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lunes, 22 de abril de 2013

Un ramo de margaritas amarillas y una película de Woody Allen.

Julio 1959

Subí las escaleras de forma apresurada, pues deseaba verla y abrazarla, y sentirla otra vez en mí. Aún podía percibir su olor, que se había posado en mi cuello, y las piernas seguían temblándome, después de que hubiéramos pasado la noche practicando el diálogo del deseo. Llamé al timbre, ella me abrió la puerta y el mundo quedó lejano. Otra vez estábamos solas en nuestra urna de cristal ahumado, rodeadas de flores frescas y paredes blancas que se iban cubriendo con los matices de nuestro amor.
 
Me envolvió con su cuerpo ansiosamente, como si temiera perderme, y me dibujó en su mirada, tierna y provocadora. Al sentir su beso, huyeron de mí todos los miedos, y mis manos se entregaron lentamente a su cintura. Me deseaba, y yo la deseaba a ella. Como aquella vez que la vi por primera vez en el cine del pueblo. Como aquel lunes de febrero que coincidimos en el economato. Como siempre. Nos deseábamos a pesar de los límites, a pesar de nuestro forzoso aislamiento, a pesar de todos... Sólo éramos dos mujeres amándose en un mundo enrevesado y poco comprometido.
 
Más tarde, las dos yacíamos relajadas en la cama, abrazadas y extasiadas. Nuestras respiraciones, antes aceleradas, fueron estabilizándose poco a poco, y el sudor de nuestros cuerpos se evaporó, dejando en la habitación un dulce aroma a sexo. Al cabo de un rato, María se durmió y yo miré hacia el techo, vacío de respuestas. Pude ver como los temores fueron apareciendo de nuevo, uno tras otro, y se posaron sobre nuestras siluetas. Pude ver cómo me sonreían, hambrientos de mí. Me aferré con fuerza a María y posé mis labios hinchados en su mejilla. Cerré los ojos y observé aquella escena. Su cuerpo, menudo y vigoroso; el mío, moreno y delgado. Su cara, relajada, con una leve sonrisa de satisfacción en el centro; mis ojos abiertos, rellenos de incertidumbre, temerosos al pensar en la posibilidad de perderla…
 

Muchos años después

I


Temerosos al pensar en la posibilidad de perderte... Esta noche no he podido conciliar el sueño, y mis brazos, vacíos de ti, siguen buscándote entre las sábanas frías de esta cama castrada. A pesar de que han pasado los años, aún no me hago a la idea de que te has ido sin querer irte, y no quiero resignarme a cambiarte por un puñado de recuerdos. Sentada en el porche,  con el viento revoloteando entre mis canas, escucho el sonido del silencio,  sofocado por el crujido de la vieja mecedora en la que tú solías pasar las horas. Toda una vida agarrada a tus manos… y ahora no sé qué hacer con las mías. Toda una vida... ¿y ahora?
 
II
 
Este atardecer se empeña en endurecer mi dolor sin compasión. He bajado la colina, acompañada de mi oscura sombra, he parado mis pies, cansados de tanto buscarte, y he esperado a que el polvo del camino se asentara de nuevo. Al mirar al frente, he visto tu calle, sinuosa y empinada, y la puerta de tu antigua casa, testigo de besos furtivos y caricias ilegales. No quiero seguir mirando pero miro, y te veo a ti, y me veo a mí, y nuestras palabras parecen demasiado lejanas para recuperarlas y demasiado cercanas para evitarlas.  
Sé que si cierro los ojos podré llegar a escuchar tu voz y el tintineo de tu pulsera al mover las manos. Y sé que si me esfuerzo conseguiré imaginar que no ha pasado el tiempo, y que mis arrugas se han extinguido de este rostro derrotado. 
 
III
 
He llegado al cementerio y sigue siendo demasiado duro pensar que estás ahí, rodeada de tierra húmeda, abrazada por desoladores cipreses...Te he traído margaritas amarillas, las mismas que han adornado nuestra casa día tras día, y la última película de Woody Allen. Quizá puedas verla allá arriba... Nunca se sabe; el cielo debe sorprender a cualquiera y existe la posibilidad de que sea un lugar muy diferente al que esperamos. En realidad, alguien me dijo una vez que los ángeles llevan ropa interior de color negro y que los demonios, durante las vacaciones, juegan al golf y hacen obras de caridad.  
Me siento sola... Una anciana ya no debería temer a nada, pero te extraño. Extraño tus sorprendentes palabras, acuarelas del alma, esas que siempre lo hacían todo más fácil, y el regazo de tus pechos, donde yo pasaba horas. Extraño el contacto de tu mano en mi pelo, y el aroma a limón que desprendía tu cuello. Extraño que me mires, que me cuides, que me sigas conquistando... 
 
