Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

lunes, 23 de diciembre de 2013

3ª Reseña de mi novela. Escorts, una semana en París; por Jesús San Gil.


 
        Decía Miguel Delibes en una entrevista que leí hace años, que si alguien quería conocerle tendría que leer su obra. Los que de una u otra forma tenemos algún vínculo con la escritura sabemos que eso es verdad. Sabemos que la capacidad de expresión de la palabra escrita supera cualquier otra forma de comunicación. Cabe incluso la posibilidad de que el autor utilice la escritura para hacernos ver una parte de sí que no puede mostrar de otra manera. Escorts, una semana en París, es por encima de todo una novela emocional en la que la autora desnuda su alma para poner frente a nuestros ojos el drama de las urgencias humanas, de las necesidades que conducen nuestros actos y del derrumbe de las barreras tras las cuales ocultamos nuestra verdadera personalidad. Giselle es una mujer sensible, igual que el inalcanzable Musa o Eva, la autora de este libro. Veo a la protagonista de la novela y me parece ver a su creadora viviendo las mismas experiencias y actuando de la misma forma.      
 
          Los personajes, por mucho que se esfuerce el autor de un libro en hacer lo contrario, son herederos directos de la personalidad de quien los perfila y los pone a jugar en el imaginario tablero del papel impreso. Si además, al cóctel emocional y melodramático se le añaden unas gotas de erotismo, la cosa funciona aún mejor. Definitivamente, quien quiera conocer a Eva Mª Maisanava Trobo, que lea Escorts, una semana en París.
 
Jesús San Gil

domingo, 22 de diciembre de 2013

2ª Reseña de mi novela. Escorts, una semana en París; por Mª del Carmen García Sales.

 
 
Me hace feliz recibirlas, es la recompensa a un año de trabajo. ¡Gracias!

Trato de describir en pocas palabras lo que ha significado Giselle para mí, pero hacer un resumen de toda una vida; plasmar los sentimientos y todo lo que acontece me resulta complicado, pues significa mucho para mí. Podría hacer mención...desde el pensamiento y resaltar cuatro palabras inconexas como reseña personal,... pero explicar lo que sentí desde el corazón al leer esta preciosa novela es más complicado, pues: ¿Cómo se puede explicar lo que significa el amor incondicional?, ¿qué puedo decir ante el hecho de buscar nuestra propia identidad y lograr ser una misma?, ¿cómo explico lo que se siente cuando las pasiones y el erotismo nos hacen vibrar? Escorts, una semana en París: es una preciosa historia tan real como la vida misma, es la historia de tantas mujeres que sienten, sufren, Giselle puedes ser tú o yo misma


 María del Carmen García Sales.

sábado, 21 de diciembre de 2013

1ª Reseña de mi novela Escorts. Una semana en París; por Luis Anguita Juega

La primera reseña que recibo de mi novela, de la mano del escritor Luis Anguita Juega. Todo un honor para mí...
 
Cuando el amor, la bondad humana, el actuar con dignidad, están en un libro, ya te empieza a atrapar, pero si encima tenemos una gota intensa y muy bien contada de erotismo, de crítica a la falsa moralidad, y dejamos que la protagonista nos enternezca con su historia, se convierte en un libro para disfrutar, emocionarse y sentir un soplo nuevo en la literatura. Gracias Eva María Maisanava por deleitarnos con “Escorts. Una semana en París”.
 
Luis Anguita Juega



 
 

¿Para qué pensar? ¡Feliz Navidad!



          Aquella Navidad iba a ser la menos convencional que viviría, lejos de mi familia, de los amigos y del calor de un hogar. Esa noche me tocaba trabajar, estaba de guardia y tenía que asimilar que iba a estar más de 5 horas con los cascos puestos atendiendo llamadas en la línea erótica para la que trabajaba.


          ¡Dios!, estaba deseando dejar ese trabajo. Estaba cansada de argumentos mal redactados que tenía que leer sin ganas, como quien lee el horóscopo para pasar el rato. Me resultaba monótono tener que oír como se masturbaban al otro lado del teléfono mientras que leía unas cuantas frases —¡eso sí dándoles buena entonación!—, pero sin sentir absolutamente nada.

          Era triste tener que retener al teléfono a tantos hombres solitarios en busca de compañía, más que de un momento efímero de placer.

