Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

martes, 30 de octubre de 2012

Mi sueño, ya es un bebé de dos meses.

 
          Tan sólo han pasado dos meses y cada día el blog de La Revista de Todos, tiene más de 50 visitas diarias, y de varios países como en la foto que os adjunto abajo podréis ver.

         
          Todo esto hace que sin lugar a dudas y por respeto a quien nos lee y nos sigue fielmente, me preocupe todavía más si cabe porque la Revista siga creciendo.
 
          Mi bebé (La Revista) ya tienes dos meses, y espero que pueda celebrar esta felicidad que hoy anida en mí, por mucho tiempo más.
 
          Apenas está gateando y sé que poco a poco, se pondrá de pie y dará sus primeros pasos. Pero... todo a su debido tiempo. (No quiero que mi bebé se asuste y tenga miedo).
 
          La Revista irá incorporando cosas nuevas, reseñas, concursos (Si encuentro algún escritor que me de un libro suyo, como premio a un concurso de microrrelatos, donde se mencione el título de la novela), y tal vez reuniones de escritores en la que seguro que se hablará de temas de lo más variopintos.         
         
          Sé que todo esto es complicado puesto que yo vivo en Madrid y muchos de vosotros estáis lejos, pero... querer es poder. Y la única distancia, que en ocasiones es insalvable es la de dos personas que al mirarse a los ojos, lo único que encuentran es vacío.
 
          Gracias a todos los escritores, por confiar en mí, por darme la oportunidad de entrevistaros y de ayudarme a perder ese miedo que poco a poco está mitigando.   
         
          Tengo que daros las gracias por esos "regalos en forma de libro" que me habéis hecho llegar, que a fin de cuentas, son parte de vosotros y por lo tanto de vuestros sentimientos. -¡Prometo reseñar!- (Darme tiempo, llevar la Revista implica más trabajo de lo que pensáis).
 
          No puedo dejar de mencionar a mi Staff, a mis compañeros que hace ya dos meses (los más veteranos) iniciaron conmigo de la mano, esta locura que al parecer cada día seduce más. Y a los que hace poco que os habéis incorporado, espero...que sea por mucho tiempo más.
 
          No es fácil llevar a un grupo de tantas personas, y máxime cuando no nos vemos, cuando el único medio de comunicarnos es por un frío email o por los mensajes de Facebook. Intento que sea lo más cálido posible, para que os sintáis bien y cómodamente.
 
          A los que se fueron por voluntad propia, gracias por haber formado parte de mi sueño, ¡gracias! Las puertas están abiertas para vosotros y para todo aquel que quiera escribir en la Revista.         
 
          Espero que disfrutéis de un pedacito de tarta, que está relleno de mi cariño, bañado con mi respeto y horneado con mucho amor.  
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Muchas gracias
          Eva María Maisanava Trobo

viernes, 26 de octubre de 2012

Próxima entrevista a Fran Medina


 

"Anoche soñé contigo"

en serio te lo digo.
 

Soñé con poderte entrevistar

y lo bueno que al despertar,

ese sueño se hizo realidad.
 

Fran Medina es algo más que un escritor,

es un hombre de lo más encantador.
 

Tenemos la suerte de contar con su entrevista,

sincera, con humor y de lo más realista.
 

¡¡Os esperamos el 8 de Noviembre!!

 

 

Próxima entrevista a Gema Samaro



Nunca pensé que me pudiese enamorar

de un personaje, digno de admirar.
 

Pero... Como toda historia de pasión

vino "otra" y me lo arrebató

y aunque pasó un tiempo,

 aún me duele el corazón.
 

La novela "Pasión Bereber" me hizo sentir

aquello que sé que jamás podré vivir.
 

 
 

Tenemos su entrevista y podrás disfrutar de la simpatía y humildad,
de esta gran escritora que todavía le queda mucho por contar.

¡¡El 8 de Noviembre no te las puedes perder!!

 

 

miércoles, 24 de octubre de 2012

Sólo le quedaban los ojos para llorar

Era una mañana de otoño y las hojas de color ocre y verde pálido de aquel bello árbol caían dejando en el punto de abscisión, sus pequeñas heridas.


