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viernes, 8 de febrero de 2013

El encanto del imposible. 3. Olivia está cansada de tanto pensar.


    La contenida excitación de Alfred corriendo por la autopista contrastaba con la sumisa indulgencia con que su mujer, Olivia Alejandra Fitzsimons, contemplaba su cuerpo desnudo en el espejo del dormitorio. El baño caliente de mirra y vainilla del Trópico de aquel viernes por la noche, había puesto el punto final definitivo a la redacción del proyecto para la ampliación del Museo de Arte de Filadelfia.  

    Antes de las elecciones, el Ayuntamiento de Filadelfia convocó un concurso restringido para ampliar el Museo de Arte por el parque de Azalea Gardens, cerca de Fairmount Waterworks, y había invitado también a Fitzsimons, Kleinschnitz & Associates, la firma de Arquitectos que dirigía Olivia. En gran medida, debido a la influencia de su padre, Robert K. Fitzsimons, Republicano, futuro Senador del Estado de Pennsylvania y amigo personal de George W. Bush, en su época de Gobernador de Texas.  

    En parte también, nadie hubiera podido negarlo, debido al prestigio profesional que su firma comenzaba a tener en el contexto arquitectónico. Presidenta de la firma y Arquitecta de talento, desde que se graduó en Princenton, Olivia Fitzsimons había estado centrada en encontrar el verdadero sentido de la Arquitectura, se hallaba profundamente convencida de que nunca lo había tenido.

    ―Un sentido, un contenido. Alguna esencia fundamental capaz de nutrir la sensibilidad. Que nos devuelva a un orden de cosas auténtico, alejado del sensacionalismo, de la falsificación, del facilismo. Una Arquitectura que nos considere personas con dignidad, que evite hablarnos como si fuéramos cursis y sensibleros. Como si fuéramos idiotas ―decía un poco concernida por tanta vulgaridad.  

    La exquisita sensibilidad de Olivia provenía del frondoso vergel interior en que gustaba perderse para experimentar la sublime elegancia de su intimidad impalpable. Igual que su particular sentido de la estética, un refinado concepto de armonía que identificaba con la Belleza. Una delicada urdimbre cristalina de tonalidades áureas, incomprensible para los que desconocían la ternura. Un mundo interior que no podía compartir ni siquiera con su propio marido. En aquel entonces Alfred todavía no comprendía la ternura, estaba demasiado hambriento de sensaciones. Vivía excesivamente centrado en el placer inmediato, era incapaz de ahondar en los niveles profundos del sentimiento.       

    ―Hay cosas que más que hablarlas, hay que vivirlas. O simplemente dejarlas correr ―decía Olivia harta de razonamientos inútiles.    

    Olivia encarnaba una armonía polifónica de color albaricoque entre estética y sentimiento, que trascendía con holgura el carácter riguroso, lúdico, o rematadamente frívolo de la situación que le tocara vivir.    

    Al mirar distraídamente la noche por el ventanal que daba al estanque del jardín, sintió que la brisa deleitaba su cuerpo con ternuras desprovistas de intención y de contrapartida. Experimentó el goce liviano de sentirse acariciada por un aliento portador de murmullos de bosque, bañada en un estanque de besos perfumados con fragancias de gardenia y de rosa. Se deleitó en la complacencia inocente de mostrarse desnuda al parpadeo mimoso de las estrellas del firmamento. Disfrutó la satisfacción inenarrable de ser el universo mismo, la emoción conmovedora de sentirse querida con un amor luminoso que brota desde lo más hondo del pecho. Expandirse en aquella inmensidad sin ninguna noción de tiempo, le permitía experimentar aspectos desconocidos de su ser. Se sentía ella misma.   

    Allí está. Una imagen tornasolada de increíble belleza que no puede precisar si está en aquel cielo bordado de estrellas, o la vive en su interior en medio de una profunda serenidad. Es ella, no tiene ninguna duda.    