          Pero a fin de cuentas, me gustase o no, lo que pagaba las facturas de mi casa y me daba de comer, eran las llamadas de todos y cada uno de esos desesperados.

          La verdad es que con tantas historias que había escuchado, tenía material suficiente como para escribir un libro de relatos eróticos. ¡Tal vez algún día! Nunca se sabe las vueltas que da la vida y qué te deparará el destino con los años.

          Todas las noches a la misma hora, ni un minuto arriba ni abajo, recibía la llamada de Michael al que le gustaba que le llamase Chery. Nunca entendí el porqué, pero... ¡Quién paga exige!
 
          Tenía una voz varonil, sin ser muy grave, pero penetrante; tan aterciopelada que en ocasiones, después de hablar con él, era yo la que tenía que ir al baño para desfogarme.

          Chery, era un psicólogo cansado de la vida que llevaba. Supongo que de tanto tener que escuchar a sus pacientes, también él necesitaba ser escuchado.

          El caso es que cada vez me gustaba más atender sus llamadas, porque distaban mucho de las otras. Él se negaba a que yo siguiera un estúpido argumentario; quería que le hablase como si fuera su amiga. Pero me costaba y mucho. Tantos años de profesionalidad en tu haber hacen que todo lo que esté fuera de lo normal, te parezca anormal.

          Teníamos estrictamente prohibido quedar con ninguno de los clientes y sin embargo, cuantas más llamadas recibía de él, más imperiosa era la necesidad de verle, de sentir su respiración cerca de mí. Aunque tal vez su voz hacía que dibujase en mi mente, una imagen distorsionada de como realmente podría ser él en la realidad.

          Era imposible no arriesgarse a no acudir a la aquella cita que me proponía Chery. Pese al riesgo que suponía; ya no solo por el hecho de poderme quedar sin trabajo, sino porque detrás de esa voz tan elocuente y embaucadora, hubiese un hombre desalmado; cuyas intenciones distasen mucho de lo que yo me había imaginado.

          Es absurdo entrar en detalles de cómo realmente fue la conversación, lo más importante es lo entre esas cuatro paredes del hotel Zarzuela Park, sentí.

          Eran las diez de la noche cuando entraba por la recepción del hotel; me sentía completamente temerosa a la par que excitada. Me había citado con un desconocido, no sabía nada de él, salvo lo que me había dicho y sin embargo nada deseaba más que tenerle delante de mí, para saber si la imagen que en mi mente había dibujado era un espejismo o la fiel realidad.

          Anduve por el pasillo hasta llegar a la habitación 76 con paso firme, sobre mis zapatos de tacón, pero con miedo, miedo a lo desconocido; era ese miedo lo que hacia que me sintiera especial y diferente. Ésa era la sensación que ansiaba tener y que me empujaba a vivir lo que a muchos les parecería una locura.

          Cuando abrí la puerta, la habitación estaba en penumbra, apenas podía apreciar una silueta. En ese instante se giró, con paso firme hasta situarse frente a mí.

          Chery, no tendría más de cincuenta años. Sus ojos eran verdosos, de tez oscura y de labios carnosos. Vestía un traje gris marengo de raya diplomática, camisa blanca y el color de la corbata realzaba todavía más el atractivo de su mirada.

          Me quedé ensimismada, su imagen era muy distinta a la que me había hecho de él. Y afortunadamente la realidad superaba por una vez a la imaginación.

          No pronunció ni una sola palabra, tan solo me hablaba en silencio con esa mirada que tanto me inquietaba. Y yo, soñaba con vivir esa historia jamás experimentada.

          Todo era perfecto, su presencia, la decoración del hotel; todo a excepción de que como siempre y una vez más, solo era un sueño, una estúpida ensoñación más fruto de estar esperando a que el teléfono sonase en una noche de Navidad, donde todo puede ser mentira y todo verdad. Una noche en la que me sentía sola, alejada de mi familia, esperando a que pasase mi jornada laboral, para estar arropada por los míos.

          No intentes comprender lo que aquella noche sentí, ni que me empujó a escribir estas palabras; tal vez si tú hubieras estado en mi lugar esperando ésa llamada que nunca se dio... hubieras pasado el rato, como he hecho yo, escribiendo este relato.

