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martes, 21 de mayo de 2013

Viaje a la naturaleza.


          Cuando los pajarillos que vuelan libres, antes de repuntar la aurora en primavera, con esos tonos pastel pincelando las nubes que decoran el paisaje, me dispuse para ese viaje a la profunda floresta silvestre, que las lluvias y el sol, haciendo el amor, habían concebido en el paisaje que se asoma a los días de absoluta eclosión, reventando los corazones de las gentes sensibles y los de las desoladas, sin moradas, de combates en los lugares más alejados de la ternura.
          Sólo y mirando al horizonte más alejado, tratando de ver la esperanza que mi alma deseaba, camino sin parar. Los pies duelen, pero se alegra el corazón, paso a paso. No quiero cerrar los ojos, ni el olfato; tampoco los oídos. Todo aquel esplendor tiene que entrar en mí, antes que se eche la noche; incluso antes que las sombras se hagan largas y el sol se acueste. A mí la luna no me vale, porque embelesa, arrastrando a los débiles y los locos.
          Rechinan las piedras del camino al pisarlas, mientras la vegetación perfuma mis pasos al rozarla, sin quebrarla.
          Y los pajarillos siguen con su cortejo, todo alegres, entendiendo en su piar, dulces trinos de amores. No quiero que el camino se acabe ni el día termine, porque cuando llegan momentos así, la vida parece que se alarga, y se ensancha como los ríos después de estar presos en el pantano medio seco, por el ansia del hombre que no sabe tener mesura con la naturaleza, pensando que no se acabará nunca, por mucho que tomemos de ella.
          Las venas de la tierra no riegan su cuerpo y por eso flaquea, se arruga, envejece y se afea. Sólo la transfusión de los cielos vuelve a organizar la energía displicente, que en armonía con todos los seres, especies y reinos, señalan el esplendor nuevo.
          Me detengo. Una roca me ofrece la oportunidad del descanso, mostrándome la parte plana, en la que acomodar mis posaderas. Saco mi bloc de notas y dibujo con palabras lo que veo, huelo, oigo, palpo y, hasta me atrevo a dejar que mis papilas gustativas interpreten también su función.
          ¿Por qué tantos colores? Porque hacen falta –me digo a mi mismo. ¿Por qué tantos aromas? Porque son necesarios –me vuelvo a decir. ¿Por qué tantos sonidos? Porque sin ellos sería aburrido el paisaje –reflexiono. ¿Por qué tantos sabores? Porque hay muchas apetencias –pienso… ¿Por qué tantas preguntas? Porque el niño que fui vuelve a mi presente, despertando esas inquietudes pasadas por aprender los misterios de lo que está y vive a mí paso.
          Viajar a la naturaleza es nadar en aguas como el cristal más puro, andar sobre las más elegantes y cómodas alfombras, volar atado a una nube, conocer el amor más limpio, llorar con la emoción de una vida nueva…
          Quien lastime, ensucie, quebrante, profane, adultere…, estas premisas, carecerá de la condición natural del ser.

Juan Martín-Mora Haba
Mayo 2013

9 comentarios:

  1. No por nada se dice que la naturaleza es sabia...Este relato me ha despertado mis sentidos...

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  2. Tan delibesco como siempre, tocayo. Buen trabajo.

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  3. alegato por la naturaleza como en el Siglo de ORO. MUY BUENO.

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  4. Entre la eco-narrativa y un capítulo de El hombre y la Tierra. Salir de la ciudad y viajar al campo, no tiene precio.

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  5. Juan Martin, muy bello. Gracias por compartirlo.

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  6. Se respira la naturaleza con tu relato, y el niño inquieto! quiere más! muy bueno, Saludos!

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  7. En un día en que un protector del ambiente murió en el cumplimiento de su deber la reflexión de este relato llega con propiedad a recordarlo. Muchas gracias Juan Martín por tu relato.

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  8. Un momento para detenerse y reflexionar. Comunión del hombre con la naturaleza. Me gustó mucho.
    Un saludo.

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  9. Me gustó mucho, me gusta bastante tu forma de narrar. El ser humano está ligado de por sí a la naturaleza. Un abrazo

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