Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

jueves, 29 de agosto de 2013

La carta.

          Manuela no lloraba al saber que ya no sentirá el olor dulce de su bebe, que nunca podrá ponérselo en el regazo para consolarse un poco. Ya no tenía ni el consuelo del llanto. En la cama del hospital mientras luchaba por su vida, su mente divagaba. Una y otra vez se veía arrastrada por el asfalto. Cuando le dijeron que había perdido a su hijo, perdió toda ilusión y esperanza por el agujero hueco que cubría su pecho.
 
          Le acababan de dar el alta y el sol brillaba con fuerza proyectando y alargando su sombra. Salía del hospital después de diecisiete días, se sentía vacía, no tenía a nadie, arreglaría todo, y se iría con su hermana Carmen a Londres.
 
          El taxi, un flamante Mercedes conducido por un joven que no dejaba de observarla, avanzaba lentamente por la concurrida ciudad. El taxista se enamoro al instante de aquellos ojos verdes, pensó que nunca había visto en su vida un verde tan intenso, ni una mujer tan guapa.
 
          —“Una mujer así es lo que yo necesito”— pensaba el joven taxista.
 
          Sentada en la parte trasera mirando a través de la ventana, Manuela pensó que nunca la familiar ciudad, le había parecido tan fea. El taxista aminoro la velocidad al entrar en la calle desierta y cubierta por una alta y esbelta arboleda. Los niños estaban en la escuela, y el calor agobiante recluía a los mayores en casa. Solo un joven se veía paseando a su perro.
 
          —¿Cuál es su casa?— Pregunto el taxista mirándola por el retrovisor.
 
         —Aquella, la de la verja verde, es mi casa— dijo inclinándose hacia adelante, y señalándola con el dedo.
 
          El coche paro delante de la puerta, Manuela bajo despacio, saco su monedero y pago el trayecto. Las llaves las llevaba en la mano desde que salió del hospital. Detrás de ella, el taxista le llevaba la maleta.
 
          —¿No hay nadie esperándola?— le pregunto.
 
          —No, nadie. Vivo sola—.
 
          —¿Si usted quiere puedo entrarle la maleta?—.
 
          —Es usted muy amable. Pero puedo yo sola. Gracias—.
 
          —Cuídese—.
 
          —Por supuesto— le respondió con una tímida sonrisa.
 
          —Adiós—.
 
          Subió los tres escalones del porche que la separaban de la entrada, abrió y entro sin fuerzas. No sabia como iba a poder vivir sin el. Fue abriendo las puertas y recorriendo las habitaciones. Descorrió las cortinas de su habitación y el sol entro a raudales. Abrió la puerta del armario y cogió un jersey de su marido, lo abrazo fuertemente y empezó a besarlo, notando la ausencia de su olor, frenética se lo llevo a la nariz y nada olía a el. Le dolía tanto su ausencia. El grito le salió del alma.
 
          Salió al porche porque se ahogaba dentro de la casa y su mirada se fijo en las cartas desparramadas. Las recogió como una sonámbula, una mirada rápida y las iba esparciendo por el porche, facturas, propaganda y más facturas.
 
          De repente, el corazón le da un vuelco, reconoce la letra…la carta va dirigida a ella…Con las manos temblorosas intenta abrirla y se le cae, y entonces le vuelve el llanto, un llanto desgarrado. Recoge la carta y la aprieta contra el pecho.
 
           Mi querida Manuela.
 
          Empiezo esta carta sin saber muy bien que decirte. No se lo que esta ocurriendo, y lo siento. Lo siento muchísimo amor mío.
 
          He pensado tantas cosas y al final he creído que es mejor escribirte. Necesito que me creas. Anoche no pude contarte nada. Pero ahora tengo la necesidad urgente de contarte. En la empresa me han tachado de ladrón. Me acusan de robo. Y yo no he robado nada. Lo juro.
 
          Manuela tú me conoces y sabes que soy incapaz. Son tres, contra mí. Dicen que el dinero falta desde la noche que me quede a trabajar hasta tarde.
 
          Yo vi como contaban el dinero y después cerraban la caja fuerte. Pero eso es lo mas cerca que yo estuve de esos billetes. Tienes que creerme.
 
          A uno de ellos, y yo sospecho del señor Jesús, pues es un crápula... Le interesa que se me echen las culpas y hace días que me han despedido. Estoy en la calle, y calumniado por algo que yo no he hecho. Mi nombre esta sucio. Me meterán en la cárcel, y tú, te morirás de vergüenza y de dolor.
 
