Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Próxima entrevista a Jordi Siracusa


La Revista de Todos, no deja de trabajar

y esta vez tenemos el honor de contar,

con un escritor, cuanto menos peculiar.
 

Un hombre apasionado del mar,

que con sus poemas nos hará soñar.
 

Un escritor digno de mencionar

sin miedo, sin complejos y con mucho que contar.
 

Podría escribir mil palabras

pero en ocasiones con tres basta

¡Gracias, muchas gracias!

 

¿No sabéis quien es? 

¡¡Jordi Siracusa!!

 

 
 
 

¡¡¡Gracias por darnos una entrevista!!!
 
 
Rubizul

 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Próxima entrevista a Manolo Royo


La Revista de Todos siempre con sorpresas

y ésta sin duda alguna de las mejores 

Manolo Royo nos ha dado una entrevista

¿Te la vas a perder?
 

http://larevistadetodos.blogspot.com.es/?zx=17819b8cc397e4ee

 

http://youtu.be/mw0Hu-cy_Rs

 
 

http://teatroarenal.es/destornillante

 


 

http://teatroarenal.es/nosotros.html

 


Estará del 18 de Octubre al 9 de Diciembre

en el Teatro Arenal, Calle Mayor 6

¡¡Os espera!!
 
 
 
 
 
Rubizul

¿Por qué no denunciaste Teresa?

Tenía unos 30 años, decían los vecinos que hasta hacía poco tiempo Teresa era guapa, muy guapa; su pelo de color castaño destellaba vida, lo solía llevar recogido con unas pequeñas pinzas de colores adornando su cabeza. Sus labios sonrosados dejaban entrever unos dientes blancos que acompañaban a una cálida y tímida sonrisa, sus ojos pardos eran grandes y su mirada sincera.

Pero los malos tratos de su marido palizas e insultos, hizo de aquella mujer un alma sin vida, dejo de recogerse el pelo, de sonreír, perdió la vitalidad de su mirada, su ingenio y gracia dejando entrever en su lento caminar el rastro de la desesperanza y desaliento.

Teresa en su soledad desistió, dejo de luchar por ella y súbitamente a su cerebro llego la oscuridad cegada por un miedo aterrador. Miedo a hablar, miedo a pensar, miedo a decir, miedo a hacer, miedo.

Pobre Teresa, en silencio lloraba en cada rincón de su casa desconsolada hasta quedarse sin lágrimas intentando comprender que es lo que estaba haciendo mal.

Mujeres como ella, sencilla, tenaz, valiente y sin arrogancia, sufridora, curtida por la desgracia y forjada por el dolor engrandecen a la raza humana haciendo a sus verdugos monstruos miserables.

La sumisión y el silencio la mato. ¿Por qué no denunciaste Teresa? 

 














María del Carmen Aranda

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Qué lástima ser un cobarde


Sólo la voz de aquel locutor rompía el silencio a bordo, un silencio triste, severo, incómodo, frío. Delante del micrófono, el narrador, ajeno a cuanto ocurría al otro lado, seguía retransmitiendo un partido de fútbol como si tal cosa, sin darse cuenta de que nadie lo escuchaba en ese coche y de que a ninguno de sus dos ocupantes le interesaba lo más mínimo el resultado. Y sin embargo, gracias a Dios que no dejó de hablar. ¡Cuán insoportable hubiera sido el viaje con aquella quietud sepulcral! 

El conductor también rompía a ratos el silencio, es cierto, la mayoría de las veces para insultar a los conductores que tenía delante. “¡Vamos, hijo! Si no le vas a adelantar vete a la derecha y no me estorbes”. No cabía duda de que el Ibiza que tenía delante estaba obstaculizando el paso, pero no era menos cierto que, como esos, los encontraba a diario y, salvo que fuera mal de tiempo, nunca solía perder la calma con ellos. Hoy era distinto, sus lentos compañeros de travesía se convertían en perfectos chivos expiatorios de su rabia, rabia que lo llevaba a pisar el acelerador del pequeño Corsa gris. Gris por fuera, pero también por dentro, teñido de lúgubre pigmento por el estado de ánimo de los ocupantes.

