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jueves, 29 de agosto de 2013

Autor-lector/Lector-autor: La noción del tiempo perdido.


 
No es difícil imaginar la existencia de una dimensión específica oculta a la percepción simple de un fenómeno, y ello en mayor proporción de lo visible. El anagrama y la criptografía se basan en estos principios del poder de captación extrasensorial del inconsciente. Es la intuición…  En modo alguno es un invento freudiano, sino más bien una revelación de las facultades latentes y no reconocidas en el ser. Y el final de cada lectura se traduce para el lector/autor en una sensación indefinible de carácter anímico que está en relación proporcional y viene a cotejarse con patrones de índole puramente social, fuertemente arraigados en el individuo, y que éste utiliza en su particular universo psíquico como puntos répere que modelan sus actos en el marco de un determinado sistema. Casi se crean, en función de las experiencias colectivas, las normas que rigen la confabulación del entramaje social de la persona. Sin embargo, la determinación juega aquí un papel débil, infinitesimal, si no ficticio, en la realización de un acto. Las formas conscientes que rigen el comportamiento suelen obedecer a patrones culturales aprendidos en el temprano entorno familiar. La noción de cultura funciona a nivel de orden y de control de las acciones, y, por tanto, del pensamiento.  Y su manifestación se esclarece en conceptos de presunción lógica. Diríase que lo aprendido y asimilado está sometido a su vez a otros conocimientos y formas- incluso no perceptibles estas últimas-, que se ejercen en el nombre de una supuesta entidad, elevada a este rango por la imaginación que se recrea a partir de la composición/lectura (ámbito: Autor-Lector).  Así que tampoco es presumible que el autor/lector sea plenamente consciente del significado de su obra, sino que se vehicula como receptor de una inspiración que sirve a un propósito imperceptible desde el momento inmediato de la creación. La aceptación social de su trabajo representa un valor definitorio en el sentido equiparable de la magnitud de su conexión con el entendimiento del lector/autor.  El hecho se representa casi como una especie de tirada de la suerte. Existe una tendencia en el ser a querer achacar los impulsos exitosos a una supuesta voluntad superior, viéndose el ego a sí mismo premiado por el esfuerzo que se realiza. Lo contrario es achacarlo a la fatalidad (hado, destino; lo decretado por un dios).  El juicio moral viene condicionado tanto en el autor/lector como en el lector/autor (si es que se reconoce el origen socio-político de la moralidad). Y la mayoría de las veces se desvirtúa por causa de los intereses de tipo económico implantados por el sistema vigente como imposición al individuo en contra de su propia voluntad.  La mente, a pesar de su complejidad, se estimula y deja manipular fácilmente por el medio.  Lo exterior juega un papel capital en su conformación simbólica.

          La grandeza del autor/lector reside en el acabado de la obra. Dejada imperfecta –es decir, inacabada- no merecería ese nombre.  El autor/lector ha confeccionado un objeto del cual desconoce su influencia última. Quizás intuya que su obra se adapta de maravilla a la necesidad colectiva de un tiempo y un espacio concretos. Según “transcurra” ese espacio, una vez su desaparición física sea real, quizás su trabajo pueda perpetuarse en el tiempo y seguir influenciando a residuos humanos carentes de sentido holístico, y esto por grados de inteligencia perceptiva. Los estados emocionales juegan un papel definitorio en el laberinto de la atracción, también a nivel cultural. El peligro para el lector/autor, en cambio, consiste en confundir lo esencial con lo formal. 
 
          El drama de la existencia se proyecta y enfoca en la relación tanto del autor/lector con su obra como del posible lector/autor con ella. Y del autor/lector cuando se convierte en lector/autor de su propia obra. El autor/lector se convierte en receptor de las ideas imperantes de su época con un sentido oculto de la readaptación mental. En cambio, el lector/autor de un tiempo específico podrá interpretar en un reducido espacio –un escenario acomodaticio, transformable, maleable al periplo de las experiencias- cualquier tiempo y espacios infinitos –la imaginación-, aunque su actividad como lector/autor no vendrá a modificar en absoluto la esencia de su propia conciencia. Incluso en la ficción, una vez que se despoje del traje de los actores de la obra, seguirá interpretándose a sí mismo dispuesto de cierta lógica intrínseca en tiempo presente de una manera que él cree absolutamente personal, falta de influencias externas… y, finalmente -como por arte de birlibirloque-, de autores. 

 
José Luis Benítez

4 comentarios:

  1. La verdad José, es que debe existir una distancia entre el autor y el lector. Eso es algo que he aprendido en estas últimas fechas. Porque debemos desprendernos de las obras como autores para poder percibir como están.

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  2. De acuerdo contigo, todo lo que se escribe es producto de un época, a pesar de que traten de darle un ámbito futurista siempre se hará referencia a la esencia humana con sus defectos y virtudes. y estoy también de acuerdo con Carlos el autor debe desprenderse de su obra para poder verla con objetividad, Saludos!

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  3. Invitas a la reflexión sobre bastantes cuestiones relativas al papel del autor y del lector. El narrador omnisciente, que todo lo sabe, o el que nos engaña con un protagonista imprevisible... coincido con Carlos, en que es positivo marcar distancias, desapegarnos como autores para comprender mejor a los lectores. Muy bien redactado, una prosa excelsa. Un abrazo.

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