Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

martes, 22 de abril de 2014

¿Sant Jordi o San Valentín?






Perdida en mis recuerdos,
llena de vida, de amor y de sentimientos.
Me doy cuenta que hoy estoy escribiendo,
como antes nunca lo había hecho,
con el corazón llego de fuego.

Hace ya unos meses,
sentía que navegaba a la derivada,
perdida, desorientada y sin ganas.

En San Valentín, día del amor;
mi corazón se teñía de recuerdos,
de miedos, de fantasmas y sobre todo, de dolor.

Hoy acercándose el día de Sant Jordi,
de nuevo, mi corazón, vuelve a latir
con ímpetu y con ganas de vivir.

El amor apareció de nuevo en mi vida,
poco a poco y sin prisas...
Ahora está germinando en mi interior,
llenándome de nuevo de sensaciones,
que estaban soterradas en un corazón
con miedo a creer en el amor.

Como escritora soy feliz,
el día de Sant Jordi por fin llegó.
Y como mujer, ¡ay!, como mujer...
Vivo cada día enamorada,
como no lo estuve
aquél día, en San Valentín.


Una rosa para la vagabunda.



Juan siente como sus piernas son consumidas por el dolor que las recorren, el estar un tiempo prolongado en cuclillas sobre el duro suelo del cementerio no es una tarea fácil a su edad. Él está frente a la tumba de Julia, quien fue su esposa por cincuenta y cinco años hasta que unos meses atrás el llamado de la muerte toco su alma.

Una rosa intensamente roja adorna la lápida de concreto que encierra el cuerpo de Julia. Juan tiene su cansada vista fija sobre los pétalos de la flor mientras lágrimas recorren su arrugado rostro. Las lágrimas caen una a una sobre la sencilla lápida sucumbiendo ante los rayos del sol quien las evapora para que suban hasta el cielo y se acerquen a su esposa.

Juan cambia la dirección de su mirada cuando siente que una sombra lo cubre. Mira a su lado, ve a una  joven y alta mujer parada a su izquierda. Su rostro está sucio reflejando la ausencia de higiene, sus ropas son abundantes pero completamente viejas y rasgadas. Su pelo es negro intenso, largo y enredado, el cual le cubre parte de su rostro pero no lo suficiente para ocultar la mirada afligida que sus ojos muestran. A pesar de todo, la joven causa en Juan una sensación de paz interior que no había sentido en varios meses. Sin decir nada, Juan toma la rosa que le había traído a Julia y se la obsequia a la vagabunda.

—No puedo aceptarla, esa rosa no es para mí.

—La rosa es símbolo de amor, afecto, de que alguien se acuerde de ti. Julia no necesita una rosa para saber que ella siempre está conmigo, Julia sabe muy bien que la amo, que siempre estaré a su lado y que nunca la olvidare.

Juan se levanta con dificultad, le toma la mano a la vagabunda y tiernamente coloca la rosa en ella.  

—Tú, como cualquier ser humano merece recibir el aprecio y amor de otra persona.

La vagabunda mira la rosa y con una leve sonrisa lo mira a él. De entre sus ropas viejas ella saca un pequeño libro maltratado por el tiempo y se lo obsequia. Juan la mira con cierta incertidumbre y antes de que el pudiera decir alguna palabra, ella se le adelanta.

—Me parece que es tradición que le obsequie un libro.
—No tiene que hacerlo. Posiblemente es su única posesión. El gesto es suficiente para mí.
—Es mi más atesorada posesión.
—Con más razón debo rechazar tan generoso obsequio.
—Usted es un hombre noble. Le dejare el libro para que se adentre en su mundo. 

Luego volveré a este lugar por él.

La vagabunda da media vuelta y continua caminando entre las tumbas del cementerio. Juan la ve alejarse en silencio mientras sostiene el libro en sus manos. Mirándolo con curiosidad decide abrirlo. Solamente toma un segundo para que Juan quede maravillado y atrapado con su contenido. Sin poder explicar lo que estaba leyendo, Juan comienza a recrear su vida desde que conoció a Julia. Página tras página el libro resume sus buenos y no tan buenos momentos, sus éxitos y fracasos, sus sueños y frustraciones. Juan continúa pasando las páginas mientras el día sigue su curso. Se acerca al final, lee cuando llega al cementerio, lee sobre la vagabunda y la rosa, lee que está leyendo y lee que una mujer se acerca a él. Lee como la mujer le tiende la mano para ayudarlo a levantarse y darse cuenta que esa mujer es Julia. Lee como él coloca el libro sobre la tumba y comienza a caminar tomado de la mano de Julia hasta desaparecer en la distancia.

La vagabunda regresa como la había indicado. Se acerca a la desolada tumba y toma delicadamente el libro que esta sobre la misma, lo abre en la última página y lee como Juan y Julia caminan juntos por toda la eternidad. Cierra el libro y lentamente se adentra en una niebla brillante que se forma delante de ella. Entre sus ropas viejas lleva el libro que ahora posee dos nuevas almas enamoradas las cuales estarán juntas hasta el fin de los tiempos expresando su amor y felicidad.



La Vie en Rose

Anochece. Anochece en Barcelona: y la luz que queda es efímera, se escapa de las manos, fantasea por las calles del Barrio Chino y desdibuja el contorno de las viejas casas, tras cuyos muros se esconden multitud de historias.