Entraron en la ciudad. Uno de los semáforos de aquella larga avenida por la que circulaba se puso en ámbar. El conductor dudo si parar o no, y al final optó por seguir. No le dio tiempo, se puso en rojo, pero no le importó y con un condescendiente “bah” se saltó el disco. Por detrás, un moderno Audi, que sí había respetado las normas, lo amonestó con un destello de largas. El timonel del Corsa, pongamos que se llamara Carlos, observó la ráfaga en el retrovisor con expresión de perdonavidas y siguió adelante, con desgana, como si le apeteciera parar, bajarse y partirle la cara. 

No lo hizo. En el fondo, lo único que deseaba, y por eso conducía tan aprisa, era llegar a casa cuanto antes y salir de aquel opresivo espacio donde estaba encerrado junto a, vamos a decir que su nombre fuera Margarita. 

Un comentario desafortunado, una interpretación demasiado rigurosa, argumentos vehementes en exceso. Ingredientes perfectos para convertir una corta travesía de media hora en un infierno. Carlos no estaba enfadado, no tenía rencor. Mientras conducía tan a lo temerario, repasaba mentalmente cada una de las cosas que se habían dicho en ese auto maldito. Cuanto más lo pensaba, más seguro estaba de que tenía razón o, al menos, de que ninguno de los reproches que había recibido tenía sentido. De poco le servía, la situación le dolía profundamente. 

Sea como fuere, cada oportunidad perdida de arreglarlo le escocía como una cuchillada a traición en un callejón húmedo y oscuro. 

Al fin llegaron a casa. Con el trajín de deshacer los equipajes, cada cual anduvo a lo suyo, sin molestarse, hasta que llegó la cena. El picoteo, bien presentado sobre la mesa, con su jamoncito y todo, era ahora un sapo duro de tragar. Esta vez hizo falta lubricar con más agua que nunca la garganta. Una sensación extraña que venía desde abajo presionaba con fuerza la faringe. 

Acabada la cena, Margarita se puso a recoger, sin hacer el más mínimo comentario. Carlos se acomodó en el sofá con el mando a distancia. Seguro que algún presentador estaba dispuesto a tomar el relevo del locutor de radio. Esa impagable labor que en el coche evitó el insufrible silencio. Pasó el tiempo y la cosa no mejoró. Incapaz de prestar atención a la tele, lanzaba furtivas miradas a la cocina, en busca de piedad, la cual, ni estaba ni se la esperaba. 

Ya no aguantaba más. Carlos se levantó y abandonó el salón, rumbo a la cocina. Había que arreglarlo como fuera, la situación era insoportable. 

Se plantó en la puerta. Margarita estaba sumida en sus quehaceres, de espaldas. 

Cruzar el umbral. Recorrer el oscuro cuarto hasta la mesa. Un abrazo. Un lo siento. Un nuevo abrazo. Alguna lágrima. Qué fácil era, pero qué difícil. Carlos tomó aire, cogió fuerzas y se dispuso a dar el primer paso. Allea iacta est. 

Algo ha salido mal, pensaba sobre el colchón. Cuando trató de avanzar, se vio incapaz. Resopló, miró a Margarita junto a la ventana, tan cerca y tan lejos, volvió a resoplar y se marchó, rojo de vergüenza. Al día siguiente habrá que madrugar, se decía. Qué pena no poder esconderse bajo la manta eternamente, qué suplicio tener que mirarse mañana en el espejo, qué lástima ser un cobarde con quien te quiere bien.

 

 

 

Juan Martín Salamanca

Destinos

 
Hasta ahora a donde me ha llevado mi destino...

Hace 3 años que mi destino cambio...hace 3 años que hice el primer contacto serio

pero hace menos tiempo tuve mi cambio mayor...mis mayores temores por primera vez desaparecieron...

los que creía seguían aún...me he dado cuenta que ya no están más...así como otras ideas de mi cabeza...

pero en cambio han entrado otras , otras que aún no puedo dar a conocer...menos puedo comprenderlas

mira la luna , y trato de pensar en que había hecho para tener este camino , pero sigo sin su respuesta...

pensaba que eran las "compañías" , pero no , pensaba en mis "sueños" , pero tampoco...

entonces que me ha llevado a todo esto¿? , es que acaso debería seguir con lo que siento¿?...

en alguna ocasión le pedí el consejo a una persona , más sin embargo nunca pudo contestármela...

más aún esa persona seguía sumida en sus propias dudas , menos podría con las mías...

probé con la muerte , aun cuando es tan sabia y repleta de conocimiento , también atinaba a solo callar...

y así pase de oído en oído , de palma en palma...hasta que una noche simplemente me canse...

me mire al espejo y el sólo me miraba burlonamente , parecía que sabia desde un principio todo,

pero quería divertirse mirándome como buscaba respuestas como loco , en personas en las que nunca

las encontraría , así simplemente decidió decirme unas cuantas respuestas , el resto...dijo...

