
Cada vez que se abría la puerta de mi consulta veía a la señorita de
Trevélez absorta, escuálida y siempre solitaria.
-“Le llaman la señorita de Trevélez”,
mencionó un paciente que tenía citado en la consulta programada de
enfermería y yo le pregunté si es porque había nacido en Trevélez, Granada a lo
que el caballero me responde:
-No, tan sólo sabemos que reside en la calle Señorita de Trevélez
en Alicante, pero nadie conoce su nombre
. Yo también la observo cada día y una vez quise entablar conversación pero
ella sólo me miró y me regalo una preciosa sonrisa.
Bella dama, rostro pálido, poquita cosa; se agazapaba en su mundo, era
la compañera silenciosa de todos los que día tras día pasábamos largas horas en
el Centro de Salud.
Una mañana vencí mi timidez y me atreví a preguntarle cómo se llamaba,
pero la señorita de Trevélez no me contestó, me miró y con un amable gesto
permaneció absorta en un libro titulado
Crónica del desamor de Rosa Montero.
Otra enfermera que salía de la sala de curas se dirigió hacia mí y nos
sentamos la media hora de la merienda a comentar cómo transcurría la jornada de
trabajo, ella llevaba más años trabajando y conocía mejor la población asignada
en dicho centro, entonces al indagar me explicó que esta elegante señora había
sido pretendida por muchos hombres de alta alcurnia pero que el único hombre al
que amó le dejó embarazada y desapareció cuando lo supo, desde entonces ella se
volvió loca y sumida en la pobreza se cobijaba en el Centro de Salud para no
pasar frío y estar acompañada sin querer compañía.
Nadie sabe cuál fue el destino de su retoño, tan sólo que la trabajadora
social le ayuda en las gestiones pertinentes y solicita todos los medios para
la manutención.
Familiarizados con su presencia, una tarde de enero la silla estaba
vacía, todos pensamos lo mismo: algo ha
pasado.
La silla quedó huérfana desde ese mismo instante, y la calle sin nombre,
pero el aura de la señorita de Trevélez permanece siempre con nosotros.
Maricarmen García Sales
Me gusto mucho tu relato, muy bien escrito.
ResponderEliminarHay gente que pasa por esta vida sin hacer ruido, pero cuando se van dejan un silencio atronador...
Un saludo...
Manuel Barranco Roda