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jueves, 21 de marzo de 2013

No cambies, cariño...


Gina comenzaba evidenciar uno de sus principales temores: el de ser rechazada. Pero no en el plano afectivo, mucho más preocupante para Jorge, en el plano admirativo: Gina necesita sentirse admirada constantemente como único argumento para reforzar su sentido del sí mismo. Ha empleado todo su tiempo en crear una imagen de sí misma, en lugar de construirse a sí misma. Por esta razón no basa su autoestima en lo que ella es como consecuencia de haber desarrollado sus capacidades reales, la basa en su capacidad de captar la atención de los demás. Para Gina es fundamental la reacción de Jorge hacia ella, no tolerará ningún vacío en su dosis diaria de admiración. Tras una fachada de escogido rigor estético narcisista se esconde una fuerte dependencia de los demás.

—Pronto tendremos problemas de hostilidad: sin mi atención continuada crece su sensación de vacío y atacará se dijo Jorge. Jorge es de los que no está para que lo necesiten

—Una cosa es hacer favores cuando hace falta, y otra son las dependencias patológicas acostumbraba a decir.

Ni le gusta ser dependiente, ni le gusta crear dependencias.

—Ades, Gina ya está comenzando a mostrar su naturaleza comparativa y competitiva. Necesita mantener alta su autoestima tratando de imponer su superioridad añadió con una sonrisa. Para compararse y poder competir necesita de un modo fundamental a los demás: son la mismísima base de su razón de ser. Lo tenemos mal, para Jorge los demás ni siquiera existen a la hora de fundamentar las bases de su sí mismo.

La competitividad comenzaba a ponerse abiertamente de manifiesto en las largas conversaciones telefónicas.

—Una conversación basada en el marco de la competencia, lejos de ser creativa, es destructiva y completamente inútil. Es una pérdida de tiempo inmisericorde se decía Jorge al colgar el teléfono. Pero las leonas cuando piden guerra se suben al lomo del león y muerden lo primero que encuentran. Y Gina lo entendió así. El a menos pensado, le dijo a Jorge que se iba a Barcelona para conocerlo personalmente. A Jorge le sorprendió tanta determinación, pero al mismo tiempo no pudo dejar de admirar tanta claridad de propósito.

—Una mujer decidida merece un respeto se dijo.

A Jorge le gusta la novedad. Se aviene a lo inesperado. Adora los imposibles. Además, la cara de Gina le recordaba un pasado de espadas y caballeros. Un guión muy elaborado, por tanto. La recepcionista del hotel llamó a su habitación, pero Gina no estaba.

Al colgar el teléfono, mi por encima del hombro de Jorge y sonrió. Jorge se volvió de forma instintiva, y vio a Gina detrás de él sonriendo como una Princesa. Las Princesas sonríen por encima del Bien y del Mal, forma parte de su naturaleza real.

Vas adornada con el manto de Venus —le dijo Jorge.

Fue un encuentro inolvidable. Desaparecieron la recepcionista, el vesbulo, el hotel, Barcelona, y hasta podría decirse que el planeta Tierra. Sólo quedaron ellos dos flotando en un ahora interminable. En un instante se hicieron reales todas las imaginaciones. El poder de la presencia disolvió años de desespero, sosegó el ansia irredenta de reencontrar a la persona amada, devolvió el tiempo a su lugar, unió la fragmentación, y en un instante deshizo murallas de desencuentro. Había cesado el recuerdo. Se sentaron al fondo del inmenso vesbulo, un espacio magnífico para encuentros que requieren de todas la ceremonias. Los espacios generosos tienen el poder de agudizar el vacío, o de consolidar las plenitudes. Aquella incipiente reunión de amantes medievales sólo hablaba de abundancias. Propiciaba destellos inextinguibles. Anunciaba pactos innominados. Derrea todas las presencias y las transformaba en luminosa ternura. El hotel eran ellos. Una de las cosas que Jorge adoraba de Gina era que continuara sensible a la admiración como cuando tea quince años. Igual de curiosa. Igual de receptiva. Igual de inocente. Un frescor femenino que Jorge hacía mucho tiempo que no encontraba por ninguna parte. Las mujeres que había en su vida habían perdido incluso las ganas de reír. Solo se reían de las tonterías. En cambio, Gina era una mujer con la libertad suficiente para reírse de las genialidades. Las payasadas no le hacían ninguna gracia. De a, que sólo le interesaran los hombres inteligentes y le dieran pena los payasos vestidos de persona seria, aunque se tomaran la molestia de querer infundir respeto. Comenzaron un diálogo cargado de exuberancia en el que las palabras carecían de significado. Música que se oye y entusiasma.

