Aquel 5 de enero, nos echamos
a la aventura, como Quijotes, siendo dos, pero ninguno Sancho, a pié y por
donde nos convino, con afán de conquistar Los Castillejos y más allá. Amaneció
sin sol y las nubes reptando, no dejándonos advertir ni la silueta de los
árboles. Aún había ramas por el suelo, por la poda reciente. Nos armamos de
sendos palos para ayudarnos en la marcha, como si peregrinásemos o fuésemos a
descubrir Las Américas.

En aquella ocasión, supimos que habíamos dejado atrás la
gran ilusión de una víspera del día de reyes, con su noche cargada de
impaciencia por el amanecer, para disfrutar del esperado regalo, siendo uno sólo
y sencillo, pero importarte para quien lo imaginaba durante todo un año, aún
sin haberse aburrido del recibido en el pasado.
Hoy, después de ese tiempo lejano, he vuelto a recuperar
ese tiempo de ilusión, viendo y compartiendo La Cabalgata con mi nieta de cinco
años, en primera fila, a la espera de esa observación de algo que aporta la
real complacencia en lo que hincha la parcela de la ilusión de un niño, que a
veces se refleja en nosotros, los mayores, observando sus expresiones vivas,
plenas de esa fantasía, que sólo se sabe reconocer cuando se es como él. He
vuelto a sentir el momento de representación, sugiriéndome la imaginación todo
lo que adorna y expande los sentimientos bellos de una Noche de Reyes y la
espera del amanecer. ¡Mickey! ¡Bob Esponja! ¡La Bella y la Bestia! ¡Y ahí viene
Minie! ¡Los tres cerditos!... ¡Cuántos personajes! Y… ¡Cuanta ilusión! Y, ahora
¡Los Magos, en sus carrozas, entre múltiples luces de colores! Y los caballos
con los pajes; y las bandas de música; y muchos más personajes regalando
alegría, y hasta caramelos.
De entre las tinieblas de la memoria, ha vuelto a mi
presente esa mágica noche, en la que dejábamos los zapatos en la ventana –el
único par que teníamos-, junto a la copa de anís, un trozo de pan y otro de
queso, para Sus Majestades, además del cubo con agua del pozo, para los
camellos, con la pregunta sincera de niño, sobre si Baltasar era de verdad o
teñido. Algo que ahora no ofrece duda porque hay muchos seres humanos entre
nosotros, de piel oscura, deseando ser reyes o, simplemente pajes, en nuestra
celebración popular. Si son de Oriente o andaluces, a mí me da igual, siempre
que sean los portadores de la ilusión, hasta que alguien se encarga de
quitárnosla, como la Fe.
10.01.2013
Siembre es bueno un ataque de nostalgia, tocayo don Quijote.
ResponderEliminarEl texto, literariamente hablando, de muy buena calidad. La historia en si me ha recortado mi propia ilusión, tanto como niña como siendo yo "el ry mago" para mis niños. La fe y la ilusiòn a veces se apagan, pero si hay algo de lo que estoy segura, es de que jamás mueren en el fondo de nuestra alma.
ResponderEliminarDespués de la Navidad, viene siempre veloz, esta parte de nuestra vida. ¡Qué recuerdos!
ResponderEliminarQué lindo relato de recuerdos y nostalgia! Ojalá cuando sea mayor, pueda escribir algo así referente a sobrinos nietos (no tengo hijos). UNa pregunta: ¿a qué le llaman "boñigas"?
ResponderEliminarMe ha gustado mucho tu historia y, sobre todo, la forma de narrarla. Muy bien escrito, Juan.
ResponderEliminarJuan ¡qué relato especial! Una sensibilidad exquisita que se expande hacia los que te leemos, con recuerdos que seguramente muchos compartimos. De algo estoy segura: nadie podrá quitarte ni las ilusiones ni la FE. Excelente tu narrativa.
ResponderEliminarAna Noreiko
Gracias, muy buen relato. Respira nostalgia y afecto por lo vivido. Ojalá el final fuera un poquito más optimista... Saludos!
ResponderEliminarEs un emotivo relato de una era que ya no nos pertenece (tampoco a mi porque con cierta dificultad he visto en mi vida animales de granja). Me trae muchos recuerdos y nostalgia.
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