Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

viernes, 30 de agosto de 2013

De hombre a hombre

 
 
 
 
 
Escúchame con atención solamente un momento, hijo mío.
 
Ya sé que estás absolutamente convencido de que con dieciocho años recién cumplidos, crees estar perfectamente preparado para afrontar los retos que se presentan a tus ojos y además, solventarlos con bien todos ellos.
 
Quiero que entiendas que nunca calificaré como inconveniente ni reprobable, que llegues a sentir en el interior de tus manos la circulación de esos torrentes de sangre y fuego que viajan por tus estrechas venas, la ira y el ímpetu de la juventud extraordinaria que a veces te domina y las  emociones encontradas que ahora gobiernan tu espíritu y que a veces opacan, a mi juicio en parte tu criterio, pero al parecer, resultan inevitablemente necesarias para poder resolver esas dudas que para ti ya no lo son tanto, unos obstáculos que en un tiempo relativamente cercano conseguían hacer trastabillar tu mente y tu criterio, por la inseguridad y la incertidumbre que te inspiraban.
 
Soy consciente de que ha dado comienzo el cómputo en el que el tiempo de sabia escucha y la verdadera paciencia de hacerlo, no forma parte del decálogo de tu vida contemporánea, pues sé que piensas que la gente que como yo te rodea, está caduca y en franca retirada. Ese entorno que decidía en tu lugar sobre la oportunidad de cada ocasión y que te indicaba inexorable las pautas a seguir, aseguras ahora vehemente que ya no son capaces de conocer de primera mano las verdaderas inquietudes que te motivan y las que mueven tu destino, que ni siquiera alcanzamos a vislumbrar la magnitud exacta de las mismas, la amplitud de los deseos que te invaden y la intensidad de los anhelos a los que debes necesariamente dar salida.
 
Siempre te he mostrado mi parecer sobre el asunto, mi completo convencimiento de que es necesario y positivo que debas cometer tus propias equivocaciones al adoptar unas decisiones propias, tal y como yo lo hice en un tiempo tan lejano que ya casi ni lo recuerdo. Que debes saber y poder equivocarte y remedar tú mismo aquellos traspiés que la vida te proponga.
 
Estoy en completo y perfecto acuerdo con todo ello y con otras muchas cosas, aunque no al precio de dejarme al margen por la desconfianza de todo lo que te rodea, y sobre todo, que me apartes del conocimiento de aquellos errores que puedas provocar y que a menudo suman un excesivo peso a la mochila que cada uno llevamos a la espalda.
 
Debes tener claro que jamás haré ni diré nada que pueda comprometerte, ni que pueda causarte daño alguno. Solo pretendo hacerte entender que yo ya pasé antes por todo esto y que tengo la consecuente experiencia de haberlo hecho, deseo que tengas siempre presente que puedes contar conmigo para lo que sea.
 
Me achacas que ya no puedes hablar conmigo, y que no necesitas de mis consejos, que no te entiendo, que desconozco las veredas por donde transita el mundo actual y que mis aportaciones están obsoletas y huelen a rancias, desfasadas para los tiempos que corren.
 
Hijo mío, no me alejes de tu lado, reflexiona. Siempre habrá algo bueno que puedas entresacar de mi compañía y de mi inmenso amor por ti. No me desaproveches porque algún día lo echarías gravemente de menos. Te quiero, y te quiero a mi lado…
 
Papá, deja de hablar tan solo un minuto y escúchame atentamente, aunque sea solamente por esta vez.
 
Ya sé que todo lo que me dices y que todo lo que pretendes enseñarme lo haces exclusivamente por mi bien, por facilitarme y otorgarme un personal beneficio. Sería de mal hijo imaginar siquiera lo contrario.
 
Me lo dices y me lo repites hasta la saciedad y no tengo motivo alguno para dudar de tus buenas intenciones, pero es que a menudo me siento agobiado por tanta protección como me dispensas y por tanto discurso carente de posibilidad de réplica.
 
Papá, yo te quiero mucho, pero a menudo me pareces insoportable y la situación que se genera por ello, insostenible.
 
Me irrita sobremanera tu predisposición a la ayuda desinteresada, aunque ésta misma no te la haya pedido. Me agobia tanta pregunta por tu parte, tanta inquisición, y a las que de manera cada vez más habitual, no acompañaré de ninguna respuesta por la mía. Porque muchas de las materias a las que éstas se refieren, pertenecen a mi mundo interior, a mi privado universo personal del que tú ni nadie más puede formar parte, aunque tú seas mi padre.
 
Yo también sé, a estas alturas de mi vida, que no soy perfecto y que no tengo todas las respuestas para cualquier cuestión o problema que me surja, pero también te digo que yo lo vivo con la convencida certeza de que debo encontrar mi camino y los obstáculos que me hayan sido asignados, que debo sufrir en mi interior las penas que me acometan y los oscuros desengaños que sé que me aguardan, lamerme personalmente las heridas recibidas.
 
Ha llegado mi momento, papá, es mi hora y debo afrontarlo bajo mi personal punto de vista, nunca bajo el tuyo.
 
Te pediré tu opinión cuándo entienda que ésta me resulte necesaria, y valoraré y tendré en cuenta tus consejos solo en su justa medida, sin que estos supongan para mí una imposición o una carga extra a transportar y no una forma mejor de llevar el peso presente de mi vida, debo evitar que me resulten un lastre imposible y me obliguen a rechazar su presencia a mi lado, llevándome de esa forma a ignorar irremediablemente tus palabras futuras.
 
