Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

viernes, 22 de febrero de 2013

El Encanto del Imposible. 28 La estética diabólica tiene algo que hiela la sangre

 
 
“Al pasar como una centella vi la Oscuridad.
 
—A dónde irá esta oscuridad tan apetecible, tan prometedora. Trae el aroma de un calor patriarcal. Regio, establecido, acogedor —me dije.
 
—No, Alfred. Todavía no es el momento —dice Khara.
 
—Es necesario, Khara. No te preocupes por su condición, sólo percibirá el reflejo de lo ocurrido —dice sereno el príncipe Aksha.
 
Entré en aquella densidad espectral: nunca había sentido nada igual.
 
—Mirad, mirad, ya llega —dice Khara visiblemente excitado por la ola gigante de solemnidad que se acerca retumbando en la Oscuridad.
 
La intensa negrura va decreciendo a medida que aumenta el rumor de cadenas que arrastra aquel pisar decidido. Andar sin vuelta de hoja. Cada paso hace temblar un empedrado que casi no se distingue de la negritud. Un pavimento únicamente materializado para soportar la precariedad del instante en que pisa el obstinado poder de la insubordinación. Inexistente, podría decirse. Más que pisadas, afirmaciones rotundas de axiomas perversos, verdades aberrantes, expresiones diáfanas de un odio visceral. Uno de aquellos orgullos inveterados que no languidecen aunque transcurra una eternidad. Al contrario, que crece segundo a segundo, y se multiplica por mil a cada instante. Vehemencia inaccesible desde lo humano. Demasiado rígido, demasiado fraccionado. Aquí, en la insondable naturaleza del Mal, la realidad se materializa y se desmaterializa de repente. Con desearlo. Como si fuera cosa de voluntad. De que alguien lo decida en un instante. Deseo banal de un Lucifer deslumbrante que emerge desde la profunda negrura desplegando las majestuosas alas de su poderío. Tornasoles curvados que abarcan universos con su hechizo irresistible y los hielan con el viento de sus alas. Belcebú, Samael, Duma, Azazel, Asmodeo, Mefistófeles, cualquier nombre que el Infierno quisiera darle. Aquí ni nombres ni siluetas cuentan para nada, designan naturalezas que ahora son así y luego de mil formas distintas.
 
—Para mi Lucifer, por la excepcional belleza de su significado: Hijo de la Mañana, Portador de la Luz, Dragón del Alba, Príncipe del Poder del Aire, y por lo que representa, la esbeltez de un Orgullo cristalino que nunca perece —me dije reviviendo emociones enterradas en lo más íntimo.
 
Hace su entrada solemne en la inmensidad de una estancia abovedada. Densa negritud hecha espacio. Arrastra un Triceratops malhumorado, atado con un manojo de cadenas anudadas al cuello. Se distinguen con claridad los tres cuernos, el collarín que forma la extensión del cráneo, y la boca en forma de pico. Visto de verdad todavía parece más aterrador que en las películas de dinosaurios. Seguramente una inteligencia torcida de modo consciente con ánimo de burla para ofender. Un ser digno que rezuma odio visceral, cansado de andar encorsetado en semejante disparate formal. Gime y aulla.
 
—Bello, a pesar de todo —tuve que admitir al fin.
 
Le aguardan cientos de demonios congregados que despiden una hermosura críptica y visceral. Arquetípica y extraña. Indiscutible. Cierta. Producto de una magnificencia casi olvidada, pero todavía visible. Fisonomías principescas que un destierro abominable ha vuelto decrépitas y decadentes, pero rematadamente seductoras. Envejecidas en la continua desolación de un abandono inexorable llevado con orgullo, construido como inequívoca razón de ser. Semblantes transmutables a voluntad en una belleza diabólica que enamora hasta la perdición, que convence con un encanto maléfico y engañoso. Capaz incluso de arrebatar cualquier decencia obligada por la Mente. Un ardor luciferino que mata de sed con la promesa de aquella sublime sedosidad que emana lo celestial. Sed de un Mal que acaba por convencer de que es el Bien. La sed insaciable del espejismo. Perfiles esculpidos con la estética perdurable del Mal. De un refinamiento inagotable, perfectamente definido, rigurosamente derivado de lo excelso que fue con anterioridad. La otra cara de lo sublime continua siendo sublime. No son sólo las caras las que poseen la naturaleza inigualable de lo Sublime: son las caras y las cruces. Es la moneda entera. Lo Sublime no tiene caras ni cruces. Es.
 
—Estética diabólica que a Olivia le encantaría —me dije.
 
Una frivolidad innegable dada la circunstancia, es verdad: mejor entretenerse en criterios estéticos que enredarse en emplomadas dialécticas de concepto. Una reacción defensiva comprensible en medio de la Oscuridad. Más aún en un ámbito donde el hecho mismo de pensar resalta claramente por su incompetencia. Pensar en el Abismo carece de todo sentido. ¿Qué pensarías en lo más profundo de la Oscuridad? Seguro que no te acordarías ni de Paris Hilton. Imagínate. Gracias que te asista el aliento. Que puedas mantener una cierta identidad, aunque resulte borrosa y algo desleída, apenas reconocible, quizá al borde mismo de su extinción. Incluso se me vino a la cabeza la idea de si me volvería un demonio con aquel áureo perfil ancestral. Me emocioné. Fue una mezcla repentina de vértigo y de afirmación en la propia naturaleza. Plomo plateado. Algo distinto del yo que proporciona ser Alfred o Josefina. Sin embargo, los demonios no tardaron en arrancarme de aquel encandilamiento metafísico tan refinadamente erótico. Eran bellos, sí, pero exaltados como rabia encabritada retorciéndose sobre sí misma. Una masa desasosegada, casi histérica, como un fuego vehemente descontrolado. Jauría de bestias hambrientas que espera de su amo algún gesto que esclarezca la irritante turbulencia que se barrunta. Odio y rabia.
 
Le abren paso doblando la rodilla, ratificando un vasallaje incuestionable que ya viene durando casi una eternidad. Aquel Lucifer de antaño, Lucifer ahora también, se sienta volteando la capa con una autoridad fuera de duda, dejando a sus pies aquella bestia encadenada. El único. Un poder que subyuga con el hechizo de haber sido el primero. Alguien sublime. Casi la Omnipotencia misma. Exhibe con innegable brillantez el sello inconfundible de la gesta heroica, el carisma consistente que da haber desafiado lo imposible, el carácter que imprime haberse implicado en un hecho trascendental. Una voluntad de magnitud insoslayable: con el magnetismo sobrecogedor de quien osara menospreciar a la Luz para erigirse en su propia luz. Las batallas estampan su sello candente tanto al que las gana como al que las pierde. Hay hechos cuyas consecuencias perduran eternidades. Un rostro que el orgullo visceral hace incluso lustroso. La incandescencia de una inteligencia obstinada en un solo propósito ilumina con todas las luces de la Oscuridad. Qué realeza, a fin de cuentas, señoras y señores.
 
—Nada está consumado, ni lo estará nunca —parece decir aquella expresión petrificada por la espera contumaz.
 
Sin embargo, aunque el Mal no pueda competir con lo Bello, la estética diabólica tiene algo que hiela la sangre. Aterra, pero hechiza. Emociona.
 
El semblante de Lucifer, siempre inconmovible en su terca disposición, refleja con sutileza la caricia corrosiva de una Oscuridad inquieta: aquel poder capaz de aglutinar la ira de la Oscuridad en su puño incandescente, no puede evitar un hiriente matiz de contrariedad en el rostro. Aquella chusma enervada olisquea instintivamente que se aproxima la tragedia. Un hedor corrosivo cargado de malos presagios anuncia la ejecución aplazada de una sentencia implacable.
 
