Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

martes, 23 de abril de 2019

Escorts: Giselle, permitame hacerla el amor.



Eran las ocho de la mañana y me encontraba en la cocina preparando el desayuno a mi hijo, hoy le había dado el día libre a la asistenta. Abrahán había pasado mala noche, y no quería que fuera al colegio encontrándose mal. —¡Cómo me dolía cada vez que enfermaba!—. Aunque realmente desde que salió de mis entrañas ya no he vuelto a saber qué es vivir tranquila, y mucho menos a dormir de un tirón. Con cada suspiro me desvelo, incluso a veces me despierto sólo para verle. Jamás pensé que se podría llegar a querer tanto a alguien como le quiero a él. Y es que gracias a la maternidad me he dado cuenta de que solo él es el amor de mi vida, y todos los demás meros sucedáneos.

Aunque Davinia y yo habíamos dejado la relación, era tanto el afecto que mi hijo sentía por ella, que hasta decía que era su segunda mamá y para no hacerle daño al niño habíamos establecido un régimen de visitas. Y hoy le tocaba a ella estar con Abrahán. Sentía un nudo en el estómago, mi hijo, crecía por días y yo sin querer me imaginaba mi vida el día de mañana sin él, y estar sola es algo que no me gustaba. —Era la primera vez en mi vida que sentía miedo. ¡Sí!, la soledad me da miedo—.

Acababa de terminar de hacer el desayuno, cuando Davinia llamó al telefonillo.

Seguía siendo esa mujer espectacular que me cautivó desde el día en que formó para ser una de las mejores y más cotizadas profesionales de Madrid. Su pelo moreno, sus ojos verdes, sus pechos, todo en ella me seguía seduciendo. Todavía la deseaba, aunque nuestra forma de ser era la que se había encargado de que tomásemos la decisión de dejar la relación, pero… qué no hubiera dado por besarla de nuevo.

—Davinia, ¿por qué no has abierto con las llaves?—la dije mientras que nos dábamos un par de besos.

—He cambiado de bolso y me las he dejado en el otro. ¿Qué tal Abrahán? ¿Cómo se encuentra?

—Mejor. La cena de ayer no le sentó bien, pero ya está mucho mejor. Espera que subo avisarle.

—Giselle, espera, yo…

Cuando me quise dar cuenta los labios de Davinia estaban posados sobre los míos. Nos empezamos a besar como si fuera lo último que fuésemos hacer en la vida. Me indicó que me sentase en la mesa de la cocina y una vez allí, se encargó de levantarme el camisón que llevaba dejando mis senos al descubierto. De nuevo volví a sentir la maravillosa sensación de sentir sus labios sobre mis pezones y su lengua traviesa haciendo que me excitase cada vez más… Nadie, ni Musa, ni ningún cliente, eran capaces de con tan solo excitar mis pezones llevarme al clímax. —¡Cuánto la deseaba!—.

En ese instante sonó la voz de mi hijo.

—¡Mamá! ¿Ha venido ya Davinia?

El tener un hijo de siete años es lo que tiene, que cuando menos te lo esperas escuchas esa vocecilla que hace que vuelvas a la realidad. Davinia y yo nos miramos cómplices y soltando una carcajada a la vez. Me bajé de la mesa, me puse el camisón rápidamente y subí a por él a la habitación.

Cuando los vi montarse en el coche y ver como se alejaban, el vacío y la soledad se apoderan otra vez de mí. Los años pasaban tan rápido que desearía tener el poder de parar el tiempo para que mi hijo siempre estuviese a mi lado, pero era y es ley de vida verle crecer y con el tiempo… alejarse de mi lado.

Todavía no había recibido contestación al mail que le mandé al Sr. Rodríguez y a estas alturas ya estaba convencida de que ni tan siquiera lo habría leído.

Aproveché las escasas horas en que iba a estar sola porque me venían muy bien para pensar… Decidí tomar un baño de sales que tanto me relajaba. Cuando me desnudé y me observé ante el espejo comencé a llorar. La maternidad había hecho mella en mi cuerpo, mis pechos ya no estaban tan firmes, ni eran tan tersos y mi vientre estaba lleno de estrías. Nada quedaba de ella belleza insultante y arrolladora que tenía hace siete años. Pero cuando recordaba la sonrisa de mi hijo, nada de eso me importaba. Ahora con casi cuarenta y tres años me sentía más segura y más mujer que nunca, pese a no tener la belleza que antes tenía.
        