          Tal vez en la próxima publicación, te pueda contar, lo que ahora al recordar, sin saber el por qué me hace sonrojar... Pero no le des más vueltas, ¿para qué pensar? ¡Feliz Navidad!
 
 
Eva Mª Maisanava Trobo 
 
 
 

¡Soy la amante de la nieve!


 
No soy la amante del sol, ni de su energía,

ni de sus playas calientes, ni de su arena que arrasa,

ni de las olas en calma,

ni de su marejadilla.

No le rindo a ese astro pleitesía,

¡porque soy la amante de la nieve!,

de la lluvia, del frío, de la tormenta,

de la llovizna.

De un lugar donde esté instaurado el otoño,

de donde el invierno sea el patrono,

de los paisajes bucólicos, de sus páramos,

de sus acantilados,

del misterio de la niebla, del secreto de la bruma.

¡Melancólica!, me llaman,

-¡Imposible que te guste el invierno, o que te guste el otoño!

Y yo ni respondo siquiera,

¡tanta vida aguzando el oído!

¡tantos turnos explicándome!

-¡Eso es la edad, la menopausia!

Y mis adentros sonríen,

¡qué sabrán de los entresijos, ni de las apetencias de mi alma!

¡Qué sabrán de esos fríos caldeados de picón y alhucema!,

¡qué sabrán, de esos cristales mágicos,

que dividían en dos la vida!,

de un lado la lluvia, el frio,

del otro, los dedos de un infante, dibujando con sus dedos,

siluetas de fantasía

¡Y ese vaho, que se alía, apoyando a esos cristales mágicos!,

ésos que comparten dos vidas,

por un lado la lluvia, el temporal,

el gélido viento,

la tormenta, el frío,

por el otro, la estancia caldeada,

la reconfortante estancia del hogar confortable,

placentero, esperando la llegada de la Navidad gozosa.
 

¡Qué sabrán de su encubierto trasfondo, ese que nadie conoce!,

porque solo el Invierno se muestra a su fiel amante,

al que se entrega sin estipulaciones, sin condiciones,

sin cortapisas,

solo a esos que saben contemplar su belleza,

descubriendo la exquisita calidez en el interior de su envoltorio.

 
¡Porque no soy melancólica, ni de la vejez, ni de la menopausia!,

¡qué se tratan de mis adentros, los que conformaron mi alma!,

desde que me parieron,

desde que la luz me dolió en los ojos,

desde antes de ser germinada,

desde mi principio en el tiempo,

desde entonces ya amaba la nieve, el frío, la lluvia

y el invierno.

-¡Eso que estás deprimida, la edad qué no perdona!

¡No entienden!, ¡no comprenden!,

¡no me conocen siquiera!

¡Que soy feliz,

que soy dichosa!,

siendo la amante fiel,

la del gélido invierno,

¡hasta de la escarcha por congelada!
 

No entienden, que de nostalgia es lo que padezco,

porque no puedo estar cerca,

porque lejos de mi amante me hallo,

porque son otros los brazos que me atrapan,

que son los del caluroso verano.

 
Pero aún sueño, aún me ilusiona soñar

con un día no muy lejano,

ese en que me convierta en nieve,

en copo de nieve blanca,

para fundirme luego,

en la cristalina gélida agua,

esa que recorrerá los páramos, calmando su sed de lágrimas.

Para renacer en la yerba,

para penetrar hasta el fondo,

para formar parte de mí amante,

para derretirme en su esencia,

para recuperar mí sustancia,

para recuperar mi vida,

esa que me arrebataron sin yo saber que existía,

desde que me parieron,

desde que la luz me dolió en los ojos,

¡justo,

justo, desde aquel día!

  

Reservados los derechos de autor

Angustias de las Cuevas

Otra Navidad.