—Pobrecitas palabras se dijo Jorge presenciando brillos.

Gina hablaba y hablaba, y mientras tanto Jorge aprovechaba para irle dando besitos en la mejilla y bordeando la boca. A Gina se le iban las ideas de la cabeza durante décimas de segundo. Los destellos de ternura se llevan mal con el flujo carcomido del recuerdo. Hablan de otras luces. Perfilan nuevas dignidades. Abren a la felicidad.

—Mi primer marido no me dejaba llevar minifalda.

—Con lo adorable que debías ser… —pensó Jorge al instante.

De vez en cuando Gina recibía impresiones inesperadas que la llenaban de satisfacción. Un hombre capaz de tocar profundo

Este hombre no es como los demás se dijo muy pronto.

Las mujeres entienden mucho de hombres, y poseen una intuición que traspasa todos los disfraces imaginables.

Hoya, ir disfrazado delante de una mujer resulta tan ridículo como echarse la sopa por encima de la corbata se dijo Jorge sonriendo al sentirse penetrado hasta el tuétano.

Gina era muy consciente de tener un cuerpo espléndido. Mientras la escuchaba, Jorge reflexionaba sobre el magnífico perfil indostánico de su nariz, acariciaba la tersura satinada de su piel con besitos cortos de vez en cuando, y se permitía el lujo hacer conjeturas acerca del color y la textura de su ropa interior. Los hombres, ya se sabe: lo que no pueden ver, lo imaginan.

Negra con filigranas grises, arremolinadas como piel de astracán enamorado se aventu a pronosticar para sus adentros. Estaba seguro, había percibido de refin la textura del sujetador que ella le dejaba ver en un gesto de insumisa coquetería.

Gina dominaba el arte de la expresión corporal como una veterana maestra de Tai Chi. Por no hablar de la espléndida curva de caderas que perfilaba el vestido gris Plutón cuando cruzaba las piernas y se ladeaba un poco sobre el asiento. Un poder de convicción de los que no necesita ni media palabra. Un hecho estético al que no se puede añadir ninguna simetría para confirmar su arcaica rotundidad. Algo completo, cerrado, indescriptible. Gina hablaba y hablaba, pero lo único que hacía era ir hipnotizando a Jorge con aquel inconfundible brillo áureo que desprende la Belleza. Las mujeres hablan, pero mientras tanto sienten. Y Gina no paraba de sentirse admirada, reconocida, y deseada. Lo que más ansiaba en su vida, y pocos hombres habían entendido. Hacía mucho tiempo que los ojos de un hombre no la miraban con ilusión. Probablemente nunca. Ni su padre, ni su primer marido, ni su segundo marido, ni su primer amante. Todos por razones distintas, es verdad, pero el hecho siempre acabó siendo el mismo.

En aquel preciso momento de su vida, su inteligencia de mujer hecha y derecha añoraba aquel poderoso destello mercurial que exhibe la naturaleza masculina liberada de todas las ataduras de género. Gina comenzaba a desear con fuerza un hombre que se hubiera alejado de la vulgaridad.

Los hombres nunca dejarán de ser hombres, ya lo sabemos, lo que mata es la mediocridad con que entienden lo femenino se dijo.

Jorge se limitaba a contemplarla por fuera y por dentro. La tersura nacarada de aquella piel dorada por el primer Sol de primavera le abrió las puertas del tabernáculo donde Gina guardaba lo más precioso de su naturaleza como persona: el sentido de lo Bello. Aquel brillo reposado del oro antiguo que sintoniza de maravilla con la música de órgano. Jorge ya está de vuelta de los brillos que deslumbran. Sabe desde hace tiempo que para compartir la cama con alguien hay que tener el mismo sentido de la estética, pero desde que ha crecido en esplendor interno valora en gran medida la capacidad de las personas para relacionarse con lo Bello.

Gina tiene la Belleza estructurada en lo más profundo de su persona se iba diciendo al oírla hablar del pasado. Una manera de ser que lo impregna todo con tintes dorados al pasar. Cualidad valiosísima para un Jorge acostumbrado a oros y platas desde tiempo inmemorial. Una manera de ser como cualquier otra. Naturalmente, cuando menos lo esperaba ninguno de los dos, Jorge le pasó la mano desde la cadera hasta la rodilla, acariciando de un modo consciente la curvatura del muslo cubierto con una textura sedosa que lo vesa con elegancia. La curvatura misma del universo encarnada en cuerpo de mujer.

La carne habla claro a través de cualquier textura pensó.

Un gesto que le descubrió otro de los patrimonios incalculables de Gina: el Equilibrio. Aquella magia invisible capaz de mostrar todas y cada una de las sutilezas de la Belleza.

