Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

lunes, 21 de octubre de 2013

Sólo tú tienes la culpa de mi comportamiento.

          Hace mucho tiempo que no te escribía, ya ni recuerdo cuando fue la última vez. Pero ahora que sé que me estás leyendo he de confesarte que sólo tú tienes la culpa de mi comportamiento.
 
          ¡Sí, tú!, no gires la cabeza; no hagas como que estas palabras no van contigo, ni dirigidas a ti, porque sabes que por mucho que quieras dejar de leerme, no podrás.
 
          Te he querido olvidar pintando absurdos tatuajes en mi cuerpo; he intentando reír en situaciones en las que como siempre y una vez más te hacías presente en mi vida.
 
          Y ahora que estoy intentando escribir un relato, para olvidarte; me doy cuenta, que como estúpida estoy haciendo que seas el protagonista de esta historia, y yo, tan solo un personaje secundario.
 
          Dicen que escribiendo lo que sientes, es la única manera de poder pasar página, para vivir con más fuerza el presente y viendo el futuro con más optimismo. Y créeme que lo intento.
 
          Por eso tengo que escribir lo que en estos momentos cada poro de mi piel me está pidiendo que te diga y es lo siguiente, amor: te deseo.

 

          Sí, es por ti; todas estas palabras están escritas para ti, sé que no nos conocemos, pero sé que me lees cada vez que escribo. Desconozco como eres: si alto o bajo, si atractivo o feo; pero da igual, eso no importa; lo realmente importante es dar rienda suelta a la imaginación y al deseo.
 
       Y por eso no puedo evitar imaginar, cómo me siento cada vez que te acercas a mi lado, que me susurras te amo; mientras que con ternura y pasión me vas desnudando, acariciando con tu mano, mi sexo, tu tesoro más anhelado. Por más que quiera no puedo negarlo, amor, enloquezco a tu lado.

 
          Las pulsaciones se me aceleran cada vez más al tratar de imaginar cómo te sentirás ahora que te he confesado mi deseo; daría todo y más porque estas palabras, porque éste relato, no fuese lo que es: otro de mis sueños. Ya sabes que a lo único que puedo aspirar es a mirarte a los ojos y perderme en tu mirada. Pero cuánto no daría, por penetrar en tu alma y tal vez en sueños, levantarme a tu lado, relajada y sabiendo que éste relato que te dedico son algo más que palabras...
 
 
 

Terapia de machos. Episodio 6º Fausto “Pertenecer Tiene Sus Privilegios”.

 
          “Soy un sacacorchos, sirvo para destapar las botellas, sobre todo las de vino, buenos vinos, un Malbec o un Syrah. Traigo alegría a la gente porque siempre que estoy yo se reúnen amigos y pasan un buen momento. Un asado, una fiesta, un evento corporativo…
 
          Lo malo es que después que me usan me guardan en un cajón, como si no existiera. Solo se acuerdan de mí en los buenos momentos” reflexionó Fausto luego de hacer la pausa, cuando le tocó su turno de presentarse con el objeto.
 
          Fair-weathered friends. “Amigos de buen tiempo”. Fausto había escuchado esa frase por primera vez en una canción de un musical que había visto en el East Side de Londres en uno de sus viajes por trabajo, pero no tomó verdadera cuenta del significado hasta varios años después. Años después, cuando perdió su trabajo y más tarde su status de vida y sus “amigos” empezaron a desaparecer. Se acabaron los asados de los viernes en el Country, los torneos de Golf, los Concerts[i] de los nenes.
 
          Todo había empezado una mañana de Septiembre cuando Fausto había llegó a su oficina encontrándose con que la clave de ingreso a su ordenador no funcionaba. De ahí, lo llamaron de Presidencia para decirle que dadas las políticas implementadas por el Gobierno, el consumo del alimento de lujo para gatos “Cattix” que vendían había descendido abruptamente, por lo que habían decidido achicar gastos, empezando por los altos mandos y entre esos altos mandos, estaba el puesto de Fausto.
 