"terminaras encontrándolas solo , y a su debido tiempo"...desde entonces solo encuentro respuestas vagas...

y la imperante necesidad de hacer regar la muerte...la sangre....el dolor...

principalmente en un ser...si tu...donde quiera que ahorita te encuentres...

así leas o escuches estas letras o palabras...

si tu , que me motivaste a seguir en aquello que había alejado de mi vida por eternidades...

ese ser que llora cada noche , exclamando su tristeza...

aquel ser...al que ofrende y regale cuanto pude...

aquel que ahora mismo ... sigue buscando la salida...

TU ME ENSEÑASTE A MORIR EN VIDA...Y A VIVIR EN MUERTE...

A TI DEBO MI DESTINO...

O MAS BIEN A TI DEBO EL DESTINO QUE AHORA HE ESCOGIDO...

EN SU MOMENTO PEDISTE TE DIERA FIN...Y RESIGNADO ME NEGUÉ...

AHORA A MUCHAS NOCHES DE AQUELLA CONVERSACIÓN...

HE CAMBIADO...HE MUERTO...

PERO TAMBIÉN RESURGÍ DE ENTRE LAS LÁGRIMAS Y SANGRE QUE AHORA ME ALIMENTAN...

MI ESPADA HABRÉ DE ENFUNDAR ... MIS CONOCIMIENTOS HABRÉ DE PREPARAR...

MIS MANOS HABRÉ DE LIMPIAR Y MIS OJOS HABRÉ DE VENDAR...

MIRA POR ULTIMA VEZ LA LUZ DEL SOL...

Y CONTEMPLA LA BELLEZA DE LA LUNA...

QUE EL INFIERNO DEL QUE QUISE DEFENDERTE...

SERÁ EL LUGAR DONDE NOS VEAMOS DE NUEVO...

Y DONDE TERMINARA TODO.

Así...los destinos cambiantes...

tu destino...

el mío....

tú en un extremo...

yo en el otro...

tÚ buscando una cosa...

y yo teniendo la otra...

nos veremos las caras...y derramaremos nuestra sangre...

y un sólo dolor...será el que quede....

 
Autor
Elliot Astianax Ritter

Analis

 

  • Que hizo… ¿Qué?
  • Ya te lo he dicho… Terminó conmigo…
  • No eso… - Exclamó Mónica impaciente - ¿Cómo dices que lo hizo?
  • ¡Ah! – Suspiró Analis - Me envió el mensaje por texto…
  • ¡Dios! Que hijo de su madre ni la cara te dio ¿no? y sabiendo que era tu cumpleaños – Negó con la cabeza indignada, ocupándose en colocar dos cafés en la bandeja – Ya verá cuando…
  • ¡Te prohíbo que se lo digas a Roberto, Mónica! – Exclamó Analis, con la mano en la cintura traspasándola con una mirada acusadora – Tus votos matrimoniales no incluían “Prometo contarte todos los detalles de la vida amorosa de mi hermana hasta que la muerte nos separe…” ¿Sabes?
 
Mónica sonrío levemente sin dejar de colocar la azúcar y leche en la bandeja. 
 
  • Además – continuaba Analis - seguro que si se lo dices se lo cuenta a Ramiro en el taller que es lo mas cercano a publicarlo en el Gettysburg Gaceta.
  • ¿Y…? ¿Seria muy malo que todos se enteraran de lo pendejo que se comportó…? ¿O lo quieres mantener en secreto? 
 
Analis se encogió de hombros, hacia tiempo que esperaba aquel desenlace con Jason. Cuando un hombre te dice “Nena… ¿Puedes hablar de otra cosa que no sea tan deprimente?” cuando le describes tus sueños y aspiraciones, no necesitas una bola de cristal para adivinar que no tiene ninguna intención de ser parte de ese futuro. Sin embargo, tampoco quería ser el blanco de habladurías, Gettysburg era el típico pueblito en donde se nacía, crecía, reproducía y se moría entre las mismas familias y poco se podía mantener en secreto.
 