Victoria está encantada: llega la Navidad y su casa se llenará de gente. Faltan solo tres días para que comiencen a llegar: primero, su hija con su marido y sus tres encantadoras nietas, de siete, cinco y cuatro años, tres angelitos que dan alegría al pacífico hogar junto a sus otros cuatro nietos, hijos de su hijo, con sus carreras por el pasillo, sus juguetes colocados para que en el momento menos pensado tropiece alguno y se estampe contra cualquier esquina y con sus estrepitosos gritos. Por cierto, tiene que ir al trastero y coger los sacos de dormir para los niños, que se imaginan acampados en el salón durante la noche. Ellos, felices y sus padres también, de los que empieza a sospechar que están aquejados de una grave sordera, porque no se levantan ni de broma, al contrario que las niñas, quienes gozan de un oído muy fino y lloran como condenadas, asustadas por sus primos. Su hija duerme a pierna suelta aprovechando que su mamá, o sea, ella, está atenta a todo lo que pasa, porque su yerno, ¡pobrecito!, debe descansar sus, al menos, ocho horas, ya que sufre de los nervios y los tapones son un buen invento para no enterarse de nada.

          Victoria piensa tomárselo con calma, que para eso estuvo pagando al psicólogo un mes y no están los tiempos para tirar el dinero. No es para tanto; el trabajo es compensado por la alegría de reunirse todos a comer como animales.

          Pues sí, hoy irá tranquilamente al supermercado a comprar todo lo necesario, que no falte de nada es imprescindible para poder estar relajada; así que ya tiene una libreta de veinticinco hojas llena de anotaciones. ¿Tendrá además que sacarse el permiso de conducir para manejar los diez carritos que calcula llenar?

          Como es muy previsora, se levantó a las siete de la mañana, después de haberse acostado a las cuatro: el árbol, el belén y los adornos ya los había ido colocando poco a poco días antes, pero faltaban algunos detalles de los que no se puede prescindir en estas fechas: un Papa Noel que escala por la ventana y que la dejó sin aire de tanto soplar para inflarlo; dibujos de nieve en los cristales con la ayuda de una plantilla, que parecía tener vida propia,…

          Cada vez se siente más animada. Cuando llegue de la tienda, al cabo de unas tres horas, meterá la comida en el frigorífico, congelador, armarios, cajones y el suelo, en donde ya ha situado unas cajas de cartón en lugares estratégicos de la cocina, para poder moverse como una bailarina de ballet apoyada en la punta de los pies y así poder guisar cómodamente durante siete días y siete noches. Esto le recuerda que también debe bajar del trastero las tablas para colocar encima de las mesas y disponer, de esta forma, de una mesa grande y larga. El problema es que hace frío y, para que quepa, tendrá que abrir el balcón.     Resuelto: pondrá un calefactor debajo y los más calurosos que coman y cenen al aire libre. No sabe cómo estirar más su piso.

          También ella debe aparecer resplandeciente. Es impensable que la anfitriona presente signos de cansancio o desánimo, así que el día anterior a la llegada irá a la peluquería y después se levantará antes para maquillarse y vestirse para recibirlos.

          Hacerlo todo sola le da una sensación de independencia y valía; seguramente sus hijos quieren que aprecie por sí misma todo lo que vale, pues a ninguno se le ha ocurrido ofrecerse para echar una mano, además de que viven fuera, en otra ciudad, y, claro, invitarla a ella y a su padre a alguna de las dos casas hubiese sido una faena, por eso de que los viajes agotan. Muy considerados.

          Tal vez Humberto, su marido, sienta lo mismo al pasarse en la oficina desde la mañana hasta la noche, haciendo horas extras para sufragar todos los gastos que se les echan encima.

          Victoria mira el reloj de pulsera que tiene en su muñeca desde que se casó y se da cuenta de que ha perdido mucho tiempo pensando: ahora tiene que ir a las carreras para que le dé tiempo a todo; pero… una luz, la luz de la Navidad, se cuela en su cerebro. Esboza una sonrisa, se pone la gabardina y unas botas y en diez minutos está delante del despacho de su marido, que la mira asombrado con sus ojos cansados.

          —¿Ha pasado algo?—le pregunta asustado.

          —Tranquilízate—le contesta con dulzura—. Todo va a ir muy bien.

          —Tienes mala cara— Observa él.

          —Y tú—apostilla ella.

          Los dos se miran en silencio durante unos minutos, hasta que Humberto reacciona:

          —¿Qué estamos haciendo, Victoria?

          —Dejarnos la piel por una reunión sin más significado que comer y regalar.

          Él asiente con un aire de tristeza. Ella lo abraza y le dice con decisión:

          —Vámonos, cariño. Celebraremos estas fiestas los dos solos.