          Fausto Weber era un genio del Marketing. Había hecho gran parte de su carrera en una de las principales agencias de Publicidad del país, luego había pasado a la competencia, hasta que uno de los socios del Directorio de “Cattix”—una compañía de alimento “gourmet “para gatos,  y cliente de la agencia de publicidad le había ofrecido un flamante puesto como Director de Marketing de la compañía. Si bien a nivel profesional la oferta no terminaba de convencerlo —una compañía de alimento para gatos, por más “de luxe” que fuera, no sonaba muy bien en el CV—, la compensación económica era inigualable. Y a Fausto, que si bien le gustaba tener un buen curriculum, aún más le gustaba la seguridad económica—le daba una sensación de protección, paz y bienestar—aceptó sin dudar (Fausto rara vez dudaba).
 
          Fausto nunca había conocido lo que eran las privaciones. De una familia de origen Alemán, sus estrictos padres se habían esforzado por darle un buen pasar a él y a su hermana. Colegio alemán, criado en Belgrano, Rugby. Se había casado con Débora Eckmann —su novia de la secundaria a la que había reencontrado en el casamiento de una prima segunda— y habían formado la familia perfecta: tres niños, el departamento en Palermo, el auto y la frutilla del postre: la tan ansiada casa en el Barrio Privado de “Bajo Los Tilos”, a la que se habían mudado algunos años atrás. Un Paraíso que pronto se vendría abajo…junto con la pasión por la seguridad de Fausto.
 
          Fausto era bueno en todos los frentes: hijo ejemplar, estudiante brillante, adorable marido, excelente padre, entrañable amigo con el que siempre se podía contar, y sobre todo un profesional eficiente y eficaz en el trabajo. Era como si se hubiera estado entrenando toda su vida para ser un Ser Humano perfecto, inmaculado, sin fallas. Era ese tipo de personas a las que todo parecía salirles bien. Y con ese perfil, como era de esperar, siempre había soñado con tener una familia perfecta, una vida perfecta, una vida para la revista “Caras”. U “Hola”. O “Homes & Gardens”. Y si había algo de vanidad en él, Fausto se esforzaba porque no se notara.
 
          Todavía recordaba aquel último asado de viernes a la noche en su casa, con el sabor de un buen Malbec mendocino[ii] que su amigo y vecino Lucho Gamboa había traído de las tierras de las vides y los olivos. Las luces de los reflectores se reflejaban en la piscina del parque como enormes luciérnagas. El delicioso olor del asado seducía las fosas nasales, despertando las sensaciones más placenteras. El Bossa-Lounge que sonaba desde la notebook, colocada estratégicamente en una mesita rodante en el deck de la piscina, terminaba por completar el clima de “noche de Viernes”.
 
          Desde adentro se escuchaban las risas de las mujeres, que estaban preparando las ensaladas mientras se tomaban unos Martinis, preparados por “La China” Gamboa, la mujer de Lucho. Los Gamboa y los Weber eran amigos desde hacía años y prácticamente hacían todo juntos (menos el sexo, aunque no obstante las malas lenguas decían que La China Gamboa se le había insinuado varias veces a Fausto, envalentonada por unos cuantos Martinis, aunque los que conocían bien a La China Gamboa sabían que no necesitaba ningún trago para envalentonarse) .Lucho y La China habían llegado unos años antes al Country, así que ya tenían experiencia en ser “los nuevos”, lo cual había servido para allanar el camino de Fausto y Débora en las intricadas relaciones sociales que se daban en la colmena de lujo que era Bajo Los Tilos.
 
          Los cuatro matrimonios siempre se juntaban todos los viernes por la noche para comer asado, beber unos tragos, conversar y escuchar música. Para estar solos sin ser molestados por sus respectivos críos, juntaban a todos los niños (menos los Vilela que no podían tener hijos y eran asiduos a las clínicas de fertilidad) en una misma casa y contrataban siempre a la misma Baby-Sitter para que los cuidara mientras duraba el ágape.
 
          Si bien sus mujeres se vestían más "casual", los hombres, cada uno devoto a una marca de ropa, competían por ver quién era el mejor vestido. Christian Vilela —Médico Cirujano—solía ir todo vestido en Lacoste; Matías Lefevre— Abogado de una prestigiosa firma—no usaba nada que no fuera Polo, Lucho Gamboa, no tan clásico como los otros dos y más transgresor se vestía en Armani y Fausto se sentía más identificado con Tommy Hilfiger.
 
          Aquella noche de viernes, sin embargo, cambiaría el rumbo de la amistad de aquel grupo de matrimonios.
 
