Marisa mantenía en vilo a Mario, que se alegraba de esta orgía inesperada con su propia mujer, un miércoles cualquiera y a las cinco de la madrugada.

          Ella se durmió agotada y satisfecha, mientras él encendía un cigarrillo, orgulloso de que su virilidad estuviera a la altura de las circunstancias.

          Esto probaba que eran infundadas sus sospechas de que Marisa se aburría con él últimamente en la cama. Hacía anillos de humo, convencido de que seguía siendo tan buen amante como el primer día.

          Marisa aún estaba loca por él. No cabía duda.
 
 
 
Yoly Hornes

lunes, 21 de octubre de 2013

LA CHICA DE LA RADIO


         La una menos cuarto.

         Sebastián apagó el televisor en cuanto acabó la película. Ya era hora de ir a dormir.


         Pero la verdadera noche comenzaba ahora para él, y sería larga, como las otras.

         Caminó lentamente hacia la cocina, encendió la luz, se preparó otro café. No estaba en sus planes irse a la cama aún, a pesar del cansancio de ahora y de la pesadez que invadiría sus párpados por la mañana en el trabajo. Hizo un sitio en la mesa atiborrada de papeles, vació un cenicero y lo puso junto al pocillo humeante. Recorrió con la mirada el salón hasta encontrar el tabaco y el mechero dorado que Isabel le había regalado dos días antes. 

         La una menos cinco.

         El ritual estaba dispuesto. Encendió la radio y volvió a su sitio. Sólo cinco minutos y aparecería la voz maravillosa que lo acompañaría hasta la seis, aunque seguramente el sueño lo vencería antes. Abrió un libro, y otro más, y comenzó a leer distraídamente. Faltaban pocos días para el examen. Se dispuso también a subrayar y a tomar apuntes para fijar mejor lo que leía.

         Un jazz discreto sonaba en el aparato.

         Su mente, un tanto dispersa, miraba las letras, después la radio, otra vez las letras. El cigarrillo se consumía.

         Recordaba el sol del mediodía, los bocadillos que comieron juntos sentados sobre la hierba, aprovechando -como cada día desde que descubrieron que era una buena idea- las dos horas de descanso del despacho, viéndola hermosa, con el cabello brillando al sol y la cara recién lavada, ayudándolo a estudiar esa asignatura que tan poco le interesaba. Después, tres horas interminables de trabajo, del que había vuelto casi corriendo para poder estar un rato más con Isabel, pero ahora en su piso, juntos y solos, amándose con locura, hasta el último momento en que ella había saltado de la cama para ducharse, maquillarse, darle un beso rápido y salir. Porque ya era de noche, y ella trabajaba en turno de noche. Porque sus noches no eran para Sebastián. 

         La una y diez.

         Una melodía suave y sugerente salía del receptor. La chica de la radio susurraba palabras tiernamente sensuales sobre la música. Ahora Sebastián comenzaba a sentirse mejor. Esa voz tenía el poder de consolarlo. Lo distraía de su soledad, del vacío que unas horas antes había inundado el cuarto, la casa y su alma. 

         “Hola -decía-, aquí estoy... contigo... para que transitemos juntos este camino nocturno... La noche es nuestra... ¿Cansado? ¿Triste? No... no te creo... Yo sé que aún tienes fuerzas para recordar las cosas bellas que, seguramente, habrás vivido en este día... Recuerda, seguramente encontrarás un momento, un instante en que te has sentido feliz... ¡Recréalo! ¡Exagéralo! ¡Invéntalo si no ha existido! La música te ayuda... Déjate llevar por mi voz y por la música... 

         Los acordes de “Yesterday” aparecían de pronto y ella hablaba del ayer, de la nostalgia y, como siempre, del amor. Sebastián sonrió y se sintió mucho mejor. Al fin y al cabo -pensó-, todo estaba bien, y se dio cuenta de que podía reunir la voluntad necesaria para estudiar un rato.

         Las dos...

         Las tres menos veinte, otro café, más canciones bellas, algún poema (nadie los recitaba como ella, ¡qué bien lo hacía!). Por momentos, Sebastián levantaba la vista de los libros y prestaba atención. A veces se daba cuenta de que oía sin escuchar, sin dejar de pensar en el texto que trataba de memorizar. La chica de la radio conseguía transmitir la calma y la placidez que él necesitaba. Y así, entre concepto y concepto, la descubría, y ella seguía hablando de la noche, y del amor. Ahora era el mar, y ese fue el leitmotiv para intercalar varias canciones.
         
          Las cuatro y media. (El sueño llevó a Sebastián a mirar el reloj.)