Un hecho insólito que después de tanto sigue interfiriendo la armonía de la Creación. Aunque la mayoría viva ensimismada en los deseos de cada día, Alfred sigue conmovido por el alarido funesto aquella equivocación dice Khara.
 
Al fin Lucifer toma la palabra, más para sí que para nadie.
 
—Si no conseguimos pronto nuestro propósito desapareceremos de la faz de la Creación. Carecemos de autosuficiencia, somos incapaces de crearnos a nosotros mismos, de existir al margen de lo que ya existe. Formamos parte de todo lo creado: ahí radica precisamente nuestra debilidad.
 
—Un discurso desacostumbrado en el Infierno —se dicen Kumbha, Khara y el príncipe Aksha, muy atentos al tono del parlamento.
 
Lucifer continúa hablando ensimismado.
 
—La Creación está abocada a una completa reestructuración. Puede que a una disolución irreversible que abra paso una nueva Creación. Nuestro final definitivo, en consecuencia: la aniquilación, la nada, la inexistencia absoluta. Dominamos un imperio sin un rayo de luz que consolida la supremacía de la Oscuridad. Sin embargo, Majestades, aunque Príncipes del Mal, es precisamente en lo humano donde tenemos abierta una fisura inquietante. Aunque equivocados como nosotros, los humanos siempre han logrado escapar a nuestro dominio. Nada de lo que poder vanagloriarse, ciertamente. Un hecho inadmisible para nuestra dignidad de Príncipes de las Tinieblas. Especie limitada la humana, pero con la indiscutible habilidad de regenerar su equivocación. Capaz incluso de deslumbrar a los nuestros con su impredecible poder de perfeccionamiento. Para nuestra vergüenza también, hay que reconocerlo. Creímos que porque entreabrían sus bocas jadeantes disfrutando de la Lujuria, iban a permanecer errados para siempre. Qué trivialidad. Es una especie peligrosa: ofrece placeres que fácilmente pueden ser considerados sustitutos de nuestra condición diabólica.
 
—Su enorme poder de regeneración no deriva de lo sensorial, Lucifer —se dice el príncipe Aksha contemplando a Olivia sentada con los ojos cerrados.
 
Aksha coincide con Lucifer, pero discrepa del placer que puede tentar a un demonio hasta el punto de hacerle olvidar la Oscuridad. Lucifer ha poseído muchas hembras con estrepitosa bestialidad, mientras las hijas de Lilith clavaban sus garras en la blancura virginal de sus carnes y les daban a beber sangre endulzada. Pero el príncipe Aksha ha presentido la Infinitud sin saberlo. La ha intuido con su poder de introspección demoníaca, al contemplar los párpados dorados de Olivia cuando medita con aquella carita de Princesa de Mithila.
 
Lucifer se va enfureciendo solo. Todo quiere temblar.
 
—Resulta humillante comprobar que muchos de los nuestros hayan preferido encarnar como humanos, que mantener su egregia condición de Príncipes de las Tinieblas. Qué ignominia. Han renegado de su insigne condición para incorporarse de lleno a la especie que juraron someter. Al principio crearon las bases precisas para que los humanos renegaran de su origen y se alejaran para siempre de su esencia, es cierto. Pero, contra todo pronóstico, no pudieron evitar caer en la trampa: a falta de alguna luz, prefirieron lo sensorial que seguir odiando en las tinieblas. Cambiaron la soberbia de la Oscuridad por la naturaleza humana.
 
Alfred va a emocionarse dice el príncipe Aksha.
 
—Qué historia más romántica —me dije.
 
En un acto de enajenación, muchos prefirieron hacerse humanos de pleno derecho. Los humanos tienen un poder engañoso: su elevada capacidad evolutiva. Parecen cucarachas incansables guiadas por la luz del amanecer. Para nuestra fortuna, todavía están convencidos de que pensar va a hacerles felices, dan por verdadera la falsa identidad creada por el ego, y no escuchan a nadie: siempre quieren tener la razón. Además, por ahora no están para infinitudes. No comprenden que para acceder a lo ilimitado, primero han de trascender sus propios límites. Les encoleriza que alguien les muestre su limitación. Les aterra la idea de que para ser grandes tengan que abdicar primero de sus privilegios de pequeños dioses: se encuentran satisfechos con su miseria. Pero al final lo imposible acaba haciendo mella: habla de cosas incomprensibles que hace mucho tiempo que algunos quieren oír. Mientras ningún humano descubra su naturaleza infinita y la realice, estaremos a salvo. Es lo único que debemos evitar por todos los medios. Si algunos escapan de la limitación y alcanzan la Inmortalidad, se salvará toda la especie, quedará restablecido el Orden del principio, y con ello comenzará nuestro concluyente final.
 
—Es lo que está buscando Alfred, a fin de cuentas —se afirma Aksha.
 
Lucifer hace una pausa dolorosa.
 
—Una Creación desprovista de todo lo Ilusorio, establecida en lo Real. Una condición en la que no tenemos sentido: el final de nuestra razón de ser. Mientras la humanidad persista en su condición limitada nunca alcanzará la Inmortalidad. Mantener su equivocación dependerá de nuestra habilidad. Un tiempo precioso que nos permitirá extender la Oscuridad por toda la Creación: si no creadores, al menos amos y señores de la Creación.
 
Lucifer me ha conmovido como a un demonio temeroso de que le usurpen la existencia. Nunca tan pocas palabras han logrado sacudirme tanto. Un discurso que evidencia la impenitencia proverbial de la Oscuridad, el carácter irredento de su condición. La imperceptible convicción de que algunos humanos podrían estar cerca de alcanzar la Infinitud ha transmitido un matiz de rebeldía a la asamblea.
 
Una soflama penetrante que Alfred ha soportado con cierta inquietud. Tiene un pasado a punto de explotarle en las manos, como si tuviera un nombre a punto de pronunciar en la punta de la lengua. Lucifer ha hablado de él. Alfred lo intuye, pero no sabe nada más. De ahí su conmoción: le concierne, pero no sabe que le concierne, cómo, ni hasta qué punto —dice el príncipe Aksha.
 
La reacción no se hace esperar.
 
Moloch, el paralelo perverso de Kether, la Corona del Conocimiento. El primer Sephiroth. Existencia de existencias. El Secreto de los secretos. El Antiguo de los antiguos. El Antiguo de los Días. El Punto Primordial. El Punto dentro del Círculo. El Altísimo. Moloch, abominación de los Amonitas, encarnación del aspecto salvaje y devastador del calor solar, guerrero de los más fieles, el que demostró mayor intrepidez en la contienda en que quisieron apropiarse de la Luz, de los pocos que todavía mantienen incólume el espíritu de la caída, siempre astuto en conjurar flojeras y desánimos, toma la palabra de un modo decidido.
 
—Que vayan a la Luz, mejor. Iremos con ellos. Será la oportunidad que tanto hemos esperado. Si algunos de los nuestros se decidieron por lo humano renegando de su insigne condición principesca, ¿creéis que va a resultar difícil disfrazarse entre ellos, y una vez cerca de la Luz reiniciar por fin la anhelada conquista? La nada obliga a reaccionar con firmeza: es la más pura inexistencia.
 