Gina es belleza en equilibrio —conclu satisfecho.

Había llegado la hora de ir a cenar. Un restaurante japonés de lujo que parecía llevar milenios esperando a que llegaran cogidos de la mano como dos adolescentes. Gina lo iluminó con una de sus primeras miradas. Belleza en equilibrio. Ensalada de algas, sashimi de cinco variedades, helado de mango, Sake caliente, licor de Sake, amor confitado, caricias caramelizadas. A Gina le llamó la atención el modo con que Jorge invitaba al servicio a participar de la celebración con su cariñoso trato distinguido: el Amor se desparrama con mucha naturalidad. Una cena de una delicadeza exquisita.

Volvieron al sofá del inmenso vesbulo del hotel y comenzó a entrar la noche. Al cabo de dos horas el Recepcionista se acercó a preguntar si estaban alojados en el Hotel. No entendía ni media palabra de la escena porque él via en el mundo real.

Jorge se limitaba a observar. Con las mujeres nunca lleva la voz cantante, prefiere abandonarse al capricho súbito de lo femenino.

—Es tan adorable que te seduzca una mujer… pensaba.

Pero Gina no encont el momento para invitarle a su habitación. Se despidieron de madrugada, sin que ninguno mostrara ninguna extrañeza. Antes de que llegara el ascensor, Gina salió en busca de Jorge, pero ya no pudo encontrarlo. Todo tiene su momento.  Eran casi las seis de la mañana. Gina cambió el billete de tren para el día siguiente y alargó otro a la estancia en el hotel. Llamó a Jorge repetidamente para decirle que volviera, pero Jorge tea el teléfono apagado. Tuvo que volver a cambiar el billete de vuelta y cancelar la reserva del hotel. Por la tarde se marchó a su casa. Jorge continuaba con el teléfono apagado. Gina cre que Jorge era un desconsiderado simplemente porque no estaba a su disposición. Todaa no sabía que Jorge nunca va a estar a disposición de nadie: no está hecho para la gente dependiente. Ambos sintieron que algo había quedado pendiente porque todaa no había llegado el momento.

Al cabo de una semana Gina le citó en el mismo sitio, y a la misma hora.

Las Princesas son geniales aunque se mueran cientos de veces.  Lo son, y siempre lo serán. Y las que no lo son, no lo serán nunca. Aunque se tiñan el pelo plateado y las vista Yves Saint Laurent. Gina volvió a Barcelona una semana después.

Mismo sitio, misma hora.

El encuentro fue muy cordial. Esta vez, además del respeto y la admiración, habían incorporado a su relación algo muy estimable para todas las parejas: la complicidad.

Los dos sabían perfectamente qué iba a pasar finalmente. Gina sonreía como una niña traviesa que espera unos Reyes Magos que nadie más sabe que van a venir. Un matiz de ingenuidad infantil que Jorge confundió como la madura inocencia de una mujer hecha y derecha. Salieron del hotel cogidos de la mano y se fueron a cenar amartelados como dos petirrojos en celo. Contentos y fascinados. Cenaron en el Flash-Flash. Ya no quedaba ni rastro del glamour de la Gauche Divine de cuando Jorge iba a comer dos o tres veces por semana. Tuvo un encuentro muy afectuoso con los camareros: hacía veinte años que no se veían. Comieron un pez espada a la griega riqsimo  A media cena, Gina se fue al lavabo un buen rato.

—Ufff, qué descanso, me he quitado las medias y la ropa interior dijo al regresar a la mesa dando unas palmaditas sobre el bolso.

A ver, déjame ver dijo Jorge con una sonrisa.

Gina se sorprendió y le mi entre divertida y asustada. Tomaron una copa en Il Giardinetto, y charlaron ampliamente. Volvieron paseando al hotel disfrutando de una magnífica noche primaveral. Gina hablaba y hablaba de su pasado, y Jorge la escuchaba.

En el ascensor, Jorge le dio el primer beso de verdad. Al entrar de lleno en aquel beso profundo y constatar la reacción de Gina, Jorge se dio cuenta de que hasta aquel momento ningún hombre había penetrado en el universo erótico de Gina. Todos se habían quedado en las puertas. Casi siempre, los intereses egoístas de uno impiden adentrarse en la profundidad del otro. Con aquel beso Gina comprendió que Jorge había entrado definitivamente en su intimidad: fue el primer hombre que la tocó en sus capas profundas. Aunque parezca mentira, los besos dicen más cosas de lo que uno imagina. Gina se quedó emocionada y pensativa.

