viernes, 21 de febrero de 2025

Gracias a todos...

 

Buenos días, tardes o noches a todos:

Como es habitual después de cada especial, siempre me gusta escribir unas palabras para daros las gracias por acceder al blog y leernos. 

Gracias a todos... 


El pasado viernes 14 de febrero, la revista tuvo 234.025 visitas. Hoy, 240.272, es decir, 6.247 visitas más.  

Es cierto que muchas de ellas llegan gracias a ciertos algoritmos que, por un motivo u otro, dirigen tráfico a la revista. De hecho, un gran porcentaje proviene de Singapur, Alemania, Australia… Y os aseguro que no creo que nos lean desde allí, pero da igual; suman visitas y puede que alguna sí sea real.

Aunque el blog tiene la geolocalización activada, no siempre es precisa. Si os conectáis desde el móvil, la dirección IP varía dependiendo de si usáis WiFi o datos. Pero dejando a un lado cifras, algoritmos y demás términos un tanto tediosos, quiero daros las gracias una vez más por leernos.

Como ya sabéis, el próximo especial será en #SantJordi. Para mí es el día más importante del año junto con el día de mi cumpleaños y poder celebrarlo con todos vosotros, es algo, que a mi equipo y a mí, nos hace sinceramente muy felices.

Aprovecho para comunicaros que, hasta ahora, la revista realizaba los siguientes especiales: San Valentín, Sant Jordi, el aniversario del La Revista de Todos que es: el 30 de agosto y el especial de Navidad. Pues bien, este año, si la salud de mis padres se mantiene y más o menos “mis dolores”, me lo permiten. Se hará un especial en Junio y otro en Octubre, para intentar que sea cada dos meses aproximadamente.  

De este modo, podré organizar mejor el tiempo para editar las aportaciones de mis compañeros, realizar las diferentes locuciones y comunicados y, por supuesto, poder escribir yo también. Porque os aseguro que llevar el peso de todo esto no es tan sencillo. Pero, con mucho gusto, asumo esa responsabilidad. 

De nuevo, gracias a todos por leernos.

Eva Mª Maisanava Trobo

lunes, 17 de febrero de 2025

Comunicado Sant Jordi.

 

Buenas tardes a tod@s, aunque, seguramente much@s seguís disfrutando del especial de San Valentín. Pero...yo: nunca paro.

El próximo especial será el 23 de abril, Sant Jordi, el día más especial del año para mí, porque aúna mis dos grandes pasiones: la literatura y las rosas rojas. 

No puedo hablar en nombre de tod@s l@s que amamos escribir, pero sí puedo decir que mi mayor ambición es, algún día, firmar en Sant Jordi.

Nunca he sido corredora de sprint, sino de fondo, y sé que, si algo está destinado a sucederme, tarde o temprano llegará.

Desde 1995, gracias a la Unesco, Sant Jordi es también mundialmente reconocido como el Día del Libro.

Recuerdo que, cuando era una estúpida adolescente, un niño que me pretendía me regaló un libro… y lo desprecié. En aquel entonces, no sentía esta pasión tan fuerte como ahora.

—Hoy, como escritora, es el mejor regalo que me pueden hacer—.

Y, bueno… si viene acompañado de una rosa, tampoco voy a decir que no. Eso sí, nunca aceptaría una rosa roja. Al igual que el abanico, tiene su propio lenguaje, las rosas también tienen su propio idioma. El significado de la rosa roja es: romanticismo, pasión y sentimientos profundos. Representan el amor por excelencia. 

Espero que disfrutéis de este día tanto como lo habéis hecho hasta ahora. Y si conocéis a alguien que quiera participar, puede enviar su aportación antes del 4 de abril a larevistadetodos@outlook.esEn el asunto tendréis que poner: "Colaboración revista". Cada texto tendrá que ir acompañado de una ilustración y al ser el día del libro, la palabra que debéis incluir en vuestra aportación, será: "libro"

—¡Cuento con vosotros! ¡Gracias!—

Eva Mª Maisanava Trobo


viernes, 14 de febrero de 2025

El regreso de Giselle. Más allá del amor.

  

Pasaron unos instantes hasta que, por fin, logré tranquilizarme tras leer el mensaje de Roberto. Sabía que debíamos vernos, que esa conversación era inevitable, pero no tenía el valor de enfrentarle ni de hablar con él.

Roberto era el único hombre que, pese a conocer mi antigua profesión, quería formar una familia conmigo. Y aunque ser madre siempre ha sido mi mayor anhelo, no estoy segura de querer compartir mi día a día con él.

Podría decir que es perfecto, pero… es demasiado clásico, y eso nos distancia.

No creo que estuviera preparado para saber que nunca podría renunciar a mis encuentros con Davinia, que iban más allá del placer. Lo que sentía con ella era magia. No sé si por la nostalgia y el morbo de haber compartido la misma profesión o porque, al haberme ayudado a criar a mi hijo, se había forjado entre nosotras una unión casi indestructible. A pesar de las discusiones que tuvimos antes de separarnos —y que terminaron por alejarnos—, ella sigue siendo una parte esencial de mi vida.

Pero Roberto es serio, demasiado serio. Y aunque al principio fue precisamente eso lo que me enamoró de él, ahora siento que necesito algo más.

Tal vez la solución sea la misma de siempre: huir. Viajar sola para encontrarme a mí misma.

Quiero volver a ser madre, de eso no tengo ninguna duda. Pero no estoy segura de querer compartir mi vida con él.

Mi hijo y yo estamos acostumbrados a estar solos, a tenernos el uno al otro. Sé que a él le vendría bien una figura paterna, pero me aterra que mi relación con Roberto no funcione. No podría soportar que mi hijo se encariñara con él, para después perderlo. No me lo perdonaría jamás.

Cuando no tienes hijos, empezar una relación es más fácil. No hay mucho que perder si algo sale mal. Pero cuando eres madre, la historia es diferente. La persona que llegue a tu vida debe amar a tu hijo más que a ti, porque ningún padre o madre renunciaría jamás a su hijo por amor. Quienes han estado en mi situación lo entenderán. No es fácil. No puedes ocultar la existencia de tu hijo, pero tampoco puedes negarte la oportunidad de ser feliz.

Y aunque no tengo dudas de que Roberto sea un buen padre para el bebé que espero, eso no es suficiente.