La niebla y el frío, deberían haberme dado los buenos días sin embargo fue la luz de un radiante sol la que me acompañó aquella mañana.
Sobre una ajada y usada tela, casi tumbado a falta de sus piernas y el peso de su espalda, estaba Erdo.

Tenía unos cincuenta años y una cara desdibujada entre dulce y a la vez amarga, que se enmarcaba como un retrato barroco, en la esquina de aquella concurrida plaza.

Según pase por su lado, Erdo me miro, pero yo no pude soportar su mirada. ¡Cuánta historia en esos bellos ojos se encerraba!

Erdo, de origen africano, me contó sin mediar palabra la añoranza que sentía por su familia, por su casa, por su tierra de tantos años de ausencia, en su memoria casi perdida.

¡Cuánto hubiese dado Erdo por volver atrás!, pero ya era demasiado tarde, lo cambio todo por ese otro mundo lleno de ilusiones y utopías.

Su frente sudada, calentada por el ardiente sol, permanecía erguida, soportando la continua humillación de permanecer en esa sobria plaza, en un maloliente rincón casi escondido. Erdo, un día tuvo un hogar, tuvo una vida y ahora, sólo de las migajas de algún transeúnte humanitario, vivía.

Le deje unas cuantas monedas en un saquito que de su mano, ya casi anciana y temblorosa, pendía.

-Gracias, me dijo.- Sólo me quedan los ojos para llorar, porque hasta los recuerdos de lo que una vez fue mi vida, he perdido.

Me despedí de Erdo con la mirada, un nudo en mi garganta me impidió decirle adiós.
 
Al igual que los ríos de la vida, Erdo fue conducido hacía el mar, sin bote, sin remos, sin salvavidas, sólo con sus manos, intentando día tras día llegar a una cercana orilla.
 
Hay muchos Erdo a nuestro alrededor con ilusiones desvanecidas. Sus ojos se me clavaron en el corazón y sin embargo no pude hacer nada por él, sólo, entregarle mi compasión.
 
 
María del Carmen Aranda.

Ciudades de hormigón


A mí alrededor,
edifican bosques de hormigón,
que me impiden respirar, me impiden ver el cielo.
¿Dónde está el verde bosque de mis sueños?
Levantan grises edificios donde se aloja la soledad,
el ruidoso asfalto rompe la tranquilidad de mi alma,
¿dónde está mi silencioso bosque encantado? 
A mí alrededor, gente plastificada
con miedo a mancharse
de la inmundicia de la gran ciudad.
Por sus poros ya se ha filtrado la suciedad.
Se ha filtrado las prisas por llegar. 
Me dan risa esa falsa humanidad,
que se llaman buenos,
y se les caduca la comida en la nevera.
Al hambriento vagabundo,
le impiden mirar
en sus exquisitas basuras.
Me dan risa esa falsa humanidad,
los que se llaman buenos 
La rebelde lluvia
aporrea los cristales
frenando el asfalto, atascando la ciudad.
La imperiosa lluvia
moja los verdes bosques,
y los niños salen a buscar caracoles
con la tranquilidad del silencio encantado.
La añeja lluvia
arrastra la suciedad,
limpia mi alma del miedo a la ciudad.
Vivo en un mundo desigual donde todo da igual,
donde hay que ir a todos los sitios corriendo,
para llegar a final de mes… para vivir.
Vivo en sucias ciudades de hormigón. 
Grises árboles de ciudad,
se hacen huecos en ruinosas aceras.
Son peatones perennes que adornan el asfalto.
Donde nuestro invisible vagabundo
roba un trozo de exquisita sombra.
Los árboles extienden su manto de hojas
por la ciudad de hormigón, con los aires de otoño.
Los árboles observan cómo pasa el tiempo
sin que la incansable lluvia, pueda limpiar sus ramas.
Grises ramas, donde no descansan pajarillos,
en su lugar, a veces, hay carteles publicitarios. 