En el cruce de las calles de Santa Mónica con Montserrat, veo a unos cuantos travestís y transexuales ofreciendo sus servicios. Se lanzan sarcasmos entre ellos, bromas gastadas y corroídas como el pavimento de la acera —repiqueteado interminablemente por tacones imposibles en las frías noches de invierno—.
Empieza a llover. Me resguardo bajo un portal y enciendo un cigarro. En frente está el Bar Pastis: un pequeño bistró que evoca la esencia de la bohemia artística y picaresca de los antros portuarios de Marsella.
Las manos me tiemblan.
—¡Tranquilízate!—me digo—. Un solo trago y estás jodido.
Una mujer, que debe rondar los 50 años, se detiene ante mí.
—¿Te has perdido?—me pregunta.
Viste con elegancia: como si viniera de disfrutar una agradable velada en el Liceo. La geografía de su cara está cubierta por un exceso de maquillaje para paliar, supongo, los estragos causados por el tiempo. En su mirada: mil vidas.
—No quiero mojarme—contestó.
Se pone a mi lado, saca del bolso una pitillera de plata y extrae un cigarrillo.
—¿Me das fuego?—me solicita.
Fumamos. El humo de los cigarrillos se desvanece, poco a poco, en el haz de luz proyectado por la farola. 
La calle se empieza a animar. Eternos mirones buscando saciar el hambre, nunca saturada, de su libidinosa mirada. Puteros que acarician con la mano, dentro del bolsillo, la piel de su cartera, mientras negocian o regatean el precio necesario para satisfacer su deseo, su fantasía, su aberración… Un par de turistas extraviados preguntan a un chulo de “rompe y rasga” por un buen restaurante.
—¡Sí, claro! En el dedo de Colón han puesto un restaurante giratorio; desde allí se puede ver toda la ciudad— les dice en tono sarcástico, ¡el desalmado!
Las carcajadas de los travestís aún resuenan cuando los “guiris” giran por Las Ramblas en dirección a la estatua de Colón.
Pasa un Fiat Punto rojo con cuatro jóvenes dentro; uno de ellos asoma medio cuerpo por una de las ventanillas y le asesta un sonoro manotazo en el trasero de un transexual.
—¡Vete a tomar por el culo! ¡Maricón!—grita éste furioso, mientras destroza su paraguas al golpear con saña el vehículo.
La mujer misteriosa entrelaza un brazo con el mío.
—¡La vida es una mierda!—sentencia—. ¡Invítame a un trago!
Siento el dolor ante la imposibilidad de expresar... de definir el tormento. Siento el vacío que precede al caos. Me estremezco ante la inevitable consecuencia: la cruel abstinencia cebándose en un ser que declina, que pierde defensas, que ya no ve tan claro un futuro donde expiar los errores; un mañana donde lamer las heridas, con calma, provocadas por el remordimiento. ¿Para qué engañarse?
—Vamos—digo, entregándome como Fausto.
Sin soltarnos del brazo, cruzamos la calzada y entramos en el Pastis.
El dueño del local, Marcel, habla con un cliente en la barra. Al vernos, nos saluda con un vago gesto.
—¿Te has perdido?—me pregunta.
La mujer y yo nos miramos con complicidad y reímos (es la segunda vez en diez minutos que me preguntan lo mismo). Nos sentamos en una mesa del fondo: en un rincón. Entretengo la vista observando algunos de los múltiples detalles o reliquias que forman el conjunto decorativo abigarrado, pero acogedor, del pequeño bistró.
—Me llamo Sofía.
La luz tenue de las velas la favorece. De repente, me parece bastante atractiva.
—¿Qué quieres beber, Sofía?
—Lo mismo que tú.
Pedimos cervezas, brindamos y nos las bebemos en un par de tragos sin soltar palabra.
En la mesa de al lado, un tipo barbudo con aspecto bohemio saca un cigarrillo de un paquete de Gitanes.
—¿No sé a dónde vamos a parar? ¡Nos van a prohibir, incluso, tocarnos los cojones!—exclama indignado. Se levanta y sale a la calle.
—¿Otra? —pregunto a Sofía.
Me incorporo sin esperar su respuesta, y voy a por dos cañas.
En la barra, Marcel discute con un personaje que me recuerda a Toulouse Lautrec. Beben Ricard. El tipo —Toulouse— está bastante exaltado.
—“Milord” es la mejor canción de Edith Piaf—vocifera.
Marcel me guiña un ojo mientras me sirve las cañas. El reloj de pared marca las diez. Los dejo con su discusión, y vuelvo a la mesa con las cervezas.
—¿Aún no me has dicho cómo te llamas?—indaga.
Le digo mi nombre.
—Pareces un buen tipo—dice.
—Gracias, pero dicen que las apariencias engañan.
—Las apariencias, quizás, pero tú no.
Apuramos las birras de un trago.
El tipo barbudo vuelve a su mesa, saca un bolígrafo de un bolsillo de su roída americana a cuadros, y empieza a dibujar en una servilleta de papel.
—¿Vamos a fumar?
Sofía asiente y coge su bolso. Salimos a la calle. Cuando sujeto la puerta para dejar paso a Sofía, basta un pequeño gesto leve con la mano para que Marcel vaya preparando otra ronda.
Sigue lloviendo. Los pitillos, que fumamos, son insuficientes para llenar el vacío inquieto que nos ha dejado la privación forzosa. Prendemos otros y los saboreamos en silencio, mientras contemplamos como las gotas de la lluvia rompen en los charcos, distorsionando reflejos de luces nocturnas; esta visión me induce a una placentera y sutil hipnosis.