          ¿Cómo se sentiría él a esas horas -pensó-, frente a un micrófono, encerrado en una pequeña cabina de cristal, obligado a transmitir serenidad, sin decaer, hablando y hablando para unos cuantos desconocidos, haciendo más ameno su desvelo, con un lenguaje que conmoviera por igual a un taxista o un camionero nocturno, una anciana con insomnio, un asesino inquieto, una esposa abandonada o un estudiante aburrido?     
          Nunca lo entendería, y sin embargo la voz continuaba encantadora.

         A las cinco menos diez, Sebastián cerró los libros. Estaba completamente agotado y ya no se enteraba de lo que leía. Quería acostarse. Despojarse de la incomodidad de la ropa y del estudio. Relajarse. Dedicarse a recordar la última tarde tan llena de caricias y secretos. ¿Por qué no? Y las miradas cómplices y la mutua sonrisa posterior al placer.

         Subió un poco el volumen de la radio, apagó todas las luces y se dirigió a la habitación. Aún olía a Isabel y a cuerpos satisfechos. Hasta el espejo parecía tener memoria, enfrentado a propósito a esa cama revuelta que ahora volvía a crujir, con un compás cada vez más rápido que coincidía con el recuerdo y el insaciable deseo de Sebastián irguiéndose una vez más, enarbolándose a su pesar, acompañado (¿provocado?) por la voz lejana de la chica de la radio, que daba todavía ahora la bienvenida a algún posible oyente que la sintonizara en ese instante, y para el que era capaz de brindarse entera y fresca, y al que le repetía una y otra vez la magia de esa noche, el hilo invisible que los unía y al que le recordaba que no estaba solo en la noche, porque ella seguía allí, y existía para él...

         El tiempo se deformaba en la oscuridad del cuarto.

         El susurro continuaba cálido y excitante, y repentinamente unos celos absurdos invadieron a Sebastián, le hubiera gustado ser él el único oyente de tanta dulzura. Y esto obligó a su mano a apresurar el ritmo, imaginándose multiplicado en miles de otros repitiendo ese sagrado y profano acto, con otras caras y otros recuerdos, dándole mil rostros a la voz de la noche y mil cuerpos  incitantes con manos sabedoras aptas como su voz para insinuar el placer. Y se sintió humillado de verse repetido y gozó indignado, despersonalizado e igualado a cualquiera de los otros solitarios de la noche.

         El cansancio acumulado, y esa tortura morbosa que lo obsesionaba, lo acunaban poco a poco (Sebastián se sumergía lentamente en el sueño), y la chica seguía, cada vez más lejana, sugiriendo, incitando, ronroneando las palabras... Mañana -pensaba o soñaba- sería incapaz de recordar cuál había sido la última canción, aunque cono siempre había intentado oírla hasta el final.

         Las siete menos cuarto.

         Un rocío helado humedecía las calles. Algunas ancianas caminaban ya con la cara lívida y el cuerpo contraído, llevando vacía la bolsa de la compra. Otras mujeres, en batas descoloridas, barrían afanosamente el portal. Algún hombre con traje y oliendo a colonia corría a la oficina y el reconfortante olor del pan recién horneado se escapaba ya de algún lugar.

         Una mujer muy bella, soñolienta y con aspecto cansado, bajaba de un taxi, sonreía al portero, recogía el periódico que éste le alcanzaba y entraba de puntillas a una casa dormida con una radio encendida.

         Sebastián saldría, media hora después, casi sin haber dormido, por la misma puerta, también de puntillas, para no despertarla...

         Más tarde, al mediodía, caminarían juntos por el parque, y ella tendría el cabello mojado y se cogerían de la mano y ella, la chica de la radio, hablaría y reiría para él. Sólo para él.



por Yoly Hornes

sábado, 21 de septiembre de 2013

El cuerpo, el alma y los sueños. Yoly Hornes.


(Fragmento de la novela El hombre de los besos oceánicos, finalista del Premio de Novela Romántica Harlequin. Extractos del diario de Lorena Estrada, la protagonista)
 
 


          El muchacho de los besos oceánicos debe de ser ahora un hombre, tal vez canoso, tal vez con una calva incipiente. Puede haber engordado, tener buena salud o no tenerla. Y qué más da. Prefiero pensar en él más allá de la máscara del cuerpo, más allá de los estragos causados por el tiempo.

          El cuerpo es sólo fachada. Me engaño, a mí me importa, y mucho, el cuerpo. El cuerpo a veces me habla, se queja o se regocija, y yo lo escucho siempre, aunque no me guste lo que tiene que decirme.

          Pero el cuerpo también engaña, y la mayor parte de las veces me olvido de esta obviedad. Porque si despojamos del cuerpo a las personas, ¿qué nos queda?, ¿de qué hablamos?

