Febrero
tocaba a su fin. Había pasado un mes desde la aciaga visita de Marcos y
Margarita a Madrid y, desde entonces, no hacían más que visitar su cervecería
habitual. Ambos estaban desolados, incapaces de seguir con su vida, y una vez
más buscaban en un vaso el consuelo por la falta de la persona amada.
Era fácil
apostar que, ante tal panorama, tan cerca el uno del otro, tarde o temprano
Margarita y Marcos acabarían juntos, un clavo saca otro clavo. Pero ninguno
estaba por la labor. A Margarita le había costado, mas al fin había decidido
que era Carlos el hombre de su vida, y aunque estuviera con otra, debía
mantenerse firme en su decisión, no ya sólo por amor, sino por mera coherencia
interna. Tenía que demostrarse que sus sentimientos eran profundos y no simple
capricho. Por su parte, Marcos se había visto arrastrado a apostarlo todo por
Sofía, y ahora que había perdido, no sabía muy bien qué hacer.
Margarita
tenía un trabajo que la mantenía ocupada. Era al acabarlo cuando se sentía sola
y veía cómo la casa se le echaba encima. Por ello, todas las noches recurría a
la parroquia cervecera donde siempre tenía asegurada la melancólica compañía de
Marcos. Éste estaba en una situación tan parecida que era la persona perfecta
junto a la que lamentarse, pues a veces no sabía si se estaba maldiciendo ella
u oía el quejoso penar del muchacho. En cambio, Marcos no tenía nada que hacer
durante el día, la ociosidad en un estado tan lamentable es un peligroso
enemigo. Era ésta la razón de que siempre estuviera acodado en la barra. Aunque
no estuviera Margarita, alguien habría que lo escuchase, aunque fuera el
camarero. Con cada pinta nueva, pensaba que la solución estaba más cerca, pero
al terminarla, comprobaba que todo seguía como estaba.
Sin duda, el
mejor momento eran las noches, cuando por fin aparecía Margarita para llorar
con él. Así fue durante semanas, hasta que una noche, sin previo aviso,
Margarita dejó de acudir a aquel bar.
Es curioso
cómo a veces, la filtración más sencilla puede echar abajo una muralla. Un buen
día, Carlos y Sofía desayunaban felices, radiantes de amor, pensando que su
amor era inquebrantable. Ese mismo día, por la noche, las dudas y el miedo
reinaban en aquella casa. Desde que Margarita apareció, Carlos tenía el alma
desasosegada, y eso preocupaba a la pobre Sofía. Pero no tardaron en cambiarse
las tornas, desde que Marcos se hizo realidad frente a la Jefatura de
Moratalaz. No era lo mismo pensar en él y decir que no, que decirlo con él
delante, hecho carne, hecho realidad, teniéndolo a pocos metros. Por eso la
policía tenía el corazón revuelto, y Carlos lo sabía.
Los dos
tenían dudas sobre sus sentimientos. Además, veían las dudas de su pareja, lo
que arrojaba pocas esperanzas para el futuro en común de los dos. Así comenzaron
las suspicacias y los recelos. Para uno, el otro no ponía todo lo que tenía en
sacar adelante la relación, y eso le servía de justificación para deleitarse
con fantasías en las que era otra persona la que lo acompañaba. Así, ese infranqueable
muro construido entre los dos empezaba a hacer agua y se aproximaba
irremediablemente al colapso.
Cualquier
excusa era válida en aquel ambiente para iniciar una discusión. Daba igual por
lo que fuera, los ánimos estaban tan crispados que a la mínima, uno de los dos
saltaba, cuando no eran los dos. Y a partir de ahí, los reproches. Haces esto
porque no me quieres. Tú eres quien no me quiere, que estás todo el tiempo
pensando en otra persona. Eres tú el que no puede dejar de pensar en otra
persona. Y así hasta que la situación alcanzaba un punto de avinagramiento en
el que las voces se alzaban más de lo recomendable, los ademanes se volvían
agresivos y la rabia se liberaba sobre inocentes objetos de escayola o cerámica
que eran sacrificados para aplacar la ira de los dioses, como si de víctimas de
la Pirámide del Sol de Teotihuacán se tratasen.