De repente, una fugaz sombra pasa velozmente por delante.
—¡Al ladrón!—grita una mujer.
La sombra es un chorizo que corre despavorido hacia Las Ramblas con un bolso en la mano.
El hechizo se ha desvanecido. Taciturnos, lanzamos las colillas en un charco y entramos en el local.
Las cervezas esperan solitarias sobre la barra.
—¡Attendez!—sugiere, Marcel— ¡Así no se bebe una cerveza!
Sofía se sienta en un taburete, mientras Marcel resucita las cañas con un “toque” de grifo. Suena una canción de Piaf.
—Es la noche que Edith Piaf se desplomó, ante su público, en el Olympia de París—dice Toulouse, con un dedo en alto señalando un lugar imaginario del cual —parece ser— proviene la música. Emocionado, cierra los ojos y canta.
—¿Quieres ir a la mesa?—le pregunto a Sofía.
—Estoy bien aquí—contesta.
Vemos reflejada nuestra imagen en un gran espejo situado junto al botellero; nos echamos a reír.
—Parecemos personajes de una película de Fellini —dice Sofía—. Además, te pareces a Marcello Mastroianni.
Estallo en una carcajada.
Una joven que surge, repentinamente, de una mesa apartada y poco iluminada, se acerca a la barra tambaleándose.
—¿Tienes un cigarro, guapo?—me pregunta.
Le doy un cigarrillo; lo coloca voluptuosamente entre sus labios, y mira de reojo a mi acompañante. Sofía la ignora. El bohemio barbudo se levanta, pide otro pastis, y abre la puerta disponiéndose a salir.
—¿Quieres fuego?—pregunta, bajo el dintel, a la joven.
Salen juntos a la calle.
—¡Vamos a una mesa!—ordena Sofía.
Vacío mi vaso.
—¿Qué quieres beber?—digo.
—Ya te lo he dicho. Lo mismo que tú.
Observo cómo camina hacia la mesa, chasqueo la lengua, satisfecho, y pido dos Ricard a Marcel.
—La vida te supera, ¿eh?—me advierte Marcel.
Asiento con la cabeza mientras echo un vistazo al maldito reloj de pared: son las once menos diez.
—No lo soporto…—dice Sofía, cuando vuelvo a la mesa.
—¿A qué te refieres?—pregunto.
—¡Una chica tan joven…!
—¿La conoces?
—¡Qué importa? Conozco a montones de chicas como ésa, y casi todas acaban mal.
Marcel aparece con el Ricard. Llena dos vasos y deja una jarra de agua con hielo sobre la mesa.
—Puedes dejar la botella—le sugiero.
—¡Santé!—dice Marcel, antes de esfumarse con la bandeja vacía.
La puerta del bar se abre y entra en escena el bohemio: solo. Se acerca a Toulouse, que sigue cantando, le pasa un brazo sobre el hombro, y acaban a dúo “La Vie en Rose”. Los ojos de Sofía se nublan. Marcel sonríe, melancólicamente, con el codo en la barra y la cabeza descansando sobre la palma de la mano.
—…Mon coeur qui bat…
Suenan las últimas notas del piano; el público del Olympia, emocionado, ovaciona a Edith Piaf.
Marcel revisa su colección de vinilos mientras el disco sigue girando, rasgado, sin piedad, por la aguja del cabezal; a pesar de ello el silencio es denso.
Entonces, la puerta del bar se entreabre y asoma la cabezota de un “pinta”.
—¿Qué pasa? ¿Se ha muerto alguien?
Mira hacia cada uno de los presentes, esperando que alguno se ría de la gracia. Una ráfaga de viento se cuela dentro del local, y hace volar la servilleta de papel donde el bohemio había esbozado un dibujo. La mirada que el bohemio lanza al cabezota es, en sí misma, "todo un poema".
—¡Vaya nochecita!—insiste el pinta, echando un fugaz vistazo a la calle.
—¿Vas a entrar o te quedas ahí mirando la lluvia?—pregunta Marcel, impaciente.
—¡Venga, ponme un chupito! ¡A ver si se me pasa la tontería!—dice el pinta, disipando las dudas.
Marcel le sirve un chupito en la barra y el cabezota se lo traga atropelladamente.
—¡Joder! ¿Esto qué es? Parece de garrafón.
Dirige la mirada hacia la botella de Pernod que preside nuestra mesa, y sonríe.
—¡Ya veo que por aquí solo se bebe anisete! ¡Venga, ponme a mí, también, uno de esos!
Marcel elige un disco de Jaques Brel; el ambiente se relaja con la música. Después se acerca al “pinta”, que sigue de pie, le sirve un pastis, y deja una jarra de agua junto al vaso.
—¿El agua es para la resaca, o qué? -el cabezota suelta la chanza, risueño, y luego mira a su alrededor para averiguar si hemos calado su ironía.
Marcel, derrotado, atiende otro menester.
—Voy al servicio—le indico a Sofía.
—¡Ni se te ocurra! Si me dejas sola, ese tío nos amarga la noche—dice, señalando con la cabeza al chistoso—. ¡Vámonos!
—¿A dónde?—le pregunto, mirando de refilón la botella.
—A mi casa. Vivo cerca de aquí.
Me acerco a la barra, y le pido la cuenta a Marcel con un gesto de la mano. Cuando pago, Marcel me lanza una mirada, en la cual descubro la expresión astuta del que ha librado mil batallas portuarias; las arrugas en la piel de su cara son surcos labrados por un sinfín de experiencias que ha padecido, asimilado, encajado y, por necesidad, transformado en un temperamento versátil y adecuado con el fin de afrontar las numerosas trampas que surgen, día tras día, en un bar del Barrio Chino.