    Avanza con el corazón rebosante de dicha, segura por la confianza que le da aquel amor. Cogida de la mano de Rama camino de un destierro incomprendido desde lo humano, pero aceptado desde la conciencia como imposición de un destino liberador. Exilio obligado para restaurar un equilibrio trastocado por hogueras de rebeldía, al que Rama se ve abocado con Sita, la Princesa de Mithila, su mujer del alma, y con Lakshmana, su hermano incondicional. Expatriación impuesta, pero libremente aceptada.  

    Catorce largos años en el apartado bosque de Dandaka que dejan consternados a unos súbditos inmersos todavía en las celebraciones de los esponsales, frescas aún flores y guirnaldas, que no entienden los vericuetos de la Corte, ni de porqué reina quien reina. Menos aún, que siendo Rama el primogénito, sea Baratha, su hermanastro, quien acabe reinando en Ayodhya. Siempre hay razones ocultas detrás de lo inmediato.   

    ―Cosa de mujeres, Aksha, nuestra desgracia ―dice Khara.    

    Cuando Rama llegó al reino de Mithila para doblar el arco de Shiva, quedó enseguida prendado de los ojos de Sita, la hija del Rey Djanaka. Un arco de origen divino que Indra, Dios de Dioses, entregó al Rey de Mithila para que protegiera su reino hasta que hubiese concluido la guerra contra los demonios. Arco poderoso de naturaleza sobrenatural que todavía nadie había logrado doblar, por más que lo hubieran intentado Reyes, Príncipes y Señores de la Guerra de todos los confines. Tanta la dificultad se auguraba, que Djanaka, atribuyendo un innegable carácter divino a la circunstancia, concedió la mano de la Princesa Sita a quien consiguiera doblarlo. Fue el propio monje Vishwamitra designado por Djanaka para celebrar los rituales de la ceremonia, quien, presagiando cataclismos de carácter trascendental, convocó a Rama y a Lakshmana para que participaran en aquel singular evento. Su poderosa introspección de ermitaño intuyó al instante que Rama, en quien había observado una sorprendente destreza como arquero, sería capaz de curvar el arco de Shiva. Aquella noche docenas de ángeles cantaron al oído de Vishwamitra que doblar el Arco de Shiva constituía patrimonio exclusivo de una encarnación divina. Señal inequívoca, pues, que definiría al elegido.   

    ―Las encarnaciones divinas siempre presentes, Aksha ―dice Khara.

    ―Te recuerdo que Rama fue una de nuestras peores desgracias, Khara.  

    Un argumento que todavía colea, y no sabemos cómo terminará ―matiza Aksha.   

    ―Los elegidos son los únicos que comprenden el verdadero alcance de la función. Los únicos que saben que el Zorro es Antonio Banderas, y Sharon Stone la preciosa Catherine Tramel. Los demás ni siquiera sabemos que todo es una simple representación. Incluso resulta completamente indiferente a la pantalla si la película es buena o es mala, si terminará bien o terminará mal ―le dijo Olivia a Alfred la noche anterior.

    ―Caminar al lado de Rama no ha sido ningún sueño. La experiencia de lo vivido siempre queda muy lejos de lo imaginado, forma parte de tu propia naturaleza. Conmueve, transforma, da una dimensión insospechada ―se dice categórica.    

    Olivia se ha propuesto llegar al final de las religiones, considera que la idea de Dios es una intensa ilusión. No comulga ni por asomo con el aserto de que Dios es incognoscible. Quiere indagar en lo que esconden creencias y ritos, incensarios y candelabros, mitras y escapularios. Cónclaves y encíclicas, concilios y concordatos. Tanto libro sagrado que hemos venido tomando al pie de la letra. Quiere esclarecer el enigma de cómo convertirse en la Infinitud al margen de cualquier creencia, de cualquier culto, de la jerarquía más establecida. Aunque se presente adornada de oros y granas, de púrpuras. Aunque de austeras cenizas. Algo le va diciendo con cantata magistral de réquiem que tanta pretendida verdad es la mayor de las mentiras. Cree que la religión es un código de conducta restrictivo, una limitación instituida por nosotros mismos. Una ideología como otra: como ser demócrata, o ser comunista. Un condicionamiento que trascender sin ningún miramiento para poder hablar de auténtica espiritualidad. De felicidad.    