No es lo mismo despertarte varias veces en la noche para amamantar a tu propio hijo o consolar su llanto, que tener que cuidar al hijo de otra persona. Abraham ya duerme de un tirón, pero sigue siendo un niño. A veces tiene pesadillas.

— ¿Estará Roberto preparado para afrontar eso?

         El sonido del teléfono me sacó de mis pensamientos y me obligó a dejar de escribir en el diario.

 —Buenos días, me llamo Josep. ¿Podría hablar con Giselle?

—Sí, soy yo. ¿Quién eres?

—Le llamo de la librería Abantos de Alicante. Estamos organizando una feria del libro cuyos beneficios irán destinados a FEDER (Federación Española de Enfermedades Raras), y nos encantaría contar con su presencia. ¿Qué le parece?

—¡Claro! —respondí, titubeante. La idea me emocionaba.

—Perfecto. ¿Podría darme su correo electrónico para enviarle toda la documentación?

—Sí, toma nota: Giselle17051976@hotmail.com

—Muchas gracias. Cuando lea la documentación, responda lo antes posible.

—Así lo haré, Josep.

 

Nunca había hablado abiertamente de ello, pero colaborar con FEDER me hacía una ilusión especial. Yo misma padezco una enfermedad rara.

La enfermedad de Darier, o disqueratosis folicular, es un trastorno genético de herencia autosómica dominante causado por la mutación del gen ATP2A2. No tiene cura ni tratamientos realmente efectivos. La padezco desde los catorce años y es horrible. No solo por el picor y, en ocasiones, sangre, sino porque desnudarse ante alguien es un desafío cada vez mayor.

Aunque Roberto conoce mi “heridita” —como siempre la he llamado—, me aterra la posibilidad de que Abraham o mi futura hija pueda desarrollarla con el tiempo.

Siento que tengo un ángel de la guarda cuidándome, porque esta feria es la excusa perfecta para marcharme unos días y aclarar mis ideas sobre Roberto.


Debía llamarlo para decirle que me iría de viaje y que nuestra conversación tenía que aplazarse, pero no tenía el valor. 

Decidí enviarle un audio… 


Continuará…


De un amanecer a un ocaso.

  

Ella estaba ahí, en medio de otras dos muchachas, con su vestido de carmín, encaje y un lazo en cabello castaño, riendo, él solo la miró un segundo, solo eso bastó para enamorarse de ella, se acercó evadiendo los demás asistentes a la fiesta del patrono de la comunidad, una noche de cosecha, una noche social, pero para él solo había una otra persona más en ese lugar, le habló directo, sin importar nada, entre risas y vergüenza, ella aceptó bailar, ninguno de los dos sabían, pero no les impidió bailar toda la noche, torpemente, los dos bailaron juntos hasta el amanecer.

Las estaciones cambiaron, con ellas vinieron regalos, besos, escapadas, y un anillo; ella vino con un vestido, algo amarillo, prestado de una amiga, y él con viejo sacó de su padre, pero no les importó, ambos se veían uno al otro perfectos, y ante un altar, juraron amor.

El padre de la novia regaló un par de hectáreas, el padre del novio, una vaca, y un par de gallinas, para empezar, ahora en su nueva casa, la noche de bodas se consumió, pero fue algo incomodo, ambos nerviosos, sin experiencia alguna, él rompió la tela torpemente, ella intentó disimular el dolor, ambos llegaron a medias, no fue una experiencia buena, pero no les importó, ambos abrazados pasaron el resto de la noche.     

Los días pasaron sin mucha novedad, las lluvias de mayo pronto llegarán, él le pido ayuda a su esposa, a amarrar los tomates bien, cuando la lluvia los sorprendió, él se quitó la camisa para tratar de cubrir a su esposa y corrieron a un viejo árbol en la propiedad, faltaba buen trecho para la casa y un gran barrial, se resguardaron bajo las ramas de hojas caídas como hilos de esmeralda, ella llevaba un conjunto crema, que ahora transparente, mostraba parcialmente sus inocentes senos algo más grandes y hermosos con pezones rozados sobresaliente por la tela, él se deleitó con esa vista, ella también lo miró, su cuerpo moreno, en forma, algo brillante, por el agua del cielo, caía por sus pectorales hasta su cadera, un ardor, un fuego se prendió en ambos, se acercaron como hipnotizados, y comenzaron a besarse en lo que él abría los botones de su blusa,  ahora el cuerpo como una muñeca de cerámica, con un poco de vello en el pubis, se abría ante él, su pantalón cayó al desamarrar la única vieja y desteñida faja dejando ver un miembro viril palpitante, instintivamente se sentó en su pantalón y camisa sin darse cuenta cuando los puso ahí, y ella se sentó en él se besaron apasionadamente, él agarró ambos glúteos blancos y hermosos, los apretó y sin dificultad la levantó para penetrarla, pero esta vez, no hubo resistencia alguna, solo un agradable calor y presión, ella sintió un escalofrío, todo su cuerpo se estremeció por un placer y se dejó llevar, como en un caballo, comenzó a galopar sin control, la velocidad iba en aumento, sus alientos y el sonido de la lluvia torrencial; una gota de vez en cuando caía en sus cuerpos la cual parecía evaporarse, no sabían qué pasaba, no sabían que seguía, solo quería sentir más y más, los dos se abrazaban cada vez más fuerte, en eso, ella sintió algo, una explosión en sus adentros y el la abrazaba para no soltarla en tanto palpitaciones de su cosa y un placer, un choque como un rayo desde su parte intima a todo su cuerpo la hizo tensarse con un gemido de placer sordo por la lluvia, jadeantes se miraron a los ojos y se besaron con ternura, ambos bajo ese árbol, tocaron un extremo del cielo. 

Los meses transcurrieron y una noticia dibujó una sonrisa en sus caras, pronto serían tres, las estaciones pasaron y un hermoso varón nació, cuando este ya empezaba a caminar, nuevamente otra criatura vendría, años y décadas pasaron, 3 varones y una damita ahora los acompañaban, la propiedad prospera, una docena de vacas y varias gallinas, la humilde casa ahora era un gran caserío de varios cuartos, y bajo el viejo árbol, un lindo kiosco pintado de blanco con una banca con vista a los huertos, hacia el oeste. 

Ha pasado tiempo, él ahora ocupa un bastón para caminar, su manos llenas de cayos, y cabello grisáceo, ahora algo encorvado, ella, ahora era más pequeña, con su cabello trenzado blanco por completo, ocupaba una andadera para caminar, sentados en la sala, pasaban sus días los dos juntos.

