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jueves, 13 de febrero de 2014

El secreto del Jardín.



Me llamo Lourdes. He vivido en París los últimos 25 años de mi vida; allí me casé y tuve 2 hijos. Aprovechando un fin de semana, he vuelto al pueblo que me vio nacer y donde conocí al hombre, entonces niño, del que me enamoré locamente: Cristian.


Cuando cumplimos los 20 años, nos fuimos a vivir juntos. Encontramos trabajo en una brigada forestal que ejercía su labor en los hermosos Jardines Secretos. Éstos habían acogido, cuando éramos niños, nuestros primeros escarceos amorosos.

Cristian sufría depresiones agravadas por el consumo de drogas. El amor incondicional que le profesé no fue suficiente para evitar la dinámica autodestructiva en la que entró. El día que me propinó una bofetada, al cabo de una convulsa convivencia de 5 años, hice las maletas y me marché: hasta hoy.

El reencuentro con mis padres ha sido muy emotivo. Después, para aliviar la tensión, hemos salido a pasear por el pueblo y conversar con algunos amigos y conocidos.

Por la tarde me dirijo a los Jardines Secretos. El aroma melancólico de la tierra mojada me trae al recuerdo mi infancia. Aflora en mi pensamiento aquella sombra titilante proyectada por el árbol umbrío —refugio y hogar de nuestros juegos clandestinos—.

Busco la sombra pero no la encuentro. Era un lugar apartado —bucólico — donde los sueños dormían. Allí, el tiempo languidecía en el ocaso (quietud voluptuosa subyugando las almas cándidas, los corazones rotos…); y una mirada anhelante perseguía la luz ambarina que impregnaba los árboles, las plantas y el semblante risueño de Cristian.

He oído rumores; dicen que en la puesta de sol que precede a cada luna llena, Cristian busca —también— la sombra titilante en los Jardines Secretos.

El domingo por la mañana acompaño a mis padres a misa. Cuando salimos de la iglesia, me encuentro con el padre de Cristian. Me pregunta por mi exilio voluntario y le relato brevemente los hechos más trascendentales. Pero me muero de impaciencia por saber algo de él.

—¿Cómo está Cristian?—le pregunto.
—Está en el Sanatorio—le cuesta expresarse y agacha la cabeza—. No… no está bien.

Le cojo de la mano y aprieto los dientes con todas mis fuerzas para no llorar.

Al atardecer me encamino hacia el Sanatorio. Cuando entro en el recinto, paseo por un sendero de grava que bordea la residencia. Observo a un hombre sentado en un banco de piedra. Lleva puesto un pijama azul. Tiene el cabello greñudo y blanco; el sur de su cara lo cubre una poblada barba canosa con manchas de color sepia en la perilla y en la punta de los pelos del bigote. Está fumando y encara la vista hacia las montañas de la Sierra. De repente, parece percibir mi presencia y se gira: es él.

El corazón me palpita con fuerza. Nerviosa, se me cae el bolso al suelo, volcándose su interior. Cristian se levanta, se acerca y me ayuda a recoger los objetos caídos. Cuando nos levantamos, me acaricia una mejilla y me besa en la frente; veo en sus ojos mil tormentos inconfesables. Entonces se aleja. Le sigo con la vista hasta que lo pierdo cuando gira por un vértice del vetusto edificio. El crepúsculo de fuego confiere una atmósfera irreal al entorno. Cubro mi rostro con las manos y me echo a llorar desconsoladamente. Soy consciente de la futilidad de la vida, pero, también, de la realidad opresora e inapelable del dolor.

Cuando despega el avión que me lleva de vuelta a París, abro el bolso para coger un libro y encuentro un sobre oculto entre sus hojas. En el anverso —del sobre— está escrito “El secreto del jardín”. Lo abro, con las manos temblorosas, y empiezo a leer:

—¿Te acuerdas de nuestro escondite, Lourdes?—.
—El misterio de su alma es la eterna alquimia del poeta de la Naturaleza; un día creí descubrirlo —el misterio—­ pero tropecé con el palíndromo ininteligible de sus sombras y volví a la más sabia de las decisiones: libar con su belleza.
—Los Jardines Secretos me tienen preso en el centro del enigma. ¿Me rescatas?—.
—No puedo, Cristian—digo en alto, inconscientemente, mientras las lágrimas me caen en cascada.

FIN


13 comentarios:

  1. Una nota trágica en un día del amor, muestra de que el sentimiento no todo lo puede ante la locura de la adicción. Gracias Cristian por tus palabras.

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  2. Sencillo, bonito ,claro pero profundo. Me gusta desde mi ignorancia.
    K8.

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    1. Gracias K8. Yo tambien parto desde mi ignorancia.

      Cristian

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  3. El drama y la vida siempre de la mano. Un saludo

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    1. Gracias Faustino. Es cierto, drama y vida...simbiosis inexorable.

      Cristian

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  4. Un relato profundo y muy emotivo donde la droga trajo un camino dificil a la paraje llevandolos un desenlace trite.

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  5. TRISTE, CONMOVEDOR RELATO, atrae desde el principio al fin y es una viva demostraciòn de la veracidad del adagio que reza: a veces, puede mas el vicio que el juicio y por èl, se pierden tantas cosas y se hace sufrir a los demàs. Felicitaciones por la excelente redacciòn, la secuencia de ideas, la temàtica abarcada que pareciera una historia real, se podrìa deducir que es el producto de la propia experiencia y vivencias.

    TRINA

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  6. Nada se escapa del recuerdo, interesante relato, aunque a mi parecer abría que afinar algunos de talles, Saludos!

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  7. Wow, qué fuerte! Me ha encantado el relato, pero sobre todo la sanidad de Lourdes para no sucumbir ante ese amor enfermo. Bien por ella, porque no todos tienen esa valentía oara decir "Basta, elijo quererme aunque esté sola". Lo que se dice: una mujer con ovarios. Felicitaciones, Cristian.

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  8. me ha gustado mucho, muy conmovedor además de triste pero genialmente relatado. Un abrazo

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  9. Qué historia tan triste y cómo refleja la realidad del consumo desmedido de drogas... Una historia para reflexionar, me ha gustado,

    María José Cabuchola Macario

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