          ¿Si no creo en la existencia del alma, si me niego al concepto de espíritu, si incluso cada vez creo menos en el inconsciente, qué es aquello que subyace tras la fachada?

          Energía, sensaciones, experiencias, la vida...

          ¿Envejecerá también el alma con el tiempo y los golpes? ¿Se desgastará, se volverá cada vez más limitada, más fina, más delgada hasta esfumarse?

          Las mentes científicas aseguran que eso a lo que llamamos alma no es más que el sistema nervioso con sus infinitas ramificaciones, muchas de ellas todavía ignotas. Si eso fuera cierto, qué horror, y qué confusión tan grande, ¡el alma también sería cuerpo!

          «Los suspiros son aire y van al aire/ las lágrimas son agua y van al mar/ dime, mujer, cuando el amor se olvida/ ¿sabes tú dónde va?» No, Bécquer, no lo sé. Y a ver si sabes tú esto: las caricias son cuerpo y van al cuerpo. Pero las que llegan hasta el alma, ¿qué son? ¿Aleteo de mariposas? ¿Recorrido de plumas? ¿aéreos vendavales? ¿Y adónde va el amor que no se olvida?

          A veces me acaricio por dentro, y me hace bien, así me lamo las heridas del alma, las más punzantes y dolorosas y difíciles de cicatrizar. A veces lo hago en el sueño.

          Allá, lejos, en el lugar remotamente próximo en el que se despliegan los sueños, la caricia traspasa la piel, irradia efluvios sedantes hacia adentro, hacia donde el cuerpo deja de ser cuerpo.
 

          El mundo paralelo que se despierta dentro de mí durante la noche está poblado de caricias, pero también de palizas, escupitajos y reverencias. Allí el tiempo es una dimensión irrelevante, y todo es simultáneo y todo es posible. Sólo en el país del sueño nos es dado ser y al mismo tiempo no ser, y no sorprendernos por ello.

          Soñar es el itinerario más directo para llegar a la infancia. Y a los vericuetos del alma, a las capas más profundas. Son una fuente inagotable de sabiduría personal. «Sabiduría personal» suena a nombre de asignatura universitaria, una de esas materias humanísticas desprestigiadas porque no sirven para nada, no ayudan a encontrar un puesto de trabajo ni a llevarse mejor con los ordenadores. Sólo alimentan el espíritu, como los sueños, que al mismo tiempo se nutren de él cerrando el círculo.

          El cuerpo en los sueños no tiene valor, porque allí son inútiles las máscaras y las fachadas. Todo es auténtico, porque no hay ojos capaces de ver el cuerpo físico de la gente. Bueno, tal vez los cuerpos sí sean bien visibles en los sueños de los otros. En los míos, no.

          En mis sueños no hay ojos, hay miradas. No hay manos, hay caricias, o crispación o temblor o la seguridad que me transmite una mano que aprieta la mía. No hay órganos, sino sólo su función. Cuando soy madre, soy la maternidad con toda su carga de entrega y responsabilidad. En mis sueños lujuriosos no hay órganos genitales, nunca. Reconozco el erotismo por el vértigo, por el descontrol, por el placer de entregarme sin control a ese vértigo y dejarme llevar por la corriente. El orgasmo es lealtad, libertad, complicidad, eternidad. No soy yo sino el alma quien se vuelve líquida como una riada que arrastra, que limpia y arrasa.

          Nunca me sueño hermosa, siempre especial, y sólo cuando me siento amada me vuelvo bella, y mi belleza es entonces total, inasible, sin rostro.

          Pero qué duro es el castigo cuando me miento en el sueño, cuando me culpo o me avergüenzo o me martirizo por haber actuado mal en un hecho irreversible. Son ésas las pesadillas más feroces, porque me imparto el castigo surtiéndolo de historias que apuntan a lo mismo una y otra vez hasta que, exhausta, me gana un dormir pegajoso y pesado que todo lo aplasta.

          En fin, quién sabe de qué materia estarán hechos los sueños, si vienen del cuerpo o del alma. Nadie. Y yo menos que nadie.
 
 

jueves, 29 de agosto de 2013

Nunca me besas.



 
Sí, ya sé que lo haces, que me besas. Pero no es de eso de lo que hablo.
No son ese tipo de besos los que me colman las ganas que te digo.
Las caricias que acompañan al sexo, naturalmente me encantan, me encienden, me ascienden tan arriba que, después, no queda más alternativa que bajar, que caer.
 
Esos besos no tienen valor, no me alcanzan, no me sirven.
Al principio sí servían, aunque fuera en la cama, en el sexo, arriba. Entonces todo era alquimia, curiosidad, intuición y deseo.