IV
 
Como todos los viernes, acudo a nuestra cita. Mientras camino divagante por las calles tupidas de gente, pienso en todas las cosas que voy a decirte cuando te vea. Voy hacia ti. Hacia nuestro banco de madera vieja y pintura desconchada. Nos sentaremos y miraremos el mar azul, tú me leerás un fragmento de uno de tus libros, y yo desearé que no acabes nunca...  Voy hacia ti, seducida por el recuerdo de tu voz entrañable y el calor de tus manos. Voy hacia ti y ya distingo a lo lejos el mirador. Sé que estás ahí, esperándome como siempre, mirando el reloj impaciente. Camino acelerada porque no quiero que te canses de esperar. Estoy llegando, no desesperes, cariño... Voy hacia ti a pesar de todo, a pesar de todos, a pesar de la realidad. 
 
He llegado al mirador. Mis ojos te buscan y no estás. Miro hacia nuestro banco primero, hacia otros bancos después... VACIO. A pesar de que mi mente se empeña en no verte, mis ojos siguen mirando hacia allí, como si esperaran que aparecieras de repente. La gente me mira, y mira hacia el banco también, y me dicen aunque no me lo digan: "No está. Sea quien sea no está. ¿No te das cuenta?". Y yo los miro a ellos. Siento como la decepción se introduce por las fisuras de mi corazón, y lo va resecando un poco más. Voy deshaciendo mis pasos torpemente, mientras sigo mirando hacia nuestro banco de madera vieja y pintura desconchada. Empieza a oscurecer y las luces amarillas de las cafeterías del mirador ya se han apagado. SILENCIO. Vuelvo a casa, con las manos en los bolsillos de mi vieja chaqueta de lana, y tu rostro reflejado en mi mirada perdida. Me siento vacía. Vacía y sola como nuestro banco. Vacía y sola sin ti. Recorro las mismas calles, ahora desiertas de gente, y sólo deseo que llegue otro viernes...
 
 
Este relato está incluido en el recopilatorio de relatos de la autora publicado en Amazon:
 
 
 
Escrito por:
Monserrat Rubiales Méndez

9 comentarios:

  1. Una bella historia sobre toda una vida unidas y el miedo a enfrentarse a la soledad y el vacío.

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  2. amor, silencio y miedos escondidos. Buen relato. Me gustaría leer los demás.

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  3. Las palabras bien dichas y bien escritas tiene la capacidad de emocionar, este relato reúne precisamente la esencia de los sentimientos con una escritura de calidad que trasmite. Felicitaciones

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  4. Un excelente relato sobre la vida y obra de un amor que espera. Voy a apuntar la dirección para bajarla en cuanto haya presupuesto. Gracias por compartirla.

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  5. Montserrat, has confeccionado un relato sensual y sugestivo, lleno de emociones de las que nos hacemos cargo. Qué más da el titular del amor y su condición o genero, los sentimientos y la ausencia del otro, provoca el mismo dolr y desesperanza. Me ha emocionado. Felicidades, me gusta

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  6. Muy buena historia. Amor hasta el final, le pese a quien le pese. Veo que en esta entrega ha pesado mucho la muerte y el recuerdo en muchos relatos, pero éste me ha gustado especialmente; y el título, fantástico.

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  7. muy conmovedora historia, una de las soledades mas duras la perdida del ser amado, muy bueno Saludos!

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  8. Me has emocionado por ver el Amor, ese dulce chascarrillo de la felicidad que por un Tiempo fue de ellas. Luego el propio Tiempo, nos lo quita, convirtiendo situaciones de nuestra vida en recuerdos.

    Me gusto mucho el relato…

    Un abrazo fuerte
    Manuel Barranco Roda

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  9. Me ha gustado mucho, me ha emocionado, la soledad despues del amor es dura. Un abrazo

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