  • ¿Sabes cual es tu problema Analis? 
 
¡Oh, no! Aquí venia la cantaleta “Analis debes de ser menos seria” “Analis eres muy permisiva” si tan solo Mónica se  pusiera de acuerdo consigo misma de qué era lo que de verdad necesitaba Analis, quizás la podría ayudar a arreglar un poco su existencia, en lugar de confundirla más.
 
  • Lo que necesitas es ser menos rígida… Necesitas relajarte… piensas mucho, trabajas demasiado y ahorras como una vieja avara… ¡suéltate el pelo! Baila desnuda en la playa… ¡Goza de la vida! 
 
Analis se amarró el sobrio delantal que hacia juego con los elegantes pantalones negros, parte del uniforme de mesera, alistándose a comenzar el turno de la cena en La Posada Herr, el único restaurante que se consideraba elegante en Gettysburg.
 
  • No sé exactamente qué es lo que necesito para arreglar mi vida, pero andar desgreñada y en cueros no va a ayudar en nada. Te veo después, debo de memorizar los especiales de la noche…
  • ¿Ves lo que digo? – Sonrío Mónica -  ¡Eres incorregible.. es tu cumpleaños! 
 
Su veintitrés para ser exactos. No que Analis, tuviese planes para celebrar, era un miércoles y le tocaba trabajar hasta la media noche. ¿Quién tenia la energía de celebrar pasada la media noche, cundo se comienza a trabajar a las seis de la mañana en otro lugar y se encuentra físicamente extenuada?.
 
  • Lo que necesito es volver a nacer … - Murmuró para si misma, colocando el bolígrafo en el bolsillo de la impecable blusa blanca, tomando la libretilla, dando la conversación por terminada.  
 
Se dirigió al comedor principal de la vieja mansión, revisando mesas, saludando a compañeros y a clientes con reservaciones tempranas.  
 
Pasadas las ocho de la noche lo vio entrar al comedor siguiendo a Sonia, la anfitriona, que lo sentó en una mesas al frente a la ventana, en su sección. Analis lo conocía de La Casa de Los Panqueques, en donde trabajaba de tiempo completo y en donde el hombre solía desayunar.  Sabía su nombre por la tarjeta de crédito a la que cargaba la factura; Adam Weiss. No era un local, tampoco era un turista. Simplemente se aparecía en Gettysburg la última semana del mes. Alto, maduro, elegante y con un atractivo que le alborotaba el vientre a la chica. Tomaba el desayuno solo, por lo que le creyó soltero y sin compromisos; haciéndose la vaga ilusión de que existía una especie de “conexión” entre ellos. Pero era lógico que un hombre como él tuviese novia. Ahora le acompañaba una esbelta rubia de piernas largas de bailarina clásica y aunque afuera comenzaran a caer copitos de nieve, llevaba puesto un pequeño vestido verde esmeralda, que hacía resaltar aun más un increíble bronceado.  
Analis, se acercó a la mesa con dos cartillas en las manos, dando un profundo suspiro, hubiese querido no ser la mesera encargada de atenderles. Adam Weiss siempre era amable con ella en la Casa De Panqueques, habían cruzado una palabra aquí y allá, pero nada que se pudiese considerar inapropiado o coqueto; sin embargo tontamente se sentía… traicionada. ¡Vaya manera de terminar de arruinarse el día! Pensó.  
¡No!. No había manera de arreglarse la existencia. Se sentía defraudada por lo contrariedad de saberle con una mujer cien veces mejor que ella. Pero la contrariedad no le evitaba escaparse de sus obligaciones, ensayó su mejor sonrisa antes de saludarles.
 
  • Buenas noches y bienvenidos a la Posada Herr ¿Podría ofrecerles agua mineral o corriente?  
 
La mujer apenas le dirigió una mirada, se ocupaba en estudiar los mensajes en su teléfono. Analis supo con certeza que no tendría mensajes de chicos rompiendo con ella. Por lo contrario, pues de cerca era aún más bella.
 