Todavía aún sentía en mis pezones la sensación de los pequeños mordiscos que Davinia me
produjo antes de que mi hijo llamase con su voz nuestra atención. Llevaba tanto tiempo sin sentir verdaderamente placer desde que fui madre que cualquier caricia por superficial que fuese me hacía estremecer. Era tanta la necesidad de sentirme viva, de gemir como solo entre los brazos de ella lo conseguía, que no pude evitar acariciar mi clítoris sintiendo como se endurecía, mientras que las pulsaciones se me iban acelerando y con ellas mi respiración entrecortando. Necesita de nuevo sentir el temblor de mis piernas, y la sensación de morir para después renacer sintiendo de nuevo el placer. Cada vez iba aumentando la velocidad del movimiento de mis dedos, curvándolos lo suficiente para tocar mi zona más placentera y en ese instante el flujo de mi interior se mezcló con el agua tibia de la bañera y así me quedé un buen rato, convulsionando sin poder controlar el temblor de mis piernas. Morir, para después renacer… 
           
Al salir del baño. Me dirigí al estudio, de nuevo necesitaba escribir en mi diario, cuando en ese instante un sonido que procedía de mi ordenador me llamó la atención.
          
Había recibido un mail del Sr. Rodríguez:

Apreciada Giselle;

Cierto es como bien dice que han transcurrido muchos años desde que supe que se fue de la agencia, al igual que también es cierto que durante mucho tiempo estuve preguntando por usted. Es complicado, casi imposible diría yo, encontrar a una profesional como usted, pues lo reúne todo. Me siento halagado a la par que sorprendido al no llegar a comprender el por qué ahora quiere verme, sinceramente no llego a entenderlo. Claro que sabe que la deseo Giselle, ¡qué hombre no la desea!

Usted sabe que en la vida hay situaciones en las que uno tiene sed y necesita dar un trago rápido sin apenas saborear lo bebido, pero… Giselle, usted sabe que es algo más que un sorbo rápido, a usted hay que saborearla lentamente y despacio.

Comprenda que ha irrumpido en mi vida después de tantos años y que ya tenía agendada reuniones interminables pero beneficiosas para mi empresa que no puedo eludir.

Giselle, permítame hacerla el amor aunque sea una sola vez en la vida.

El próximo dieciséis de junio estaré en Madrid. Me pondré en contacto de nuevo con usted una semana antes para indicarle donde nos reuniremos.
          
Hasta ese día soñaré despierto con sentir su respiración al compás de la mía.
         

          Siempre suyo,
          Roberto


Escrito por:
Eva Mª Maisanava Trobo


Escritores, amigos y ahora… ¡A quién le importa lo que sean ahora!



Todavía recuerdo cómo se conocieron. Fue en la presentación del libro de un amigo en común. Ella siempre había sido bastante escéptica y nunca había creído que de un evento literario al que asistía como invitada para cubrir el reportaje para el blog de literatura que dirigía, podría conocer a un hombre especial, único y diferente. Y cuando digo diferente —hacerme caso que podéis creeros a pies juntillas esa expresión—, porque sin duda alguna él es el hombre más especial que haya podido conocer en toda su vida.

Instantes antes de que la presentación comenzase, Roberto y ella se encontraban en un bar tomando un refresco. Se habían citado para hablar de literatura, un nexo en común y que siempre había sido el eje principal de sus conversaciones, en un principio por mensajes, más tarde por mail y aquel día cara a cara —mirándose a los ojos—. No sabría deciros por qué pero pude observar que ella sintió que lo conocía de toda la vida, llevaban bastante tiempo hablando y casi se acercaba la hora en la que se tenían que ir para que él presentase a Jorge, mi amigo; que seguramente ya a esas horas estaría nervioso al ver que no estaban ya en la Casa del Libro.

Han transcurrido casi seis años de aquel evento y sin embargo lo tengo tan latente que cada vez que paso por la cafetería ubicada en la Gran Vía de Madrid mi corazón se acelera, al recordar como hablaban de esa manera tan cómplice como si se conociesen de toda la vida. Él estaba casado pero aún así ella se sentía atraída, pero no quería tener problemas y más cuando su nombre se empezaba a reconocer en el mundo literario como algo más que el de una “simple bloguera”. Al terminar la presentación se despidió de Jorge dándole la enhorabuena y recibiendo consumo agrado un ejemplar que le había regalado. Había perdido de vista a Roberto, pero al instante vi que se dirigía a los ascensores para irse a su casa. Me dio la sensación de que a ella le daba impotencia por no haberse podido despedir de él, pero algo me decía que se volverían a ver tarde o temprano. Ella se encaminaba hacia donde estaban los ascensores, cuando justo vi que Roberto salía del interior de uno de ellos —todavía sigo sin saber el motivo que le hizo subir de nuevo— al salir del ascensor y al verla, decidió repentinamente entrar de nuevo y bajar con ella rumbo a la calle.