Baal, Gran Duque del Infierno, al que muchos humanos han visto con tres cabezas, de gato fosforescente, de hombre coronado, y de sapo viscoso, con un torso robusto terminado en patas de araña, el que hace invisibles y astutos a aquellos que le invocan, divinidad principal de caldeos, babilonios y fenicios, al que sacrificaban bueyes y terneras, y las mujeres se prostituían en su honor hasta que Jehová lo mandó al Infierno, regio de talante, con un semblante bastante desgastado por el odio, trae el ademán severo del que posee información reservada de inmediata deliberación que se adivina crucial dada la circunstancia. Se acerca con tiento a Lucifer por detrás, y le susurra al oído.
 
—Te recuerdo, Dragón del Alba, Caudillo de los Infiernos, que los humanos disponen de una naturaleza que les permite identificarse con lo Absoluto. Ser la mismísima Infinitud. En esto nos aventajan: miserables hoy, pero quizá Omnipotentes mañana. Nosotros, en cambio, Príncipes de las Tinieblas para siempre. Casi Omnipotentes, pero únicamente rozando la Autosuficiencia. Supongamos, Lucifer, Hijo de la Mañana, que nuestra hueste adopta la forma humana para engañar a la Luz, y una vez en lo humano, alguno de los nuestros encuentra el camino de lo Ilimitado, y se convierte en la naturaleza del Absoluto: ¿a qué Luz combatirá después de haberse convertido en la mismísima Luz? Sin darnos cuenta, Egregia Majestad, habremos desaparecido para siempre del modo más necio. Iba a tratarse de una auténtica humillación, Lucifer. Con nuestra falta de perspicacia, en un santiamén convertiríamos la más densa Oscuridad en la más pura Infinitud. Y para nosotros, de premio, la aniquilación. La nada.
 
Lucifer no mueve ni una pestaña.
 
—Sigue —dice pensativo.
 
—Te recuerdo que algunos de los nuestros comenzaron copulando con las hijas de Caín hasta que terminaron como humanos. Aunque limitado, lo sensorial pudo más que su odio ancestral de demonios. Esos, fueron los necios. Sabes perfectamente, también, que algunos de tus allegados cuando eras el Hijo de la Mañana, luceros refulgentes, inteligencias perfiladas como diamantes, conscientes como noches de Luna llena, abandonaron la Oscuridad y eligieron lo humano para alcanzar el Reino de la Luz como naturalezas inmaculadas. Mucho peor, Lucifer. Estos han invertido los términos: ya no quieren subyugar lo Eterno, anhelo ancestral de nuestra estirpe de Príncipes de la Tinieblas: quieren ser la mismísima Infinitud, la única alternativa que ofrece su recién adquirida condición de humanos. Han cambiado la soberanía de la Oscuridad por el más rotundo de los vasallajes: convertirse en la naturaleza misma de la Luz. Esto, Lucifer, aunque sepultados en la Oscuridad, resulta demasiado tentador para que todos lo sepan. Habrá que engañarles. En un momento de desasosiego como el presente podríamos perder lo mejor de nuestra egregia hueste demoníaca.
 
Lucifer, bruñido el semblante, asiente casi imperceptible.
 
—Siempre brillante, mi fiel Baal —le dice.
 
Baal apoya sin disimulo la estrategia guerrera de Moloch.
 
—Regresaremos a la Luz disfrazados de humanos —les dice entusiasmado.
 
Asienten todos con una febril aclamación.
 
Belial, perteneciente a la antigua Orden de las Virtudes, ahora Demonio de las Mentiras, aparece sobre un carro de fuego tirado por dragones. La Bestia, le llaman en el Apocalipsis. Resignado desde el principio a su ingrata condición de desterrado, siempre antepuso la Oscuridad a la aniquilación definitiva como resultado seguro de una nueva derrota. Aunque vaya montado en un carro de fuego, Belial se siente más derrotado que nunca.
 
—Si los humanos alcanzan la Infinitud, nos disolveremos en la nada absoluta sin que medie lucha ni derrota. Oscuridad, sí. La nada, nunca. Aunque condenados al humillante suplicio de una eterna Oscuridad, siempre resulta preferible la existencia que la nada —se dice Belial con notable suspicacia.
 
Acabar en la más pura inexistencia se hace imposible de imaginar. Ser demonio no da para tanto. Los demonios vienen coqueteando con la eternidad desde antiguo, pero la falta de existencia es algo que ni siquiera pueden comprender. Belial es consciente de la asentada ceguera que les envuelve. Lo ficticio da para mucho, pero no para siempre. Es consciente de que han pasado demasiado tiempo en la Oscuridad, y ya no saben lo que quieren. El Reino de las Tinieblas está bien para darse una vuelta, como hicieron Dante y Virgilio. O para entenderlo como una idea ilusoria como hacen los humanos: sin saber si es verdad, o es mentira. Nunca para pasar una eternidad. El desespero impotente propicia disparates todavía mayores, puede que incluso bastante más dolorosos.
 
—Quizá el secreto consista en demorar todo lo posible la improbable circunstancia de que los humanos recuperen la Luz —concluye Belial.
 
Toma la palabra a tenor de este convencimiento.
 
—Augustos Príncipes de las Tinieblas, propongo una estrategia que proporcione el tiempo necesario para que los humanos acaben olvidándose de querer ser Infinitos. Tiempo para que algunos demonios que se convirtieron en humanos enfrenten la autosuficiencia de la Luz, reestructuren por fin la Inmensidad, y, una vez Señores de la Creación, nos rediman de la Oscuridad, nos honren como veteranos, y nos den privilegio en el nuevo Orden Cósmico.
 
Un rayo de esperanza alivia el desaliento general.
 
—Otro como yo, imposible —se dice Lucifer.ç
 
Aunque luego tenga que admitir con cierto rencor que bien podría hacerlo de nuevo cualquier otro en su lugar.
 
—Si se levanta y vence, ¿va a darnos realmente entrada en el nuevo Orden Cósmico, o tratará de mantenernos en la Oscuridad para acrecentar aún más su poder? Y si nos abriera las puertas en virtud de viejas lealtades, ¿qué Caudillo habría de tener el recién creado Imperio Celeste: yo, por intentarlo el primero, o él, por salir victorioso esta vez? Si decide ser él por haber ganado, tal como presiento, ¿qué estrategia será la mía para destronarle, si de todos modos tendré que ser yo Señor de los Señores? Otra guerra presiento. Guerra que al fin sin duda venceremos. Habrán resultado victoriosos, pero, aunque rebeldes, nunca podrán compararse con nosotros: por ser demonios tenemos una astucia que ellos nunca tendrán —concluye Lucifer con determinación.
 
Alfred piensa en Mara sin saber por qué dice el príncipe Aksha.
 
—De buena gana besaría a Mara apasionadamente —pensé.
 
Belial consigue conjurar por el momento cualquier sombra de aniquilación, de precipitación en la nada. Continúa empecinado en desplegar la estrategia definitiva que pierda para siempre a los humanos: borrar de su espíritu la intuición de lo Ilimitado, desbaratar la llegada a su inconmovible Destino final: la Luz.
 
—Cambiaremos sus conciencias por otras: al final todos serán de los nuestros ¿Lo Absoluto? ¿Qué Absoluto?, dirán, y sonreirán como niños creyendo que se trata de un juego disparatado. Los retrocederemos a formas de conciencia primitivas, a lo monstruoso, les daremos el lustre aterciopelado de la negritud, le hundiremos a la angustiosa densidad de la Oscuridad. Evitaremos los monstruos de antaño, un circo en el que estuvimos cerca de perder el modelo original. Afortunadamente, quedaron algunos. Siempre quedan algunos, grandeza y miseria de esta especie de simios: al final, por deformes o por alejados del origen que estén, regresan de nuevo a lo humano. Ciegos como topos, eso sí. Incapaces de adentrarse en la materia sutil, en lo invisible. Indefensos ante las criaturas que se los comen vivos, nuestros gatitos, alimañas que los van devorando poco a poco hasta dejarles sin conciencia, hasta que viven en su interior. Mirad.
 