Ahora el sexo es sexo y se acaba.
Es bello, pero carece de sustancia. Inodoro, incoloro e insípido como el agua del grifo en el centro.
Es trámite, confirmación de que continuamos aquí juntos y nada más.

Los besos que estallan para el sexo se consumen en sí mismos, se gastan enseguida y no me provocan más allá del orgasmo.
No germinan, porque están secos de futuro.
Bocas frías, labios secos. Impotentes para la búsqueda, la invención, el descubrimiento... No acaban de ir al encuentro.
Para que germinen y provoquen y descubran deben nacer en otro sitio, más tarde, más allá, porque sí, a las cuatro de la tarde.
No del contacto casual de un pie con una rodilla flexionada.
No de un inesperado cambio de postura.
Tienen que surgir de una mirada sorprendida, fuera de programa.
En medio de una ensalada o al salir tiritando de la ducha. 

Me cepillo el pelo, por ejemplo, y te descubro asomado detrás del espejo. Entonces me haces una mueca absurda, te haces el payaso, me haces reír y me besas.
De eso hablo.
Me acompañas a la parada del autobús y, al pasar por la agencia de viajes, fantaseamos unas vacaciones en Japón. Entonces, de pronto, llega mi autobús y tú estás aún en Oriente. Yo salgo corriendo, y tú detrás de mí y te subes, con el vehículo en marcha. Y entonces, como si tal cosa, lo haces, me besas.
Por ejemplo.
O me sorprendes a traición por la espalda mientras escribo, y masajeas mi cuello y yo cierro los ojos y me dejo.
Eso también es besar como yo digo.
 
¿Romanticismo frívolo, crees?
¿Fantasías de fuegos de artificio, dices?
¿Qué el sexo en la cama, y el trabajo y el autobús y la ensalada en la vida, piensas?
 
No. El trabajo y el autobús y la ensalada son más trabajo, más autobús y más ensalada con los besos que yo digo, porque después, por la noche, en la cama, alumbrarán en ecos, reproducirán las ondas.
La piedra en el lago, ya sabes...
 
Pero esos besos obligados, no, gracias.
Aquellos que, en vez de celebrar la fiesta, recogen despojos, no.
Para eso prefiero prescindir, qué quieres que te diga. Que tú también prescindas y, sencillamente, no me beses.
 
¿Lo entenderías?
Vibraciones compartidas, quiero. No tener que explicar jamás una mirada.
“¿Por qué me miras así? ¿Qué es lo que esperas?”, me preguntas a veces.
Esa mirada es un grito que deberías haber adivinado y atajado antes. Una vez que no has conectado y ya te he mirado y has preguntado, ya no sirve, es inútil.
Es el grito del que cae hacia una muerte segura pero, de todos modos, grita para dejar constancia; no de su caída, sino del propio grito, de que nadie se ha molestado en evitar que saltara.


¿Qué no es importante? ¿Qué no trasciende?
¿Que, a estas alturas, tú y yo no podemos —no debemos— permitirnos absurdos pataleos, exabruptos sensibleros?
¡Como si fuera una vergüenza admitir que también yo, a pesar de todo, de todos los años, de todos los libros, de todo lo dicho y redicho... me muero por un beso de esos de Cenicienta!
Y que sean muchos y húmedos y tibios.
Que no conduzcan necesariamente al lecho; que lleven a él por insondables carreteras secundarias.
No mero punto de partida, ni meta ni encrucijada ni dirección obligatoria.
Que respondan a un impulso y, sobre todo, que estén vestidos siempre de fiesta.
 
Y cuando digo beso, se entiende que digo risa, digo alegría, digo complicidad y digo cuerpo.
Y, por supuesto, digo amor.
¿Por qué no puedo decir amor? ¿Por qué se ha gastado la palabra?
Pues, mira, hoy me da la gana de decir amor.
Y exijo y manifiesto y necesito.

Es cierto que no es importante y no ocurre nada si no me besas. Nada en absoluto.
Te sigo queriendo y cocino para ti y nos reímos a veces y vamos al cine. Tú me cuentas tus sueños y yo interpreto símbolos recurrentes y trabajamos y hablamos de los amigos y traemos del supermercado todas las latas que tenemos que traer.
Lo que te digo, no pasa nada.

Es solo que, a veces, me asalta la nostalgia y el traicionero hueco protesta sin permiso.
Sabes que suelo acallarlo y “a otra cosa, mariposa”.
Pero hoy, ya ves, tal vez por la lluvia inminente o el fin del verano, no sé, ha surgido, le ha sido dado su momento y ha chillado en silencio para que tú lo oyeras.
Reproche infantil, es cierto. Indigno manifiesto.

En fin, no tiene importancia. Pero, de todos modos...
¡Qué pena, qué jodida pena que nunca me beses!

 
Yoly Hornes

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