Vi como la acompañó a la boca del metro de Callao, y allí se despidieron con un par de besos y les perdí de vista. Ambos tenían una extraña sensación, no se querían ir, se hubiesen quedado más
tiempo, pero a él le esperaba su mujer y su hijo en casa, y ella tenía que regresar a casa donde vivía con sus padres para conectarse al ordenador y ponerse a trabajar en el reportaje. Durante unos meses fueron varias las ocasiones que fueron a otras presentaciones, siempre con la excusa de verse y poder estar juntos, pero sin querer ni reconocer, ni poner nombre a lo que sin saber ni cómo ni por qué les había unido. Por aquél entonces ella ya se sacaba un buen dinero haciendo vídeos promocionales de las novelas de los escritores y él le pidió también que le hiciera uno. Después del vídeo, vino un relato en común y seguían sin saber el porqué les gustaba estar juntos. Fueron varias las veces que quedaron para comer y siempre sin parar de hablar, algo que en él no era habitual, ya que era un hombre bastante tímido.

Después de unos meses en el paro, al final ella encontró trabajo y tuvo que cerrar la revista, porque comenzó a trabajar, y aunar su vida personal y profesional cada vez le resultaba más complicado. Se había distanciado de muchas personas de ese mundo, pero no tanto de él, que por una extraña razón siempre le enviaba WhatsApp con poemas que él había escrito y con todas sus novedades literarias. A ella le encantaba que lo hiciera, sé que era y es ese apoyo que tal vez su mujer no le daba y él por su parte también lo era y es para ella, ya que ni su familia, ni por aquél entonces su novio, lo entendían. Su trabajo en el departamento de recobros para una entidad bancaría la tenían completamente absorbida como para sacar tiempo para el verdadero amor de su vida, que no era otro que la literatura.

Pero llegó por fin su gran día, al final consiguió que una editorial quisiera publicar su primera novela y como no podía ser de otra manera, él fue el encargado de hacer el prólogo y como no, de presentarla. Sin duda fue el día más bonito de toda su vida. Quizás para muchas mujeres sea el verse de blanco, pero para ella, fue ese su día, el más importante de toda su vida. — ¿Tal vez porque él estaba a su lado? ¡Qué importa eso ya!—.

En ese tiempo de ausencia del mundo literario, conoció al que hoy es su marido y poco a poco se fue alejando de Roberto, pero sin poder jamás arrancarle de su pensamiento.

Pasaron muchos años sin verse hasta que una vez fue a verla al trabajo,  y allí en un parque que había frente a la oficina donde ella trabajaba, sus labios se unieron por primera vez. De sus labios jamás salió un te quiero o un te amo, pero no importaba, por fin se estaban besando. Apenas llevaba unos meses saliendo con el que entonces era su novio, pero no había ni una sombra de arrepentimiento, le quería, no podía negarlo, pese a todo, lo seguía amando.

Todos los que la conocen siempre han dicho de ella que les recuerda al Guadiana, porque a veces se la ve, otras no, pero… siempre está. Y eso es lo que la sucede cuando realmente se enamora, que por protegerse, desaparece…
          
Pasó más de un año hasta que un día ella se puso en contacto con él para ir a verle —se había cogido un día de asuntos propios—. Desayunaron juntos y de nuevo esa sensación de no querer irse… se hacía presente ante ellos.
          
Llego el día en que el que ella se casó con la intención de formar una familia y de alguna manera extirpar de su pensamiento a Roberto, pero por más que lo intentaba, todo intento era en vano, no podía, lo amaba en silencio.
          
Seguía sabiendo de él porque le seguía mandando mensajes suyos con sus poemas recitados y sus novedades literarias, de los que el gran porcentaje de las veces ni respondía. Pero que de alguna manera le venía a decir, que ni él la olvidaba, ni ella lo podía olvidar.
          