          —Me quedé sin trabajo.
 
          La noticia cayó como una bomba en el medio de aquel clima relajado y “chill-out”[iii]. La imagen se congeló como si no hubiera tiempo ni espacio. Ante las miradas inquisidoras, como si hiciera falta completar la frase, dando una excusa razonable (En el Barrio Privado de “Bajo Los Tilos” siempre se daban excusas razonables), Fausto aclaró:  —Reducción de Personal. Caída abrupta en las ventas, empezaron por achicar la nómina, empezando por los sueldos más altos, entre ellos, el mío.
 
          Lucho fue el primero en romper el silencio, como siempre.
 
         —Bueno, Faust, (siempre le decía “Faust”) vos seguro conseguís al toque, al toque-dijo haciendo una seña con la mano y recalcando el último “al toque”. —Sos un genio del Marketing.
 
          Matías Lefevre se acercó a la parrilla y haciendo como que no pasaba nada (a veces, en Bajo Los Tilos, había que hacer como que no pasaba nada, aunque pasara mucho) hincando el tenedor sobre la carne humeante, dijo:
 
          —Bueno, a ver… ¿quién quiere una entrañita[iv] a punto?
 
          Ese fue el último Viernes que se reunieron en casa de los Weber. Y como una especie de oráculo funesto, marcó el principio de la caída social de Fausto y los suyos. Con la aparición en el listado de morosos del country, también llegó el ostracismo social, el cual se empezó a notar en pequeñas cosas, pequeños detalles y pequeñas situaciones: los llamados, telefónicos, antes de hasta seis u ocho veces por día, empezaron a mermar; los chicos eran cada vez menos invitados a los cumpleaños infantiles; Débora había tenido que dejar las clases de Tenis y cada vez que pasaba por delante de las canchas, sus amigas la saludaban de lejos, como si fuera una leprosa, con una sonrisa cariñosa fingida que ocultaba un dejo de lástima y bastante de miedo, ya que Fausto y Débora representaban lo que todos los habitantes de Bajo Los Tilos temían, su miedo más caro, más profundo y más oscuro: la pérdida de estatus.
 
          Fausto, siempre previsor, se amparaba en qué todavía tenían ahorros suficientes como para un año, y en mucho menos de eso, estaba seguro que conseguiría trabajo. La planilla de Excel que rigurosamente analizaba y modificaba todas las noches se había convertido en su fiel compañera de noches de insomnio. Al mismo tiempo, emprendió con frenesí la búsqueda de trabajo pero angustiosamente se dio cuenta de que tanto estudio y tanta experiencia no le servían para mucho en la situación actual del país, en que los poderosos, los ricos y los famosos se hacían aún más poderosos, más ricos y más famosos y los pobres vivían de los planes sociales y asignaciones universales que les daba el gobierno, mientras la clase media profesional y los pequeños empresarios quedaban a la deriva, totalmente desprotegidos. Llegó un momento en que Fausto se hartó de mandar Cvs. Siempre resultaba “sobrecalificado” para los trabajos. Y si bien todavía era joven en términos cronológicos, el haber pasado los cuarenta, no hacía su búsqueda más fácil. Y mientras los números en la planilla de Excel disminuían, los precios de las cosas en el país aumentaban.
 
          Ante la falta de perspectiva laboral de Fausto, Débora, quien había abandonado las huestes laborales con el nacimiento de su segundo hijo, tuvo que volver a trabajar, con la suerte de que justo había habido una vacante como suplente en el Jardín de Infantes donde trabajaba antes como Maestra Jardinera bilingüe castellano-alemán. Habían hecho el trato de que Fausto se ocuparía de las cosas de la casa y de los niños, mientras ella traía el pan de cada día.
 
          La situación se puso cada vez peor, una caída similar a esos remolinos que se forman en el mar cuando se traga un barco que acaba de hundirse.
 
           Primero tuvieron que vender la casa del country, luego la camioneta y —ante la imperiosa necesidad que los acorralaba y asfixiaba—tuvieron que hipotecar el semipiso en Palermo. Los llamados de los bancos amenazándolos con juicios contraídos por las deudas de las tarjetas de crédito, se convirtieron en una cosa cotidiana, que al principio les causaba angustia y luego, resignación.
 