Vivo rodeado de gente desconocida,
no tienen tiempo de pararse a mirar el cielo.
Sus ojos cegados, les impide ver la tormenta. 
Espero que la lluvia limpie mi alma,
que la ciudad de hormigón, no me deje ciego.
Y pueda ver, al hambriento vagabundo.
Ir al silencioso bosque encantado
y ver a los niños buscar caracoles.
Pueda al fin vivir tranquilo, mirar al cielo azul.
Y, respirar, respirar, respirar…

 
Manuel Barranco Roda

"La Bestia"



            La complejidad del comportamiento humano lo conmocionaba, de su propio comportamiento —no sabía si humano— aún más. Se repitió a si mismo que debía calmarse pero el instinto resultaba entre salvajemente acogedor y propiciamente culpable, así que se dejó llevar. 
 
            No sentía nada más que un alivio ansiosamente anhelado a su locura a medias o “y media” como uno de esos psicólogos poco inteligentes le había repetido en burla. No importaba el dolor ajeno, ni los gritos, ni la sangre, ni la culpa que le atacó al inicio pero aplacó con la fuerza de su propia rabia. 
 
            Nada importaba, sólo su paz, sólo la liberación de la bestia que a ratos le sacudía el cuerpo recordándole importunadamente que su “normalidad” no era más que un disfraz barato de carnaval, una cáscara al animal indómito y a la fuerza bruta sedienta. 
 
            Antes había luchado contra ella, con tanta vehemencia que había quedado sin impulso después de darse cuenta que a nadie le importaba su lucha (¿Acaso a esa mujer vanidosa totalmente ensangrentada ahora le importaba que él lo hubiera perdido todo por matar a su bestia?). ¡No! a ella sólo le importaba ahora su propio dolor, entender cómo de la nada alguien había surgido para golpearla hasta al cansancio y violarla de formas que su imaginación jamás hubieran concebido. 
 
            ¡No! a ella no le importaban los motivos de él, ni su entrega anterior al submundo “profesional” en el cual trató de ahogar a la bestia, no conocía las tramas dolorosas que él tejió tratando de caer en el estereotipo de hombre adaptado a la sociedad, no conocía los desprecios, ni la angustia, ni el dolor de darse cuenta que la bestia seguía ahí, más fuerte que nunca, más apoderada de su cuerpo que nunca. 
 
            Volvió a mirarla sin sentir nada, no era el placer de someterla o un arrebato de egoísmo, era calmar a la bestia, nada más, entretenerla con algo para que no auto consumiera el propio cuerpo y siguiera desterrando su poca coherencia mental. Necesitaba liberarla a ratos al menos, darle un espacio para convivir con ella en vez de renunciar por completo a una vida que todavía creía suya. 
 
            Pensó por un instante en si debía pensar en las consecuencias y las consecuencias no le importaron, la sociedad le había demostrado que su drama personal tampoco le importaba, así que... qué más daba, la bestia seguiría dentro suyo en el lugar que estuviera, se seguiría apoderando de él burlonamente mientras el resto lo creería cada vez más loco sin detenerse a pensar que “él” no estaba loco, “él” no era la bestia, “él” era tan víctima de ella como aquella mujer. 
 
            Se preguntó si ella tendría familia, una parecida a la que le prohibieron ver con una orden judicial, se preguntó si su hija pequeña algún día debería enfrentar a la bestia de alguien más o peor si el maldito juego genético no había dejado en su ADN una bestia propia. 
 
            Volvió a mirarla e intuyó que los estertores de su pecho sólo precedían a su muerte, no se animó a tocarla para ayudarla a cruzar el umbral más rápidamente, la bestia había magullado tanto su cuerpo que la masa se había vuelto un despojo despreciable. 
 
            Se sentó a su lado, a esperar las consecuencias o a esperar que la bestia tomara alguna determinación, se sentía tan ridículamente manejado que sintió asco de si mismo. Pero... ¿qué respuesta darse? ¿Qué hacer para cambiar la situación que ya no hubiera hecho? ¿A quien acudir? si médicamente le habían dicho que la bestia no existía, que la bestia era él mismo. 
 