Me echas en cara que nunca te escucho, y yo por el contrario, te aseguro con la mano situada en el corazón que no he hecho otra cosa en la vida que escucharte, que he hecho siempre lo que tú me has indicado.
 
Pero ahora quiero que entiendas que solo volveré a escucharé si tú haces lo mismo conmigo, si respetas mis gustos y mis opiniones, si asumes finalmente que un adolescente se ha convertido con el paso del tiempo y pese a tus infundados temores, en un adulto con propias convicciones y válidas particularidades, con criterios y necesidades personalizadas que no tienen que coincidir necesariamente con las tuyas.
 
No deseo perder la cercanía contigo, papá, pero necesito que sepas identificar cuál es la superficie que ocupa mi espacio y aciertes a respetarla sin invadirla, a hablar siempre sin esperar una respuesta cuando ésta no deba darse, a encajar una posible negativa que nunca resultará ser un desprecio a través de mi mano.
 
Prometo que yo a cambio, tenderé los cables necesarios entre nosotros y agradeceré de la manera debida todo aquello que puedas enseñarme, el que puedas y quieras estar a mi lado.
 
Puedo asegurarte que te estaré eternamente agradecido y me sentiré por siempre, plenamente orgulloso de ser tu hijo. 

Copyright©faustinocuadrado

 

15 comentarios:

  1. Preciosa conversación entre un padre y su hijo..., y es ¡tan real!.., somos muchos los que nos encontramos en esa misma tesitura....Difícil acertar..., y no solo basta con el cariño, lo sé muy bien....
    ¡¡¡Precioso, entrañable y real, muy real, querido Faustino!!!
    ¡Un abrazo!!!

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  2. Muchas gracias Angustias. Sé que esto es cotidiano y que a veces a quienes tenemos hijos en esas edades, nos conviene recordarnos de vez en cuando estos aspectos. Un abrazo

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  3. Bueno, en concepto sería una conversación de padre e hijo, en efecto difícilmente se hablarían de esa forma. A veces (más de las veces) la comunicación es difícil. La armonía viene con el tiempo, pero como obra está genial. Gracias Faustino.

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    1. Gracias Carlos. Me complace decirte que sí que es posible, yo lo practico

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  4. Muy sincera declaración de intenciones y de sentimientos entre el padre y el hijo.
    El conflicto es inevitable e incluso sano, me parece. Porque los dos tienen razón. En el propio proceso de crecimiento del hijo que se hace adulto está la, a veces, frustrante sensación del padre de no poder intervenir, y también el derecho inalienable del hijo a equivocarse, a probar e ir construyendo por su cuenta su propio camino.
    Lo que cuenta es mantener intactos la comunicación y el amor entre ambos. Y eso, en este texto, queda claro y se expresa de manera muy hermosa.
    ¡Enhorabuena, Faustino!
    Yoly Hornes

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    1. Muchas gracias Yoly. Creo que estamos completamente de acuerdo en todo. Real como la vida misma. Has sido muy amable

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  5. Qué difícil es ser padre. Afortunadamente, yo puedo presumir de haber tenido unos progenitores excepcionales a los que debo en gran parte no haberme perdido en ese torbellino que es la pubertad. Ojalá yo sepa hacerlo igual de bien en el futuro. Un abrazo, compañero.

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    1. Gracias Juan, serlo lo es, pero resulta impagable el rédito que obtienes a cambio. Cuándo llegue el caso, sabrás hacerlo, no lo dudes. Se despierta ese instinto que todo hombre lleva dentro (al igual que ocurre con el de la madre y a pesar de que sobre el nuestro no se hable tanto). Un abrazo y muchas gracias por tu comentario.

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  6. Realmente bonito!!!!

    Gema Theus

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    1. Gracias Gema, gracias por dedicarme parte de tu tiempo y por tu calificación

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  7. Buen texto, aunque nunca pasé por eso, ni como hijo, ni como padre pues no tengo hijos, pero lo he vivido como tío que es que se acercan más fácilmente, cuando se tienden los lazos de la confianza! Saludos!

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  8. Así es Juan, esos lazos nunca deben quebrarse, tienen que mantenerse firmes y fluidos. Muchas gracias por tu comentario

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  9. OBSERVO QUE ESTE ARTÌCULO TIENE MUCHAS OPINIONES Y DEBE SER POR LA TEMÀTICA QUE ENCIERRA y que nunca pierde vigencia por ser el encuentro de los padres y toda la complejidad que se suscita por la diferencia de edades y generaciones y hasta de los apegos que a veces no dejan volar a los hijos en busca de su vida y libertad. Felicitaciones.

    TRINA

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  10. me ha encantado Faustino, una situación muy real, y demuestra lo complicado que es ser padre y la responsabilidad que ello conlleva. Genial!!! un abrazo amigo

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  11. No hay nada como la experiencia propia, es cierto. Hay que aceptar los consejos y recomendaciones, pero hemos de equivocarnos por nosotros mismos y sentir, y aprender. Yo, con 19 años que tengo, te puedo afirmar que muchas veces no hablamos con nuestras personas más cercanas (nuestros padres) por el hecho de que pueden disgustarse con algunos de nuestros alocados hechos. En mi caso, no porque creo que no me entienden, si no por sentir que pueden frenarme. Los padres tienen el poder de refrenar nuestros impulsos, y a veces, hay que mostrarlos, lo necesitamos. Pero es muy emotivo todo el escrito, las ganas por comprender, el hecho de querer a tu padre o a tu hijo con todo el corazón, queriendo sentirlo próximo.
    Un abrazo,

    María José Cabuchola Macario

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