          Sin embargo, el peor y más temido llamado provino del colegio de los chicos, los cuales iban a una de las instituciones trilingües más caras de la zona y sus padres ya debían un año y algunos meses de cuota. Fausto iba a permitir cualquier cosa, menos comprometer la educación de sus hijos. Así que dejando el orgullo de lado, decidió recurrir a sus amigos.
 
          Le pidió dinero a Lucho Gamboa pero estaba demasiado ocupado tomado sol en Punta del Este[v]. Siempre que llamaba al celular de Christian Vilela, atendía el contestador con la música de Charlotte Church. Y cuando llamaba a Matías Lefrevre a su estudio de abogados, solo lograba hablar con su Secretaria. Siguió insistiendo hasta que finalmente logró comunicarse con Lucho quien lo atendió desde su Smartphone tirado plácidamente en una reposera de una playa exclusiva de Punta del Este. 
 
          —Por favor, necesito que me tires unos mangos[vi], es para pagar el colegio de los chicos.
 
          —Si, Faust, ni bien llego al depto te hago la transferencia. Mándame el número de cuenta— le respondió mientras jugaba al Candy Crush [vii] desde su teléfono inteligente.
 
          Fausto le mandó el número de cuenta bancaria vía mensaje de texto, pero Lucho y la China se fueron a una fiesta electrónica en la playa organizada por una compañía de telefonía celular, en donde les convidaron éxtasis y la transferencia nunca llegó. Lucho se olvidó (Lucho solía olvidar fácilmente las promesas hechas en la excitación del momento y además, claro, él nunca había sabido lo que era la urgencia) y Fausto tuvo que terminar finalmente sacando a los chicos del Colegio y pasarlos a uno del Estado.
 
          Fausto no podía creer lo que le estaba sucediendo, le parecía que no era real. La sensación que tenía era similar a la de estar cayendo pero nunca llegar a tocar el piso. Una caída constante, eso era lo que sentía. Y también sentía que había perdido su dignidad, que no era un padre ni un esposo digno, pese a que Débora siempre estaba a su lado para apoyarlo. Pero lo peor de todo era haber visto la reacción de sus amigos, para los que siempre él había estado ahí.
 
          —Jamás pensé que me sentiría como un paria-le confesaría meses más tarde a Guillermo en una de las sesiones.
 
          Y así fue como un día que estaba solo en su casa, rumiando sus pensamientos, sintiéndose una poca cosa, un ser humano de segunda clase (él, que siempre se había destacado por su seguridad y asertividad) subió a la terraza del edificio (un piso 21) y se paró en la cornisa, observando toda la puta ciudad. Cerró los ojos, sintiendo como el viento le pegaba en la cara y se acercó aún más al vacío, coqueteando con la fantasía de tirarse y ponerle fin a todo. Ya no tenía nada que perder, no le quedaba más agua en el vaso[viii] y además, le haría un favor a Débora: después de todo, nadie dejaría desprotegida a una viuda joven y con tres niños. De repente, su teléfono celular—el cual ahora lo tenía con tarjeta prepaga—comenzó a sonar. Fausto se lo sacó del bolsillo y miró el visor. Era Lucho Gamboa. Dejó que atendiera el contestador y luego escuchó el mensaje: —Che, Faust, acabamos de llegar de Punta. No sabes que bueno que estuvo, lástima que no pudieron venir con nosotros. Te quería consultar algo, ¿vos tendrás algún contacto en la Embajada Alemana? Estamos por cerrar un negocio súper importante con una empresa de allá y nos vendrían bien unas referencias. Se me ocurrió que vos seguro tendrías algún conocido…
 
          Fausto no daba crédito a lo que estaba escuchando. El muy descarado lo llamaba como si no hubiera pasado nada y encima para pedirle un favor. Así que se volvió a la cornisa, agarró firmemente su Blackberry—el único bastión que le quedaba de su cara y exitosa vida anterior—y con toda la fuerza que tenía, lo arrojó por el aire, gritando:  —Mit Carajo um die Ecke fahren![ix]
 
         “Soy un sacacorchos, sirvo para destapar las botellas, sobre todo las de vino, buenos vinos, un Malbec o un Syrah. Traigo alegría a la gente porque siempre que estoy yo se reúnen amigos y pasan un buen momento. Un asado, una fiesta, un evento corporativo…
 