Pero su mirada, también, previene de los fantasmas que me acechan.
—¡Sí! Lo sé—le digo.

Cuando Sofía y yo cruzamos el bistró para salir, el bohemio asiente un par de veces con la cabeza a modo de despedida. Toulouse, afectuoso, nos estrecha las manos. El “pinta” se agacha por detrás de Sofía, provocando el asombro de todos, y recoge una servilleta de papel que se había quedado pegada en el tacón de uno de los zapatos de la mujer.
—¡Vaya! Parece ser que tenemos un Picasso entre nosotros—dice el cabezota, tras echar un vistazo al dibujo.
El bohemio rechina, casi imperceptiblemente, los dientes.
El endemoniado reloj marca las once y veinte.
—¡Adieu!...
Cae una tormenta sobre las calles, que ya no son calles: son arroyos que arrastran los residuos de la lujuria. Tengo los sentidos aletargados hasta que el aroma indescifrable de las aceras mojadas me devuelve a la cruda realidad. Sobre la calzada discurre un río, metáfora de la vida, indiferente a los anhelos y la desesperación de algunas almas en pena: y en vilo. Lo demás son cuerpos yacentes y rendidos a un sueño liberador que mitiga la angustia causada por soportar una existencia absurda y vana.
Un rayo inunda de luz la noche, como si fuera un foco de proyector iluminando un escenario vacío; un flash que retrata la expresión triste y sombría de Sofía tras sentir la vulnerabilidad que rezuma de cada uno de mis poros.
Se quita los zapatos y, sin perder la compostura, camina sobre los charcos. Dubitativo, enciendo un cigarrillo y observo cómo se aleja. Cuando está a punto de girar por una esquina, se da media vuelta.
—Puede salir bien -dice esperanzada. Está totalmente empapada y el cabello le cae, apelmazado, sobre los hombros.
Espera mi respuesta con la cabeza echada hacia atrás, pero sólo recibe como respuesta el estruendo ensordecedor de un trueno. Alzo la vista, hacia el cielo teñido de malva, en espera de alguna señal, y cuando dirijo la mirada, de nuevo, hacia Sofía, me golpea su ausencia.
Me pierdo entre sórdidas callejuelas, sintiendo un dolor punzante en el velado rincón donde se alojan las emociones.
La noche se cierne, amenazante, sobre mí.






Alba



Alba

Polvo de mar en tu mirada,
Labios en pigmento rojo,
Sombrío suspiros de estrellas.

Si sostenido al silencio inminente,
Un beso de sumo exprime
Sabor a magnolia fresca.

Tu vestir de alambre de púas;
Desgarra el himen del tiempo,
Aroma a rosas se desvanece en tus muslos.

Lo único mío santuario de cenizas,
Se mira en la noche, se resbala en el cuerpo;
Inundadas imágenes se pierden en la oscuridad.

Comisura ardiente que sacia nuestra sed,
No dejaré pendiente la luna sobre tu aureola.
El alba abre nuestra materia.
Los infiernos se disponen a dormir.



Juan M Flores

La palabra




Hay un enredo de palabras en mi boca
de esas que enmudecen cuando te nombran
de las que se ponen tristes cuando no te tocan,
y hay un silbido en la noche, una luna loca
que pregunta por ti a todas horas.

Hay un abecedario de cosas por decir...
de cosas de llorar y de reír
de cosas de mí y de cosas de ti
hay infinitos por compartir,
por destruir y volver a construir.

Y hay un silencio que se las lleva
y quién sabe hacia dónde vuelan
a veces... sólo a veces son ciegas,
y otras veces no hace falta entenderlas
son mudas, son piedras o son tiernas.

¡¡Y hay un grito de letras en mi garganta!!
y un sordo que no escucha en mis oídos
será el amor que estará escondido...
ese loco que vacía mi infinito
cada vez que te miro.

Hay una palabra rozando  tus labios
un idioma hecho con las almas de lo eterno...
es el silencio que charlamos al mirarnos
hay una palabra silbando por el viento...
... "Te quiero"



TERAPIA DE MACHOS-EPISODIO 10: "Una Rosa Es Una Rosa Es Una Rosa"

-Pero qué alegría escucharte, chaval, como siempre. Ahora escúchame,  lamentablemente tengo que colgarte, porque ya llega mi grupo…

El llamado había acontecido mientras Guillermo se encontraba acondicionando , como todos los Jueves,  el living de su apartamento para transformarlo en “consultorio” para su grupo de terapia. Guillermo se puso extático al escuchar la voz de su amigo Jordi del otro lado del auricular.
Guillermo había vivido algunos años en Barcelona cuando era joven, persiguiendo a una catalana de la que se había enamorada perdidamente. El lugar le había encantado y decidió quedarse a vivir allí por tiempo indefinido. Pero luego se aburrió y se volvió para la Argentina, a terminar sus estudios de Psicología. Sin embargo, de toda esa época-sus “años salvajes” como él le decía- le había quedado su amigo Jordi, su compi, su colega, su mejor amigo.

-Oye…¿Qué no me vas a saludar?
Guillermo dudó… ¿Qué fecha era hoy? Definitivamente no era el cumpleaños de Jordi ya que él cumplía en pleno invierno español y solían ir a festejarlo a Andorra.
-Macho…qué hoy es mi santo…Sant Jordi!
Claro. Los españoles y su manía de festejar los santos, cosa que no se estilaba en Argentina. “Somos un pueblo de herejes” solía decirle Guillermo a su amigo.
-Pero claro! ¡Qué gilipollas!-cuando hablaba con Jordi, Guillermo automáticamente cambiaba al español castizo de España-Felicitats, amic!
Si había algo que Guillermo recordaba bien –en su mente y en su cuerpo-eran las celebraciones de Sant Jordi, donde él y su grupo de amigos terminaban siempre desmadrados por algún lugar de Barcelona.
El timbre sonó.
-Oye Jordi, te tengo que dejar, me están tocando el timbre. Te quiero, macho! Adeu!