Un cuerpo humano de materia sutil aparece suspendido en el espacio. Luminoso, transparente, embebido en el interior de un fascinante dragón tornasolado que muda constantemente de forma y color como si se adaptara a los ciclos incesantes del Tiempo. Despliega innumerables velos a su alrededor, como si fueran emanaciones de un alma embrujada que desparrama hechizos capaces de trastornan la identidad. Alas esplendorosas que ondulan suavemente, un embeleso que roba el sentido con una capacidad de engaño indefinible. Como si emanara suspiros inaudibles capaces de convencer de cualquier imposible. De que uno es invencible en su propia limitación. De que es Rey, amo y señor.
 
—Aunque no quieras, sucumbirás ―parece decir el dragón.
 
Engaño materializado en sonrisa. Una mirada inteligente, calculadora, del todo indiferente al observador, muy consciente de su poder. Dulce, autosuficiente, altivo, amigo en lo aparente, convencido del rotundo encanto hipnótico que posee, de quién es, de cuál su misión, de cómo hacerse irresistible, de su incalculable capacidad de seducción. Los Dragones encantan tanto como las Princesas.
 
―Una de nuestras criaturas más convincentes. Espíritu refinado que confiere la lucidez necesaria para sobrellevar cualquier mediocridad, para poder enfrentarse con castillos enteros abarrotados de miedos. Prometedor de alturas, de la autosuficiencia que exhibe quien maneja el poder, de la satisfacción plateada que otorga ser protagonista: la indescriptible sensación de ser alguien que vale la pena. Una ilusión que llena como si fueras de verdad. Una entidad viva capaz de usurpar cualquier vida. Príncipes de las Tinieblas, mirad qué queda de este ser humano: nada. El cuerpo habitado por una criatura inextinguible que vive en su interior ―dice Belial exultante a un auditorio fascinado.
 
―Soy la entidad del Espíritu Etílico ―dice el dragón.
 
A muchos les parecería imposible beber dragones hasta caerse de espaldas —dice Khara con ironía.
 
―Un espectáculo triunfante apoyado en la indignidad. Los dragones tornasolados saben muy bien donde tienen la vida. Reconocen de inmediato el desconsuelo de las vidas vacías. Aportan luz y calor a cambio de ser los amos. La fantasía deprimente de querer llenarse con lo que sea.  Hay que haber hecho muchas guerras para aspirar a ser auténtico. El sufrimiento y la derrota, la sangre en definitiva, protegen de la trivialidad de querer todo a cambio de nada. Del mismo modo que matan, los dragones anuncian con trompetas de oro que existe lo verdadero. Qué poca satisfacción inmediata conlleva la búsqueda de uno mismo. No es extraño que los dragones estén al acecho. Y las serpientes. Y el Demonio. Para evitar el desierto agotador y la inacabable noche del espíritu, de buena gana te entregarías a cualquier dragón con los brazos abiertos. A lo que fuera. Todo parece más placentero que la búsqueda de la Verdad ―me dije ante aquel descaro.
 
Tanta indignidad me hizo reaccionar como un adolescente que quiere hacer la Revolución. Cualquier revolución que libere de la estrechez.
 
―No obstante, aquí tenéis las mejores. Princesas modositas que prometen refulgencias inacabables, delirios de grandeza, paraísos inextinguibles de dulzuras sin límite, arrobamiento y beatitud, carantoñas bienaventuradas, y acaban convertidas en auténticas brujas que imponen su implacable tiranía a golpe de bisturí. Aquí las tenéis, Egregios Príncipes, las entidades plateadas de los Espíritus Alcaloides. Con el ansia de querer ser más extensos, las invitan a entrar para parecer lo que no son, tratando de materializar el deseo de ser lo que quisieran, empecinados en seguir ignorando lo que son. Destreza macabra por su perfección, que solventa a la inversa la verdadera estrategia para llegar a ser: proporciona un sustituto que aleja aún más de lo que se es y todavía se ignora. Entroniza de modo triunfal vestigios de realidad quimérica en el vaho de la ficción más enraizada. Los convierte en espectros que vagan entre sonrisas de suficiencia por el mar fantasmagórico de los egos derretidos ―dice Belial como si cantara ópera.
 
―Más hermosas que ningún demonio ―me dije.
 
A muchos les parecería imposible meterse Princesas del Mal por la nariz y por las venas. Hay princesas que no se contentan con poseer los espíritus, necesitan poseer los cuerpos como endemoniadas. Disfrutan ahogando cerebros clavándoles las uñas de las dos manos. Es la única manera de que los espíritus queden desperdigados y quejumbrosos, temerosos de no saber dónde meterse de ahora en adelante, despechados por una montaña de carne agotada con tanto ardor de Princesa. Para que luego digan que el espíritu está en el cerebro como si se tratara de una genialidad. Qué lejos están los espíritus de los cerebros.
 
―Dragones y Princesas encantan, pero las que de verdad hechizan son las entidades que prometen lo Real por el camino de la Ilusión. Todavía mejores aún, Majestades Luciferinas. Entidades solemnes cargadas de sacralidad que se muestran como legítimas portadoras de la Verdad. Se acreditan como misteriosas poseedoras del hermetismo capaz de desvelar la delicadeza querúbica que abre la Puerta de la Siete Llaves y permite el acceso a lo Real. Pero que inducen a confundir los valores del espíritu, a tergiversar los arquetipos del Bien y del Mal. Con lo adorable que es el Mal. Las que invocan los Ángeles de Dios en su tránsito hacia lo Oscuro. Se engañan porque ven a la mismísima Corte Celestial. A María Inmaculada y a todos los Santos del Cielo. A Dios con barbas blancas montado en una nube entre esplendorosos rayos de sol. Sin darse cuenta ponen color a las estampitas de la primera comunión. El cerebro desempolva los trajes del armario del Día de la Coronación. Entidades que consienten el acceso a todo lo que se quiera ver: demoníaco o celestial, placentero o doloroso, bello o siniestro. Lo que anida embutido en sus neuronas desde el día que nacieron. O antes, desde que su madre era una niña y un súcubo maligno la poseyó entre edredones de brasas una noche de rayos y centellas. Ven el deseo inconsciente del que realiza el tránsito, la materialización de los ideales que sustentan sus creencias, aquello que siempre han considerado superior, sacro, pero conducidos por la senda resplandeciente de la Oscuridad. La perversión maquiavélica de introducir a la persona en el seno de una simetría funesta, en una jerarquía paralela: parece el Bien, pero es el Mal. Entidades que incluso infunden respeto y veneración. Las consideran sagradas porque permiten el acceso a lo que creen sagrado, aquello que de verdad respetan: sus antepasados, sus dioses, sus cielos.
 
―Lo sacro siempre ha sido acero cortante de doble filo ―me dije pensando la magia de la ayahuasca.
 