          Guillermo observó detenidamente a Fausto mientras se presentaba y recordó lo que le había dicho en la entrevista de admisión. Pese a que todo en él denotaba seguridad, el terapeuta logró entrever un cierto dejo de vulnerabilidad que se filtraba por algún lado, aunque Fausto se esforzara en hacer que estaba “todo bien” y destilar seguridad. Evidentemente, el hombre había destilado seguridad en algún momento de su vida, pero ahora parecía fingida, hasta actuada. Habría que trabajar en eso pensó, mientras anotaba la palabra “vulnerabilidad” al lado del nombre Fausto. No sabía por qué pero tenía la impresión que mientras Fausto se empeñaba por mostrar su perfección, en algún otro lugar había un retrato de él ajándose y envejeciendo al mejor estilo Dorian Gray.
 
Continuará…




[i] Actos de Fin de Año en los Colegios Ingleses


[ii] De Mendoza, provincia del Oeste de la Argentina, famosa por sus buenos vinos.


[iii] “Chill-Out”: del término informal del inglés que significa relajarse; es un género musical contemporáneo que engloba a gran cantidad de vertientes dispares de géneros musicales con un rasgo en común: su composición armoniosa y relajada.


[iv] Entraña: Corte de carne argentino famoso por ser muy tierno y delicioso.


[v] Balneario Exclusivo de Uruguay donde suele veranear la clase media alta argentina.


[vi] Arg: dinero.


[vii] Juego Virtual de Moda en Internet.


[viii] “No Hay Nada Que Perder/Cuando Ya Nada Queda En El Vaso”: verso de la canción “Eterna Soledad” del grupo argentino Los Enanitos Verdes.


[ix] Frase en Alemán que se usa para decir que alguien se apure, pero que en este contexto Fausto usa como “Andate A La Mierda”.

Así será



Salpicada de historias te encontré,

Oculta en lo más recóndito. Aquel

Lugar lúgubre, entre polvo del polvo

Y tierra de la tierra, así te vi.


Ni tan escondida ni tan visible

En estos infinitos universos,

Te tuve entre mis manos desvelándome

Tus secretos, incluso los más íntimos.



¿A entrega tal podría pedir más?


aliada perfecta en la noche

Más oscura. Sin distinción 

Me haces tuyo tan tuyo, 

Como sí tú fueras mía.


Navegas en mi lado más oscuro, 

Te enredas en mis entrañas, y clavas

Alfileres, haces desangrar mi alma

Crucificas los cadáveres, como 

Heroína me regresas al mundo.


Curaste lentamente mis heridas, 

No fue fácil cuidar que los dragones 

No arrancaran mis alas, que las lamias 

No se arrastraran en mi cuerpo débil,

Que los basiliscos no perforaran 

Mi carne lacerada en el combate.


Con tu aura de ángel terrenal, proteges

Este cuerpo maltrecho,  en infinitas 

Sensaciones llevándolo, aún sabiendo

De la fragilidad mía, a mi lado 

Siéntate ahora lo que tengo es tuyo,

Así será con alma peregrina.

Así será literatura mía.



Juan M Flores

Agonía.


Ayúdame
A calmar este dolor,
A romper este silencio;
Ayúdame a gritar.
 
Porque él se ha ido
Sin decirme nada,
Sin dejarme nada
A que me pueda aferrar.
 
Ayúdame,
Porque siento que me estoy muriendo,
Segundo a segundo
Sin poderlo evitar.
 
Ayúdame
O déjame morir,
Que es la única salida
Que puedo encontrar.
 
Ayúdame
A gritar,
Ayúdame a vivir,
Pero ayúdame,
No me dejes así,
Porque sin él no soy nada
Ayúdame ¡por Dios! No me dejes así…
 
 
Luz Begoña Delgado Santano
Sorguineak

La Familia Helviana. El engendro.

Ardulintra Elisana se puede considerar un redrojo[1]. Es la última hija de Jhaelexena Elisana, quién por ser la menor había sido encomendada a labores del templo. Su padre, un comerciante itinerante líder de caravanas, despreció públicamente a su madre cuando ella todavía era muy niña. Presa de la ira, su madre le dio una tunda ejemplar que no merecía y la envió a los establos de los esclavos para que ellos hicieran lo que quisieran. Ella fue una esclava, se encargó de servir a sus primas y hermanas, sufrió ante ellas y guardó ese rencor en su interior toda su vida.