Un día por la tarde, ella le pidió ir a su lugar especial, él sabía que se refería al quiosco, no entendía la petición, hacía mucho tiempo que no iban, pero se levantó, pesadamente con ayuda del bastón, le dolía mucho la espalda, los pies le flaqueaban y su vista ahora ocupaba unos gruesos lentes, pero nunca decía nada, trajo la andadera a su esposa, pero ella solo le tendió la mano, él se la dio y con mucho esfuerzo se levantó del sofá, se sostuvo con todas las fuerzas que le quedaban al brazo de sus esposo, y juntos comenzaron a caminar, lentamente, el viejo barrial ahora era un camino de piedra bien hecho, los jardines de flores y macetas, lindas y acomodadas, cada paso que ella daba era un esfuerzo increíble, pero no se quejaba, el dolor del brazo, los pies y la espalda, era casi insoportable, pero él no hizo mueca alguna, el sol llegaba al horizonte cuando ambos llegaron al kiosco, y se sentaron con dificultad, ella puso su cabeza en su hombro y los dos contemplaron el atardecer, tomados de las manos, viendo el sol menguar, cuanto la última luz se vio, la mano de ella se aflojó, y suspiro una última vez, él ya lo sabía, desde el momento en que no quiso tomar la andadera, apretó con fuerza la mano de ella, y con mucho esfuerzo, acercó sus labios a su frente, con unas lágrimas en sus ojos, él también cerró sus ojos y empezó a soñar y recordar, aquella vez, que una chica en un baile, de vestido carmín, con encajes y un lazo en su cabello castaño, y nuevamente la invitó a bailar, pese que no sabía cómo hacerlo, pese a ello, ambos bailaron, lo hicieron, aunque no sabían cómo, pero siguieron bailando juntos los dos, por lo que el tiempo les permitiera, hasta el último segundo.

 

Marvin Duran




Las tribulaciones de Jaimito


 

Hola:

Me llamo Jaime, pero los que me conocen me llaman Jaimito “El mentiroso”…

No viene a cuento volver a explicaros el motivo de tan humillante apodo, pero os aseguro que ni he mentido, ni miento, ni mentiré, jamás…

¿Qué tengo grandes atributos? Pues, sí, la verdad… Pero, sólo en parte, ya que lo que se dice los perendengues son de un tamaño normalito, normalito… Eso sí, lo otro es —como lo del argentino del chiste— ¡Enorme!

En mi anterior relato, os describí una aventura en la que terminé siendo objeto de persecución de dos enfermeras del hospital, donde me desengancharon de mi compañera Jimena (por cierto, la pobre quedó allí ingresada y no pudo recuperarse… ¡QEPD!)…

Pues hete aquí que, al salir del hospital, las dos sanitarias en cuestión, con la excusa de hacerme una entrevista para sus TFM’s, me pidieron mi teléfono y mis datos de redes sociales. Yo, incauto, se los di sin poder siquiera imaginarme las consecuencias de aquella acción…

Unos días más tarde, la primera semana de febrero, estaba yo saliendo de clase y, al conectar el móvil, me saltaron varios mensajes de WhatsApp. Uno de ellos procedía de un número que no estaba en mi lista de contactos y que decía así: <<Hola, Jaime. Soy Desideria, pero puedes llamarme “Side”: Debo confesarte que mi compañera, Luisi, y yo quedamos bastante impresionadas con lo sucedido en la sala de urgencias del hospital en que os atendimos. Las dos estamos terminando un máster en sexología y jamás habíamos visto un miembro como el tuyo (lo comprenderás…). Creemos que nuestro estudio sería muy exitoso si pudiéramos realizarte algunas fotos y ciertas pruebas, para aportar los resultados, de forma totalmente anónima, por supuesto…

—¿Querrías colaborar con nosotras…?—.

Si aceptas, te invitamos a nuestro loft, donde trabajamos y tenemos todo el instrumental… Esperamos tu respuesta, con nuestro agradecimiento. Un beso.>>

 

Yo tiendo a la timidez, como ya sabéis los que me seguís; pero, al asegurarme que su estudio era totalmente anónimo, dije que sí… al fin y al cabo eran dos chicas y me tentaba y apetecía que me tocaran…

Quedé con ellas el 14 de febrero en un polígono industrial (qué romántico pensé, quizás está es una oportunidad de encontrar quien me quiera…).

Aquel día, me vestí como quien acude a una cita: pantalones anchos, para ocultar ya sabéis qué; camisa de flores, para que no me mirasen hacia abajo y un sombrero ridículo para la gente, pero que a mí me encanta…

Cuando llegué, ellas ya estaban dentro… ¡Madre mía lo que tenían allí…! Aquello parecía más una sala de tortura de la Inquisición, que un laboratorio para pruebas médicas… Pero, de perdidos, “al trío”… pensé.

Me ofrecieron algo de beber y me dieron una pastilla (Cialis, creo) que, aseguraron, era inocua (como si necesitase yo ayuditas…).

Pusieron música y me hicieron desnudarme del todo y tumbarme en una camilla del cuarto contiguo. Noté que ambas me miraban boquiabiertas centrándose en mi entrepierna, como no dando crédito a lo que estaban viendo. Pensé que Side era la más tierna y me daba buena “vibra” en aquel San Valentín imprevisto y sorprendente.

Al echar una mirada a mi alrededor, quedé estupefacto… Había allí vitrinas enteras de juguetes eróticos de todas las formas y tamaños imaginables. Había también una especie de máquina con un motor que desplazaba horizontalmente, con movimiento de vaivén, una barra metálica que tenía en su punta un pene negro de buenas dimensiones (aunque parecía de juguete, comparado con mi herramienta…)

Las chicas se me acercaron y comenzaron a ponerme electrodos en la cabeza, en el pecho, en las piernas y en más sitios y, con aquel toqueteo, no pude evitar que me sobreviniera una incipiente excitación… Entre avergonzado y curioso, yo las veía trajinar por allí, agachándose a coger objetos en los cajones, sin tener el menor cuidado de no mostrarme sus traseros en pompa una vez y otra y otra y una vez más… Esto pintaba mal, ya que mi instrumento crecía por instantes, con unas palpitaciones que lo iban hinchando al ritmo de los latidos de mi corazón y, claro, pasó lo que tenía que pasar: Al acercárseme Side, no pude reprimir una violenta eyaculación que le dejó la cara y el pelo como la radio de un pintor (Para “millennials”: ¡Llena de chorretones blancos!)…


