Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Una pequeña trampa.


UNA PEQUEÑA TRAMPA

                                                                                                           

          La estridencia del timbre la hizo saltar sobresaltada de la cama.

          Miró el reloj. Eran poco más de las diez de la mañana. Su hijo estaba ya en el colegio. Y su marido había salido hacía ya dos horas rumbo al trabajo.


          Ella se había levantado temprano, había puesto la calefacción, había dado el desayuno a Pablito, lo había llevado al cole bien abrigadito y había vuelto a acostarse al volver a casa. Se sentía perezosa esa mañana, algo que se permitía desde que se había quedado en el paro. La parte buena del desempleo era que tenía ahora más tiempo libre para dedicarse a sí misma pequeños placeres cotidianos, como éste de quedarse remoloneando en la cama, arropada bajo el cálido edredón nórdico, hasta media mañana.

 

          Mientras se dirigía al telefonillo, iba abrochándose la bata y refregándose los ojos. Sería el cartero. Siempre tocaba el timbre para avisar que había dejado cartas en el buzón, cosa que fastidiaba enormemente a Marisa, sobre todo cuando la obligaba a levantarse.

          Pero no. “De la compañía telefónica”, dijo una voz de hombre. Y Marisa recordó que había pedido que vinieran a reparar el aparato. “Ah, sí, adelante” —dijo, ahogando un bostezo que se empeñaba en estallar.

          Abrió la puerta e hizo pasar al hombre. Le indicó el lugar donde se hallaba el teléfono fijo y él se dispuso a desarmarlo.

 

          Marisa lo miró un instante. Fue suficiente para sentirse atraída por él, que ni siquiera parecía haber reparado en ella. “Mejor —pensó—, debo de estar horrible en este momento.”

          Se dirigió a la cocina a preparar café.

          Siempre había oído historias de mujeres que se iban a la cama con hombres como ése y en situaciones similares, estando sus maridos en el trabajo. Es algo que sale en multitud de chistes y rumores de todo tipo. Ella jamás le había sido infiel a Mario, y la verdad es que ni siquiera se le había pasado por la cabeza la idea, y si se le había pasado, la había descartado de inmediato. Hasta este momento.

 

          Desde hacía diez años estaban casados, y eran lo que se dice un matrimonio bien avenido. Llevaban una vida tranquila, sin apremios económicos a pesar de que ahora entraba un sueldo menos. Su casa era confortable y nada enturbiaba su paz. Pasaban los fines de semana en la casa de la montaña que había heredado de su familia, donde ella y el niño mantenían un pequeño huerto que ya empezaba a dar sus frutos. Mario se ocupaba del jardín, preparaba carne asada en las brasas del hogar en invierno, y en la barbacoa del patio en verano. Y, sobre todo, allí tenían tiempo para amarse a gusto. Seguían tan enamorados como el primer día, y se creaban un divertido juego de seducción que sólo surtía efecto los fines de semana allí, si las condiciones eran ideales, si no tenían invitados...

 

          Sin embargo, Marisa comenzaba, últimamente, a reconocerse algo insatisfecha.

          Querría tener a Mario, piel con piel, durante más tiempo, en circunstancias no programadas.

          Querría que lo que ocurría en la cama con él no fuera tan previsible y repetido.

          Querría desearlo más y sentirse más deseada por él.

 

          Su cuerpo a veces se rebelaba y le pedía más, y se lo pedía a gritos que Marisa se esforzaba por disimular. No le había contado estos sentimientos a Mario, porque no le gustaba hablar con él de estas cosas; a ella le parecía que el hecho de hablar tan explícitamente de ello le quitaría espontaneidad a la relación... Hubiera querido que él lo notara e hiciera algo para sorprenderla, para renovar el deseo, que tuviera alguna iniciativa diferente en ese sentido, no ser ella quien siempre iniciaba los acercamientos íntimos...

          Siempre quedaba la posibilidad del adulterio, tener de tanto en tanto una aventura, pero cómo y con quién. Además, le asustaba la idea de hacer el amor sin amor, porque jamás lo había hecho de ese modo.

          Aunque hay que decir que también la tentaba la idea. Por eso la relegaba al terreno de la fantasía que, de todos modos, canalizaba cuando se acostaba con su esposo. Así, no se sentía culpable y de paso enriquecía la sexualidad de los dos.