  • Agua mineral  – Contestó Alan Weiss elevando la mirada reconociéndola enseguida – Annie … ¿No es así? 
  • Analis – corrió ella sin sonreírle como usualmente lo hacía, esperando la respuesta de su acompañante.
  • Lo mismo para ella  - Le sonrió indulgente – Si esperamos a que termine de revisar sus mensajes, no cenaremos esta noche - le guiñó el ojo lo que la hizo tragar en seco nerviosamente y sin embargo se mantuvo seria.
  • ¿Les gustaría un cóctel o prefieren ver la lista de vinos?
  • La lista de vinos - Asintió Adam, deslizando la mirada por el sobrio peinado  y la camisa blanca, tan diferente a la camiseta y jeans con lo que usualmente la veía vestida en el otro restaurante. Su inspección provocó que la chica se sonrojara, sintiéndose traspasada, desnuda. Nunca la había visto de esa manera en la Casa de Los Panqueques.
   
Sirvió la mesa con la misma atención que lo hacia con sus tres otras. Pero siempre consciente de la presencia de Adam con la rubia despampanante en la mesa cuatro.  
Se felicitó mentalmente al recitar los especiales de la casa sin trabarse o tartamudear. Sirvió el aperitivo con manos seguras, primero a la mujer y luego a Adam, siguiendo las reglas pertinentes de etiqueta. Sonrió y les preguntó si se les ofrecía alguna cosilla más. La mujer murmuro un pedante no y Adam la premió con una sonrisa y una penetrante mirada de otoño, que ella encontraba devastadoramente atractiva.
Podía sentirlo, sus ojos siguiéndola por el salón, lo que le ocasionó volverse un poco torpe y si es que no tartamudeó recitando la cena en la mesa de Adam, se le olvidó completamente cuando la debía de repetir para la pobre pareja de la mesa tres, que celebraban su aniversario de bodas. 
La pelirroja entraba al comedor una hora después, vistiendo los pantalones de cuero mas ceñidos que había visto Analis en su vida, que además le sentaban envidiablemente. Su cabellera de fuego se balanceaba con cada paso que daba como si estuviese cruzando una pasarela de moda y todos los ojos en el restaurante siguieron su trayectoria hasta que alcanzó la mesa de Adam, quien se levantó de su asiento para saludarla con un beso en cada mejilla.  
Era su obligación averiguar si deseaba ordenar algún aperitivo o algo de beber, pero la mezcla de nervios y otro sentimiento que no definía se lo impedía, especialmente cuando vio a la pelirroja estirar la mano para tomar la de Adam entre las suyas, mirándole a los ojos, suplicante, mientras le hablaba en voz baja. 
Ella tenía sus limites, se acercó a Mónica y le pidió que se hiciera cargo de la mesa, su hermana la vio con una sonrisita maliciosa cuando terminó de inspeccionar a los tres individuos. 
 
  • ¡Bueno ! Ese será tu regalo de cumpleaños hasta el sábado que podamos celebrarlo adecuadamente… - Anunció tomando una cartilla y sin dejar de verles agregó– Deberías de sumarte al trío…. ¡ Él está para comérselo! Aunque quién sabe si alcanzarías algo para ti. Con lo tímida que eres seguro que te quedas con ganas…Porque se nota a leguas que esos de aquí, se van derechito a la cama. 
 
Se marcharon los tres juntos a eso de las diez y media, quizás porque tenían mucha prisa, quizás porque la nieve comenzaba a convertirse en una verdadera tormenta afuera. Una hora después, el restaurante estaba vacío.  
Como pago a su contribución a salvarle la ultima pizca de tranquilidad que le quedaba, Analis le sugirió a Mónica que se marchara a casa una hora antes, mientras ella se encargaba de levantar los manteles de su sección y de las otras pequeñas tareas que cerraban sus labores en la posada. Su hermana se lo agradeció con un beso y un abrazo, cubriéndose lo mejor que pudo con un pesado abrigo y unas botas de nieve.  
 
  • Maneja con cuidado Analis… Llámame en cuento llegues a casa…
  • Sí mamá.. -  Sonrío la chica. 
 