          —Pero, ¿qué pasará cuando lleguen y no nos encuentren?

          —Les he dejado una nota.

          “Os dejamos la casa para vosotros; solo tenéis que comprar lo que os apetezca, pero con vuestro dinero, porque papá y yo nos vamos a un hotel a descansar y a celebrar la Navidad cómo nos gusta. Felices fiestas y próspero año nuevo”.

 

Carmen Novo Colldefors
 

La nevada.

 



Amaneció el jardín

tan cubierto de nieve

que, al abrir la ventana,

me hizo cerrar los ojos

la cegadora luz que reflejaba.
 

Corrí a la puerta, como cuando niña,

a pisar la nevada,

pero algo me detuvo

y fue, probablemente, la conciencia

de hollar de la blanca mañana la inocencia.
 

Me acomodé en el porche,

me arrebujé en mi manta

y me puse a esperar

que fuera el propio sol quien le quitara

el velo virginal de desposada.
 

Al fuego del amante,

lloraron las encinas

gotas de calentura,

y desnudó su capa, pluma a pluma,

el cisne de escayola del estanque.
 

La rabilarga pajarita de nieve

barrió la puerta a la casa-guarida

del lironcillo, ladronzuelo de migas

del pan duro, atrasado,

que esparzo a los gorriones por el prado.
 

Mecidas al compás de la batuta

del viento, a tiempo lento,

las palomas orfeo,

calentaban el cuerpo en lo más alto

de las copas de los álamos blancos.
 

Y viendo a la mañana

sacudirse la escarcha

de cristales de hielo,

como el manto de un hada,

agradecí a la vida

que levante el telón cada jornada,

que sigan los artistas actuando:

La paloma, el lirón, la rabilarga; 

yo, por mi parte, no me pierdo función,

tengo abono de palco

y no hay que pagar nada.
 
  

Luz Macías

Navidad

 
Cae la nieve
sobre la ciudad,
las luces se encienden…
Es Navidad.
La gente va de prisa
de aquí para allá,
cantando y bailando,
porque es Navidad.
Los chiquillos piden
el aguinaldo,
y, algún que otro avaro,
no se lo da,
no importa nada,
Es Navidad…..!
Los árboles lucen
con todo su esplendor,
las bolas, las estrellas
y el Belén.
Todo suena a
Navidad…
El día que nos sentamos
juntos  a la mesa,
todos,
todos menos los ya no están.
Alguna lagrimilla,
que termina en sonrisa,
porque los que estamos,
les recordamos
con cariño e ilusión.
Brindamos porque
sigamos juntos.
Que los tienen
que irse,
vuelvan pronto,
y los que se quedan,
El año que viene
estén,
para celebrar,
otra dichosa,
otra,
Feliz Navidad.


 

Luz Begoña. 2012

Sorguineak.

Navidades rotas.