Como todo había sido tan prematuro, no les había dado tiempo de conectarme los electrodos y me pidieron repetir la prueba… ¡Ya ves¡ No tuve ni que recargar la estilográfica… A los pocos minutos, tenía aquello, otra vez, vamos… como el cerrojo de un penal… y las chicas estaban bastante emocionadas… Luisi empezó a apoyarse en mi pecho, así, como sin darse cuenta,  y con el meñique, me rozaba tibiamente la rajilla de mi miembro, lo que me hizo dar un impulso con mi cadera de tal calibre el meneo que casi se cae la pobre chica… Afortunadamente, no me corrí en ese momento, porque, como me llega el instrumento a un palmo de la boca, me habría tragado, yo mismo, mis propios hijos inmaduros…

Sintiendo mi testosterona rebosante, ambas mujeres se iban despojando de sus ropas y yo no sabía ya dónde atender... De pronto, se miraron con una sonrisa de infinita lujuria y se pusieron a manosearme el miembro a cuatro manos y a cuatro tetas, mientras se besaban en la boca… A mí, que no había tenido más experiencia previa que la aventura de Jimena, me bastaron dos o tres caricias verticales de mis científicas admiradoras, para provocarme un nuevo orgasmo, está vez múltiple, porque se embadurnaron sus pechos, sus bocas, sus…  y todo el aparataje de alrededor, y las muy perturbadas se divertían recogiendo mi semen con los dedos y dándoselo, la una a la otra, a sus boquitas para golosearlo con delectación, mientras se les salía rebosándoles por la comisura de los labios…

—¡Hasta diez orgasmos conté…!—.

Como me tenían atado a la camilla y conectado a los aparatos, aquello empezó a pitar, chiflar y a parpadear diversas luces rojas, con varias alarmas y las chicas se empleaban en tratar de apagar los aparatos. Para conseguirlo, pasaban con sus pechos desnudos por encima de mi cara y de mi boca, lo cual excitaba de nuevo mi juvenil impulso y volvía a ponerme verraco, como ciervo en celo… y yo bramaba y mugía de placer barnizando sus pezones al pasar por encima de mí… En fin, no sé cuánto duró aquella locura, pero sé que aquellas mujeres no podían ni andar para venir a despedirme, tanto, por lo que había caído en el suelo (dejé aquello como un bebedero de patos), como porque les temblaban las piernas de tanto acariciarse la una a la otra… ¡Qué terrible decepción! ¡Yo que creía que en ese día iba a encontrar el amor…!

Aquello terminó, dejándome tan exhausto que sólo pude despedirme con un gesto, levantando mis cejas, al salir de allí. Ellas, bañadas en mis semillas, se habían corrido tantas veces que quedaron sentadas en sendos sofás, mirándome con una sonrisa de haber ascendido al éter y no poder descender…

Al llegar a mi casa, me tumbé en el sofá del salón y, reviviendo las imágenes de lo que acababa de presenciar, dije… ¡A la mierda, el día de los enamorados! Así que, agarré mi cacharro, me alivié de nuevo, antes de meterme en el sobre y me quedé dormido.  

Para fastidiarme más, había venido escuchando en el coche a Carina y su puto “Día de los enamorados” y pasé toda la noche soñando con la cancioncita de los huevos.

Y es que, ¡me pasan unas cosas…!

Bueno, amigos… En el próximo capítulo, os contaré los resultados del examen médico al que me sometieron… Porque la cosa no acabó en el loft…

“To be continued!”

Saludos, amigos.


El Perurena

Sudáfrica


No puedo creer que en estos momentos estoy en espera por la llamada que me llevará a mi nuevo lugar de residencia en Ciudad del Cabo. Hace dos años no hubiera imaginado que terminaría mudándome a esa ciudad africana, incluso hasta solo unos meses tenía mis dudas sobre el asunto, pero ya la semilla estaba plantada. Estoy muy ansioso por estar ya en Sudáfrica, aunque honestamente aun no me lo creo.

Nunca había visitado Sudáfrica, pero un viaje de trabajo me llevo a ese destino, cambiando mi vida drásticamente. Todo comenzó tan pronto arribe al aeropuerto internacional de Ciudad del Cabo. Con mis documentos en una mano y con un bulto en la otra, seguí a los pocos pasajeros que desembarcaron primero que yo. Debido a que es un viaje de trabajo y el vuelo desde Maryland hacia Sudáfrica es bastante largo, la empresa me aseguro un pasaje de primera clase, dándome la ventaja de ser de los primeros en abordar y desembarcar. Los demás pasajeros comenzaron a desembarca tras de nosotros y todos nos dirigíamos hacia el puesto de inmigración. Había varias casetas en operación, y caminando detrás de ellas había una oficial observado todo, obviamente era la oficial al mando y supervisaba las operaciones.


Admito que yo fui el culpable de haber vivido una mala experiencia en ese aeropuerto. La oficial me impresiono desde el preciso instante que la vi. Era una mujer muy hermosa, poseía un cuerpo esplendido el cual aun con su uniforme no muy ceñido, se podían contemplar sus curvas. Era delgada y poseía una cintura pequeña, bajo esa cintura se formaba una curva sumamente tentadora en su región trasera, no inmensamente grande o desproporcionada, pero tampoco muy pequeña, luciendo sumamente firme, era una curvatura trasera totalmente perfecta. Sus senos también formaban una curva tentadora sobre su pecho, tampoco inmensamente grandes, pero lo suficiente para atraer miradas, su piel era obscura, y lucia sedosamente suave, tenía un pelo abundante y muy rizado el cual llevaba amarrado tras su nuca para poder tener puesto el sombrero que era parte de su uniforme, sus piernas eran largas y lucían fuertes. Su cara parecía la de un ángel, facciones perfiladas, labios no muy carnosos y nariz pequeña, sus ojos eran almendrados con una mirada hipnótica. Debería tener una edad similar a la mía, al comienzo de los treinta. Quedé asombrado y no pude remover mi mirada de ella. La oficial lo noto.


Me acerque a una de las casetas y entrego mi pasaporte, la oficial a cargo se acercó a nosotros. Pude ver sus ojos marrones claro, del color al café con leche, y, sobre todo, su pecho. Solo imaginaba como se vería ese pecho obscuro sin uniforme, de un color semejante al de una dulce barra de delicioso chocolate obscuro. Levante mi mirada y entre en pánico al notar que ella estaba observándome seriamente. Su mirada era fría y cortante. El oficial de inmigración estampo mi pasaporte, pero cuando me lo va a entregar ella lo tomo y me ordeno que me acercara. Note el delicioso aroma a jazmín que emanaba de su bello cuerpo.