Como de costumbre, los seis pacientes fueron llegando y cumplieron con la rutina ya instalada de descalzarse y formar  un círculo alrededor del piso, sobre la alfombra con la cara de Buda.
-Hoy les voy a contar una historia-dijo Guillermo, muy entusiasmado ante la idea que su conversación telefónica con su amigo catalán le había despertado en su imaginativa y versátil mente.
Cuenta una leyenda que en la Edad Media, todo un reino estaba siendo aterrorizado por un feroz, bestial y despiadado dragón, el cual con su aliento flamígero apestaba todo, causando estragos en la cosecha y el ganado. Los habitantes del pueblo trataban de mantenerlo alejado de sus murallas dándole de comer sus animales pero cuando estos se acabaron, no tuvieron más remedio que hacer lo más temido: comenzar a sacrificar a sus propios habitantes.
Día tras día, minutos antes de ponerse el sol,  se arrojaban los nombres de los habitantes a una olla-incluyendo al Rey y su familia-y así se decidía quien moriría a la mañana siguiente. Hasta que una tarde la “elegida” fue la princesa Nuria (Guillermo se había inventado el nombre en honor a su ex amor), el tesoro más preciado del rey. Por más que su padre, desconsolado pidió que no, la hermosa joven salió de las murallas, a dirigirse estoica hacia su triste destino. Voraz y terrible, el dragón avanzaba hacia ella hambriento para devorarla, cuando de repente, de entre la bruma, surgió un apuesto caballero llamado Jordi, todo vestido de blanco sobre un caballo alado del mismo color, y  quien acto seguido arremetió contra la bestia. El animal, herido de muerte, se sometió a Jordi, quien le ató a su grueso y escamoso cogote una de las puntas del cinturón de la princesa. Nuria tomó la otra punta del cinturón y condujo al dragón como si fuera una mascota hasta la puerta de la ciudad, dejando a los habitantes atónitos de asombro.
Una vez en la puerta, y a la vista de todos, el gallardo y apuesto Jordi  levantó su espada mágica y remató a la bestia de un certero golpe. Un gran  charco de sangre se fue formando debajo del dragón-el cual, acto seguido, fue absorbido por la tierra- y en aquel mismísimo lugar al instante creció un  rosal y de sus ramas brotaron rosas rojas como la sangre. Jordi  obsequió a la princesa una de esas rosas y desde ese momento se convirtió en un mito. A partir de  ese día, en un día como hoy,  se conmemora el Día de Sant Jordi en muchos países, en donde todos deben regalar un rosa y un libro (aunque en realidad, Guillermo no recordaba a ciencia cierta él por qué del libro).
Todos lo miraron con ojos atónitos, como esperando algo más. Ya sabían que Guillermo no se caracterizaba por su ortodoxia a la hora de la terapia, así que de una manera u otra, sus pacientes imaginaban que algo se traía entre manos. Justamente era eso, lo imprevisible, lo que hacía amena la terapia. Casi todos ellos eran hombres clásicos, rutinarios, apegados a sus  costumbres pero el Licenciado Guillermo Macedo lograba sacarlos de su zona de confort.
-Pero en nuestro país no se festeja-dijo Alejandro con su voz queda-Ni sabemos quién es San Jorge. Yo solo conozco a San Expedito, al Gauchito Gil y a Santa Gilda. Y hay una señora en mi barrio que le pide siempre a San la Muerte…
Fausto y Damián cruzaron miradas cómplices e irónicas por la ingenuidad de su compañero de terapia que creía en esas cosas. Aunque Fausto, quien por supuesto nunca lo admitiría ante nadie, en su desesperación por un trabajo, llegó un día a ir a la Iglesia donde se exponía la figura de San Expedito, y hacer las largas horas de cola para pedirle al santo por su posición. Pero nada pasó y sus deudas-y descenso social-siguieron acumulándose.
-La cuestión es esta-dijo Guillermo…Quiero que cierren los ojos por unos minutos e identifiquen qué o quién es el “Dragón” en su vida, ese monstruo feroz al que tienen que vencer.
Todos cerraron los ojos, tratando de bucear en sus mentes qué o quién era ese voraz dragón al que tenían que vencer. Damián, el músico en decadencia, fue el primero en levantar la mano.
-Mi carácter infantil, caprichoso y adictivo que me lleva a una vida caótica. Pero pensándolo bien, creo que hay un monstruo más grande que eso: mi madre. Ella es mucho peor que el Dragón, seguramente de haber estado Doris ahí, se lo hubiera comido ella a él.
Guillermo sonrió. De todos sus pacientes, Damián era el de menor capacidad auto-crítica, con una tendencia a no hacerse responsable de las situaciones-“se dejaba llevar” solía decir- y sobre todo con un Edipo hacia su madre terrible sin resolver. Pero sin embargo, en el último tiempo, había mejorado bastante y esa asunción significaba una gran perla en su terapia.
-Mi Dragón sería lo que hice-dijo José Francisco, refiriéndose con “lo que hice” al triple asesinato que había cometido hacía años y por el cual había cumplido condena en prisión y había salido antes por buena conducta.
-Pero creo que ya pagué por él y tuve mi castigo-agregó.
-Y no hay nada que te de miedo y que tengas que vencer?-intervino Guillermo.
-No suelo tenerle miedo a nada, sobre todo cuando creo que tengo la razón, y por lo general la tengo.
Sus compañeros se rieron, sin darse cuenta que el bioquímico no hablaba en broma y creía fervientemente en sus palabras.