            Nunca podría aceptar eso, cómo explicarles que la sentía dentro suyo riendo, mientras el vagaba de consultorio en consultorio, de iglesia en iglesia, de amigo en amigo. 
 
            ¡No! este mundo era tan estúpidamente ciego que quizás no merecía que él hubiera hecho tanto por querer pertenecer a él, debería dejarse morir antes que la bestia lo consumiera, antes de seguir padeciendo la lucha inútil de liberarse de ella. 
 
            El cuerpo a su lado, inerte y él sin sentir nada otra vez, ansiando oír alguna sirena de policía, algunos pasos que vieran la escena atroz y gritaran. Algún alma que lo descubriera ahí, con la bestia dormida incapaz de levantarse y huir, y nada otra vez la calle desierta, un ruido más que lejano de un par de autos peleando con el tráfico y más al fondo, más en su interior, un imperceptible bostezo, un sonido bestial que él reconoció y multiplicó por cien su angustia. Un indicio —claro y conciso— de que la bestia despertaba aturdida lenta pero imponentemente:
 
“LEVANTATE PILTRAFA Y HUYE… QUE AUN TENGO SED”
 
Caliope

La Familia Helviana. La herrera de Xillander'kull.

     Una oscuridad tremenda abrazó a la ciudad de Xillander’kull. Conforme el calor de la cueva donde se encontraba asentada se transformaba en un frío gélido, todos sus habitantes sabían que en la superficie estaba dando inicio la noche. Si se pudiese volar hasta el techo de la cueva se comprendería el alcance y la magnitud del embovedado de la caverna, así como los matices de apagados colores que dominaban el ambiente interno de la metrópoli intranquila.
       
     Conforme la única fuente de calor que quedaba era el lago termal y los canales que recorría la ciudad como una telaraña, al comenzar a sentirse el frío que entumecía los músculos, numerosas arañas devoradoras montadas por expertos guerreros salían de las diferentes barracas a prisa, y se formaban para iniciar lo que sería la larga guardia de la ciudad durante las siguientes horas.

   El frío se apoderaba con rapidez de la enorme cúpula abovedada. De inmediato, los trabajadores en las plantaciones de hongos, los pastores que cuidaban a los rothé, los pescadores en el lago termal adyacente a la ciudad y todo quienes se encontraban afuera en las estrechas callejuelas, los cortos parajes y las esquinas escucharon con atención el llamado de una serie de caracoles que resonaban a través de toda la extensión de la cueva. A la vista de las murallas masivas, todos quienes se encontraban afuera comprendieron la señal y apuraron su paso para regresar a la brevedad posible a sus hacinados hogares o alguna casa segura. Porque todos sabían que la señal era parte de la costumbre básica de la ciudad, el inicio del toque de queda.

     
    Numerosas luces de la ciudad se iban apagando en sucesión, con esto el entorno se tornó cada vez más oscuro y tenebroso, lo cual se agravo con la sucesión de horrendos gritos, gemidos y lamentos a lo largo de la metrópoli. Quien hubiese sido demasiado lento, torpe o valiente para quedarse fuera en la calle; sería víctima de inmediato de las consecuencias de violar una de las reglas básicas de la vida en las cuevas. Que las noches son el enemigo más peligroso de la vida en la Infraoscuridad. Que sólo el que es más fuerte sobrevive.

    Los primeros gemidos en la esquina contigua dieron el aviso a la principal herrería de la ciudad, que comenzó a cerrar sus puertas. Conforme la pesada estructura de la puerta se movía pesada hasta cerrarse por completo, la herrera iba a encajar el pestillo para cerrarla cuando una fuerza del exterior la desplazó hacia adentro e impidió que se cerrara completamente. La extrañeza se apoderó de la mujer; una elfa con la piel oscura como la noche, delgada y frágil, que mostraba un vestido con una apertura en las piernas bajo el protector de cuero de la herrería, y un pañuelo que ataba su cabello. Ella asomó de inmediato la cabeza por la apertura, y con un gesto molesto preguntó: “¿Qué quieren? Es hora de cerrar y esta no es una casa segura. ¿Qué desean?”