Me repitió las preguntas que me hizo el oficial de la cabina, pero también añade las preguntas de si pensaba realizar actividades adiciones al trabajo, si conocía personas en la ciudad, donde me hospedaría, si tomaría un taxi, alquilaría un vehículo o si la empresa envío un chofer a recogerme, que el nombre de Albert Rodríguez no le parecía muy americano a pesar de que mi tez es pálida, le conteste que mi padre es de Puerto Rico y mi madre de Boston, pero con padres de Irlanda. Conteste todas sus preguntas con nerviosismo. Además, tenía miedo, miedo a que la oficial buscase alguna excusa para detenerme o enviarme de regreso a los Estados Unidos. Como explicaría a mi jefe que no pude entrar al país por estar fantaseando con una oficial de inmigración. Pude respirar cuando manteniendo su rostro totalmente serio me entrego el pasaporte y me ordeno continuar mi camino.

Seguí a los otros pasajeros que ya habían pasado el puesto de inmigración, no adelante mucho cuando una mano me sujeto por la muñeca. Me tomo por sorpresa.

—¿Hacia dónde se dirige?

Me pregunto la oficial en su usual tono seco.

—A recoger mi equipaje. —Mi voz temblaba.

—¿Pero porque en esa dirección?

—Sigo a los pasajeros.

Se mantuvo en silencio por unos segundos.

—Acompáñenme por favor.

Un sentimiento de vergüenza se añadió a los otros que ya me dominaban. La oficial ya

me había soltado el brazo y camine unos pasos junto a ella. Se detuvo frente a una puerta la cual al lado poseía una ventana grade de cristal, tenía cortinas en su interior las cuales estaban cerradas. Abrió la puerta y me ordeno entrar. Pude deducir que era su oficina.

Ella entro después de mí, cerró la puerta y abrió la cortina. Paso junto a mi lado y el

delicioso aroma que emanaba de ella me hizo olvidar por un instante la situación en la que me encontraba. La oficial se sentó en la silla que se encontraba al otro lado del escritorio. Sus senos tomaron mejor forma gracias a su postura, ya no lucían de tamaño moderado, sino de uno considerable, pude percatarme que sus pezones estaban marcados en el uniforme, y aunque no se notaba mucho, si se podían percibir, pero logré evitar el quedar mirándolos. No lo entendía, nunca había reaccionado de esa forma ante una mujer, nunca alguien me había atraído tanto desde el primer momento, fue una explosión de atracción instantánea.

—¿Puede explicarme ahora hacia donde se dirigía?

—Seguía a los demás para buscar mi equipaje.

—-¿Pero porque iba en esa dirección? ¿Qué tiene pensado? ¿No será usted un terrorista? Ah estado muy nervioso todo el tiempo. Eso es muy sospechoso.

—No, por favor, solo quiero recoger mi equipaje que ya debe estar en la correa y

retirarme al hotel. Mañana tengo que reportarme en la compañía. —Sin poder evitarlo, nuevamente mire lo más rápido y disimuladamente posible las marcas formadas en su pecho, sé que se dio cuenta.

—Usted me parece sospechoso, no me da confianza.

Diciendo esto me ordeno vaciar mi pequeño equipaje de mano sobre su escritorio. Saque

primero la computadora, seguido de una cámara fotográfica. Aquí me detiene y mirándome directamente a los ojos, pregunto si estoy seguro de que solo es un viaje de trabajo, que porque necesito una cámara si no voy a realizar actividades turísticas, que si la cámara del móvil no es suficiente. Finalmente, la oficial coloco la cámara al lado de la computadora. Saque unas libretas de apuntes las cuales ella ojeo y coloco con las otras cosas. Saque un par de playeras, y un par de pantalones cortos para cuando este en la habitación. La ropa formal estaba en la maleta.

—¿Y esto? —pregunto indicando un área que no vacié. —¿Por qué no lo abre?

—Es mi ropa interior.

—Sáquela.

La mire sonrojado.

—No me haga repetírselo

Procedí y coloqué mi ropa interior sobre su escritorio.

—Bikinis ¿Nuevamente pregunto, está seguro de que es un viaje de negocios y no viene a buscar jovencitas?

—Es la que siempre utilizo, lo juro.

Se levantó, se da vuelta dándome la espalda y comenzó a mirar una foto detallada de la ciudad que esta colgada justo detrás de su escritorio. Su cabello amarrado le llegaba un poco más bajo de la mitad de su espalda, me pregunte si sería real o no. Inconscientemente mi mirada se dirigió rápidamente a su trasero, a esa curva sumamente redonda que se formaba bajo su cintura. Mientras ella permanencia en silencio yo imaginaba como serían las bellas caderas que deben ocultarse bajo esas telas. Sentí una erección entre mis piernas la cual no pude controlar. En esos momentos ella se voltio y noto que le estaba mirando esa parte de su cuerpo. Entonces cambio su mirada y en lugar de mirarme a los ojos, bajo la suya para mirar mi entrepierna la cual aún mostraba un abultamiento embarazoso. Luego de unos segundos mirándome, subió su mirada hasta encontrarse con la mía. Tenía una cara más seria de la que podría tener cualquier jugador profesional de póker, yo estaba temblando, pero la oficial me indico que podía retirarme. Rápidamente coloque mis pertenencias en el equipaje y salí de la oficina con la esperanza de que ya hubiera terminado tan mal rato, pero con la tristeza de que nunca más volvería a ver a esa mujer que me impacto como nadie lo había hecho. Comencé a caminar con miedo, no estaba seguro si iba en la dirección correcta, pero todas las demás personas iban en esa dirección. Era la misma dirección que tome anteriormente. Ya estando un poco retirado de la oficina en donde me interrogaron, decidí mirar hacia atrás para asegurarme de que no vinieran a detenerme nuevamente y allí, en la puerta de la oficina estaba ella, pero esa vez no estaba seria, sino que se estaba riendo, tenía una sonrisa burlona que me desconcertó.