Durante su tiempo de servidumbre ella conoció la verdadera historia de la familia Elisana. La verdad es que antes la familia se llamaba Helviana. Cuando el varón de mayor edad se casó con Ylonte Elisana, una prima de una rama secundaria de la familia; esta se asentó en Xillander’kull y comenzó su camino hacia la cima. Esto se facilitó con el fracaso de La Gran Sacrificadora, que trajo deshonra a la rama principal y que perdió el favor de la Reina de las Arañas. En una movida audaz; su abuela enfrentó a sus hermanas políticas y se quedó con el poder para ella, renombró a la familia y heredó su puesto en la ciudad.

Su vida de esclavitud hubiese continuado de no ser porque su madre mandó matar a su padre por medio de un horrendo maleficio. Ella debía sacrificar a alguien digno, así que intrigó y asesinó a una sacerdotisa rival a la que su familia había adoptado para mantenerla cerca y vigilada. Su puesto quedó abierto, así que en una movida inusual Jhaelexena liberó a su hija de la esclavitud y la metió en el templo. Después de todo, si debes escoger a alguien en quien no puedes confiar para que ocupe una posición de poder, es mejor que se quede dentro de la familia.

La humillación en el callejón fue una dura prueba para la joven. Por meses sufrió la tortura de su madre, de sus hermanas y del resto del clero. Pero por alguna extraña razón, ella sentía en su interior que no había perdido el favor de la Reina de las Arañas. Ella uso su ira, su cólera y su resentimiento para sobrevivir todo eso. Al final su obstinación le había dado frutos. La Reina de las Arañas le había mostrado su favor para llevar a cabo la mitad de su venganza. Esto le ganó la primera sonrisa de su progenitora, una de orgullo. Ahora se encontraba dentro de la oficina de su madre, ayudaba a descifrar los intrigantes símbolos que poseía el elfo claro en su espalda mientras su madre y otras de sus favoritas terminaban los conjuros para abrir el trozo de ámbar, o buscaban más información sobre el elfo claro  que había capturado.

—Lograron descubrir que significa el símbolo en su mano.

—Es la marca de la Familia Kiilvir, la Familia de las Gemas.

—¿Por qué la llaman la familia de las gemas?

—No lo sabes. Porque la anterior Matrona nombró a todos sus hijos como piedras preciosas.

—¡Yo conozco a la actual Matrona, Topacio! ¿Puedo preguntarle?

—¡Hazlo¡ Necesitamos saber más de él. Y de este engendro.

Su trabajo como esclava le había enseñado a Ardulintra a callar y a escuchar mientras trabajaba. Las grandes voces de su madre y de sus favoritas la distraían de los versos aburridos. Estos repetían una y otra vez alabanzas a la Reina de las Arañas, así como maldecía al Padre de los Elfos y sus hijos, los elfos de la superficie. Mientras leía la historia de la caída de la primera ciudad de las oscuras cuevas, la joven bostezó

—¿No te cansas de leer tanto?

Zylvrine levantó los hombros y volvió su vista a los escritos.

—¿Recuerdas a la prisionera, a la pelirroja, la madre de la bailarina?

Ardulintra respondió afirmativamente con la cabeza.

—Su ilustrísima me comentó que esa mujer memorizó todos estos libros. Los conoce al revés y al derecho. Dice que tal vez por eso es que se volvió loca y sacrificó tanta gente cuando era la líder de este templo.

—Esa pelirroja… era la Gran Sacrificadora.

—Además de que es tu tía abuela.

Ardulintra bajó la cabeza al texto mientras reflexionaba sobre esas palabras. Pero Zylvrine aprovecho la oportunidad para indagar más.

—¿Qué te pasó en el callejón esa noche? ¿Por qué cuatro de las mejores guerreras de la fe quedaron descuartizadas y sobreviviste?

—Yo corrí. No pude llegar muy lejos. Me alcanzaron y casi me despedazan. Pero el descuartizador, el elfo que capturé me perdonó. No tienes idea de lo peligroso que es ese sujeto. No se escuchan sus pasos. Es como un fantasma. Uno que te puede descuartizar con la mente.