-Tu rigidez podría ser tu dragón-le dijo Fausto, quien se había convertido en excelente a la hora de marcarle cosas a sus compañeros, aunque no así tanto como para abrirse a las suyas propias.
José Francisco lo miró altivo, con una mirada pétrea digna de Medusa.
-Sin embargo-continuó José Francisco-quizás SÏ tenga un “dragón”. Me perturba la idea de ver y enfrentarme a mis hijas.
-Bueno, eso no es un tema menor-fue la devolución de Guillermo.
José Francisco no veía a sus dos hijas hacía casi veinte años. Ninguna de ellas había querido ir a verlo a la cárcel y les había perdido el rastro.”Monstruo” había sido la última palabra que había escuchado de su hija mayor.
Darío levantó la mano para hablar.
-Yo creo que mi dragón es mi exigencia a la hora de las relaciones. Esa cosa de fantasear con una relación perfecta que no existe. ¿Cómo se me pudo ocurrir que podía tener una relación con un chico de diecisiete años? Porque no era solo el sexo como todos piensan…Yo REALMENTE apostaba a una relación, simplemente no pensaba en la diferencia de edad…
El ambiente se ponía tenso cuando el futbolista mencionaba su tortuosa historia de amor con “Yonatan con Y”. Pero Guillermo, a quien casi nada lo espantaba, siempre encontraba la palabra justa. Además, el trabajo terapéutico con Darío era el opuesto al de Damián: Darío solía ser muy auto-critico y exigente consigo mismo, llegando al auto-flagelamiento moral. Pese a su temperamento apasionado, al futbolista le costaba mucho conectarse con el deseo y el placer. Por eso, las pocas veces que lo hacía…se producía una hecatombe.
-Bueno, Darío, pero acordate que estás por llegar a la edad en que la mayoría de los hombres quiere dejar a sus mujeres por una chica apenas mayor que sus hijos…
-Hey, yo no-gritó Fausto-Yo amo a Debbie y no la dejaría por nada del mundo. Es la madre de mis hijos, mi compañera, sobre todo ahora que las cosas no están tan bien.
-¿Y vos, Fausto? ¿Cuál es tu dragón?-aprovechó Guillermo, dejando al ex Directivo de Marketing sin palabras.
-Creo que está más que claro, no?
-Aclará, que acá no importa que oscurezca.
-Bueno, ya saben, por eso estoy acá. Porque lo perdí todo.
-¿Todo?
-Bueno, todo no, podría ser peor. Pero ese es mi dragón, el haber perdido mi trabajo, mi profesión, mi status y sobre todo la seguridad. Para mí desde chico la seguridad siempre fue algo importante, no sólo  la económica, sino también la seguridad de saber que yo “podía”, que era un hombre capaz, con recursos para abastecerme y abastecer a los míos. Me acuerdo que de niño, solía juntar monedas en un tarro para mi futuro, mientras mis amigos se lo gastaban en figuritas. La inseguridad, la incertidumbre, el desazón, son todos sentimientos nuevos para mí…
Guillermo notó como los ojos de Fausto se llenaban de lágrimas, aunque se notaba la fuerza que hacía para reprimirlas. Alejandro, sentado al lado de él, le alcanzó unos pañuelos de papel tissue.
-Bien. ¿Y el resto? ¿Robertino, Ale?
-No sé, calculo que mi gran dragón es el accidente-contestó Robertino, lacónico como siempre, refiriéndose al accidente automovilístico que había tenido algunos años atrás, donde había sido el único sobreviviente.
-Soy medio autista por naturaleza, pero creo que el accidente me lo agravó. Nunca tengo ganas de estar con nadie, solo quiero estar encerrado en mi dormitorio, con mis videojuegos, sin que nadie me moleste. Es como si hubiera cambiado mi vida real por una virtual.
Cuando Robertino terminó, se hizo un gran silencio y todos pusieron su vista en Alejandro, el introvertido mecánico, que como muchas veces, era el último en decir algo. Alejandro se sonrojó ante tantas miradas. Y su respuesta no hizo más que seguir confundiendo al grupo, que ya estaba desorientado por los mensajes crípticos del muchacho.
-Mi dragón es…es…bueno, es la sociedad. A diferencia de Robertino, yo sí quiero estar en sociedad y participar y que me acepten como soy.
“Qué me acepten como soy” anotó Guillermo en su cuaderno. Era la enésima vez en meses de sesiones que Alejandro decía esa frase. Pero aún no había explicado lo que significaba,  “como era” y qué era lo que tanto temía que la sociedad rechazara de él.
-Bueno, a partir de ahora, nos vamos a enfocar bien en tratar de vencer a esos dragones que nos quieren aterrorizar-dijo el terapeuta retomando el mando de la sesión.
-Y además, para terminar con un broche de oro esta historia de Sant Jordi, les voy a dar “Tarea para el hogar”…
Todos rieron con cara de “qué se traerá ahora”. Los ojos de zorro de Guillermo brillaban más que nunca.
-El jueves que viene es feriado, así que no vamos a vernos hasta dentro de quince días. Por lo tanto, quiero que en ese tiempo, hagan lo siguiente: le van a regalar una rosa y un libro a alguien. Pero ese alguien tiene que estar relacionado con sus dragones. Esa rosa y ese libro los tienen que convertir a ustedes en una especie de Sant Jordi y permitirles atravesar algo, como esos nativos que caminan sobre brasas.
Atravesar algo. Caminar sobre brasas. Guillermo se sintió orgulloso de sus propias palabras sin saber que esa dinámica de las rosas y los libros, traería un desencadenamiento de eventos de los cuales no habría vuelta atrás.
CONTINUARA…