Rápidamente me dirigí a recoger el equipaje el cual se encontraba en el área de equipaje perdido, el chofer me había llamado varias veces, pero aún se encontraba en el aeropuerto. Ya en camino, lo invite a comer antes de ir al hotel, ya el nerviosismo había pasado y estaba hambriento, llegamos al hotel entrando la noche y luego de ducharme y tirarme en la cama solo en ropa interior, mi mente se inundó con la imagen de la oficial. No por cómo me trato, sino por su hermosura y la impresión que dejo en mí. Pase la noche imaginando que besaba esos labios, que acariciaba sus senos, imagine como sus pezones estaban en mi boca, la imagine sobre mi cuerpo, como si el velo oscuro de la noche me cubriera completamente sintiendo su calor mientas se movía sobre mí, imagine sus senos brincar al ritmo de nuestras caderas, imagine escuchar sus gemidos alimentar la excitación que me dominaba. Indudablemente me había hechizado su belleza.

Al día siguiente, luego de terminar las labores del trabajo, el grupo me invito a cenar. Regrese al hotel ya en la noche y me dirige directamente al área de los ascensores. Quería ducharme y acostarme, debía estar en la oficina a las 8:00 de la mañana.

—No dijo que solo era trabajo, pero como que parece que llega de festejar.

Salte del susto al escuchar esa voz que no olvidaría, me voltee para enfrentar a la oficial de inmigración y ver si era arrestado, pero quede totalmente perplejo. No se encontraba en uniforme, sino que poseía un vestido purpura de telas finas ceñido a su cuerpo mostrando unas curvas sumamente gloriosas, era completamente abierto al frente dejando una abertura que llegaba hasta la cintura, con una cadena fina que cruzaba su pecho, de seno a seno, evitando que se separase indiscretamente y mostrara más de la cuanta sus atributos, otro pedazo de tela fina unía el traje en el are del ombligo. Pude notar un abdomen marcado por el ejercicio y, sobre todo, podía notar como la mitad de sus senos estaban expuestos, mostrando una piel que lucía de fantasía, sus pezones se marcaban claramente en su traje ya que pude notar que estaban erectos y no tenían tantas telas sobre ellas como con el uniforme. Mi excitación despertó al instante. Su cabello estaba suelto, dejando sus abundantes y gruesos rizos danzar con cada movimiento, lucia muy abultado y extremadamente abundante y aunque sus rizos no formaban un patrón definido, sus mechones daban la impresión de que formaban una Z gracias a las pronunciadas curvas que tomaba el cabello el cual me recordó a Cher en el video de “If I could turn back in time” pero con rizos en espiral más pronunciado y un cabello más largo el cual le llegaba hasta su cintura. Mas que pronunciadas curvas eran como interminables espirales parecidos a la pasta tipo rotini pero de color negro casi azabache los cuales salían primero hacia arriba y luego caían hacia los lados y atrás de su cabeza como una fuente del hotel Bellagio en las Vegas. Tanto cabello y tan negro era simplemente asombroso. Sentí que casi me desmallaba de la impresión.

­—¿Aun asustado? No voy a lastimarte. —Sonríe hermosamente.

—¿Como me encontraste?

—Recuerda que te lo pregunte.

—Me preguntaste muchas cosas, estaba asustado.

Ella ríe.

—Te confieso que solo me divertía contigo, bueno, también quería conocerte mejor y como estaba en el trabajo tenía que disimular. Admito que te encuentro muy interesante, nunca había hecho lo que hice contigo, pero una fuerza irresistible me obligo a interactuar.

A pesar de su tez, note como ella se sonrojo bajando su mirada al suelo. Comencé a relajarme.

—Yo también te encontré muy interesante y quedé sumamente impresionado.

—Lo sé, me di cuenta. —Baja su mirada y me mira la entrepierna mientras ríe pícaramente. Yo me sonrojo, pero logro seguir con la conversación.

—Al verte ahora, esa impresión es mucho mayor hoy. Me has dejado sin aliento.

—También lo he notado. — Vuelve a sonreír dejando su mirada fija en la mía.

Nos dirigimos al bar del hotel. Aprendí su nombre, Lesedi. Pase un rato más que maravillo con ella, bebimos, conversamos y sobre todo reímos hasta que cerro el bar pasado la medianoche. Lesedi se retiró y yo prácticamente no pude dormir bien por la emoción. La noche siguiente salimos a cenar. Al cuarto día fuimos a la playa Muizenberg, era sábado y yo no tenía que reportarme al trabajo y rechace las invitaciones para salir y conocer la ciudad que me hicieron los colegas, ella tomo el fin de semana libre de su oficio en el aeropuerto. Aun no sé cómo sobreviví. Fue un total milagro el que no me diera un infarto fulminante al ver a Lesedi salir de una de las coloridas cabañas que hay en la playa para cambiarse de ropa. Aunque muchas de estas cabañas no tienen puertas, ella no necesitaba cubrir la entrada ya que tenía el traje de baño puesto bajo su ropa, pero, aun así, yo me encontraba para en el lugar donde ella me indico y no tenía visibilidad hacia el interior de la cabaña. Supongo que pudo quitarse la ropa en la playa junto a mí, pero ella sabía lo que hacía, quería crear un momento que me impactara y no olvidara. Lo logro.

Salió lentamente de la cabaña, sus largas piernas se movían con gracia mientras descendía los pocos escalones, su cintura era más pequeña de lo que había imaginado, sus caderas eran firmes y fuertes, con cada movimiento de sus piernas, los músculos de sus muslos se marcaban claramente, poseía curvas de guitarra española y un trasero completamente redondo, su abdomen era plano, más de lo que había notado la primera noche que lo vi en el hotel, sus abdominales se marcaban con claridad y sus senos, su senos eran grandes y redondos. Me modelo intencional y provocativamente gracias a su diminuto traje de baño, el cual consistía en dos piezas, un pequeño bikini en la parte inferior, y una pieza igual de pequeña en la parte superior la cual dejaba ver gran parte de sus dos majestuosos montículos, demasiado redondos y firmes para ser reales, supuse que serían implantes, pero no dejaban de impresionar. El traje de baño era de color azul, el cual imitaba al despajado cielo y a las aguas del mar. Escogió el color perfecto. Su abundante cabello era un manto negro que salía como largos torbellinos de su cabeza y le cubría toda su espalda, me pregunte también si sería natural tanto cabello. Perdí la facultad del habla por unos minutos e incluso olvidé respirar hasta que mis pulmones gritaron para que les proveyera del aire que necesitaban. Aun hipnotizado con la diosa venus que tenía frente de mí, obscura como el ónix, detallada como escultura griega, Lesedi me pidió que buscara sus cosas en la cabaña. Embobecido la obedecí.