―Son las Entidades del Tránsito, las que abren la puerta a otros mundos. Los más sabios acuden a ellas porque quieren voltear con desespero la Puerta de las Siete Llaves, algo que nunca podrá ninguna entidad del Tránsito. No pueden, pero convencen de que uno está llegando a las puertas del Cielo mientras navega pausadamente por la tenebrosa laguna de Estigia que conduce al Infierno. Plantas sagradas, las llaman. Alma de ritos ancestrales en vastas culturas, sacramento con el que introducirse en los cielos de sus difuntos, con el que honrar a sus dioses. Así terminaron civilizaciones enteras, confundiendo entre ríos de sangre la inmaculada palidez de la Muerte con la luz de los soles más deslumbrantes. Por desgracia para nosotros, sólo recurren a ellas los buscadores de la Verdad. Aquellos pocos que han escuchado las trompetas de la Inmortalidad y no se resignan a morir como cualquiera. Los locos que se mezclan con la música indescriptible de las esferas celestes. Ya nos está bien que la mayoría de los mortales no aspiren a nada. Comer, beber y reproducirse. Reinar en sus pequeños reinos. Nada más.
 
―Reinar en sus pequeños reinos, dice ―me dije sonriendo.
 
Para su desgracia y para nuestra fortuna, las Entidades del Tránsito son las que nos liberan de los más peligrosos, los que intuyen vagamente que podrían convertirse en la Infinitud misma. Los muy insolentes están convencidos de que poseen una naturaleza infinita. De modo impreciso, pero cierto. Si no les proporcionamos el medio de acceder a alguna inmensidad ilusoria, no cesarán en el empeño hasta alcanzar la verdadera. Hecho, según vimos, que resultaría el principio inapelable de nuestro final. Sin embargo, soberana hueste demoníaca, contando con estos medios tenemos la batalla ganada de antemano. Por no hablar de tantos y tantos monstruos y espíritus malignos como hemos dispuesto entre la especie para que la confundan y la pierdan. Toda una fuerza de tropa, en efecto. No tan inteligente como nosotros, pero probadamente efectiva. Los fantasmas no existen, dicen convencidos los más sabios. Ni los demonios. Cosa de curas, dicen los ateos. Insigne Caudillo, voto por hacernos con el control de la especie: mal que les pese, tienen milenios por delante antes de convertirse en ninguna infinitud. ¿Para qué inquietarse, pues, con enfrentamientos precipitados y fuera de lugar? ―concluye de lo más axiomático.
 
Los que antes fueron casi la Luz misma, gloriosos caídos todos, hueste demoníaca al completo, se encuentran ahora fascinados ante la deslumbrante belleza de sus propias creaciones. De buena gana muchos se dejarían tentar por alguna de aquellas diabólicas beldades. Aunque fuera sólo por lo insólito de experimentar de tentador a tentado. Por lo novedoso de ceder gustosos a otra tentación que no fuera la consabida de aspirar a ser de nuevo los Reyes de la Luz.
 
―Quién no se dejaría beber la sangre desnudo entre sedas por alguna de estas Princesas del Mal ―me dije pensando en Mara.
 
―Todo muy ingenuo y pueril, incluso un poco teatral. Hueste infernal de tratado de Demonología, escrito por alguno de aquellos vetustos jerarcas eclesiásticos que se vuelven ateos de tanto bregar con las cosas del Cielo. Estética intelectual lerda y hortera, impropia de un refinamiento demoníaco como el nuestro ―se dice Melchi Dael ante aquel cutrerío de candelabros de sacristía tan obsoleto.
 
Demonios rancios y añosos que tratan de abrir camino por la senda inexpugnable de una Oscuridad que de tan primigenia acaba volviéndose luminosa. Con el tiempo, a los demonios se les petrifican las espeluznantes circunvoluciones del cerebro, y se pasan el resto de sus vidas hablando de la Guerra Civil. A muy pocos se les pasa por la cabeza la idea de ser Infinitos, esa es la verdad. Melchi Dael calla como los que saben. Profundamente convencido de que ni Moloch ni Baal ni Belial han reparado con atención en la verdadera naturaleza de los humanos. Seguramente debido al hecho de encontrarse demasiado lejos de su condición, y ser incapaces de trascender los límites de su propia naturaleza diabólica.
 
―Piensan como el que mira de lejos. Ha de valerse de suposiciones y conjeturas para suplir el desconocimiento de la fragilidad o fortaleza del que tendrá que combatir ―se dice Melchi Dael reflexivo como buen guerrero.
 
Para Melchi Dael, conocido por su astucia, la estrategia debería consistir en reparar con mayor detenimiento en la debilidad del contrario. Para que el veneno que haya que inocular sea menos evidente y su eficacia mayor.
 
―Egregios Príncipes de las Tinieblas, Majestades Luciferinas, lo que pueden nuestros Dragones y Princesas con el hechizo de sus tornasoles y el encantamiento de los mundos que prometen, es innegable. Sin embargo, Potestades de la Oscuridad, muy a nuestro pesar, los justos nunca caerán en manos de ninguna Princesa: adoran los grises y los cenizas. Nada quieren saber de magias ni gustan de colorines. Van armados con libros y estandartes, cruces y escapularios, y amparados por una Mente que les protege con la armadura brillante y ajustada del concepto. No porque sean humanos han de ser todos vanos y estar metidos de lleno en la insensatez, es verdad. Pero también es verdad que todos tienen una Mente que habremos de considerar con detalle como nuestra más acertada estrategia para con justos y creyentes, y para con incrédulos y perversos. Para con todos, sin excepción. Mente repicada en mármoles cuyo objetivo no es debilitar, como podría suponerse en un análisis precipitado. Muy al contrario, Mente que habrá que reforzar con nuestra mayor sagacidad. Afirmar a unos en lo insignificante que han conseguido como humanos, consolidar a otros en lo mucho que todavía tienen de animal, y asegurar a los demás en la fantasía de tanto como podrían ser y no son. Afirmarles a todos en la idea de que sean lo que sean, es lo máximo que podrán llegar a ser. El secreto es convertir la transitoriedad por la que discurren, en la más sólida de las permanencias. Convertir los caminos en metas. Los medios en fines. El peligro, Majestades Luciferinas, no es que sueñen con ser infinitos. Esto, por el contrario, resulta una de nuestras mayores ventajas. Lo verdaderamente peligroso sería que se hicieran humanos de verdad: entonces se convertirían en pura Infinitud aunque no se lo propusieran.
 
Se echaba en falta un verdadero intelecto demoníaco.
 
—Qué lucidez más rematadamente escandalosa —me dije.
 
―De aquí que haya que afirmarles definitivamente en lo que son: humanos a medio camino, que en el mejor de los casos aspiran a la ilimitación. Hay que consolidar este medio camino como la meta final: hemos de convencerles de que son los Reyes de la Creación. Reyes y Señores de todo. Mientras se consideren Reyes nunca se doblegarán ante ninguna Inmensidad. A aquellos pocos que añoren inmensidades ya les proporcionaremos nosotros todas las inmensidades imaginables: el poder de hechizo de nuestros tornasoles es capaz de engañar cualquier  sed de infinitud. La Mente, Majestades. Ahí se encuentra la clave. Conformarla, afirmarla, esculpirla. Perfilarla para que pueda explicarlo todo y negar lo que le convenga. Para que configure un mundo propio sobre el que poder mandar, decidir y disponer cómo han de ser las cosas, cómo el universo que les rodea, y cuál el alcance de lo que llaman la realidad. Para que la única vida posible se componga exclusivamente de conceptos construidos sobre un orden lógico sin ninguna grieta que lo cuestione. Una Mente cargada con infinidad de razones capaces de resistir el embate de cualquier lógica, incluida la misma que las ha construido. Razones y códigos de conducta que les impidan identificarse con la esplendorosa inocencia infinita de su propia naturaleza. Códigos morales de imposible cumplimiento que aumenten el desconcierto de quienes traten de cumplirlos. De quienes los impongan, y de quienes se rebelen contra su imposición. Una Mente capaz de crear universos poblados de espejismos, donde nunca se alcance a vivir de verdad. Donde se perpetúe eternamente la Ficción. Una ficción creada por una mente atestada de conceptos, en la que se ignore por completo cualquier vestigio de lo Real, lo Verdadero, lo Absoluto. Un mundo refulgente de ideas en el que no se viva de verdad. Ninguna Verdad, en consecuencia.
 