       “Amable como siempre, Yasfryn”.

     Los dos varones mostraron sus respetos al posar frente a ella. Uno era un atractivo y vistoso ejemplar de la raza de los elfos oscuros. Con un sombrero de ala ancha, una amplia capa, una camisa blanca vistosa y unos calzones ajustados, este complementaba su vestimenta con unas botas de lentejuelas muy notorias. Su rostro era atractivo y cuidado, digno de cualquier miembro de las clases altas. Con una mirada sensual y abrumadora, sonrió de forma cortés a la mujer, la cual lo contempló con una seriedad gélida. 

       El otro sin embargo era su contraparte desde todo punto de vista. Aunque era elfo oscuro como su compañero, él vestía una burda y hedionda armadura de cuero, guantes picados y viejos y unos sencillos calzones sucios. Su cabello blanco y sus ojos pálidos observaban de forma fría y melancólica a la herrera. Con una expresión facial simple y plana, oculta tras un sombrero de ala ancha picado y curtido por el tiempo; su cuerpo delgado, las vendas manchadas que cubrían por completo su brazo derecho, su hedor corporal y su expresión estoica alejaban a cualquiera de su lado sin pensarlo mucho.

       “Estas no son horas de llegar, Zeknarle”, repuso la herrera con cuidado. Luego de otear el interior de su herrería nerviosamente, ella abrió levemente la puerta y con un gesto de sus manos les permitió ingresar a ambos al interior.

      A pesar de que en el exterior parecía un tugurio, con un edificio descuidado, en estado ruinoso y sin pintar; el interior de la tienda demostraba el buen gusto de su administradora. Este se encontraba ordenado de forma pulcra, limpio y con una decoración de buen gusto; las armas que se mostraban en los anaqueles resultaban de una excelente calidad a los ojos de los buenos observadores. Conforme contemplaba el espectáculo, el atractivo elfo oscuro exclamó con cuidado: “Nunca deja de asombrarme tu capacidad para trabajar el metal, Yasfryn. Cada día veo mejores armas, de mejor calidad y mejor hechura”.

       Mientras observaban los alrededores, ambos posaron los ojos sobre la mujer. Era una elfa oscura en los finales de su mediana edad, la capacidad de no envejecer de ninguna forma le permitía a ella conservar una expresión hermosa en su ser. Ella usaba su cabello rojo amarrado, sus ojos expresivos mostraban una frialdad y desconfianza que atravesaba a cualquiera que estuviese frente a ella. Vestida con un delantal de cuero, su vestido se mostraba mojado y sucio debido al agitado día de trabajo, posiblemente enfocada en un trabajo tal como las armas que se mostraban en su negocio. Ella los ignoró, avanzó hacia uno de los estantes, extrajo una espada en una funda, la mostró frente a ambos y repuso de forma seca.

        “Gracias. Aquí está tú encargo. Disfrútalo”.

       El bien parecido elfo sonrío discretamente. El pomo del arma tenía una exquisita canasta que protegía la mano de su portador. Él extrajo con rapidez el arma y encontró la delgada hoja exquisita y sin falla. Con pequeñas tallas en runas élficas grabadas de forma minuciosa, el arma le brindó un gran orgullo que no ocultó. Él blandió el arma, la agitó un par de veces en el aire y observó con mucha gracia que la herrera extendía su mano de forma estoica y seca frente a él.

      El joven sonrió con un gesto torcido, extendió el arma frente a ella y repuso con arrogancia: “¿Dime, por qué habría de pagarte, Yasfryn? Después de todo soy Zeknarle Hun’fin, el capitán de la guardia de la Torre Norte. ¡Deberías donar este trabajo!”

     La mujer no se inmutó, movió su mano en forma constante mientras escondía su mano izquierda. Esta muestra de disconformidad al serle exigido el pago impactó a Zeknarle. De inmediato guardó la espada en la funda, extrajo su bolsa de oro y la lanzó a la mano de la herrera, que expresó una leve mueca de sonrisa al sentirla.