La Familia Helviana. El Avatar.

Ardulintra Elisana sentía una combinación de orgullo y realización mientras presenciaba la ceremonia con sus ojos. Ella había capturado al principal sacrificio de ese día. Pero mucho de ese orgullo se veía mitigado por la situación en la que se encontraba. A pesar de sus muchos esfuerzos, su madre no la había hallado digna de participar de la ceremonia. Por esta razón ella permanecía de pie junto a su abuela, la Matrona de la casa Elisana; al igual que sus hermanas y primas, integrantes de la familia. Ella conservaba su cabeza baja, como todo cachorro sin esperanza, esperaba a la menor de sus órdenes o caprichos para obedecerlos de inmediato.
El milagro impío, la reacción irritada y furiosa de la Reina de las Arañas, la tomó por sorpresa. A diferencia de sus parientes ella permaneció en su puesto al lado de la Matrona; mientras observaba con horror como la imagen de su diosa estallaba frente a todas las presentes. El estampido y la onda la tumbó en el sueño, una sensación ocre se acumuló en su nariz y en su boca, lo que le provocó una sensación de nauseas. Ella sabía exactamente que le sucedía porque lo había padecido una vez. Sangraba por la boca o por la nariz, no sabía porque razón, pero estaba segura de que sangraba.
La oscuridad en el salón se asentó. Era la primera vez en que ella no podía ver nada más allá de su brazo. Lamentos, quejidos y voces se sucedían a su lado. Lo primero que hizo fue revisarse. Con la mano confirmó lo que había sospechado al percatarse del aroma ocre, sangraba por la nariz. A tientas encontró el apoyo de la silla donde se encontraba sentada la Matrona, la usó como apoyo y se levantó por sus propios medios. De inmediato, un latigazo de dolor que provino de su cadera le confirmó que estaba herida.
¡Luz de día!
La oscuridad desapareció ante la poderosa muestra de poder, una luz cegadora que rebotó contra el techo e iluminó todo el interior de bóveda que constituía el altar del templo. Todas sufrieron la herida del destello en sus ojos, todas tardaron un momento en acostumbrarse. Cuando pudo ver volvió su vista hacia donde se encontraba la Matrona. La encontró en el suelo, hacía esfuerzos para levantarse. Tal como era su obligación, se aproximó a su superiora y la ayudó a incorporarse con una pregunta—: ¿Noble Madre, se encuentra usted bien?
Ambas se observaron la una frente a la otra, gestos de terror las invadieron simultáneamente. Ella podía observar en la frente de su abuela la marca indeleble de la Reina de las Arañas, una marca de la maldición que había caído en su contra. Por la expresión que le devolvía, ella también poseía la misma marca, a la altura de la cadera.