Su relación
no tenía porvenir, pero ninguno se atrevía a ponerle fin. Venían de
experiencias desagradables. Aquellas se habían roto por culpa de los otros, no
de ellos. Ambos habían sido abandonados y ninguno quería asumir el papel de abandonador, de modo que dejaban que
aquello siguiera su inercia destructiva, que la muralla se fuera arruinando
poco a poco, que todo se fuera emponzoñando cada vez más, hasta que el aire
fuera irrespirable.
Nadie se
atrevía a poner el punto final, esperando mientras que algo cayera del cielo y
los ayudara a dar el paso. Afortunadamente, el cielo los escuchó. La empresa de
Carlos decidió que ya no podía prorrogarle la estancia en Madrid por más
tiempo, y tenía que volver a su capital de provincia para volver a desempeñar
su antiguo cargo de administrativo en un pequeño edificio de la Acera de
Recoletos, lejos del glamour de la Castellana y de la Torre Europa. Pero Carlos
no podía estar más agradecido por la noticia. Sofía no mostró mucho interés en
acompañarlo y él tampoco insistió. Lejos quedaban aquellos tiempos en los que
la preciosa rubia se planteaba el traslado para estar con Marcos. Habían pasado
muchas cosas, ella ya no tenía corazón para nadie. No veía el momento de
quedarse sola, de pasar el duelo y volver a ser la que fue, de tener tiempo
para ella, de estar a su completa disposición.
Y así fue
como Carlos se marchó.
Margarita
salía del trabajo, algo más animada que en los últimos días. Las jornadas se
iban ensanchando a medida que se acercaba la primavera, era un gusto salir de
la oficina con el cielo todavía claro. Parecía una tontería, pero aquello le
proporcionaba una paz y una tranquilidad que, junto con el paso del tiempo,
hacía que se sintiera mejor cada día. Quizá tuviera que pasar otro mes, pero
lograría superar sus males.
En la puerta
la esperaba una sorpresa.
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Pero esta vez
todo era distinto. A Margarita le había llevado un tiempo de profunda reflexión
interior, hasta que se dio cuenta de a quién quería realmente. Una vez que lo
supo, se encontró con que llegaba tarde. Y sin embargo, se mantenía firme en su
decisión, segura de las sólidas bases sobre las que se asentaba su decisión.
Por ello, cuando vio a su exnovio con ese ramo de claveles, sólo tardó cinco
segundos en arrojarse a sus brazos. La había tocado peregrinar por el desierto,
pero el duro viaje había terminado. Estaba en Canaán, en la Tierra Prometida,
junto a Carlos, el hombre de su vida.
- Si desde el principio, si desde aquella aciaga noche de domingo te hubiera dicho que lo sentía, si no hubiera sido tan cobarde-. Se disculpó por fin Carlos –Nunca te pediré perdón lo bastante. Nunca podré perdonarme el habernos hecho tanto daño.
- ¡Cállate! ¿No ves que esto no ha sido culpa tuya? Los dos hemos cometido errores, pero lo que importa es que estamos juntos de nuevo.
- Prométeme que nunca nos volveremos a separar.
- Te lo juro. Te quiero.
Roberto y
Marcos se quedaron de piedra al ver entrar a la feliz pareja en la cervecería
de siempre. Margarita había sido habitual por allí, cierto, pero hacía más de
un mes que no pisaba el lugar. La explicación saltaba a la vista. De repente,
había dejado de estar triste, había dejado de sentirse desdichada, había
logrado volver con Carlos. Ninguno de los dos amigos que compartían jarra
estaban enamorados de la chica, pero al haber estado ambos con ella –aunque
Marcos ignoraba la aventura de Roberto-, no podían evitar sentirse incómodos.
Roberto no
solía ir últimamente a ese bar. Había recuperado su furor revolucionario,
avivado por nuevos escándalos de una clase política indigna, y apenas tenía
tiempo para distraerse en licores. Sin embargo, la situación de Marcos lo
preocupaba. Desde que no podía compartir barra con Margarita, el chico se
sentía muy solo, por lo que empezó a acompañarlo algunas noches. En qué momento
se le ocurrió, pensaba en ese momento.