       Él dio la espalda y sonrió con malicia al no ser observado. Con un gesto se dispuso a salir del negocio con su amigo cuando de pronto la herrera reclamó con una voz potente: “Aquí falta dinero. Al menos doscientas piezas de oro”.

    Zeknarle se quiso volver en ese instante. Él sabía perfectamente que hacían falta las doscientas piezas de oro porque él mismo las había sustituido con pesos de plomo. Sin embargo, la habilidad de la herrera era tal que aún sin abrir la bolsa ella podía detectar que la trataba de engañar. Al voltearse, este pudo notar la hoja de un enorme espadón que lo esperaba de frente, y a una impaciente herrera que mostraba su furia por medio de este acto.

     El compañero del elfo oscuro no dijo nada, extrajo su propio espadón de un suspiro y amenazó a la herrera con una velocidad que la sorprendió notablemente. Ella sólo se percató de que se había movido cuando sintió la hoja tropezarse suavemente con su cuello, y trago grueso al ver como se desenvolvía la situación en su contra.

       “Yo le daré las doscientas monedas de oro, señora. No es necesario que lo amenace”.

      La voz que salió del muchacho resultó gentil y educada. A diferencia de lo que su sucio y descuidado aspecto expresaba, los manerismos y la forma de actuar evidenciaban una cuna noble. Pero su actitud fría y distante no le permitía a la gente percatarse de su forma de ser y de pensar. El muchacho logró conservar el arma sobre su cuello mientras desocupaba su brazo izquierdo y buscaba su propia bolsa de dinero. En un instante sacó veinte piezas de platino y se las entregó; lo que devolvió la sonrisa al rostro de la herrera.

       Ella guardó su arma, tomó el dinero con visible realización, avanzó hasta a un mueble con cubierta metálica, abrió una de las gavetas e introdujo el dinero en su interior. Luego, observó detalladamente el arma de su agresor y exclamó con una sonrisa nerviosa: “Ese es un hermoso espadón, muchacho. Demuestra el amor que tienes por el combate pesado y la victoria rápida. ¿Cuál es su nombre?”

    “Eorel”, repuso como única contestación el estoico compañero de Zeknarle mientras guardaba su espadón.

       “Yo también construyo espadones si le interesan, Eorel”, repuso con educación la mujer: “Muchos y de gran variedad”.

        “Gracias señora… Lo tomaré en consideración”.

     Luego de saludar con respeto a la herrera, los clientes dieron la espalda a la mujer y salieron por la puerta. En cuanto se quedó a solas, la herrera terminó de cerrar la puerta, colocó el pestillo en su lugar para trancarla, volvió a la gaveta de metal y extrajo de inmediato su contenido monetario. Como en otras ocasiones, amarró las bolsas con rapidez y las colocó en una bolsa que portaba en su cintura. Al finalizar se volteó, lo que le permitió notar una sombra desde la puerta del cuarto interior, que la hizo sonreír de forma sincera.
       
       Una hermosa figura de mujer se mostró frente a ella. Increíblemente alta para ser una elfa oscura, la muchacha resultaba una deliciosa y sensual mezcla de lujuria e ingenuidad combinadas. Su piel oscura era brillante y delicada, su cabello lo usaba largo, amarrado con una red de telarañas negra decorada con joyas. La hermosa muchacha, que vestía con un traje de baile que no guardaba nada a la imaginación, modeló frente a la herrera y reclamó: “¿Cómo me veo, mamá?”
       
      “Te ves realmente hermosa, Berlashalee”, repuso la mujer con orgullo: “¿Dónde vas a bailar esta noche?”.
       
       “En la taberna La Honorable Madre”.
       
     El gesto de Yasfryn cambió a preocupación al escuchar el lugar. Luego de pensarlo con seriedad ella respondió: “Ten cuidado. He oído que los administradores de ese lugar son peligrosos. La gente que llega allí no es de la mejor calaña”.
       
       “¿Y quiénes eran los visitantes, mamá?”
       