Ese día el paraíso descendió sobre mí al poder pasar toda la noche con ella, haciendo realidad las fantasías que había imaginado desde el primer día que la vi, y muchas más. También pude descubrir que tanto su cabello como sus senos, eran reales, totalmente naturales, nada de extensiones o implantes. No podía creer que tanta perfección existiera en este mundo. Nos vimos prácticamente todos los días que pase en la ciudad y desde entonces he viajado numerosas veces a Sudáfrica, por vacaciones y por trabajo el cual yo me ofrecía o buscaba excusas para realizar el viaje, y de igual manera Lesedi venía con frecuencia a los Estados Unidos. Finalmente, mi empresa me transfirió permanentemente a esa mágica ciudad en la encontré mi destino y un amor inesperado.

Escucho la llamada de abordaje, tomo mi equipaje de mano y me dirijo a la puerta de embarque con una sonrisa de felicidad inigualable. Nuestra boda será en seis semanas.




Efraín Nadal De Choudens


Amor y pasión

 



Por amor inicio mi canto,
con pasión expreso su letra;
es el amor quien me impulsa,
es la pasión quien me provoca.

El amor es un sentimiento decidido,
la pasión, una emoción encontrada;
el amor escribe la historia,
la pasión acentúa los tiempos.

El amor, afecto inmenso que transforma,
la pasión, afecto intenso que influye;
el amor es un afecto que se multiplica,
la pasión, vivencia afectiva que surge.

El amor es nuestra esencia,
la pasión, nuestra substancia;
la esencia es lo que somos,
la substancia, lo que hacemos
con la esencia.

El amor es deleite interminable,
la pasión, gozo temporal;
el amor se establece y construye,
la pasión alegra y motiva.

El amor lo justifica todo,
la pasión lo dinamiza;
el amor es un canto de libertad,
la pasión, una canción de alegría.

Por el amor todo se hermosea,
por la pasión, todo se exalta;
y si la pasión está contenida en el amor,
el amor todo lo exalta y hermosea.



Hollman Barrero
El Sembrador
Colombia
Copyright

Sombras de Córdoba - Un beso de San Valentín





El centro de datos del crucero Mari no Kiseki no presumía de ser un faro de sabiduría en medio del mar de ignorancia, lo era sin querer. Como su homónimo fue la nave insignia de la almirante Dao-Ming Sima, la información de dicha nave residía en su interior. Por esa razón, una oficial y una decena de cadetes irezumis ingresaban y salían constantemente de la granja de servidores, algo que el personal de mantenimiento no agradecía pero comprendía, porque su objetivo era investigativo y pedagógico. Para la oficial en cuestión estaba en juego un jugoso ascenso, para las cadetes ganar créditos necesarios para graduarse en Comunicaciones y para las encargadas conocer más acerca de la vida de la polémica almirante.

Una de las cadetes más pequeñas tomó un asiento y se paró sobre él para tocar con una barra el centro de contacto con el servidor. Tuvo que ponerse de puntillas, por lo que puso atención a la descarga hasta que se completó, se bajó de la silla y la colocó en su lugar. Luego, con la barra ella tomó asiento en una mesa y desplegó la lista de los documentos que había recogido del servidor en el dispositivo holográfico que tenía asignada.

—¿Qué es lo que estás revisando, Iara?

Ella no puso más atención, salió de su asiento y saludó formalmente. La cadete que hizo la pregunta; que era muy joven, alta, de cabello negro y ojos grandes ligeramente rasgados; regreso el saludo y acomodó el uniforme en su cintura.

—¡Descansa Iara! Hemos pasado por mucho para que me saludes formalmente entre permisos.

—No puedo evitarlo.

—Sabes mi nombre, llamame Masako. Por cierto, ¿los documentos de quién estás revisando?

—Estoy revisando toda la documentación relacionada con la oficial Ayaka Toya, específicamente todo el segundo periodo de la Guerra del Borde Interno. Futaoka se está encargando del primer periodo.

—¿Y qué han encontrado?

—Bueno… Hasta ahora la confirmación de que ella estaba en una relación de hermanas con la comandante Noriko Asai, que se vio afectada por la sentencia de doscientas horas de servicio comunitario en el planeta Tara y que la entonces contralmirante Dao-Ming Sima la ascendió a navegante en jefe del puente de la Mari no Kiseki cuando la almirante Chibi Asada se llevó a su hermana mayor para servir en su crucero.

—Que conveniente, shimai-kan no kizuna. Que suerte tienen las que encuentran a una oficial para que las patrocine.

—¿Shimai no kizuna?— repitio Iara mientras esperaba que el codificador neural le mostrara la traducción directamente en sus ojos. —¿Lazo entre hermanas? ¿Qué significa eso?

—Es una costumbre en el comando irezumi. Cuando una oficial veterana ve a una oficial prometedora, ambas pueden iniciar ese tipo de relación. La veterana patrocina a la novata, vela por la novata, defiende a la novata, guía a la novata. A veces la relación es de asistencia, de aprendizaje y de cariño filial. A veces la relación pasa a ser algo más romántica o formal. Pero ambas partes deben estar seguras porque un error podría ser el final de la carrera de ambas.

—Desearía que usted tuviera una relación más formal con mi madre.

—Un momento, ¿Miranda le comentó sobre mi propuesta?

—Por supuesto. Cuando al fin me reconoció como su hija le pedí que nunca me ocultara nada. Suele no hacerlo.

La oficial no mencionó palabra, se sentó a un lado y tomó sus manos. —Entonces sabe que es lo que siento por ella.

—Si. Pero si no hace algo drástico no va a poder lograr nada con mi madre. El estúpido Natanjely esta clavado como una estaca en su corazón.

—¿¡Natanjely?!

—El Capitán Benjamin Natanjely, segundo marqués de Al’Temair. Jefe de Inteligencia en la Liga del Norte, un espía y un alcahuete de Andalus, nuestro planeta de origen. Si fuera un animal sería una mangosta escurridiza. Para él todo es un juego, él pone las reglas y gana siempre. La única persona ha podido llevarle el ritmo a su juego es mi madre, por eso la mantenía cerca. Hasta que nos exiliamos.

—¿Y el Capitán Natanjely ama a su madre?

—Si la ama. Él la invitó a un retiro en la playa aunque está mutilada, la encamó a pesar de todas las manchas grises que tiene ahora en el cuerpo por las sustituciones. Lo hizo al menos dos veces, una de ellas el día antes de irnos de Andalus.