La preferida de su madre se río de buena gana frente a ella. Esto ofendió a la muchacha que se volteó para mostrarlo.

—Eres una boba. Él es sólo un pícaro. Uno muy poderoso y bien entrenado, pero sólo un pícaro de alguno de los gremios criminales de la ciudad. Uno muy afortunado.

Ardulintra devolvió su vista al texto, pero se sorprendió al ver el signo que había señalado por accidente. Era diminuto, casi invisible y apenas escrito en el pergamino. Pero pudo reconocerlo, era el mismo que había visto en la espalda del prisionero—: Mira… Lo encontré. Es un nombre impío, el de un señor de los demonios.

—¡Exaems, La Reina Marilith!

Ejemplo de Marilith. De Paizo Publishing LLC.

En ese instante, una serie de gemidos, parecidos a los de un gato, llenaron la habitación. Estos se transformaron en un llanto firme y sentido, el de un bebe pequeño cuando se despierta inquieto y desea algo pero no puede expresarlo por medio de palabras. Las dos jóvenes se acercaron a donde se había llevado la ceremonia para liberar a la criatura. Lo que había en su interior confirmaba las sospechas de la prisionera pelirroja. Una pequeña bebe, de piel oscura, cabello plateado y luminoso, lloraba inquieta ante la mirada de las religiosas en su entorno. Cinco marcas de le Reina de las Arañas cubrían su frente, su pecho, sus brazos y su espalda. Numerosos signos y runas cubrían su piel, al menos dos brillaban con intensidad en su pecho. Esto dejó perplejas a todas las presentes, las cuales la contemplaron extrañadas.

—Señora. Descubrí el significado de las runas en el tatuaje del elfo claro. Es la marca de Exaems, la Reina de las Marilith.

Las palabras de Zylvrine tuvieron el efecto de una puñalada en el corazón de Ardulintra. Furiosa porque le había robado la oportunidad de quedar en mejores términos con su madre, la joven se volteó con un gesto hostil, ante el que su ladina competidora sonrió con sarcasmo.

—Muy bien hecho, Zylvrine. Puedo contar contigo para esos engorrosos detalles. ¡Ardulintra!

—Sí, su eminencia.

—¡Cállala!

Ardulintra quedó perpleja cuando su madre le entregó a la bebe en sus manos. Completamente desnuda; la pequeña se agitaba, se revolvía, gritaba y lloraba como si le ardiera o doliera algo. Perturbada, la joven se apartó del grupo y se la llevó a una esquina, mientras mentalmente trataba de resolver el acertijo de cómo atenderla. En cualquier otro caso, los gritos infernales de la criatura hubiesen supuesto su rápido y piadoso asesinato para evitarle más sufrimiento. Pero Ardulintra vivió como esclava en su propia casa. Una de las muchas cosas de las que tuvo que encargarse fue de los niños pequeños de todas las edades. Era una labor para la cual debía estar preparada en todo momento. Era una labor para la que todavía seguía preparada.

En el tiempo que tenía de conocer a los bebes, ella sabía que dos cosas podían inquietarlos de primera entrada, hambre o suciedad. Sobre la mesa, apartó los libros religiosos para colocar a la bebe. Así pudo confirmar que la criatura no se encontraba sucia ni había hecho nada que la ensuciara. Luego ella buscó entre sus documentos y encontró un rollo de los muchos que había conservado de su trabajo, rompió el sello y leyó su contenido—: Escucha mí palabra, Madre de la Lujuria. Tú que has bendecido nuestros vientres para extender a nuestra estirpe. Escucha a Ardulintra tu hija. Escucha mi plegaria. Permíteme imitar tu capacidad para alimentarnos. Para así poder alimentar a esta tu hija, mi hermana, que yace frente a mí en este momento de necesidad.

Una leve coloración purpura embargó a la joven sacerdotisa mientras profería las palabras necesarias para el hechizo. En cuanto concluyó, aparecieron frente a ella dos pequeñas vasijas de vidrio con forma cilíndrica rebosantes en leche de rothé y cubiertas con una membrana de tela. A su lado apareció una mamila de tela suave recubierta en cuero con la sensación de piel la esperaba. Ella cubrió la membrana con la mamila y sujetó a la niña con su brazo derecho. Aunque se agitaba, ella la acercó a su pecho y le permitió coordinarse con los latidos de su corazón. Cuando se relajó lo suficiente, le metió el improvisado aparato por la boca y contempló como la criatura chupaba con gusto.