    —El día que las iglesias se dejen de tanta creencia y experimenten por fin el amor, se acabarán para siempre las guerras de religión. Cuando seamos el amor mismo, ¿qué sentido tendrá ningún enfrentamiento ideológico? —se decía añorando sinceramente aquella seguridad que libera del pensamiento.   

    Lo ve cada día más claro, Olivia lleva años amaneciendo.   

    La luz inmaculada del alba deshace ensoñaciones y quimeras, aun los sueños más densos. Aquellos que casi parecen ciertos por el hecho irrelevante de que haya habido hasta muertos. Quién sabe si también concurrencias sanguinarias de ángeles y demonios en las que todos ganan y todos pierden.    

    —Qué dulce debe ser la sangre de ángel —decía Olivia.

    —Qué dulce debe ser la sangre de demonio —añadía Alfred.   

    Dulzuras y estandartes que a Olivia le agotan la imaginación. La exasperan. Con tanto laureado pregón de festividad no la dejan ser perfecta. La entretienen. Las proclamas plateadas atraen también la atención de los malditos. Olivia quiere convertirse en la infinitud misma. Experimentar lo ilimitado. Contemplar la limitación que la rodea como si fuera algo divertido. Percibir la ternura oculta en la inconsistente realidad que tiene delante. Vivir aquel amor auténtico que arranca definitivamente de la mediocridad y permite acceder a la bienaventuranza.    

    Lo quiere, y lo quiere sin demora.   

    —La verdad no es ninguna idea, es un estado de conciencia. Una vivencia que experimentas cada segundo. Es el ahora —se dijo entre tanta autenticidad.     

    Olivia es ambiciosa como sus abuelos, los primeros banqueros de Filadelfia. Quiere realizar aquella aspiración legendaria y bíblica de convertirse en la mismísima infinitud. Está cansada de presenciar una humanidad nihilista, obcecada en el equívoco ancestral de que lo infinito es inaccesible. Un patrimonio quimérico. Un cielo enrevesado de mermelada de cerezas negras que quizá veamos de muertos. Como si la Muerte dejara ver nada. Como si los cielos fueran de mermelada.     

    —Sabernos pensantes nos ha hecho creer que podemos pensarlo todo. Que pensar nos conducirá infaliblemente hacia algún lugar que valga la pena. Que pensar nos hará libres. Imagínate — le decía con cariño a su abuelo Mark.

    ―Piensas demasiado, Olivia ―contestaba su abuelo con una sonrisa venerable de las que amplían el corazón.    

    El abuelo hablaba con su gata mientras se fumaba un habano. La llamaba guapa en un tono travieso cariñoso que la gata comprendía a la perfección.     

    ―Hace falta ser muy sabio para pensar en su justa medida. Ni más, ni menos. Lo indispensable, Olivia. Lo justo ―añadía paladeando el cigarro.

    ―La religión es un asunto pensado ―concluía Olivia en voz baja.    

    Por esta razón quería desvelar sola las claves del infinito. Acceder a la perfección sin necesidad de tener que creer en nada. Ser feliz de una vez.      

    Algunas veces solía contemplarse desnuda al espejo. Encontraba placentero mirar un cuerpo que ni siquiera le parecía suyo. Le excitaba que su cuerpo fuera sensible a unas miradas propias que a menudo le parecían ajenas. Sonreía sólo de pensarlo. El cuerpo femenino siempre había sido objeto predilecto de su atención. Lo encontraba inocentemente fascinante en su natural exuberancia. Al final concluía que nadie la había mirado con una atención tan delicada, ni con una intensidad tan turbadora.

    ―Miradas más perdidas en el pensar que en lo exquisito de la contemplación incondicionada ―se decía recogida en su propio encanto.    