Para cuando salía del restaurante, su Chevy Sprint era uno de tres automóviles que aun estaban en el parking. Limpió la nieve lo mejor que pudo del parabrisas con una vieja escobilla, pero el hielo se había formado abajo, cubriendo el vidrio de una gruesa escarcha. Debía de calentar un poco el motor para derretirla, así que se sentó al frente del volante haciendo girar la llave y….nada. Solo un  “Clic, clic, clic” se dejó escuchar antes de quedar mudo. ¡Oh, no! ¡No la podía dejarla allí y en esas condiciones! ¡No esa noche! Suplicó. Aspirando con la boca abierta quiso darse valor al volverlo a intentar. Uno, dos, tres y… ¡Nada! De nuevo el odioso triple “clic” y silencio. La frustración la llenó de ira… Arremetió en contra del volante dándole una seria de puñetazos mientras gritaba a pulmón tendido: ¡Coño! 
¿De qué servía trabajar como un burro de sol a sol si ni siguiera podía comprarse un auto decente que no la dejara tirada por todas partes? El toquecito en la ventana la hizo enderezarse. Una persona estaba parada afuera, en medio de la tormenta, tocando a su ventana. Giró con dificultad la manilleta bajando la ventana, permitiendo que el ártico frío le abofeteara la cara. Seguro que debía ser Teo, el cocinero.  
 
  • Este cacharro me ha dejado tirada de nuevo Teo… - Exclamó sin terminar la frase al comprobar de que no era Teo quien la miraba con preocupación.
  • ¿Crees que es la batería? – Indagó Adam Weiss, poniendo las manos en la ventanilla inspeccionando el tablero del auto.
  • No lo sé..  – Confesó aun sin salir de su asombro… ¿Qué hacia Adam en el aparcadero de la Posada Herr? A esas horas, lo hacía en un lugar caliente jugando al Kama Sutra en medio de un nudo de cuatro piernas y cuatro brazos.
  • ¿Me permites…? – Preguntó pero ya abría la puerta del conductor. Analis no tuvo mas remedio de deslizarse fuera del asiento dejándole a él a cargo de hacer girar la llave que intentaba revivir un motor que se negaba a resucitar.
  • Podríamos pasarle corriente – Declaró bajando la cabeza buscando su mirada. Ella nunca lo había tenido tan cerca antes y su olor era tan deleitable, que la hizo olvidarse por unos segundos de sus problemas. – Pero la verdad, no me sentiría cómodo dejándote ir en medio de esta tormenta a sabiendas que se puede volver a apagar en un alto.
  • Pues… - No podía quedarse a dormir en el restaurante que por más que llevase “posada” en su nombre lo había dejado de ser el siglo pasado.
  • Permíteme llevarte a casa – No fue una pregunta aunque la entonó como tal.
  
El corazón le comenzó a latir desembocado mientras que una serie de sentimientos contradictorios la asaltaron. Quería hacerlo y mucho, pero el compartir el camino con dos mujeres que deseaban lo mismo que ella no le parecía muy apetecible… ¿Desearan lo mismo que ella?
 
  • No quiero importunar …  
Adam cerraba la puerta del armatoste, después de subir nuevamente la ventanilla. 
 
  • ¿Importunar ? ¿A quién?
  • A tus… tus… - “Amigas” se escuchaba despectivo… ¿Novias?
  • Estoy solo Annie … - Le ofreció el brazo, sin elaborar en donde había perdido a las dos barbies. 
 
Analis dudó seriamente en aceptar su brazo, pues su sexto sentido le decía que Adam le ofrecía algo más que un aventón a casa. Quizás su hermana tenía razón y lo que necesitaba era relajarse, pensó antes de aceptar. Adam la guió hasta una camioneta cuatro por cuatro, perfecta para aplanar calles en aquel clima. La ayudó a subir tomándola por la cintura, quemándola con su toque. El interior de la camioneta olía a él, masculino con un toque de cuero y sofisticación. 
Adam se sentó detrás del volante encendiendo el motor, se sacudió algunos copos de nieve que habían caído en su cabello, viéndola de reojo mientras subía la temperatura del auto. Arrugó el entrecejo al fijarse que no llevaba guantes, posó su mano entre las suyas, frotándola con delicadeza.  
 
  • Dios… estás helada… ¿Cómo es que no usas guantes?
  • Oh… -  Sentir sus manos poniendo presión en las suyas la llenaron de calor, pero un calor interno que le hacia palpitar el corazón en loca carrera – Los pierdo con frecuencia … No tengo remedio. 
 