-La navidad es blanca –masculló entre dientes, Raúl, mientras palpaba con una mano la papelina que yacía dentro de uno de los bolsillos traseros de sus gastados tejanos.
Sonrío con ironía. Las chiribitas de navidad, lilas, rojas y amarillas, abovedaban la calle, velando las primeras luces de la noche.
Raúl entró en el bar Quitapenas, se desprendió de su gabardina negra, lanzándola despreocupadamente sobre un taburete, y se acodó en la barra.
-¿Un rioja, gran reserva? –le preguntó el camarero con sorna.
-Déjate de historias, y ponme un vaso de ese “matarratas” que tú llamas vino.
Cuando se iba al lavabo, escuchó un villancico que unos tertulianos, azules de dicha, farfullaban en uno de esos programas de la tele que deprimen y ofenden a la inteligencia.
Al salir del servicio, le delataban las pupilas dilatadas y una compostura corporal más firme y desenvuelta. Pero sólo recibió la complicidad del camarero a través de un guiño. Los demás clientes, carne de cañón solitaria, bastante tenían con intentar resolver, a través de nebulosos pensamientos, sus atribuladas vidas.
Raúl apuró su copa de un solo trago y conminó al camarero, señalando con el dedo índice el interior del vaso, a llenarlo de nuevo con el cascado néctar.
Un viejo que ocupaba un extremo de la barra, pareció despertar de su letargo, y apostilló con voz rajada:
-Nada, nada…. Igual me dejo pasar más tarde por ahí.
Desde luego, nada parecía indicar que la información fuese dirigida hacia alguien en particular, a tenor de su mirada perdida.
-¿Me dejas fumar aquí? –le provocó, Raúl, al camarero mientras sacaba un pitillo y un mechero de uno de los bolsillos de su gabardina.
El camarero, amodorrado, negó lentamente con la cabeza mientras fruncía sus labios con autoridad.
-Pues, entonces, me “piro” –apostilló, Raúl.
Se tragó el vino y se fue mientras el camarero le despedía a la manera militar.
Visitó bar tras bar hasta que le agotó tanta noche buena entre seres que vivían ese momento como una excusa para dar rienda suelta a su embriaguez.
Se compró una botella de Jack Daniel’s en la licorería del pakistaní de mirada dulce las 24 horas del día.
-¿Cuándo debe de dormir este tipo? –pensó, Raúl.
Se perdió por los solitarios jardines del Parque del Mar hasta que encontró un recóndito banco de piedra amparado por la muralla milenaria; se dejó caer en él con laxitud. Se llevó el dedo meñique a la boca y lo ensalivó; después lo frotó sobre los últimos restos de polvo blanco que quedaba en la papelina, y se lo restregó sobre las encías. En seguida, sorbió el whisky con ansia y hundió la cabeza en su pecho.
Empezaron a caer unos copos de nieve que acentuaron el silencio del lugar, dándole una apariencia irreal, mágica. Raúl pensó, desesperado, en la divina comedia… Cuando pensaba en la manera de traspasar la última frontera, levantó la cabeza y enjuagó sus apagados ojos con un postrero rastro de humanidad.
Entonces… la vio. No estaba soñando, era ella. Estaba plantada frente a él con un brillo de inocencia y cariño apresado en sus retinas. Guarecida con un abrigo y un gorro de lana blanca, le pareció un ángel redentor.
-La navidad es blanca –musitó, Raúl, con una pizca de esperanza, reencontrando el amor al amor.
 

El regalo navideño: La poesía

Un papá Noel antes de navidades
Cargando regalos de sonrisas esbozables.
Una belleza es, o un eterno viaje
En viejo compartimiento de niño equipaje.

Un obsequio de poesía deme, Señor,
Cantada en palabra, por medio de recitales.
Ríndame pleitesía y repártala por los hogares;
Ciudad más hermosa no hay que la poesía.

Una bella compañía en tranvías o lugares,
Deidad pomposa de inmaduros escolares.
Todo lo tiene ella, todo en ella es admirable.

Un valle de alegrías, un desmesurado paisaje.
Un billete de ida...
Una travesía de la vida interminable.


María José Cabuchola Macario

Una pequeña trampa.


UNA PEQUEÑA TRAMPA

                                                                                                           

          La estridencia del timbre la hizo saltar sobresaltada de la cama.

          Miró el reloj. Eran poco más de las diez de la mañana. Su hijo estaba ya en el colegio. Y su marido había salido hacía ya dos horas rumbo al trabajo.


          Ella se había levantado temprano, había puesto la calefacción, había dado el desayuno a Pablito, lo había llevado al cole bien abrigadito y había vuelto a acostarse al volver a casa. Se sentía perezosa esa mañana, algo que se permitía desde que se había quedado en el paro. La parte buena del desempleo era que tenía ahora más tiempo libre para dedicarse a sí misma pequeños placeres cotidianos, como éste de quedarse remoloneando en la cama, arropada bajo el cálido edredón nórdico, hasta media mañana.

 

          Mientras se dirigía al telefonillo, iba abrochándose la bata y refregándose los ojos. Sería el cartero. Siempre tocaba el timbre para avisar que había dejado cartas en el buzón, cosa que fastidiaba enormemente a Marisa, sobre todo cuando la obligaba a levantarse.

          Pero no. “De la compañía telefónica”, dijo una voz de hombre. Y Marisa recordó que había pedido que vinieran a reparar el aparato. “Ah, sí, adelante” —dijo, ahogando un bostezo que se empeñaba en estallar.

          Abrió la puerta e hizo pasar al hombre. Le indicó el lugar donde se hallaba el teléfono fijo y él se dispuso a desarmarlo.