—Entonces no tengo esperanza.

Masako se restregó los ojos porque algo le incomodaba, lloraba. Para su sorpresa, Iara apretó la mano que no había usado con firmeza.

—Por favor, no se rinda. Mamá no lo admite, pero no hay noche en que no piense en él. No duerme bien. Usted podría usar sus poderes para desviar su atención…

—No, ¡no es opción!

—¿Cómo que no es opción? Yo he visto como domestico a todos los trabajadores humanos en la estación. Mi madre y yo somos humanas. Puede hacer lo mismo con mi madre.

—Es diferente. Con ellos no tengo contacto constante, con Miranda si. Eso me expone  a un efecto que no conoces de mi poder, se llama reflujo simpático. Es como si tuvieras que escoger entre tu helado favorito…

—¡Menta!

—Es como si tuvieras que escoger entre el helado menta y el que menos te gusta. Si yo uso mi poder, podrías comer el helado que más te desagrada, incluso podrías comer excremento y pensar que es el helado que te gusta. Pero eso no va a alejar el mal sabor de tu boca. Así que tu cuerpo y tu mente van a generar resistencia, va a llegar un momento en que cuando use mi poder vas a resistirte, en ese momento ese deseo se me va a regresar a mi con el doble de intensidad. Voy a ser yo la que termine comiendo lo que no te gusta, y me va a gustar.

—Entonces… Si usas tu poder sobre mi madre, ella podría hacerte caso un tiempo. Pero va a saber que algo está mal, se va a resistir y se te regresaría ese gusto.

—Así es. Por eso no lo intento.

—Es por eso que te agradezco tanto que nunca lo hayas intentado, Masako.

Las dos muchachas se pusieron rojas cuando a su lado apareció una oficial de cabello rojo, grande, voluptuosa y ataviada en uniforme, con un gran parecido a Iara. Ellas se pusieron de pie y saludaron formalmente, con todos los colores subidos al rostro. Su superior, con una sonrisa, regresó el saludo. —Descansen cadetes.

—Mama, ¿hace cuánto estás aquí?

Iara y Miranda
Miranda e Iarameilia Castellanos.
Arte por Bekwo. https://www.facebook.com/BekwoIlustraciones/

—Lo suficiente para decirte que no te debes preocupar por mi vida amorosa, Iara. Ahora, por favor, siéntense.

Las cadetes obedecieron a la mujer. Con los hombros tensos y sus caras recogidas, las dos esperaron a que tomara la palabra.

—Masako… Eres tan joven, pero tienes tantas cualidades que desearía haber tenido a tu edad. Eres valiente, eres decisiva, luchas por lo que quieres, no tienes miedo de tomar decisiones. De haber tenido la mitad de tu carácter hubiera luchado para no perderme los primeros diez años de la vida de Iara. Agradezco mucho tu confesión, pero no puedo dejar de pensar en él. No es justo para ti que no pueda concentrar mi atención, mi cariño y mi amor en corresponderte…

—Pero yo quiero estar con usted. No me importa…

—No digas eso. Ni la distancia ni la incomunicación ayudan. Yo me conozco muy bien. No serías ni la primera ni la última persona que dejaría botada con tal de volver con él si se presenta la oportunidad. Lo he hecho tantas veces...

—¡Yo haría lo que fuera, lo que usted diga! Sólo quiero que nos demos una oportunidad.

Miranda negó levemente, bajó la cabeza y tomó un tiempo para pensar. Era difícil para ella tomar una decisión que no lastimara a la muchacha. Pero de repente, Iara las interrumpió.

—¿Y por qué no se hacen hermanas?

—¿Cómo?

—Si mamá, hermanas. Masako me lo acaba de explicar, una oficial experimentada toma a otra de menor grado bajo su ala para guiarla y enseñarle sus trucos. Es como el Ala de San Valentin, el grupo de caballeros que peleaban siempre a la izquierda, que en pares prometían morir juntos en combate por la fé, por el honor, los de las epopeyas románticas.






Las dos se callaron por un momento para sopesar sus palabras. La primera que reaccionó fue Miranda, que con su mano sacudió el cabello de su hija y sonrió. —Recuerdo que Kazuya a veces se refería a la Reina como su hermana mayor, cuando la conocí resultó evidente que no lo eran. ¿Eso que explicó Iara funciona igual en el Reino?

—Sí señora. Es un evento para forjar un lazo de amistad verdadera entre una oficial experimentada y una novata, donde ambas pueden compartir sus experiencias y sus anhelos.

—¿No habrá problema por mi rango? ¿Ni por mi origen?

—En absoluto. La Almirante de Flota es humana y fue la primera hermana menor de la Reina. Ella a su vez ha tenido un par de hermanas menores irezumis, ha promovido sus carreras. Además, se rumora que para cuando usted obtenga su ascenso la van a integrar a Inteligencia con el rango interino de capitana. Si para ese momento hubiese terminado mis estudios de grado, sería alférez. Si usted me toma como su hermana ahora, aumentaría sus posibilidades de asegurar ese rango y me permitiría expresar libremente lo que siento por usted, sin compromisos. Le prometo que no se arrepentirá.

—¡Me convencieron! No se diga más. ¿Qué tengo que hacer?

—Sólo tiene que preguntarme si quiero ser su hermana, yo respondo y a la vista de un testigo sellamos el pacto.

—Bueno, a la vista de la cadete Iaraemilia Castellanos como testigo, cadete Masako Umezu, ¿quisiera usted ser mi hermana?

—Por supuesto, claro que sí. ¡Acepto!

Miranda se alegró por la euforia que le produjo a la muchacha la respuesta, pero lo que siguió la sorprendió. Masako no ocultó su emoción y la besó. Fue cuando se juntaron que de alguna forma descubrió que para sellar el pacto se requería contacto físico. Conforme a Iara se le subían los colores, se tapaba picaramente los ojos y sonreía, ella sintió los labios de la cadete sobre los suyos y el candor de su abrazo. Por un momento pensó en separarla, pero se negó a ese impulso, le regresó el abrazo y se permitió disfrutar de ese detalle, vendrían muchos más por el tiempo que durará su nueva responsabilidad.


Masako y Miranda divirtiéndose durante una misión, seis años después.
Ilustracion por Bekwo. https://www.facebook.com/BekwoIlustraciones/

Carlos Molina

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