Un latigazo de dolor las afectó a ambas. Ambas gritaron, gimieron y temblaron. En los palcos, en los asientos del templo y en toda la estructura, los gritos de lamento de todas las presentes dejaron claro a Ardulintra lo que contempló al ver a su abuela y a sí misma. La Reina de las Arañas había maldecido a todas las presentes.
La marca dejó sentir sus efectos sobre Ardulintra. Ella se retorció del dolor, tosió sangre y encontró que no podía usar sus hechizos para mitigar sus efectos. Pero su juventud le permitió sobrellevarlo. Había recibido el ataque de un monstruo descuartizador en su cuerpo, que continuaba atado en la piedra de sacrificio. Casualmente su dolor en el callejón era el mismo dolor que sentía ahora. Si había superado eso, si había capturado a una de las criaturas más poderosas que había conocido hasta ese día, sentía que podía enfrentarse a cualquier cosa. Por esta razón se subió al borde del palco, evaluó la altura para contemplar la posibilidad de lanzarse al vacío y alcanzar el altar.
—¿Qué haces, Ardulintra?
—Ella sabe que fue lo que pasó, su excelencia. Voy a hacer que hable, que nos explique qué sucedió.
¡No! Ardulintra...
No era el momento de explicarle o hacerle caso a la dueña de su casa. Después de todo, si lo que había escuchado de su madre en las mazmorras era cierto, si el chisme que le había comentado Zylvrine era cierto, debía existir una rivalidad entre su abuela y su tía abuela que no conocía ni deseaba preguntar. En esa mujer, en ese sacrificio todavía atado a la piedra, estaba la respuesta de lo que había sucedido durante la ceremonia. Ella era la llave que develaría el motivo de la maldición de la Reina de las Arañas. Por esto ella se lanzó al vacío en dirección al altar.
La verdad es que no tenía deseos de morir ese día. Hace tiempo había descubierto el secreto de su herencia racial. Lo había hecho en secreto, a escondidas de su madre y de todas sus hermanas. Por esto, cuando el suelo se aproximaba ella sonrió y extendió su brazo.
¡Levita!
Su cuerpo se detuvo a una palma del piso del altar. La escena que encontró a su alrededor la mortificó. Ella comenzó a caminar en el área de sacrificios, pero su mirada estaba fija en la del engendro, la causa de la muerte de las sacerdotisas que oficiaban la ceremonia y de la maldición de quienes la presenciaban. La criatura estaba cubierta en fuego azul y sus ojos estaban posados en ella, atentamente. Frente a las cenizas de las maestras de ceremonias encontró la daga que Zylvrine había usado para herir a dos de los sacrificios, lo único intacto. La recogió, avanzó hasta Yasfryn, que continuaba atada a la pierda, colocó su mano izquierda sobre su brazo, la amenazó con el cuchillo.
—Sacrificio… ¡Exijo que me explique qué fue lo que sucedió!
Yasfryn levantó la cabeza. Su cabello desordenado se hizo de lado y mostró un gesto de locura. La mujer que probablemente fuera su tía abuela tenía impresa la marca de la Reina de las Arañas en su frente. Como sentía pegajosa su mano la soltó, estaba cubierta de sangre. La veterana religiosa la encaró y respondió con orgullo —En primer lugar, llámame por mi nombre cachorra. Soy la señora Yasfryn Helviana para ti. En segundo lugar; libérame y te explicaré que fue lo que sucedió.
El tono altanero del sacrificio hizo que la muchacha se revolviera en odio e ira. Sin embargo, era la única en la habitación que había reclamado de todos los presentes, era la única además que sabía que no se debía sacrificar a la niña y al igual que todas las religiosas presentes poseía la grotesca marca de maldición. No tenía opciones, se tragó lo que sentía, apartó su cuchillo, cortó sus ataduras y le devolvió la libertad.
Yasfryn ignoró a la muchacha y caminó en forma tambaleante, producto del largo rato en que permaneció atada y colgando. Ignoró los comentarios del aquelarre. Nada de eso le importaba. Su vista, su impulso, su momento, su todo estaba enfocados sobre su hija, que yacía en la piedra de sacrificio. Con dos movimientos de sus manos, la madre se rodeó de un aura plateada y colocó sus manos en la frente de su hija.
—¿Estás viva? ¿Cómo puedes estar…? No importa mi amor, ¡resiste! Te curaré en un instante— exclamó entre lágrimas.
Ardulintra se acercó, pero tuvo que voltear la cabeza por el estado del cuerpo de la bailarina. Lo que más la afectó era que todavía respiraba. Su madre acomodó los restos de su hija esparcidos sobre la mesa. Cuando los pudo reunir en su vientre, exclamó con voz firme y determinada
—Doncella Oscura, Eterna Bailarina. Brinda a esta, tu humilde seguidora, la capacidad de curar las heridas de mi hija.
Un flujo de energía positiva embargó a la religiosa, se transfirió al cuerpo destrozado y la cubrió como una mortaja. Las heridas se cerraron como si nada le hubiese pasado. Sólo quedó la herida fresca en su vientre, así como el mismo sello de maldición que había visto en su abuela, en el sacrificio y en ella misma.
Ardulintra no exclamó palabra. Sólo podía observar con temor, se extrañó del efecto restaurador que habían tenido los poderes de la veterana religiosa, que la ignoró para dirigirse al elfo claro. Se encontraban en un sitio de consagrado para sacrificios, en medio de la presencia del altar principal del templo más importante de la ciudad. No se suponía que ella pudiera usar o transmitir el poder de otra diosa aparte de la Reina de las Arañas dentro del área del templo. De pronto, se percató al igual que todas en la enorme habitación de lo que había sucedido. El acto de sacrilegio había sido de tal magnitud que el aura sagrada del templo había desaparecido. La figura sagrada de la Reina de las Arañas, el orgulloso símbolo del poder de las religiosas en la ciudad ya no se encontraba. Ella, al igual que todas las religiosas reunidas en la habitación se encontraba indefensa, a merced de una peligrosa sacerdotisa de un culto rival.
Yasfryn volvió con su hija y suspiro cuando no recuperó el conocimiento después la curación. Luego se aproximó al fuego sagrado y extrajo con cuidado a la niña. Esta se encontraba ilesa después de la manifestación, pero tenía cerrados los ojos, agotada por el esfuerzo del milagro. Ella comenzó a arrullarla, mientras el aquelarre exclamaba confundido con gritos y lamentos su situación.
—¡Silencio!
La voz de Yasfryn fue profunda, se impuso en la sala con la propiedad que le daba su antiguo cargo. Todas las presentes le pusieron atención mientras exclamaba
—Estúpidas, arrogantes, torpes mujeres. Es con mucha razón que esta ciudad ha decaído a los niveles que lo ha hecho. En los tiempos en que era la maestra de este templo, nunca hubiera dejado que esto pasara. Porque solo en la mente estrecha de una sacerdotisa inexperta se hubiera podido confundir una Marca de Justicia con un Beso de la Reina.
—Entonces… ella es… esa niña es…
—Así es, pequeña cachorra. Tu madre no lo vio, porque sólo se regodeaba en su vanidad y su autocomplacencia. Ninguna de ustedes pudo verlo, porque sólo veían a una víctima más dispuesta para complacer a la Reina de las Arañas. Pero nunca, bajo ninguna circunstancia, una diosa permitiría que se sacrificase a uno de sus elegidos. Esta niña es un avatar, una elegida por la poderosa Tejedora de Tramas, la gran Reina de las Arañas, para servir como su enlace con nuestro mundo.
Yasfryn levantó a la niña en los aires. Ardulintra de inmediato se puso de rodillas, como signo de humildad y de sometimiento ante los designios de la Reina de las Arañas. Lo mismo hizo el aquelarre justo donde se encontraban. Porque en ese momento la pregunta obvia fue contestada. Ahora, la siguiente pregunta que ocupaba la cabeza de todas era ¿cómo recuperar el cariño y el perdón de la Reina de las Arañas?
Carlos "Somet" Molina

El Avatar. Arte: Alx Palacios. Color: Bimago

Mi lista de blogs