 

          Marisa lo miró un instante. Fue suficiente para sentirse atraída por él, que ni siquiera parecía haber reparado en ella. “Mejor —pensó—, debo de estar horrible en este momento.”

          Se dirigió a la cocina a preparar café.

          Siempre había oído historias de mujeres que se iban a la cama con hombres como ése y en situaciones similares, estando sus maridos en el trabajo. Es algo que sale en multitud de chistes y rumores de todo tipo. Ella jamás le había sido infiel a Mario, y la verdad es que ni siquiera se le había pasado por la cabeza la idea, y si se le había pasado, la había descartado de inmediato. Hasta este momento.

 

          Desde hacía diez años estaban casados, y eran lo que se dice un matrimonio bien avenido. Llevaban una vida tranquila, sin apremios económicos a pesar de que ahora entraba un sueldo menos. Su casa era confortable y nada enturbiaba su paz. Pasaban los fines de semana en la casa de la montaña que había heredado de su familia, donde ella y el niño mantenían un pequeño huerto que ya empezaba a dar sus frutos. Mario se ocupaba del jardín, preparaba carne asada en las brasas del hogar en invierno, y en la barbacoa del patio en verano. Y, sobre todo, allí tenían tiempo para amarse a gusto. Seguían tan enamorados como el primer día, y se creaban un divertido juego de seducción que sólo surtía efecto los fines de semana allí, si las condiciones eran ideales, si no tenían invitados...

 

          Sin embargo, Marisa comenzaba, últimamente, a reconocerse algo insatisfecha.

          Querría tener a Mario, piel con piel, durante más tiempo, en circunstancias no programadas.

          Querría que lo que ocurría en la cama con él no fuera tan previsible y repetido.

          Querría desearlo más y sentirse más deseada por él.

 

          Su cuerpo a veces se rebelaba y le pedía más, y se lo pedía a gritos que Marisa se esforzaba por disimular. No le había contado estos sentimientos a Mario, porque no le gustaba hablar con él de estas cosas; a ella le parecía que el hecho de hablar tan explícitamente de ello le quitaría espontaneidad a la relación... Hubiera querido que él lo notara e hiciera algo para sorprenderla, para renovar el deseo, que tuviera alguna iniciativa diferente en ese sentido, no ser ella quien siempre iniciaba los acercamientos íntimos...

          Siempre quedaba la posibilidad del adulterio, tener de tanto en tanto una aventura, pero cómo y con quién. Además, le asustaba la idea de hacer el amor sin amor, porque jamás lo había hecho de ese modo.

          Aunque hay que decir que también la tentaba la idea. Por eso la relegaba al terreno de la fantasía que, de todos modos, canalizaba cuando se acostaba con su esposo. Así, no se sentía culpable y de paso enriquecía la sexualidad de los dos.

          Porque, a decir verdad, Mario tenía mil caras y mil cuerpos diferentes en la rica imaginación de Marisa. Así que, sin él ni siquiera sospecharlo, le hacía el amor con la crueldad de un sádico, como un caballero romántico y apasionado, como un animal en celo, como un jovencito inexperto o como un amante furtivo.

          Era sólo una pequeña trampa.

          Marisa se preguntaba si él también tendría este tipo de fantasías, si también haría estas pequeñas trampas en el lecho conyugal, cuando la acariciaba entre sueños de una manera extraña, o la penetraba con inusual violencia, o cuando le hacía darse la vuelta para hacerlo por detrás... Esta idea de las supuestas fantasías de Mario le producía unos pequeños celos que resultaban tremendamente beneficiosos, porque en esos momentos ella no tenía que inventarse historias para erotizar su piel dormida.

 

          ¿Cómo sería hacer el amor con un hombre real al que jamás hubiera visto antes?

          Sólo se atrevió a planteárselo al encerrarse en el lavabo, mientras el operario de Movistar seguía con el teléfono, mientras ella se lavaba la cara con agua fresca y se cepillaba los dientes frente al espejo, mientras se peinaba lentamente y su mirada recuperaba poco a poco su brillo habitual.

          Se sonreía a sí misma con complicidad ante sus disparatados pensamientos.

          Pero en su interior la decisión ya estaba tomada. Se serviría una taza de café y le convidaría otra al hombre. Mientras tanto, se daría cuenta de si él comprendía su intención y, en tal caso, intentaría seducirlo.