Lo que sí era
raro era ver allí a Carlos, que con seguridad sería la primera vez que visitaba
el local. Él también estaba incómodo, por lo que se pidió una pinta con la que
deshacer el nudo de su garganta. No parecía que la incomodidad viniera por un
encuentro fortuito, sino que parecía premeditado. Si sabía que Marcos estaría
allí, por qué había ido. Desde luego estaba allí en contra de su voluntad,
parecía evidente que la decisión la había tomado Margarita. Pero por qué.
- Porque tienes derecho a ser feliz-. Le dijo a Marcos –Y yo quiero ayudarte. Siento que te he fallado y quiero compensarte.
- Olvídalo
- No seas terco. Sabes que la quieres, y que ella te quiere a ti. Han pasado cosas, es cierto, nos han pasado a todos. Pero hemos olvidado y perdonado, y sobre todo hemos peleado por la persona a la que queríamos. Tú amas a Sofía, lo reconozcas o no. Míranos a Carlos y a mí. ¿No queréis ser tan felices como nosotros?
Ésa era la
razón de la extraña visita. Tras varias semanas de felicidad, Margarita se
había acordado de Marcos y se había compadecido de su dolor. Si Carlos había
vuelto con ella, Sofía se había quedado sola, y Marcos ya no tenía quien le
impidiera volver con ella. La vida les daba una nueva oportunidad, como se la
había dado a Carlos y a ella. Por eso se sentía en la obligación de advertirlo
y animarlo a pelear. Se sentía responsable de su tragedia, a fin de cuentas lo
había rechazado cuando éste volvió de Andalucía.
A Roberto
también le pareció buena idea, pero no quiso entrometerse. Con respeto, se
apartó un poco y dejó que Marcos se apurara la jarra de cerveza, despacio,
mientras daba vueltas en su cabeza a la proposición. Tenía la mirada perdida,
sin duda la meditación era intensa. Irse a Madrid otra vez, arriesgarse a
volver a fracasar, a encontrarse a Sofía en los brazos de otro hombre, o
simplemente a encontrarse con su olvido y su desprecio. No sonaba muy
apetecible.
Pero el hecho
de que siguiera contemplándolo y no dejara de pensar en ella, le hizo
comprender cuán enamorado estaba. En el fondo tenían razón. Poco a poco lo fue
admitiendo, su mirada se centró, su semblante pareció serenarse a pesar del
exceso de tragos, y su determinación recuperó vigor.
- Qué carajo-. Sentenció –Ahora mismo me cojo un autobús a Madrid. Gracias por abrirme los ojos, chicos. Enhorabuena-. Le estrechó la mano a Carlos –Te llevas una gran chica. Roberto, hermano-. Los dos amigos se abrazaron –¡Espérame Sofía, que allá voy!
Ahora ya sí,
totalmente decidido, se puso en pie, dejó una moneda de dos euros sobre la
barra que no pagaba, ni de lejos, la cuenta que debía en el local, y salió a la
calle con paso firme, camino de un futuro mejor.
Tan
convencido caminaba, que al cruzar la calle no se dio cuenta de la furgoneta de
reparto que se le venía encima hasta que el chillido de los frenos clavados lo
sacó de su abstracción.
En el
interior de la cervecería se oyó un fuerte golpe procedente de la calle.
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Juan Martín Salamanca |
- ¡Marcos!
Continuará…
Bueno, todo sonaba a que todo iba a quedar en "Status quo ante bellum", de pronto se nos da un zopeton de transito un tanto inesperado. Conozco una pareja que confirmo su amor, pero por un hematoma que el padeció (dos meses y medio de sufrimiento más una operación). Bueno, esperemos a ver como se desenrolla la historia en el desenlace. Estamos en contacto Juan.
ResponderEliminarMuchas gracias, amigo. Habrá que prolongar el suspense durante un tiempo más. Un fuerte abrazo.
EliminarVaya, se masca la tragedía después de tanto regocijo y parabienes. Hasta el rabo todo es toro...jajajaj Muy bien Juan, mantienes la eficacia y el suspense del relato hasta el final. Me gusta. Un abrazo.
ResponderEliminarMuchas gracias, Tino. Se las prometían muy felices, pero...Pronto sabremos el desenlace. Un abrazo.
EliminarJuan, como siempre, impecable. Todo parecia tener un final feliz y redondo cuando de pronto...ZAS!!! Excelente!
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