¿mo puede ser que después de tantas experiencias masculinas nadie haya podido rozarme el alma con la lengua? se dijo.

Fue un conjunto de circunstancias: el ascensor, el tono desenfadado del momento, la improvisación de aquel beso entre risas, pero, sobre todo, y más que nada, aquella lengua consistente que entró decidida sin ningún preámbulo, una invasión carnosa desmedida. Al menos esto fue lo que Jorge interpretó mientras caminaban por el pasillo hacia la habitación, pero la verdadera causa de aquella conmoción habría de descubrirla algunos meses más tarde. Gina había traído una botella de Möet&Chandon Rosé Impérial que esperaba impaciente en el frigorífico del hotel, dos copas de cristal, unas velitas perfumadas, y unas barritas de sándalo Rosa Celestial de Media Noche. Una puesta en escena de película. Abrieron el et, y brindaron.

Mientras Jorge encendía el sándalo, Gina se fue al cuarto de baño y apareció de inmediato con una bata de seda cremosa plateada. La habitación era muy espaciosa, con una cama de matrimonio, y decorada con una gradación de negros, grises y blancos. Un marco ideal que resaltaba la crotica esplendidez de Gina. Todo comen con una pasmosa naturalidad. Gina ya estaba desnuda. Jorge le abrió la bata y comen besarla con un hacer espontáneo, pero enormemente preciso. Lejos de optar por el ritual de ir avanzando posiciones, Jorge optó por el más descarado de todos: le abrió los muslos con suavidad y comen a lamerle el sexo. Gina no supo qué decir, se quedó maravillada.

De vez en cuando Jorge le miraba el cuerpo y sonreía. Gina tiene un cuerpo mucho más joven de lo que corresponde a su edad, parece una adolescente rellenita muy apetecible. Tiene un culo precioso. Generoso. Un monte de Venus perfectamente depilado que conmueve con su exquisita ternura. Los pechos implantados de volumen discreto acrecientan aún más su aspecto de quinceañera. Toda ella emana un aura adolescente, entre curiosa y rebelde, ingenua y caprichosa, con una sensualidad inocente y genitiva.

Gina comen muy pronto a reaccionar al esmulo. En lugar de limitarse a experimentar la sensación, hablaba en voz alta como dándose instrucciones a sí misma.

Sí, así, qué bien, sigue, ayy, me gusta, ohhh, sí, es genial, así, qué delicia, sí, sí, ohh, qué bien lo haces, ahh, continúa, me voy a correr, sí, humm, jooooodeeeeeeerrrrr, jooooooddeeeeeerrrr…

A Jorge le encantaba aquella entrecortada caligraa tan bien perfilada. Pronto comprendió que Gina es de las mujeres que se dejan hacer, pero que no toman ninguna iniciativa: su ego está satisfecho cuando se siente admirado y su cuerpo cuando se siente deseado. Se encuentran exclusivamente centradas en su placer y en recibir esmulos. No están muy interesadas en satisfacer a nadie. Consideran que el otro ya encontrará placer suficiente en satisfacerlas a ellas. O simplemente no consideran nada en absoluto.

Como los niños: sólo existen ellos, sus necesidades y sus caprichos. Una relación con un solo protagonista porque ambas partes están enamoradas de la misma persona.

En este caso, Jorge de Gina, y Gina de Gina.

¿Y qué? se dijo Jorge encantado de hacerla morir de gusto. Jorge es muy autosuficiente, no depende de lo que hacen los demás, por esto no espera nada de nadie en ninguna circunstancia. Se limita a bailar el baile que tocan, en aquel caso volver loca de placer a una mujer deseosa de abandonarse en el éxtasis. Así que, ni corto ni perezoso, adoptó su vertiente lésbica, la más indicada para las que adoran con delicadeza su propia imagen. ¿Quién mejor que una mujer para dar placer a otra mujer? Un argumento que no es válido en el caso de un placer compartido entre hombre y mujer, pero absolutamente cierto cuando se trata de un placer egoísta como en la circunstancia que nos ocupa.

—Unas veces se comparte y otras no, nada que objetar se dijo. Jorge conoce perfectamente el hacer lésbico, y además le encanta. Un a descif para siempre el enigma de Lesbos viendo una exquisita película de lesbianas. Precisión, ternura, dedicación, sensualidad, abundancia, y paciencia. Una explosión interminable Una espectadora anónima dejó escrito un comentario muy concluyente al respecto de la secuencia documental: Ya me gustaría que mi marido me hiciera lo que sabe hacer esta mujer… Desde aquel a se hizo lesbiano para disfrute de todas.