Se sintió excitada imaginando las miradas, las inevitables frases que sería necesario pronunciar.

 

          No —pensó-, sería mejor no hablar, no pronunciar ni una sola palabra, y actuar con naturalidad después del café. Tomarlo de la mano y conducirlo en silencio a la habitación. Pero la cama estaba revuelta y la ropa desordenada, ¡la habitación estaba patas arriba! No le parecía el escenario ideal para una aventura que sería, quizá, la única de su vida. Sería mejor hacerlo en el salón, en plan salvaje, con música de jazz (ya estaba el CD puesto, sólo había que pulsar el PLAY). Con la alfombra blanca peluda y suave bajo sus cuerpos desnudos. Un poco de sol se filtraría por la cortina, sólo lo suficiente para verse. (Marisa estaba harta de hacer el amor a oscuras.) Quería verlo, registrarlo todo en su memoria, hasta los más pequeños detalles. Sería una relación apasionada y fría al mismo tiempo. Tal vez él le diría cosas, o la trataría como a una princesa... O mejor aún, la trataría como a una cualquiera y ella gemiría y gozaría sin ningún pudor, porque, total, no volvería a verlo nunca más.

 

          Antes de salir del lavabo, Marisa respiró hondo porque estaba agitada, y se humedecía ya su entrepierna sólo de imaginar lo que vendría. Sí, estaba dispuesta a gozar del sexo puro, sin pensar más que en ella misma y en su propio placer. ¡Era ahora o nunca!

 

          Ya en la cocina, sirvió un café con la mano temblorosa, y escuchó ruido de herramientas junto al teléfono. Decidida y con su mejor sonrisa, preguntó, por decir algo, cuál era la avería y si era difícil el arreglo. El hombre, gentil y respetuoso, respondió que ya había acabado, que se trataba de una tontería.

          Esto desconcertó a Marisa, que no había contado con esa posibilidad. Y, aunque hubo una pausa mientras él cerraba el maletín, no se atrevió siquiera a ofrecerle el café. Porque el hombre ya decía: “Bueno, adiós, señora, y que tenga usted una feliz Navidad”. “Adiós, gracias y felices fiestas también para ti”, se oyó decir Marisa.

          La había llamado “señora” y la había tratado de “usted”. Y ni siquiera la había mirado.

 

          Bebió el café de un trago y encendió el primer cigarrillo del día.

          Se puso en actividad de inmediato, para no pensar en lo ridícula que se sentía. La cena familiar de Nochebuena tocaba este año en su casa y ya faltaban pocos días. Ya podía ir comprando las gambas congeladas...

          Sintió mucha vergüenza mientras hacía las compras en el supermercado.

          Y también algo así como un animalito vivo en su interior que desde ahora, lo sabía, le sería muy difícil dominar. Estuvo inquieta y excitada todo el día.

          Por eso llamó a su marido a la oficina y le propuso que salieran esa noche, propuesta que él aceptó sorprendido y de buen grado. Habló enseguida con su madre para que el niño se quedara a dormir esa noche en su casa, cosa que alegró tanto a la abuela como al nieto, contento pues, al día siguiente, comenzaban ya las vacaciones de invierno.

 

          Dieron un paseo cogidos de la mano, admiraron la decoración navideña de las calles; luego fueron a cenar a un buen restaurante y bebieron un vino excelente. Marisa fascinó esa noche a Mario, porque estaba especialmente hermosa, seductora y alegre, con el vestido negro tan ceñido y escotado, y con ese brillo tan prometedor en la mirada que él conocía tan bien.

 

          Casi no durmieron esa noche, porque una y otra vez hacían el amor.

          La excitación de Marisa mantenía en vilo a Mario, que se alegraba de esta orgía inesperada con su propia mujer, un miércoles cualquiera y a las cinco de la madrugada.

          Ella se durmió agotada y satisfecha, mientras él encendía un cigarrillo, orgulloso de que su virilidad estuviera a la altura de las circunstancias.

          Esto probaba que eran infundadas sus sospechas de que Marisa se aburría con él últimamente en la cama. Hacía anillos de humo, convencido de que seguía siendo tan buen amante como el primer día.

          Marisa aún estaba loca por él. No cabía duda.
 
 
 
Yoly Hornes

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