Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Sentimiento de libertad


Para Lucía, mi hija, la niña que más quiero.         
 
         Era invierno.
         Él dormía, como todas las noches desde hacía un tiempo, en un banco de un pequeño parque. Durante el día rehuía de aquel enclave tan concurrido, perdiéndose por otros rincones más tranquilos de la ciudad: de los pequeños que hacían su presencia en busca de los columpios, de los mayores que sacaban a pasear a sus perros, de los que buscaban la sombra de la arboleda en los meses de verano, de los que se acercaban con un libro entre sus manos tanteando un instante de sosiego, de los que a una hora determinada utilizaban un banco como cobijo para su almuerzo, de los que simplemente lo utilizaban como lugar de paso, sin detenerse, hacia otras direcciones...
         Pero la noche era suya, en exclusividad. Sobre todo cuando comenzaba a caer la temperatura, cuando la luz natural volvía a esconderse hasta el día siguiente, con el único destello de una farola amarillenta que transmitía más sombra que luminosidad, a pesar de las guirnaldas de pequeñas bombillas de colores que iban adornando los árboles, de los tendidos de luces de las calles cercanas con sus mil formas geométricas y diverso cromatismo.
         Faltan tres días y a eso de las once de la noche el mundo se despoblaba para hacer vida de familia en el interior de las viviendas.
         Disponía un amplio cartón sobre uno de los bancos de piedra, se tumbaba sobre él, se colocaba sobre sí una manta de lana a rayas amarillas, marrones, anaranjadas. Mirando hacía un cielo que no paraba de moverse, de la misma forma que un tiempo en las horas pausadas del crepúsculo. Sin dejar de encender un cigarrillo tras otro, como si el calor que desprendiera al encenderlo le sirviera para mitigar la frigidez de la temperatura.
         Así una noche tras otra.
         Era veintitrés, vísperas... En el silencio de una hora tardía la vio aproximarse, como una sombra, como un fantasma, como un duende, como un espíritu, como una fantasía. No había bebido para nada. No cambió la pose sobre el banco, tan sólo alzó la cabeza ligeramente para seguir sus movimientos. Tan reales como el humo que desprendía sin cesar de su pitillo. Cada vez más cercana. Una figura femenina, una melena que le colgaba por debajo de los hombros, amplia y suelta, sin distinguir todavía su rostro, sólo un cuerpo embutido en un abrigo oscuro que le cubría hasta medio muslo, nada más, como si debajo no llevara nada puesto, al menos unas medias que cobijara sus largas piernas del frío, subida sobre unos altos zapatos de tacón. Paseando con parsimonia a poco más de un metro de distancia del banco, como si desfilara en exclusividad sobre una pasarela, sin poder remediar mirarla fijamente, seguir con sus ojos su presencia, su caminar, su recorrido hasta verla alejarse y desaparecer de su vista. Unos diez o quince minutos solamente antes de volverla a ver haciendo el trayecto inverso, rompiendo entonces el trecho que les separaba, para situarse frente a él, dirigirle no sólo la mirada sino también la voz.
         — ¿Te importante que me siente a tu lado?
         — En absoluto.
         Incorporándose y recogiendo la manta mientras ella se acomodaba junto a él.
         — ¿Nos tapamos? Tengo un poco de frío en las piernas.
         Colocando la manta sobre las piernas de ella, de él también, compartiéndola sin más. Sin mirarse, sólo el gesto de sacar un cigarrillo de un paquete de rubio que llevaba aprisionado sobre su mano. El gesto de acercar un mechero al pitillo todavía virgen, el rostro iluminado de ella por la llama desprendida del encendedor. Un maquillaje claro, unos ojos oscuros, unos labios de intenso rojo. Sin más, sólo la mirada perdida en el frente, en el paisaje del parque solitario, en el cielo claro que les cobijaba. Sólo verla echar el humo a su lado, acercarse la boquilla a sus labios, lanzarlo hacia delante una vez terminado escasos minutos después, haciendo el gesto de despojarse de la manta, devolvérsela sin decir nada, sólo acercando sus labios a su mejilla izquierda para darle un beso, para despedirse con una breve frase:

          — Gracias. Que pases una buena noche.
          Viéndola alejarse con su caminar tranquilo y acompasado, desaparecer de su visión para dejarle únicamente con su recuerdo, con su imagen de fantasía que le acompañó en sus sueños de aquel veintitrés de diciembre, vísperas, también durante todo el día siguiente deambulando por el resto de la ciudad que preparaba los festejos de aquel día tan especial, de aquella oscuridad que volvía antes que las noches precedentes, cena en familia, entre amigos, entre personas cercanas, entre seres queridos.
          Su rincón solitario, su manta de lana de colores, su cartón sobre el banco, su cigarrillo en la mano izquierda, una botella de vino de marca porque es Nochebuena, sentado, ocupando una parte únicamente, como si la esperara de nuevo, como si la llamara con su imaginación, a voces en silencio... Sólo unos minutos después, no más allá de las diez y media, directamente hacia donde él se encontraba, ocupando el espacio que él le había dejado, no sin antes depositar un nuevo beso en su mejilla.
          Sentados uno junto a otro, compartiendo la misma manta sobre sus piernas como la noche anterior, un trago de la misma botella que él le ofreció, una llama con la que encendió su cigarrillo, una frase que parecía romper el encanto de sus silencios en Nochebuena.
          — ¿Por qué vienes una noche como ésta a estar conmigo aunque sólo sean unos minutos?
          — Para compartir nuestra libertad.
 
Fundiéndose en un abrazo fijo, antes de sucederlo que tuviera que suceder instantes después, que no sabemos, porque la imagen se iba alejando, iba retrocediendo poco a poco. Plano general de una ciudad encendida por las luces de Navidad. Calles Solitarias. 
 
 

16 comentarios:

  1. Los desamparados también pasan estos tiempos juntos. Lamentablemente, la ciudad es una jungla que muele a los que no pueden sobrevivir en ella. La intemperie cobra su cuota y siempre perdemos algo o a alguien. Gracias por la reflexión, José.

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  2. Bonito y muy sugerente cuento de navidad.
    La compañía mutua de los solitarios, los que no sacrifican su libertad, porque no quieren, o no pueden, o no saben hacer lo que hace todo el mundo.

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  3. Parece que las musas no hayan guiñado el mismo ojo....

    Cristian

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    1. Al leer tu relato he sentido una inspiración similar a la que tuve cuando escribí el mío. Me ha gustado. Felicidades.

      Cristian

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  4. Bella historia y bello gesto de solidaridad y amor. En estas épocas puede ocurrir cualquier cosa. Me gusta

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  5. Muy sutil y agradable historia de amor en donde se puede apreciar lo mágica que puede ser la época navideña proveyendo inesperadas y gratas sorpresas aun en la soledad de puede crear una gran ciudad

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    1. muchas gracias Efrain, me gustan las historias cortas sobre sentimientos y la vida misma

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  6. Muy bonita historia, "para compartir nuestra libertad" me ha gustado mucho. El mundo está tan lleno de historias como está, y me ha encantado la delicadeza y sencillez para trasmitirlo. Enhorabuena, un abrazo

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  7. Muchas gracias.
    A todos, podéis seguirme en esta página
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