La comunicaron en su trabajo que el proyecto se acababa y su vida se resquebrajó, pese a que su amigo —el que la había recomendado y habló para trabajar en la empresa y en el proyecto que él dirigía— había contado con ella para no perder a “esa profesional” que como él decía era difícil de encontrar; tenía la decisión más que tomada. Necesitaba por una vez en su vida ser egoísta y pensar en ella, pero sobre todo en su salud.
          
Casi más de dos años sin verle y ahora más que nunca le extrañaba. Así que de nuevo se puso en contacto con él, y quedaron en verse cuando ella ya hubiese dejado de trabajar. Se vieron un día para desayunar, a la semana siguiente para comer y de nuevo desapareció de su vida porque verle hizo encender en ella todas esas brasas que creía tener controladas, pero que en contra de su voluntad se convirtieron en llamas al volverle a ver.
          
Roberto aún con todas sus idas y venidas que no sé si alcanzaba a comprender, la seguía mandando esos mensajes que tan feliz la hacían, un mensaje donde se ocultaba un: —¡Hola! Sigo aquí…—.
          
Esta vez solo pasaron unos meses cuando de nuevo le mandó un mensaje: —¿Te viene bien quedar un día para comer y charlar?—. Mensaje que obtuvo respuesta en menos de un minuto: —Buscamos día y comemos por aquí—.
          
Desde entonces y pese a que desconozco el desenlace de esta historia que empezó hace casi seis años, han decidido no huir más.
          
Quizás cuando hayas terminado de leer esta historia Roberto y ella se hayan encerrado en la habitación de un hotel con la firme decisión de por una vez en la vida no frenar, o tal vez sea que este relato esté escrito por dos personas o quizás sea el resumen de la vida personal de dos escritores, amigos y ahora…¡A quién le importa lo que sean ahora!

          
Lo único seguro es que seguirán siendo amigos, confidentes y sobre todas las cosas “escritores”.  ¡Feliz Sant Jordi!

Eva Mª Maisanava Trobo


Mirar tus ojos





Tus ojos sonríen versos
y escriben poemas en mi cuerpo
esclavo de ti.
Pero no puedo mirar tus ojos. 

Tus labios muerden palabras y besos
de fuego y caricias.
Tus labios son lenguas de fuego
que abrasan
mi piel desnuda y mi alma blanca.

Pero no puedo sentir la mirada
dulce
de tus ojos.

Mis ojos 
miran tus labios rojos
y tiemblan al sentir
la dulce prisión húmeda que los cautiva
y captura.


Tus ojos se cierran 
cuando tus labios muerden
sangre y pasión derramada.
Y yo quiero acariciar tu cuerpo
que se desvanece 
como el aire, como el alma
si te vas.

Tus ojos se ocultan y no puedo mirar.
No puedo vivir sin esa mirada
oculto misterio,
que desaparece en cada suspiro.

Vuelve a mirar mujer de cielo,
abre tus labios frescos
y despierta el pulso yermo
de mi corazón sonámbulo.

Ojos, labios, vida, sangre herida.

No puedo vivir sin mirar.



Poema de Fernando Alonso Barahona

https://fernandoalonsobarahona.blogspot.com/





















No busquéis más a Federico, no le busquéis.




Que lo encontramos hace mucho en la memoria
de los versos y los verbos de la historia,
cuando el viento se llevó sus algodones
y en el cielo florecieron sus poemas por jirones.

No busquéis más a Federico, no le busquéis.

Que sus ojos me acompañan desde siempre
en el aliento de la mirada de su voz
escrita en lienzos blancos de dolor
con tintas de cariño y palabras de amor.

No busquéis más a Federico, no le busquéis.

Sin su cuerpo en una caja su vida sigue viva,
latiendo en cada lágrima que se derrama,
en cada suspiro por su ausencia,
en cada ahogo del sinfín de mi alma yerma.

No busquéis más a Federico, no le busquéis.

Dejadle en las esquinas del recuerdo,
mientras mis ojos queman las lecturas de sus versos,
en la esperanza opaca de un sueño eterno.
Convertid su alma en un puñado de tierra y estoy muerto.

No busquéis más a Federico, no le busquéis.
Dejadle vivo en mis recuerdos.