―Qué engañosa resulta la experiencia de lo que llamamos real. Hasta que no vives tu propio ser, la Realidad, no te das cuenta de que estabas en una completa irrealidad ―me dije con cierta clarividencia.
 
Hablas contigo mismo tratando de explicarte la encrucijada más encarnizadamente psicodélica con la que has de enfrentarte, la única: abandonar la ficción en la que has venido discurriendo sin darte cuenta, y comenzar a existir en lo Real. Decirle a alguien que lo que toca no es real, bordea lo impensable. Decirle que él mismo, con su cuerpo, sus emociones, y un ego más asentado que un cilindro de hormigón clavado en las entrañas de la tierra, no es real, se hace todavía mucho más impensable. El problema reside en entender que hay una falsa identificación de lo que uno es con lo que uno parece ser: el cuerpo, la mente, las emociones, y todo esto. El concepto de yo soy el cuerpo y mis emociones es una asignación que crea una falsa identidad limitada: nuestra verdadera identidad es ser ilimitados. Es tan rotunda la experiencia de lo Real, lo que uno es en definitiva, que todo lo demás se queda en una ficción que se puede tocar. Las facturas hay que pagarlas, dicen algunos. Pues claro que hay que pagarlas, también en las películas se muere la gente y luego salen en las revistas con un novio recién estrenado. Por esto hay quien dice que los verdaderos sabios están locos. Escuchando aquel discurso tan maquiavélicamente vitriólico de Melchi Dael, una auténtica mente luciferina que ha traspasado los límites de la Oscuridad y campa a su aire por cielos y tierras, ves claro que una cosa es existir en lo Real, consciente de tu naturaleza ilimitada, y la otra existir con un ego patético que se cree el Rey del Mambo.
 
—Alfred está tan emocionado que de buena gana se pondría a chillar como una lolita voluptuosa regida por Venus —dice el príncipe Aksha sonriendo nácar.
 
—Trae cara de iluminado extravagante. El reflejo del Mal le sienta bien —dice Khara intuyendo vagamente la infinitud.
 
―Para ser Real hay que ser Todo ―dije sin entender ni media palabra.
 
―La Realidad es aquel manto infinito que disfrutaremos cuando seamos Humanos. Estaremos tan asentados por dentro en aquella infinitud, con una intensidad tan esplendorosa, que lo de fuera nos parecerá un sueño inconsistente en el que pasan cosas que comprometen a alguien que se supone que es uno mismo. Un alguien concreto al que todo parece real y se toma las cosas en serio, sin percatarse que todo es una comedia monumental en la que le ha tocado el papel de Olivia o de Alfred, y que de pronto descubre que aquello es sólo una representación, un fragmento cualquiera de la famosa ficción comprendida en el Océano del Samsara: él no es aquel alguien tan puestecito pendiente de cómo actúa, de cómo se ve, es un manto infinito de Conciencia que lo contiene todo. ¿Crees que esta constatación nos hará salir corriendo del escenario? No. Nos hará sonreír en plena función con ojos traviesos y seguiremos declamando con bigotes postizos como jueces o como enamorados. Como lo que nos haya tocado representar. Estaremos tan felices, Alfred, que ni siquiera nos preocuparemos de si lo hacemos bien o lo hacemos mal. Por esto la gente que no tiene ni idea de qué es la Realidad y qué la Ficción, disfruta diciendo aquella sutileza intelectual tan divertida de: es todo tan descabellado que la realidad supera a la ficción. Ay, la Realidad, cariño, a todo le llamamos realidad ―recuerdo haber oído a esta Olivia que tengo sentada a mi lado y se encuentra tan lejos, quién sabe dónde.
 
―Más que una estrategia que les destruya, precisamos una que les mantenga entretenidos en ausencia de la Verdad. La que incorpore en sí misma los mecanismos necesarios para que el sueño continúe. Capaz de transformar las ansias de trascendencia en quimeras de redención futura: bienaventuranzas y castigos aterradores que nunca van a llegar, pero que matan de deseo y de miedo. Desestructurar el orden en el que discurren no nos interesa para nada. Además de ser un orden que no conduce a nada, es el que precisamos para mantener la miserable normalidad que tanto nos interesa. Impide que caigan en la anarquía del disparate por el disparate. Majestades, los disparates se pagan, y se pagan en función del tamaño que tengan. Seamos claros, todos lo sabemos.
 
―Qué sentido más práctico tiene este demonio ―me dije.
 
―Cualquier orden moral basado en códigos de conducta que prometan premios y castigos, resulta argumento adecuado para mantener indefinidamente la entelequia en que andan metidos: no podrán liberarles de lo Ilusorio porque los códigos de conducta nunca han liberado de nada, pero tampoco les destruirá. Al contrario, evitará que se destruyan: el propio código de conducta impedirá que se maten unos a otros. El mismo orden racional que les priva de lo Inmenso, les protege de la irracionalidad que podría acabar por destruirlos. No perdamos de vista que la gran mayoría de los humanos adopta exclusivamente pautas de comportamiento animal: mantenerse, reproducirse, y protegerse. Nada más. Pronto olvidarán que iban camino de hacerse Humanos. Cualquier día comenzarán a nacer de nuevo como lagartos y cacatúas. A este paso vamos a quedarnos sin humanidad en cuatro días: la evolución natural no acepta quedarse a medio camino. Si rechazan lo humano en pos de lo animal, terminarán siendo animales de pleno derecho. Mientras no recapaciten podemos seguir durmiendo tranquilos.
 
―Este demonio piensa lo mismo que Olivia ―me dije sorprendido.
 
―Majestades Luciferinas, conviene un orden que les afirme definitivamente en el grado de animalidad que se encuentran: núcleos familiares compactos donde quede bien claro quién es el cazador, y quién la dueña del cazador. Un entorno seguro donde pueda crecer la prole. Un orden que nunca permitirá infinitudes porque ha nacido de la limitación: que ensalza como algo sublime el tener y el saber, y, sobre todo, el creer. Creer en cualquier fantasía. La limitación aceptada y consentida en base al dogma de un futuro de gloria. Que crean, sí, y con una fe inquebrantable: en tanto crean, nunca alcanzarán a ser verdaderos. Ya nos interesa. Seguirán enteramente atrapados en la maquiavélica seducción del ya seremos infinitos después de muertos. A nosotros lo que de verdad nos perjudicaría es que descubrieran la senda de lo Real y llegaran a ser verdaderos: Humanos de pleno derecho. Serían libres, estarían por encima del Bien y del Mal como antes de equivocarse. Ya nos está bien que crean en cielos y en infiernos, en felicidades futuras, y en una eternidad de confituras por llegar. Hasta en el mismísimo Dios, si quieren. O que no crean en nada. Mientras sigan creyendo o no creyendo, nunca se liberarán de la limitación. Por esta sencilla razón hay que defender su orden: afianzarlo como si fuera verdadero. Y, por encima de todo, Egregias Majestades, liberarles del Mal. De la ficción que los humanos llaman el Mal, y que nada tiene que ver con nosotros. Esta idea podría hacer que acabaran destruyéndose entre ellos en una lucha banal por tratar de que impere el Bien. Hay que liberarlos con urgencia del Mal. Miradles, pobrecitos, desde la Era Cuaternaria permanecen ensimismados en una inacabable lucha de ideas entre el Bien y el Mal. Tenemos que borrar para siempre la idea del Mal de la faz de la Tierra.
 