    Aquella noche, sin embargo, tanta indulgencia acabó por incomodarla. En algún momento sintió cómo la vertiente caótica de su naturaleza instintiva chocaba con estridencia contra los contornos de su mente racional. Tuvo miedo.    

    Alfred entró por la puerta del salón con un aire festivo y juguetón. Olivia lo vio como un niño al que acaban de dar un premio y camina atolondrado hacia su madre procurando no caerse por las escaleras.    

    Lo esperaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, vestida con un albornoz blanco hasta los tobillos. Hojeaba el último ejemplar de ANY, la culta vanguardia arquitectónica que edita Eisenman. Estaba leyendo un artículo de Bernard Tschumi en el que afirma que el Tiempo no se puede solidificar, que no cree en una Arquitectura inerte como si fuera música congelada.   

    Olivia se sentía plena y satisfecha. Estaba convencida de que su empeño por integrar la Arquitectura con la estructura del Tiempo, iba a resultar en unos espacios que lejos de inertes, brillarían con una fugacidad cromática capaz de unificar pasado, presente y futuro. Una armonía con tintes de eternidad fundida en un ahora interminable. Arquitectura dinámica, nada de mausoleos petrificados en el seno de la Historia como hasta el presente.    

    Olía a Rosa Celestial de Media Noche. Un incienso que humeaba pastoso en el aire. Amor, Claridad, Conciencia, Conocimiento, llevaba escrito el envoltorio dorado con irisaciones de índigo plateado. Un infinito cargado de aromas.    

    ―Deconstruir la Materia es una realidad, Olivia. Se ha ido descomponiendo como si un poderoso hálito mágico lo hubiera disuelto por completo. Las partículas iban desapareciendo con idéntica fugacidad que chispas de bengala plateada. Ha desaparecido como las dunas del desierto que el viento se lleva granito a granito. Ha sido fascinante, Olivia, casi sobrenatural. Lo único que ha quedado ha sido una luz violeta palpitante. De buena gana me hubiera ido con ellas yo también ―dijo Alfred luego de besarle repetidamente sobre los ojos y por toda la cara.    

    Caminaba inmerso en su propia dicha, completamente arrobado en sí mismo. Flotando como una hoja. Volando como un cometa. Olivia lo miraba contenta. Siempre había apreciado la naturalidad de aquella jovialidad inocente. Lo que más, la dulzura exquisita que Alfred era capaz de demostrar algunas veces y que tanto la derretía por dentro. Una manera de ser poliédrica que muchas veces la desconcertaba con un fulgor repentino excesivamente contradictorio.    

    ―Ahora te seduce meloso, y se muestra impertinente inmediatamente después. Ahora tierno y cariñoso, y luego abrupto como el pedernal. Ahora inconsistente y vacilante, y cortante como el acero segundos después. Capaz de la astucia más refinada, y a menudo de la más adorable ingenuidad ―solía decirse Olivia.   

    Al final se dejó caer en el sofá como el que cae del cielo.   

    ―Cálmate, cariño, explícame el motivo de tu exaltación.

    ―Aplicando la teoría cuántica del campo electromagnético puede desestructurarse la Materia hasta su estado de inexistencia inicial, archivando el código estructural en un soporte digital, y luego reproducir la secuencia de su manifestación material. Desmaterializar un objeto y volver a materializarlo cuando se quiera.

    ― ¿No estarás hablando en serio, verdad, cariño?

    ―La estructura de la Materia pasa por distintos grados de manifestación. Nosotros sólo podemos ver el último, la imagen más densa.    

    Olivia no acababa de dar crédito a sus palabras, pero intuía un hecho cierto. El hechizo incontrovertible de lo que parece imposible.

    ―Has logrado penetrar en los niveles primigenios de la Materia. Las consecuencias de este hecho serán fundamentales para la humanidad.

    ¿Cómo piensas afrontar el alcance de tanta trascendencia?    

    ―Seremos ricos, cariño.

    ―Alfred, éste es un asunto serio.