Del Poemario inédito de Ferran Garrido

Presión en el metro

Lunes, temprano, yendo a la oficina, el metro se para en Puerta del Sol. Pasan cinco minutos, pero aquello no se mueve: Hay avería… Las puertas abiertas del vagón dejan que entre la gente sin control. Ya no cabemos más…


Una mujer de sutil belleza se ve abocada a empotrarse contra mí… Me mira para disculparse y se ruboriza al descubrir que mi mano derecha ha quedado atrapada justo a la altura de su entrepierna. Los dos somos conscientes de ello, pero la presión es tal que no puedo sacar el brazo ni para retirarlo un poco del cuerpo de aquella mujer… Yo la miro con mucha vergüenza y ella sonríe comprensiva. Sigue entrando gente.  Aquello va a reventar… Sus senos se aplastan ahora contra mi pecho, su perfume, recién puesto, invade mis fosas nasales y dispara mi instinto sexual de forma irreprimible… En ese instante, noto que la mano de aquella mujer estaba percibiendo claramente el pálpito irreprimible de mi miembro. Yo no podía detener aquellos latidos que iban provocando una erección brutal… Veo que a ella le ocurre lo mismo: está excitada, como yo. 

Siento que mueve su mano unos centímetros y al hacerlo acaricia tímidamente mi sexo, levanta su mirada y me sonríe, entre resignada y pícara… Yo la correspondí, debajo de su falda, como dice la canción de Sabina… Nos duramos 30 segundos escasos…  Noté perfectamente el estremecimiento de su vulva en mi mano y una humedad deliciosa que se escapaba entre mis dedos y empapaba sus bragas. En ese instante yo no pude contenerme más y volqué mi virilidad con tal fuerza que parecía que nunca antes lo hubiera hecho…

Por fin, el tren echó a andar. Llegamos a la estación siguiente, se abrió la puerta y, al ir bajando gente, pudimos respirar… Ella levantó la mirada y abriendo aquellos labios carnosos, besó los míos y me susurró “Soy María ¿y tú…?”. “Yo soy tu esclavo”, le contesté. Ella sonrió de nuevo, se apeó y se giró para mirarme, pero se quedó boquiabierta cuando bajó la mirada hacia mi bragueta empapada... 

Entonces, se rió con ganas y dándose la vuelta desapareció para siempre… Yo, muerto de vergüenza, me quité la americana y la usé para tapar aquel desaguisado tan rico, que nunca había contado, hasta hoy, porque quién lo habría de creer…


Escrito por
El Perurena

Mujer


MUJER.


tus alas invisibles

se despliegan constantemente, 
con colmados anhelos
por tu prole, pareja, 
el calor de la hoguera,
y el pujante progreso
de tu amado suelo,
el que te vio nacer,
surgir, brillar, 
hasta deleitarte al ardor de los besos, 
en la divina entrega
de apasionado amor.


MUJER II
Desnuda siempre estás

ante la humanidad

que a veces, no comprende
cuál es tu realidad, 
tu forma de accionar, 
la tigresa que escondes
para poder luchar,
subsistir, 
emprender
progresar,
superarte,
cumplir a cabalidad 
variados roles,
siendo multiplicadora
de la humanidad
a través de tus proles.

Como sea tu figura,

tus dones y bellezas,.

siempre has de entregarte
con afán y mesura,
con amor y cariño,
la ternura que empalaga
la inocencia del niño, 
y el recuerdo trasciende 
hasta después que reposas 
entre la sepultura.



Primavera




Gorjean los tordos

Remueven la hojarasca los mirlos

Busca los huevos la urraca

Margaritas amarillas las primeras

Los almendros resplandecen

Las malas yerbas aparecen

Los atardeceres se alargan

Las penumbras desaparecen

Las margaritas multicolores florecen

Cerezos, ciruelos se visten de gala

Los nubarrones se disipan

Cielo azul majestuoso

Llegó la primavera



















Tito
Jacinto Castro de Francisco




Un viaje en el tiempo.


El reloj me indicaba que faltaban tan sólo tres horas para la hora final. El tiempo transcurría más rápido que de costumbre; más rápido que mis propios pensamientos. Esto solía ocurrir cuando el tiempo era apremiante para mí. Sabiendo que no es posible detener el tiempo (aunque en este momento quisiera hacerlo) ¡Quizás si sea posible dilatarlo! Pensaba en voz alta mientras conducía mi auto llevando a mi esposa a su trabajo. ¿Tendría esto alguna relación con la teoría de la relatividad de Albert Einstein? ¿Cómo podría dilatar el tiempo? Quizás si lograra aprovechar al máximo y de manera óptima cada línea del reloj...cada instante inscrito en el círculo del tiempo... Si lograra tan solo hacer de cada segundo...“un gran segundo”; De cada minuto... “un gran minuto”; de cada hora...”una gran hora”. Quizás allí esté el secreto de la elongación de la curva del tiempo.