―Tiene gracia. A Mara le encantará ―me dije.
 
―Sí, Majestades, caer en trivialidades sería impropio de nuestra condición demoníaca. No digamos en groserías y faltas de tacto. Nuestro problema no es que hagan un Bien a su medida, o hagan un Mal. Nuestro único problema es que se realicen como humanos auténticos y entronquen con lo Verdadero.
 
—Difícil de comprender incluso para ellos mismos —me dije.
 
―Después de órdenes humanos, Príncipes de las Tinieblas, tendríamos que hablar de desórdenes: por ejemplo, qué fue de los nuestros que se marcharon y nunca regresaron. Unos nuestros que andan perdidos en lo humano de un modo vergonzoso, manejando poderes demoníacos que pueden acabar en minutos con la mejor de nuestras estrategias. Poderes que emplean en intentar descubrir la estructura de la Materia que les conforma, y cuyo desenlace podría abrirles a una comprensión de la Realidad capaz de arrancarles definitivamente de lo ilusorio. Aunque fuera por casualidad, o por equivocación. De hechos como éste tenemos que cuidarnos, Majestades. De que finalmente, nosotros, el Mal verdadero, cometamos el error que ningún Mal de los que ellos construyen cometería jamás: liberarles del Bien y del Mal, y fundirles con lo Absoluto. Me preocupa que alguno de los que se colaron de rondón entre los humanos acabe convertido en la Infinitud, y, al inverso de lo planeado, acabe por debilitar nuestra estructura y tengamos que pagar por ello unas consecuencias funestas ―concluye Melchi Dael con una brillantez que ha dejado pensativo al propio Lucifer.
 
De pronto caigo en la cuenta de que un demonio hermosísimo de ceño poblado y labios carnosos, con un erguido miembro palpitante que habla de concupiscencias de rancio abolengo, me está observando con una mirada acaramelada.
 
―Bastante irresistible, esa es la verdad ―tuve que decirme.A Olivia nunca le ha llamado la atención el hecho de que los demonios tengan miembros tiesos a perpetuidad como carnosas catapultas lujuriosas. Le gusta. Le parece un espectáculo enternecedor que los libera de la falsa profecía en que se han visto envueltos desde siempre. Los coloca en un nivel de inocente obscenidad que los redime de la atávica perversidad metafísica que históricamente les han atribuido obispos y cardenales. Ante este detalle, Olivia no tiene más remedio que preguntarse si el Mal es algo tan funesto como siempre nos han pintado, o simplemente es otro de los aspectos románticos de lo ilusorio.
 
Aquella intensa mirada parece intencionada. Desvela una cierta extrañeza que ensombrece la expresión de un rostro resplandeciente bruñido por la oscuridad. Semblante atemporal, perfectamente definido entre un racimo de bucles y tirabuzones que le caen sobre los hombros como cascadas de impudicia. Ojos que de pronto han perdido la melosidad y abandonado el gesto amable. Ahora seductores con mucho de inquisidor. Escudriñan la razón de aquella presencia desconocida, desusada en aquél ámbito. Quieren encontrar el motivo de que siendo tan extraña, resulte tan familiar. Esté presente con tanta indiferencia en las profundas entrañas de lo demoníaco. Resplandezca como un mago fosforescente entre la invisible trascendencia de la Oscuridad. Contemple tanta vehemencia con el porte ecléctico de quien está por encima del Bien y del Mal.
 
―Lo que intentas comprender se halla mucho más allá de lo que alcanza tu intelecto demoníaco ―intenté transmitirle con una sonrisa.
 
Resulta comprensible que no lo sepa, allí no parece haber mucho que pensar. Lo racional está tan fuera de lugar como podría estarlo asustarse y echar a correr. Todo parece discurrir inmerso en un acontecer espontáneo. Más que pensar, reconocer. Permitir que las imágenes evoquen algún recuerdo. Conmuevan por su ferocidad, embelesen con su hechizo. Imágenes producto de una imaginación que se encuentra obligada a reaccionar para que el desencuentro entre lo que se ve y lo que se puede comprender no sea tan abismal.
 
Melchi Dael prosigue en un silencio sepulcral.
 
―Mientras sigan creyendo que la imperfección los hace únicos y encuentren bello lo frágil y lo efímero, querrá decir que están donde tienen que estar y no tenemos de qué preocuparnos. Y por encima de todo, Príncipes de las Tinieblas, la inteligencia. Aumentarla para que perfeccione más nítidamente el contorno de lo que imaginan. Una inteligencia que ilumine a la Mente para que pueda elaborar razones convincentes que la justifiquen y la afirmen. Inteligencia preclara que haga brillar los intelectos como luceros y los aleje cada día un poco más de los brillos de verdad, del fulgor resplandeciente de una Verdad que dejaría todos los brillos del intelecto en brasas que nada alumbran. Potestades de la Oscuridad, si la inteligencia que tienen por encima de lo animal, lejos de acercarles a la Verdad, les ha alejado de ella, una inteligencia mayor habrá de alejarles todavía en mayor medida: tendrá la capacidad innegable de hacerles sentir Creadores antes que Reyes. Creadores que crearán con toda propiedad lo único que sus límites les permitirán: una ficción mayor y mejor explicada, más sólida y mejor resguardada. Un mundo casi del todo verdadero, donde la especie humana sea causa y razón en sí misma. Una realidad sin incógnitas ni incertidumbres, sin nada que tenga que venir o a lo que haya que supeditarse. Que convenza profundamente de que lo incapaz resulta capaz, ilimitado lo limitado, y trascendente lo más trivial. Que haga ver fuerza en la debilidad, autosuficiencia en la mayor de las dependencias, seguridad en la incertidumbre, genialidad en lo mediocre, valores perdurables en lo más efímero, y ensalce como sabio al ignorante. Que permita confundir instinto por sentimiento, pensar por sabiduría, placer por felicidad, crear por representar, dar por recibir, amar por desear, lo Bello y lo bonito, lo elemental y lo profundo. Y si me apuráis el blanco y el negro, y las mieles de una buena carne por el éxtasis sublime del espíritu. Por no hablar de sentirse libre cuando se está encadenado, o importante cuando no se es absolutamente nadie que valga la pena. Esto es lo que queremos para los humanos: un universo sin un rayo de Luz. Un mundo de colores que satisfaga y encante con sus luces de neón. Que entretenga y que ilusione. En el que incluso puedan darse cosas agradables y tiernas. Donde no falte nada, pero en el que no haya ni un gramo de Verdad. Nada que destruir, pues. Regar. Cuidar y mantener con cariño. Ayudar a perpetuar lo ilusorio. Nada más, Majestades. ¿Para qué tomarnos molestias adicionales si ellos mismos hacen ya su trabajo y cubren más que de sobra nuestros objetivos? ―les pregunta Melchi Dael para terminar un discurso de una brillantez inexplicable.
 
―Hacía mucho tiempo que no escuchaba un intelecto tan genial ―me dije bastante sorprendido, algo inquieto por el demonio de los tirabuzones.
 
—El parlamento de Melchi Dael ha sido capaz de impresionar a Alfred con una lógica conocida y auténticamente demoledora —dice el príncipe Aksha.
 
Un discurso cargado de lucidez, nadie podría negarlo. Elaborado con la lógica incontestable del que razona por encima de cualquier enconamiento atribuible a la Oscuridad. Desde algún poder que le confiere su aspecto trascendente.
 
―Hay demonios cegados por el orgullo, sí, pero otros van adornados con la lucidez que conlleva el odio contumaz ―me dije.
 