          Porque, a decir verdad, Mario tenía mil caras y mil cuerpos diferentes en la rica imaginación de Marisa. Así que, sin él ni siquiera sospecharlo, le hacía el amor con la crueldad de un sádico, como un caballero romántico y apasionado, como un animal en celo, como un jovencito inexperto o como un amante furtivo.

          Era sólo una pequeña trampa.

          Marisa se preguntaba si él también tendría este tipo de fantasías, si también haría estas pequeñas trampas en el lecho conyugal, cuando la acariciaba entre sueños de una manera extraña, o la penetraba con inusual violencia, o cuando le hacía darse la vuelta para hacerlo por detrás... Esta idea de las supuestas fantasías de Mario le producía unos pequeños celos que resultaban tremendamente beneficiosos, porque en esos momentos ella no tenía que inventarse historias para erotizar su piel dormida.

 

          ¿Cómo sería hacer el amor con un hombre real al que jamás hubiera visto antes?

          Sólo se atrevió a planteárselo al encerrarse en el lavabo, mientras el operario de Movistar seguía con el teléfono, mientras ella se lavaba la cara con agua fresca y se cepillaba los dientes frente al espejo, mientras se peinaba lentamente y su mirada recuperaba poco a poco su brillo habitual.

          Se sonreía a sí misma con complicidad ante sus disparatados pensamientos.

          Pero en su interior la decisión ya estaba tomada. Se serviría una taza de café y le convidaría otra al hombre. Mientras tanto, se daría cuenta de si él comprendía su intención y, en tal caso, intentaría seducirlo.

Se sintió excitada imaginando las miradas, las inevitables frases que sería necesario pronunciar.

 

          No —pensó-, sería mejor no hablar, no pronunciar ni una sola palabra, y actuar con naturalidad después del café. Tomarlo de la mano y conducirlo en silencio a la habitación. Pero la cama estaba revuelta y la ropa desordenada, ¡la habitación estaba patas arriba! No le parecía el escenario ideal para una aventura que sería, quizá, la única de su vida. Sería mejor hacerlo en el salón, en plan salvaje, con música de jazz (ya estaba el CD puesto, sólo había que pulsar el PLAY). Con la alfombra blanca peluda y suave bajo sus cuerpos desnudos. Un poco de sol se filtraría por la cortina, sólo lo suficiente para verse. (Marisa estaba harta de hacer el amor a oscuras.) Quería verlo, registrarlo todo en su memoria, hasta los más pequeños detalles. Sería una relación apasionada y fría al mismo tiempo. Tal vez él le diría cosas, o la trataría como a una princesa... O mejor aún, la trataría como a una cualquiera y ella gemiría y gozaría sin ningún pudor, porque, total, no volvería a verlo nunca más.

 

          Antes de salir del lavabo, Marisa respiró hondo porque estaba agitada, y se humedecía ya su entrepierna sólo de imaginar lo que vendría. Sí, estaba dispuesta a gozar del sexo puro, sin pensar más que en ella misma y en su propio placer. ¡Era ahora o nunca!

 

          Ya en la cocina, sirvió un café con la mano temblorosa, y escuchó ruido de herramientas junto al teléfono. Decidida y con su mejor sonrisa, preguntó, por decir algo, cuál era la avería y si era difícil el arreglo. El hombre, gentil y respetuoso, respondió que ya había acabado, que se trataba de una tontería.

          Esto desconcertó a Marisa, que no había contado con esa posibilidad. Y, aunque hubo una pausa mientras él cerraba el maletín, no se atrevió siquiera a ofrecerle el café. Porque el hombre ya decía: “Bueno, adiós, señora, y que tenga usted una feliz Navidad”. “Adiós, gracias y felices fiestas también para ti”, se oyó decir Marisa.

          La había llamado “señora” y la había tratado de “usted”. Y ni siquiera la había mirado.

 

          Bebió el café de un trago y encendió el primer cigarrillo del día.

          Se puso en actividad de inmediato, para no pensar en lo ridícula que se sentía. La cena familiar de Nochebuena tocaba este año en su casa y ya faltaban pocos días. Ya podía ir comprando las gambas congeladas...

          Sintió mucha vergüenza mientras hacía las compras en el supermercado.