    ―Sí, mi amor, todo lo serio que puede ser un avance científico. Pero detrás de ello hay fama, dinero, y poder. La magnitud del suceso comporta todo esto. Es inevitable. No me parece ninguna frivolidad tenerlo en cuenta.

    —Dinero y poder. Por favor… —pensó Olivia.    

    Aquel Alfred tan ingenuo lograba despertarle la ternura. Resultaban tan obvias las consecuencias, que el simple hecho de tenerlas en cuenta le parecía de una candidez admirable. Comprensible en momentos de excitación y de cierto descontrol emocional, concluyó un poco más calmada.    

    —Sus ojos tienen un brillo que hace temblar el alma —se dijo Olivia.

    Un fulgor reconsagrado que ya había visto alguna vez antes de casarse, y le transmitió una turbulenta sensación amenazadora.                    

    —La sensación de oír un alarido extraviado que resuena en alguna negrura abismal —añadió presintiendo tragedias. 

    ―Esta Olivia acabará al fin por echarnos el ojo ―se dice Khara al ver aquel destello reflejado en sus ojos castaños.

    ―Los ojos de Alfred son así, a veces te acarician con dulzura y otras te apuñalan con la furia del desespero. Siempre me ha parecido un brillo que no es de este mundo ―concluyó Olivia resignada en medio de tanta fascinación.

    —Alfred, el John Hancock de Chicago ha caído sin causa aparente.

    —Parece una acción programada desde el plano astral, el ámbito de lo invisible. Lo que vemos es sólo una ínfima parte de lo que existe, lo verdaderamente importante ocurre en otra dimensión.

    — ¿Lo invisible?

    —El mundo material es sólo la imagen visible de un mundo mucho más sutil: el mundo Etérico. Una especie de universo paralelo de materia mucho más refinada del cual somos la imagen visible y grosera —dijo Alfred pensativo.   

    En aquel preciso instante recordó haber olvidado el disco que registró el experimento en el ordenador y se sintió repentinamente inquieto.   

    ―Tendrías que haberlo visto, Raquel. Vino hacia mí sin decir palabra. Me cogió la cabeza entre las manos con la misma delicadeza que a una magnolia recién florecida, y comenzó a besarme por toda la cara con besos suaves, cortos y rápidos, durante toda una eternidad. Uno, otro, otro, otro, otro. Así. Siempre me ha gustado esta forma particular que tiene Alfred de recibirme. Los besos sobre los ojos me resultan especialmente enternecedores. Es como si un murmullo de olas te acariciara las terminaciones parasimpáticas de los párpados con delicadeza. La primera vez que lo hizo fue la tarde de mi cumpleaños, en mitad de la acera. Un treinta de Julio, el primero que pasamos juntos. Nos encontramos en la esquina de la Broad con la Walnut, para ir al Zanzibar Blue. Una mujer negra bastante gruesa de labios carnosos, se quedó allí inmóvil afirmando repetidamente con la cabeza. Oigan, este muchacho la quiere de verdad, dijo dos veces hablando sola. La vi por el rabillo del ojo. Llevaba un vestido floreado sin mangas de colores estrafalarios. Sin embargo, ahora me siento bastante más querida que entonces, esa es la verdad ―dijo por teléfono Olivia a Raquel, paseando descalza sobre la hierba del jardín.   

    —Besitos confitaditos de locurita —dijo Raquel un poco celosa.

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Escrito por:
Jorge Bas Valls

4 comentarios:

  1. Me encanta el personaje de Olivia.Espero seguir leyendo sobre ella.

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    1. Te la presentaré... Es una mujer muy completa. Saludos

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  2. Es una historia interesante con muchos matices y gran variedad de creencias. Porque la base para que una religión tenga fuerza es que las demás estén equivocadas. La posición de la verdad es la herramienta más importante de la religión.

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    1. Olivia quiere llegar al Infinito sin creer en ninguna Religión. Está convencida de que ella es la única necesaria para hacer este viaje evolutivo... Y al final lo consigue. Saludos.

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