La bebe se tranquilizó. Sólo tenía hambre. Mientras acariciaba su escaso cabello y sus delicadas orejas para hacerla sentir en paz, la joven puso atención por primera vez a su cuerpo. En breves instantes las dos marcas de su pecho dejaron de brillar y la marca en el centro de su rostro cambió. Sólo fue por un instante, pero el círculo rojo que gobernaba la estrella de la noche, el símbolo inequívoco de la Madre de la Lujuria, cambió a un color azul violeta. Era similar al color que los elfos oscuros podían percibir al activarse el medio de defensa en contra de la máquina de la naturaleza y el registro arcano que gobernaba la Infraoscuridad, y de paso les servía para defenderse de las capacidades arcanas de sus enemigos.

—Mamá… ¡Puedes venir!

—Te dije que te ocuparas del engendro, Ardulintra. ¡Ocúpate!

La joven sólo levantó los hombros con indiferencia. Mientras arrullaba a la niña y le daba de comer, cerró los ojos y sujetó su símbolo sagrado

—Oh, Madre de la Lujuria. Permite que mis ojos lean los signos de tus misterios, pido en tu nombre este favor, madre y esperanza nuestra.

Cuando abrió los ojos deseó no haber llevado a cabo el hechizo. Ante ella, numerosos signos de todas clases y formas adornaban a la niña. Aunque había cosas que no podía entender por su juventud, pudo apreciar los símbolos de maldición que la diosa de los elfos oscuros habían impuesto sobre sus padres y los de protección sobre la misma niña, la cual descansaba pacíficamente en sus brazos. Era una contradicción en sí misma, bendita y maldita al mismo tiempo. La niña era una interrogante, una prueba torcida de la Reina de las Arañas, donde invitaba a sus seguidoras a desentrañar su pensamiento.

—Madre. Su ilustrísima. ¿Qué hará con esta criatura?

—¡La sacrificaré, por supuesto! Cómo debió haberlo hecho la familia Kiilvir. Este engendro no debe vivir.

La joven se preocupó al escucharla. Pero ella se reservó sus palabras. Estaba de buenas con su madre, al menos ahora le hablaba en buenos términos. Ella no iba a sacrificar eso por nada del mundo, menos por una criatura maldita por ambas razas. Al terminar de comer, la llevó a su hombro y comenzó a golpearla en la espalda.

Si la Reina de las Arañas en verdad te desea entre nosotros te protegerá de tu destino. De otra forma, la alimentarás. No puedo hacer nada más por ti.

Un par de pequeños eructos y un gas confirmó el éxito de su maniobra. Mientras la limpiaba, cambiaba y arropaba, Ardulintra se tomó su tiempo para ponerla a punto y que no volviera a llorar más, labor que por pequeña que fuera era su responsabilidad debía ejecutar a la perfección. Por el gesto de su madre mientras analizaba las escrituras y atendía sus asuntos, lo hacía a la perfección.





[1] El cachorro más débil y pequeño de la manada.

Carlos "Somet" Molina

A la vida




Es un nuevo despertar
Cada mañana
¡Qué contento!
Hay que vivir con ganas,
Hay que vivir el momento.

Celebrar que un nuevo día
Acaba de comenzar
Y que puedes dar punto y final
A tus penas y a tu pesar.

Un único día irrepetible,
Como todos, pero especial,
El día de hoy
Empiezo a sentir,
Empiezo a brillar,
Empiezo a soñar.

Le brindo a la vida mi sonrisa
Y mi más tierna felicidad,
Pues si vida solo hay una,
¿Para qué quererla desperdiciar?

Cada mañana es mágica
Y parece un sueño, de los de verdad,
Nunca sabes por qué,
Ni cuando,
Ni como ocurrió, o cómo ocurrirá.

Y si olvido, por mi no temas,
Yo ya supe qué fue amar,
Yo ya viví esta vida,
Aquí por hoy todo termina
Y mañana Dios dirá...
¡Será un nuevo día!
María José Cabuchola Macario.

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