Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

lunes, 22 de abril de 2013

El Café del recuerdo.


Ella había cumplido trece años. Yo tenía catorce y el corazón loco por volver a verla. Durante algún tiempo, tiempo de niños y de juegos, mis vacaciones de Semana Santa y verano transcurrían habitualmente en una pequeña ciudad que a mí me gusta llamar pueblo - así lo siento más cerca, más mío -. Es curioso, en aquel entonces me parecía muy lejano de la capital; la autovía y los años fueron acercándolo de tal forma que lo dejaron a la justa distancia que señalan los kilómetros y no los recuerdos.
Yo no lo sabía pero aquel verano sería especial. Desde mi última visita algo en nosotros había cambiado, ella me parecía distinta. Ya no era la niña con la que compartí esparcimientos, recreos, corros y juegos, los últimos cuatro años; ahora su mirada era lejana, como ausente, perdida en desconocidos horizontes en los que parecía imposible penetrar. Su sonrisa se había transformado en un hermoso y melancólico gesto y sin embargo, lo que más desasosiego me causaba era aquel colmillo rebelde que no encontraba acomodo y que se había ganado su espacio encaramándose sobre los otros, amaneciendo indiscreto en las risas de mi amiga. Nada más bello.

La encontré más hermosa que en primavera. Traté de disimular procurando ser el compañero de juegos de siempre, uno más del grupo; pero temía que el batir de mi corazón pudiera ser oído por todos. A partir de aquel día nuestra relación cambió, nuestras miradas se buscaban cómplices y enamoradas. Nuestras manos disimulaban roces y caricias. Y los días transcurrieron felices y demasiado rápidos. Sin duda fue mi mejor verano.
 
El trabajo de hostelería traía consigo turnos de domingo y festivos, sólo libraba los jueves; sin embargo de poco me servía, ya que continuaba con  mis estudios todas las tardes y las horas libres las quemaba en la Berlitz  tratando de hallar los tiempos verbales del Francés y del Inglés.

Un jueves, por primavera, ella vino a Barcelona. Fui a buscarla a la estación de Francia, tendríamos todo el día para nosotros. Llegó el tren y todo se envolvió de una hermosa sonrisa, un precioso vestido amarillo y un colmillo rebelde. Recorrimos, cogidos de la mano, el Parque de la Ciudadela, atravesamos la Plaza Palacio, imaginamos antiguas playas bañando Santa María del Mar y cruzamos la romana Vía Layetana camino del barrio Gótico. Ella no paraba de preguntar y yo le contaba cuanto sabía de aquellas inmortales piedras paseando por la Historia como quien recita versos. Comimos en un pequeño restaurante cercano a la Catedral. Al terminar seguimos paseando dejando que la tarde nos llevara a su antojo de un lugar a otro de nuestra felicidad. Sin saber cómo nos metimos por una pequeña calle, a pesar de ser buen conocedor de la zona no recordaba haber pasado nunca por allí. Un pequeño café de aires modernistas era el único establecimiento de la calleja, entramos.
El lugar era precioso, como la jornada. La decoración nos cautivó: mesas del decimononas, relieves de escayola y al fondo un cuadro que representaba una hermosa muchacha con vestido de época y una pamela en la mano, el pintor había puesto en el rostro de la joven una mirada melancólica que se perdía entre las aguas tranquilas de un río.
Nos sentamos en una de las mesas de forjadas patas y mármol blanco; innumerables vetas de tonos salmón y rosa, daban color y vida a la pálida superficie de materia hermosa. Seguimos hablando y hablando. Yo le conté mis sueños de dirigir un gran hotel, de viajar por el mundo, de conocer otras culturas y otras gentes. Ella me miraba tratando de decir algo; yo, en mi torpeza, no supe entenderla ni supe escuchar su silencio.
Al llegar la hora la acompañé a la estación. Ella permanecía callada, cogía mi mano como si no quisiera soltarla. Llegó el tren rompiendo el silencio, nos despedimos con un beso profundo y dulce, subió al vagón con aquellos hermosos ojos, más brillantes que cualquier estrella, y moviendo el aire con su vestido amarillo. Ella tenía trece años y una montaña de ternura; yo, catorce y un mundo por conocer. La habría retenido con todas mis fuerzas si hubiese sabido que no nos volveríamos a ver.
Se cumplieron mis sueños… profesionales. Los estudios en Lausana me ocupaban los días y las horas. Hacía dos años que no iba por casa y decidí pasar las vacaciones en Barcelona. Al llegar quise llamarla, los amigos me lo desaconsejaron: tenía novio, era un muchacho del pueblo y se les veía muy felices.
Distraje mi soledad por el barrio Gótico. Tratando de revivir recuerdos decidí volver al pequeño café; busqué y busqué la calleja, sin éxito. Cuando creía encontrarla, adivinarla en la siguiente esquina, seguro de que era aquella, me daba cuenta de que estaba equivocado. Parecía haber desaparecido, haberse borrado de la faz del barrio. Pregunté por el pequeño local modernista, nadie parecía conocerlo. Lo intenté al día siguiente con la misma falta de éxito y volví a casa profundamente triste. Dos días más tarde regresé a Suiza.
Conseguí mis propósitos de dirigir un hotel importante, de conocer mundo. En mis esporádicos regresos a Barcelona he sabido de ella, es feliz, casada y con hijos. Yo he vivido en media docena de importantes ciudades, puedo escribir en cuatro lenguas distintas y, no obstante, no sé amar en ninguna. Cada vez que trato de hallar el amor me ocurre lo mismo que con el pequeño café: lo intuyo, lo presiento y sin embargo, no lo hallo.
Desde la orilla de mi soledad regreso, definitivamente, a Barcelona. He dejado mi casa, una casa en la que nunca ocurre nada y en la que nadie me espera y vuelvo a mi hogar, decidido a empezar de nuevo, a pasar página, aunque el libro siga siendo el mismo.
He paseado de nuevo por las Ramblas. Emocionado, confieso haber llorado a la altura de Puertaferrisa, camino del barrio Gótico, dejando atrás el palacio que el virrey Amat regaló como prueba de amor a su virreina. Sin darme cuenta me he metido en una calleja aparentemente desconocida, donde hay un pequeño establecimiento de estilo modernista. ¡De golpe!, más de cuarenta años vuelan en mi mente; las neuronas del recuerdo, como música lejana, me llenan de dulces sensaciones y colores. Entro, todo está igual que aquel día. La misma decoración, el mismo perfume en el ambiente; diría, que hasta la misma camarera de entonces. En la pared el cuadro de la melancólica muchacha mirando al mismo río. Todo igual, una misma luz en un mismo escenario.
Sin saber por qué he pedido dos refrescos. Al girarme hacía las mesas de vetado mármol blanco la he visto: ¡Es ella, esperándome en la misma mesa!  Con su vestido amarillo y sonriéndome a través de sus hermosos labios, y su colmillo rebelde buscando espacio. La he besado y abrazado como sólo pueden hacer los amantes… y los poetas. Le he pedido que siempre esté conmigo, se lo he pedido con amor, con un amor experto y sabio, a pesar de que sólo tengo catorce años y ella acaba de cumplir los trece.
 