          Y también algo así como un animalito vivo en su interior que desde ahora, lo sabía, le sería muy difícil dominar. Estuvo inquieta y excitada todo el día.

          Por eso llamó a su marido a la oficina y le propuso que salieran esa noche, propuesta que él aceptó sorprendido y de buen grado. Habló enseguida con su madre para que el niño se quedara a dormir esa noche en su casa, cosa que alegró tanto a la abuela como al nieto, contento pues, al día siguiente, comenzaban ya las vacaciones de invierno.

 

          Dieron un paseo cogidos de la mano, admiraron la decoración navideña de las calles; luego fueron a cenar a un buen restaurante y bebieron un vino excelente. Marisa fascinó esa noche a Mario, porque estaba especialmente hermosa, seductora y alegre, con el vestido negro tan ceñido y escotado, y con ese brillo tan prometedor en la mirada que él conocía tan bien.

 

          Casi no durmieron esa noche, porque una y otra vez hacían el amor.

          La excitación de Marisa mantenía en vilo a Mario, que se alegraba de esta orgía inesperada con su propia mujer, un miércoles cualquiera y a las cinco de la madrugada.

          Ella se durmió agotada y satisfecha, mientras él encendía un cigarrillo, orgulloso de que su virilidad estuviera a la altura de las circunstancias.

          Esto probaba que eran infundadas sus sospechas de que Marisa se aburría con él últimamente en la cama. Hacía anillos de humo, convencido de que seguía siendo tan buen amante como el primer día.

          Marisa aún estaba loca por él. No cabía duda.
 
 
 
Yoly Hornes

13 comentarios:

  1. Bueno, por poco. Yoni, un relato interesante, sobre un hecho normal de las relaciones, cuando se acaba el encanto y como reencenderlo. Pero el aterrizaje a veces es lo más triste, porque uno no sabe que es Sr(a). hasta que lo llaman. Gracias por el relato.

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    1. Gracias por tu comentario, Carlos.
      Sí, cómo nos cuesta asumir que somos señoras o señores y que nos llamen de usted.
      Un abrazo y que tengas una muy feliz entrada de año.
      Yoly

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  2. Una simpática y excitante historia real como la vida misma (sobre todo para los/las cónyuges de larga duración)... Aunque al final no sé si lamentar o no que la pobre Marisa se haya quedado frustrada y sin realizar su fantasía sexual....En fin: c´est la vie

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  3. Gracias, Tomás. Es que la realidad y la fantasía a veces se mezclan o se confunden... Y se alimentan mutuamente.

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  4. Los vericuetos de la vida son difíciles de discernir. ¿No? Me ha gustado mucho tu relato.

    Cristian

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    1. Muchas gracias, Cristian. A veces, los vericuetos de la vida nos hacen descubrir caminos nuevos que no imaginábamos...
      Un abrazo,
      Yoly

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  5. Muy bueno Yoly. Una historia cotidiana con el sorprendente trasfondo de tantas y tantas historias inacabadas. Felicidades.

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    1. Gracias, Tino.
      Me gustan las historias cotidianas, donde todos nos podemos reconocer. Lo inacabado es la vida misma...
      Un abrazo.
      Yoly

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  6. Cuando la narración ya te lleva por la ruta establecida de lo predecible. Cuando deduces pues el futuro inmediato por líneas que aparecen ante los ojos, llega un cambio inesperado… que bien se lee. La fantasía es parte del complejo pensamiento del ser humano, de sus inquietudes, pero el relato es magnífico, me gustó mucho como lo resolviste…

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    1. Gracias, Antonio. Te agradezco este comentario. Sí, es interesante para mí siempre explorar en los relatos qué hacen los personajes con sus fantasías, cómo éstas pueden repercutir positivamente en "la realidad".
      Yoly

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  7. Muy buena la historia, la posibilidad de nuestra de realizar una fantasía en termino real crea esa atmósfera de misterio y curiosidad que mantienen al lector enfocado en el relato. Las fantasias son partes de nuestras vidas y muchas veces se entrelazan con nuestras realidades.

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    1. Es cierto, Efrain. A veces la línea que separa la fantasía de la realidad no está tan clara.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Yoly

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  8. Viaje entre la realidad y la fantasía y toque de frustración, muy bien relatada me ha gustado mucho.Un abrazo amiga

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