Lucifer asiente, pero tiene cosas que añadir.
 
—Fieles Príncipes de las Tinieblas, hueste demoníaca al completo, los nuestros nunca se detendrán con cuatro mieles sensoriales, se ríen incluso de nuestras Princesas del Mal. No llevan ni cruces ni estandartes, y mucho menos se dejarán engañar por ninguna Mente. Son demasiado astutos. Utilizarán su ambición demoníaca para llegar más allá: irán directos a la Infinitud como perros de presa. Saben muy bien cómo utilizar la capacidad de evolución de los humanos porque conocen sus miserias a la perfección. Perderán su condición diabólica, ¿y qué? Se mire por donde se mire, la Infinitud es el único argumento que vale la pena. Estos son a los que tenemos que redimir del delirio. De lo contrario, su transformación acabará con la Oscuridad para siempre. Desapareceremos como el humo.
 
—Danos a conocer la estrategia, Lucero de la Mañana. Siempre podrá más tu astucia, que su intemperancia —dice Baal con una reverencia.
 
—La única estrategia posible es prometerles lo que buscan. Revelarles el camino que lleve de inmediato a lo que tanto aspiran. Utilizar su propia ambición para que no lleguen a ninguna parte. Mostrarles la senda que conduce de regreso a la Oscuridad, como si fuera la vía plateada que lleva directo a la Infinitud. Hay que engañarles como si fueran vulgares demonios: eso es todo. Esto destruirá sus esperanzas, y acabarán por concluir que lo Inmenso no era más que otra ilusión. Los humanos están acostumbrados al fracaso de las utopías. La decepción es el resultado de las falsas expectativas que construyen con su imaginación.
 
—Alfred se cree invulnerable todavía —dice el príncipe Aksha.
 
Profundidad ficticia la de la Oscuridad. Sobre todo, próxima, nada alejada de por donde discurrimos en lo habitual. Quién sabe si lo Oscuro no habrá instalado ya su morada en nuestras existencias, y se habrá convertido en parte de lo que pensamos, de lo que hacemos: en substancia íntima de lo que somos. Capaz de influenciar nuestras aspiraciones, lo que anhelamos, las cimas donde queremos llegar. En tiempos de Rama, durante el Ramayana, los demonios aguardaban fuera. En tiempos de Krishna, durante el Mahabharata, los demonios se habían introducido en las familias. Ahora ya los llevamos dentro, escuché decir a una mujer que derrama mieles celestiales en forma de pétalos de rosa. Con razón el Nazareno no paraba de expulsar demonios y de levantar muertos.
 
—Discurso que Alfred no dará por definitivo. Aunque de momento le parezca real, luego va a considerarlo ilusorio. Antes de que convenzan los discursos, convence lo que uno es y la índole del ámbito donde se encuentra existiendo. Si real, real. Si ilusorio, ilusorio. Por ahora, Alfred queda lejos de la Oscuridad. Olivia tiene la culpa de que sea tan buen chico —dice el príncipe Aksha.
 
La estrategia de Melchi Dael está tan vigente que pasa desapercibida. Pregunta a cualquiera que pase por la calle acerca de la Infinitud. Unos gruñirán y saldrán corriendo. Otros sonreirán como estúpidos y dirán no sé. Algún otro dirá que hace mucho que hizo la Primera Comunión. Iba de marinerito, añadirá poniendo cara de azucena. Muchos otros se sentirán francamente molestos. Unos porque lo encuentran demasiado elevado: lo sublime no es para mí. Otros porque la idea del Infinito desafía su ego: no hay nada superior, lo siento. Algunos otros por temor a lo desconocido: un engaño como otro para manipularnos.
 
¿Por qué tememos tanto nuestra propia grandeza?
 
Sigue entronizándose lo efímero, el poder incuestionable de la Mente, la convicción de ser autosuficientes, la omnipotencia del ego, la idea pueril de ser los Reyes del Mambo, aunque el miedo nos consuma por dentro. Miedo al cambio. Miedo a perder la individualidad. Miedo a ser engañado. Miedo al poder. Miedo a que nos califiquen de fundamentalistas. Miedo a la Felicidad. Miedo a lo Sublime. Miedo a todo. Miedo. Últimamente un nihilismo desesperado, las últimas convulsiones de un yo que está punto de desaparecer. Correr, correr, correr. Correr hacia ninguna parte. Mami, tengo un miedo que me muero.
 
—El miedo que no logramos quitarnos de encima desde que nacimos ―me dije en un estado de feliz clarividencia.
 
Felicísimo. Me rio de todo, pero no soy yo el que se ríe. Soy la risa misma que ríe feliz. Aunque el recuerdo permanece, resultará difícil dar crédito a una experiencia de semejante magnitud. Precisamente por ser la Mente el guardián más fiel de una lógica que no tolera la más mínima salida de tono. Imagínate, la Oscuridad. Quién sabe si existirá realmente un desliz tan inacabable de negritud.
 
—Alfred se ve en la obligación de aceptarlo porque no le parece ningún disparate. Lo presiente familiar. Un recuerdo que pronto habrá de conmoverle la estructura neuronal: tendrá que vérselas con circunstancias mucho peores. Cosa tempestuosa. Un cúmulo de acontecimientos imprevisibles que le darán un protagonismo difícil de imaginar por ahora —advierte Khara con sensatez.
 
—Además de conceptos, de lo Oscuro se lleva la inquietante sensación de que quien dijo, dijo para él en mayor medida. Que si dijo, lo dijo porque él escuchaba. Un orador que ni siquiera tuvo que preguntarse por el hecho insignificante de que Alfred presenciara la escena —concluye el príncipe Aksha.
 
Lo único que me ha quedado claro es que no puede hablarse de aquí y allí: solo es una burda especulación inducida por nuestro yo fragmentado. Igual que hablar de arriba y abajo, de la derecha y de la izquierda. De ayer. De hoy. De mañana. De tú y de aquél. Del yo que goza, del yo que sufre. De los demás.
 
―Estar en ti mismo independiza del lugar y de las luces que lo alumbran. Te libera de cualquier atadura ―me dije en conclusión.
 
―Si los humanos son como demonios, notoriamente equivocados también, y a pesar de ello pueden llegar a ser la mismísima Infinitud, ¿por qué no podríamos nosotros de igual manera? Puede que por más lúcidos más castigados, pero no mucho más equivocados que ellos ―dice Khara con sutileza.
 
La clave está en el Tiempo. La luz corre muy rápido. Me deslizo por espacios inmensos. El Tiempo comienza a ser tiempo. Voy a ser humano de nuevo.
 
Fue instantáneo. Me sentí impulsado a gran velocidad por encima de lustrosas superficies traslúcidas, cóncavas y convexas, iba atravesando distintas dimensiones hasta encontrar la geometría del espacio/tiempo propia de la Tierra. Esta vez fui plenamente consciente del tránsito interdimensional. Ser consciente de los cambios es una aunténtica maravilla. Aquella experiencia resultó mucho más consecuente que ninguna de las vividas con anterioridad. La claridad con que comprendí el discurso, el nivel de adaptación al ámbio interdimensional, la naturalidad con que ocurrió la trasmutación espacial. Tuve incluso la evidencia de un espacio curvo y finito en la intimidad de la propia conciencia. 
 
 
 
Escrito por:
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Jorge Bas Vall

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muchas gracias, Nuria. Encontrar bueno un relato tan infumable como éste indica un alto nivel de sensibilidad. Felicidades...!!!!!

      Eliminar

Gracias por dejar vuestros comentarios.

Mi lista de blogs