Jordi Siracusa

13 comentarios:

  1. Muy hermoso, ese primer amor que nos llega sin avisar y del que jamás no podremos olvidar. Las pinceladas de nostalgia y tristeza me han llegado muy hondo.

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  2. se me ha puesto los vellos de punta, sentimiento puro, precioso relato de evocación del amor perdido. ¡enhorabuena!

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  3. Montsegolden@gmail.com23 de abril de 2013, 18:29

    Romantic,,,, especial per avui,,, el dia dels enamorats a Catalunya,,, avui i pasat per tots els recons que anomenes,, i dinat al mateig lloc que varem estar,,, paella amb amigas,,, feliç dia!

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  4. Juan Carlos Muñoz23 de abril de 2013, 23:47

    Enhorabuena Jordi.SALUDOS

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  5. Una historia muy romántica de los años mozos, con un aire de nostalgia en su interior. Muy bonita. Gracias.

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  6. El gran amor cuándo se és un niño, es el que más marca el espíritu. Si vives un gran amor cuándo eres pequeño, sabrás amar con pasión el resto de tu vida.Felicidades

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  7. "Puedo escribir en cuatro lenguas distintas y, no obstante, no sé amar en ninguna". Esa frase es bestial, Jordi. Un relato magnífico, bien narrado, evocador, melancólico pero con un precioso final. Bravo.

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  8. Ah, el primer amor, hermoso relato, y un flash back quien no quisiera regresar un poco el tiempo... Me gusto saludos!

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  9. lA lectura de este relato me apasionò de principio a fin, me ubicò en los lugares, las vivencias, tristezas, evocaciones, el paso del tiempo, la constancia en un amor imposible pero deseado, lejano pero acompañando siempre la subjetividad, felicitaciones.

    TRINA

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  10. Me gusto mucho…
    Un lindo paseo del Amor (conto lo que ello conlleva) por una Barcelona cosmopolita.
    Manuel Barranco Roda.

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  11. Sensacional, sabes tocar la tecla del alma, ha sido una lectura apasionante, enhorabuena.Un abrazo

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  12. Una historia muy romática y llena de nostalgia, conozco el barrio gótico y sus lugares de Barcelona y realmente pareciera que el tiempo se hubiese detenido en él a igual que tu historia de amor. Me ha gustado mucho, un saludo.

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