         …Esta crisis maldita y el paro... yo se que nunca mas encontrare un trabajo digno.
 
          No podremos pagar la hipoteca y pasaremos a ser una de las miles de familias desahuciadas.
 
          He ido a un abogado, y dice que lo tengo muy crudo…Que soy un asalariado, y que ellos gozan de prestigio, y que no se van a robar a ellos mismos. Que lo tengo muy mal.
 
          ¿Comprendes amor mío, porque este no es el mejor momento de tener un hijo? Tengo miedo. Nunca he sido un cobarde pero ahora no puedo con esta agonía.
 
          He pensado mucho en todo. He pensado a lo largo de estos días mil veces en las consecuencias. Dirán y dirán mil cosas, que soy culpable y tantas otras. Pero yo, soy inocente. Yo nunca he robado nada. Y me voy sabiendo que tú me creerás. Se que lo que voy a hacer es lo mejor para ti. Podrás cobrar el seguro y arregla la viudedad, podrás pagar la hipoteca. Y vivir. Y en cuanto pueda te vas con tu hermana Carmen a Londres, y empieza una nueva vida…Se cuanto me amas y se de el dolor que esto va a causarte…lo siento amor mío, te quiero tanto…nunca me olvides, se que volverás a enamorarte, pero llévame siempre en un rinconcito de tu alma, y así, yo viviré un poquito en ti…
 
Te quiero.
 
          Aparece nublado el cielo mientras desde la ventana Manuela nota la furia que trae el viento que viene desde lejos. No huele el aroma de la vida. Se le borran los recuerdos. Sólo quiere ser lo que fue hasta ahora, quiere refugiarse en sus brazos. Y oler su aroma…Un hálito de añoranza la apuñala mientras escucha el silencio de su casa.
 
          Manuela cogió un cigarrillo de encima de la mesa y lo encendió. Echo el humo despacio, se acomodo de nuevo entre los cojines del sofá y beso temblorosas la imagen dichosa. Recordaba perfectamente ese día. Era una mañana de mayo.
 
          Toni preparo la cámara y corrió hacia ella, la abrazo fuertemente
atrayéndola hacia el y le dijo: —Sonríe cariño—.
 
          Le gustaba verlo bailar, giraba y giraba mientras su risa lo impregnaba todo. Cuando el ponía a todo volumen “Hear my train a comin ” de Jemi Hendrix. Toni gritaba como un loco
 
          —Jimiii te amo, eres mi Diossss. Tocas como nadieeee— riéndose a carcajadas mostrando sus dientes blancos. La cogía de las manos y si o si, la hacia girar mientras bailaban. El pelo se le alborotaba y acababan mareados tumbados en la alfombra del comedor, haciendo el amor al ritmo de la guitarra de Jimi…
 
          Su mundo sin el era pequeño. A veces lo oía andar por la casa, pensaba que se estaba volviendo loca. Una tarde cerca del muro que delimita la playa, vio a un hombre caminando. El corazón le dio un vuelco. Era su Toni. Corrió tras el. Y al tenerlo enfrente, en primer plano, muy cerca de sus ojos y al alcance de su mano, su sonrisa se hizo grande. Lo atrajo hacia ella, ansiando fundirse en el. Sé agarro a su brazo para retenerlo, para evitar que desapareciese, pero al instante la lucidez volvió a su cabeza.
 
          No, aquel hombre no era Toni. Y entonces temblorosa bajo la mirada volviendo a la realidad, comprobando que solo era un parecido lejano.
 
           —¿Qué le ocurre señora?—.
 
          —Discúlpeme si lo he molestado. Es que se parece usted tanto… Mi marido murió hace poco—.
 
          —Bueno, a veces ocurren estas cosas…—.
Marga Ribera

6 comentarios:

  1. ¡Qué historia tan triste! Se me ha quedado estremecida el alma...
    Pero a pesar de ser triste, es hermoso cómo la cuentas. A veces la pena puede ser bella.

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  2. Bueno, la historia del taxista quedó abierta, pero la añoranza y el sentido de pérdida siempre son duros. Antes de su primer hijo mi cuñada tuvo un aborto y fue terrible para ambos (mi hermano y mi cuñada). Eso siempre es duro, más para una mujer sola.

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  3. dicen que las tragedias nunca vienen solas, al final debemos ser tan fuertes para poder levantarnos y seguir a delante, buen relato me gustó!

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  4. Gracias Juan Flores,Carlos Molina y Yoly Hornes. Gracias por leer mi pequeño relato...Hasta pronto ¡¡¡

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