En tanto divagaba en todo esto caí en cuenta que: Mientras pienso en el tiempo, el tiempo transcurre; más bien debo transcurrir con el tiempo.

En el instante justo...preciso y oportuno en que me detengo en un semáforo escucho el sonido que me dice que he recibido un mensaje de voz en mi móvil (el cual me deja inmóvil); mensaje con una clara e intimidante advertencia y confirmación del tiempo que yo mismo ya le había calculado.
            
—¡Tiene tres horas!—...A partir de este momento el tiempo empieza a dar marcha atrás para usted. ¡Ya está advertido! ¡Ni un minuto más! Si en este tiempo usted no ha traído “el encargo” que le hemos encomendado...¡Dese por perdido!... Dese por perdido... Dese por perdido... Dese por perdido...quedaron resonando esas palabras en mi cabeza.
            
Entonces es cuando algo ocurre: len...ta...men...te... el semáforo va cambiando su color; empiezo a ver todo y todos a mi alrededor moverse como en cámara lenta...sus voces se hacen roncas y lentas...todo empieza a ocurrir más despacio; como si realmente entrara en otra dimensión del tiempo mientras al frente del volante de mi auto soy el único que pareciese estar moviéndose en tiempo real.
            
De pronto y en medio de todo esto...como destellos de luz veo flotar dentro del espacio del auto algunas palabras...todas de extrema e inusual coherencia y encanto lo cual me deslumbra; rápidamente decido registrarlas en alguna parte; nuevamente llego a otro semáforo; ¡Bendito semáforo!... busco desesperadamente un lápiz y un papel; no los encuentro. Tengo nuevamente el instante justo...preciso y oportuno para escribirlas; o mejor: para transcribirlas. Entonces recuerdo que mi celular tiene una aplicación de grabadora de voz, el cual empiezo a utilizar en medio de la mirada extrañada y silenciosa de mi mujer (aunque bien con su mirada me lo dijo todo). Luego te explico amor— Le dije mientras el semáforo cambiaba su color.
            
En cuanto dejé a mi esposa continué mi marcha hacia mi oficina. El reloj me señalaba que tan solo disponía de veinte minutos para el plazo final establecido; lo cual me decidí a aprovechar al máximo; ordené ideas palabras...frases...mientras transcribía...escribía y completaba otras tantas. Hasta que... ¡Por fin!... ¡Justo a tiempo!... ¡El relato está terminado!



Hollman Barrero


Se fue marchitando




Cuando despertó el dinosaurio ya no estaba allí. En su lugar, otros monstruos gigantescos, los descomunales baobabs, crecían incontroladamente. Por engreídos y autoritarios, en castigo, habían sido plantados del revés, extendiendo sus ramas por la tierra e introduciéndolas hacía los infiernos, mientras que sus raíces se elevaban hacía el cielo, apoderándose de todo el oxígeno, impidiendo que la pobre infeliz ni pudiera crecer, ni apenas respirar.  

Temerosa de quedar atrapada entre aquellas vegetales catedrales, en cuyas perversas garras tropezaban sus pies constantemente partiendo su cántaro y sus sueños en mil pedazos, preparó la huida. No derramaría nunca más, ni una gota de leche, ni vertería una salobre lágrima. Para ello, condensó herméticamente, dentro de una lata sus dulces sueños. Sacó sus espinas defendiéndose entre los altivos troncos, donde a duras penas, con su savia pintó una puerta y se marchó, librándose de ellos a tiempo, dejando sus miedos tras un portazo. 

Muy lejos de allí, por las Ramblas, cimbreando su esbelto talle, estrenando zapatos que no le apretaban, dando sus primeros pasos en libertad, lucía su piel aterciopelada. Sorprendida, se dio cuenta que no era la única que celebraba el día de Sant Jordi. Cientos como ella perfumaban el ambiente, pintaban de rojo carmesí las casetas de las editoriales donde yacían sus cuerpos sesgados, sacrificados en aras del amor. Ahora comprendía que su vida era efímera e intentando prolongarla se refugió entre las cálidas hojas de las Obras completas y otros cuentos, de Augusto Monterroso, donde se encontraba todavía, agazapado el dinosaurio.


Murió a orillas del Mediterráneo, un 23 de Abril, aplastada entre las tapas del grueso libro, marchitada en el medio de siete celebérrimas palabras de la literatura hispanoamericana. Ni en sus mejores sueños pudo imaginar una muerte más culta.



Rocío Ruíz.


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