       Los ojos curiosos de su hija devolvieron la sonrisa a la mujer, que respondió: “Bueno, uno es el capitán de una de las torres, algo más vistoso que peligroso. Pero el otro… Si el nombre que me dio es verdadero, es un peligroso adversario… ese muchacho… sería el Maestro de Armas de la Familia del’Armgo…”
       
       “¿Y?”
       
       Si los rumores son ciertos, él es el Guerrero Maldito, pensó para sí misma la herrera.
       
       “Nada hija…”, respondió con paciencia. Ella dio la espalda a su hija, tomó un medallón de plata de la gaveta y repuso con fuerza: “Espera un momento. Te enviare a la taberna en un santiamén. Después regresaré a casa”.
       
       “Buenas noches, mamá”.
       
       “Buenas noches, hija”.
       
       La despedida conllevó un gentil beso entre las mujeres. Luego, con un gesto de su mano y unas cuantas palabras que concluyeron al tocar el rostro de su hija, ella desapareció de la habitación como si jamás hubiese existido. A continuación, ella combinó sus manos, llevó a cabo varios gestos y dibujó varios signos en el aire, lo que provocó que de inmediato la imagen de la armería decayera, las armas desaparecieran y el negocio se transformara en el interior de un tugurio vacío tal como el que aparentaba en el exterior. Satisfecha con el efecto realizado, Yasfryn llevó a cabo los mismos gestos de mano y dijo las mismas palabras, para luego tocarse a sí misma; tras lo que desapareció de la habitación y concluyó su día de trabajo.

Carlos "S0met" Molina Velázquez

En torno al río mundo, en cuatro tomas fotográficas


 
 
I

El agua se descuelga de la altura,

semeja ser la madre la montaña

que arroja vida nueva de su entraña

y hechiza a la mirada con su albura.

Hasta el ambiente embriaga de frescura,

pues la naturaleza no es tacaña,

su hábitat comunal más aledaña

mostrarla tal cual es siempre procura.

Aquí podemos ver precisamente

como nace y se lanza esa corriente

de forma vertical en libre vuelo.

Cae entre las montañas que hay al lado;

y una vez que sus carnes ha besado

discurre hecha regueros por el suelo.
 
 
 
 
 
 
II

Viene montaña abajo el manantío

del llanto de la sierra procedente,

su alma de cristal y transparente

desciende sin presión y sin hastío.

Le da un beso al llegar al ya hecho río

y en son de paz y amor se hace presente;

y se siente feliz por ser la fuente

que mantiene devota su amorío.

Esa especie de tul hecho cascada

semeja a una mujer recién casada

que a su esposo se entrega por entero.

En el cristal del agua se refleja

siendo el sello de amor de esa pareja

¡que ante el Rey Sol dijeron, su sí quiero…!
 
 
 
                          
 
III

Resulta emocionante este vertido

que por la roca baja hecho ramales,

que afloran de llorosos lagrimales

que ya no aguantan más su níveo fluido.

Con sumo esmero el flujo es repartido

semejando a guedejas señoriales

de cabezas de damas imperiales

que sacábanle el máximo partido.

El medio singular aquí nos muestra

aquesta irrepetible obra maestra

que la naturaleza diole vida.

Con su mudez nos habla silenciosa

y se muestra cual es, viva y hermosa

en un soneto hablante convertida.
 
 
 

 
 
 
IV

El verano remoja el pedregal

con el agua que brota de su caño,

la sed le va calmando año tras año

y frescura le da en tiempo estival.

Es el monte su aliado principal

con su fronda en su término aledaño,

nada en su derredor resulta extraño,

ni en las cumbres ni dentro del charcal.

El agua, piedra a piedra va besando,

con el beso su huella va dejando

y luego se desliza suavemente.

Se va haciendo notar como un espejo

que proyecta a su paso su reflejo

y le entrega su vida a otra corriente.
 
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Manuel MEJÍA SÁNCHEZ-CAMBRONERO
Premio de Poesía de Riopar 2012 (Albacete)
 

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