Jorge no paraba con su martirio diabólico, y Gina no paraba de decir jooooooddeeeeeerrrr, en todas las tonalidades imaginables. Fue una delicia que se prolongó varias horas. Al final la penetró, escuchó el último jooooooddeeeeeerrrr de la noche, y a Jorge se le achinaron los ojos por el efecto placentero de las endorfinas del orgasmo. Aún encima de ella, la mi con una sonrisa licuada, y ella sintió que la miraba con un endulzado amor genuino.

Se te han puesto ojos de chino, mi amor… dijo Gina todavía ingvida.

Fue una velada serena y excepcional. Una primera noche envuelta con la naturalidad de años de experiencia. Pero, sobre todo, fresca, rontica, descarada, creativa, poderosa, pasional, y cariñosa.  Lo que dan de sí Jorge y Gina en la misma cama. Durmieron desnudos y se encontraron en universos poblados de seres angélicos, adornados con flores de oro y plata, perlas y pedrería. Escucharon enlazados melodías celestiales. Se miraron en sueños. Se miraron uno soñando dormido y el otro soñando que estaba despierto. Se contemplaron despiertos a los ojos con las caras muy próximas. Se miraron tanto que al final se enamoraron. Por la mañana, Gina iba desnuda por la habitación y Jorge la miraba fascinado desde la cama.

Tienes un cuerpo de adolescente decía Jorge.

Y Gina sonreía complacida y encantada de ser admirada. Sonó el teléfono en la mesita de Jorge. Era la recepcionista. Gina se acercó y habló con ella. Estaba de pie, y Jorge tumbado en la cama con la cabeza a un palmo de su monte de Venus.

Qué cosa más maravillosa… pensó.

Acercó la mano y lo acarició cariñosamente con las yemas de los dedos mientras ella hablaba. Despacio, delicadamenteEn la Escuela de Arquitectura, Jorge tuvo ocasión de dibujar muchas esculturas griegas de mujer. Para dibujar bien has de volverte lo que

dibujas. La mujer tiene muchas curvas, pero no todas son igual de sutiles. A sus dieciocho años, a Jorge le fascinaban dos: la comba del vientre de la Venus de Milo, y la exquisitamente refinada curvatura de todos los montes de Venus que encontraba a su paso.
 
Gina tiene uno de los montes de Venus más adorables que he acariciado en toda mi vida se dijo al terminar de acariciarla. Y era verdad. Se despidieron cansados, pero satisfechos. Había pasado lo que tea que pasar.


Escrito por:
Jorge Bas Vall


 
 

11 comentarios:

  1. erótico sin caer en lo soez, intimo y real. ¡enhorabuena!

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    1. Muchas gracias, Nuria. De lo erótico a lo soez hay tan poco como de lo sublime a lo ridículo. Por esto es tan delicado este género, y tan sencillo si se escribe con toda la naturalidad que el asunto merece... Lo importante, como dices muy acertadamente, es que el contenido resulte íntimo y real. Todo lo demás es estar fuera de sitio...

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  2. Y es que ls sociedad se preocupa más por parecer que ser. Un tema muy bien escogido y muy bien plasmado.

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    1. Muchas gracias, Fernando. Con los modelos educativos actuales no podemos acceder a nuestra verdadera naturaleza, sólo alcanzamos a crear una imagen mental de nosotros mismos. Imagen que nos otorga una identidad cuya carta de existencia depende únicamente de la admiración y el reconocimiento de los demás. Sin los demás no somos nadie. Nada. El día que hayamos realizado nuestra verdadera naturaleza seremos TODO. Los demás ni siquiera existirán...
      Esta es la tesis central de mi libro: DIOS SOMOS NOSOTROS, Ediciones Carena.

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  3. Linda historia de encunetros y desencuentros con un touch erótico...

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Gontxu. Saludos cordiales

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  4. Un encuentro de dos días en la vida de dos amantes bastante picante. Estuvo bueno.

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    1. Gracias por el comentario, Carlos. Lo cierto es que hubo de todo:
      dulce, salado, astringente, amargo, meloso, ácido, y, no sé por qué, también picante...
      Pero en esta narración no se hacen especiales distinciones entre las especias:
      la vida es una sinfonía polifónica con todas las especias imaginables...

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  5. JUAN CARLOS MUÑOZ28 de marzo de 2013, 14:00

    Bonita historia. Enhorabuena Jorge.SALUDOS

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  6. Muchas gracias, Juan Carlos. Me alegro de que te guste. Saludos cordiales.

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  7. Tenía que pasar lo que tenía que pasar. Un descripción justa, una espera paciente, un juego bien jugado, cada uno tuvo lo que esperaba del otro, muy bueno! saludos!

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