Adam, se guitó los suyos poniéndoselos a ella, mientras Analis protestaba, pero no pudo hacer nada pues logró sujetarla con ambas manos, evitando que se los quitara. La observó detenidamente, antes de hablar, pero pareció perder el hilo de lo que iba a decirle. Terminó por beber cada rasgo de su rostro, bajando lentamente la vista hasta fijarla en su boca, dando un profundo suspiro.  
 
  • Tienes una piel preciosa…Me encanta cuando te sonrojas… ¿Te incomodo?
  • N…no… - Mintió, le incomodaba. Especialmente cuando sentía la tensión que se creaba entre ellos, aun cuando no estaban solos. Se volvió a sonrojar.
  • No te había visto usar labial antes… - No despegaba la mirada de sus labios – ese color te sienta de maravilla …    
 
No supo cómo ocurrió, en un segundo estaba pensando en como evitar sonrojarse como una lela y en el otro estaba en sus brazos, y ¡Dios! El hombre sabía besar. Succionaba, mientras acariciaba tiernamente sus labios, lentamente, hasta que poco a poco los fue abriendo para introducir levemente su lengua, succionando cada vez con más fuerza. Analis se abrazó a él, soltando un gemido necesitado de lo que Adam prometía con aquella exquisita caricia. El beso se profundizaba, ahora sus lenguas danzaban en un delicioso intercambio de saliva, que la estaban dejando jadeante.  
Sus manos comenzaron a buscar su piel, por entre las capas de ropa, ella le ayudó soltándose la bufanda, despojándose del abrigo sin dejar de besar sus labios… Se sentía embriagada con su sabor y su aroma e incapaz de detenerse, como un tren sin frenos al que le importaba poco irse a estrellar con tal de sentir la excitación. de sentirse libre y en su caso sentirse viva, sentirse mujer.
  
  • ¡Oh…! No sabes cuanto deseaba besarte durante toda la noche… - jadeó Adam a su oído, despojándola del abrigo, sin dejar de besar su cuello, acariciando y mordisqueándole la piel. 
 
Analis quería decirle que ella también lo había deseado mucho antes que esa noche, pero se le hacia imposible hablar, quitándole el abrigo que calló rápidamente cuando Adam la ayudó con la misma urgencia que la suya. Sin despegarse uno del otro, él se quitó el abrigo y la corbata mientras ella le desabotonaba la camisa. 
Nunca había deseado tener más de dos manos, más de una boca, quería poseer todo de Adam, besó su pecho con una fiereza que no conoció hasta ese instante. Perdiéndose en su piel, tocando el suave vello que cubría su pecho. ¡Ese era un hombre!  
Por más grande que fuese la cabina de su camioneta montañera, no tenían suficiente espacio para moverse libremente y Analis lo sabía, pero fue Adam quien la tomó por la cintura sin dejar de besarla, para empujarla levemente por el espacio de los dos asientos frontales, para ir a la parte trasera. Ella obedeció sin desprenderse por un segundo de su boca. Murmurando lo increíblemente sabroso que le parecían sus besos. Adam, se rió aun con los labios en los suyos cuando se golpeó la cabeza en el techo, al seguirla.  
Era incomodo, muy incomodo… ¿Quién dijo que hacer el amor en un auto era excitante? Pero todo pensamiento se fue desapareciendo de su mente al sentir el frío cuero del asiento en contra de su piel desnuda. Sin pantalones, debajo de Adam quien aun permanecía con los suyos puestos, ahora succionando uno de sus pezones con torturadora sutileza, Analis no podía ahogar los gemidos… se retorcía de placer, abriendo las piernas suplicando con movimientos de cadera por sentir su cuerpo dentro del suyo…
 
  • Por favor… Adam.. – Suplicó aferrándose a él – Por favor…  
 
Adam se quedó quieto por unos segundos, jadeante. Se fue separando lentamente de ella, para verla a la cara… 
 
  • Annie… - murmuró con una voz tan ronca y necesitada que la hizo derretirse de deseo – Annie..
  • ¿Si…? – Inquirió dándole un beso en los labios, candente, desesperada por querer más,  mucho más.
  • Annie… no tengo preservativos aquí...
  • ¿Qué? Analis parpadeó, incapaz de aceptar lo que aquello significaba, jadeante, lo veía incrédula.
  • ¿Que… qué? – Indagó inclinándose sobre los codos, sacudiendo la cabeza, segura que le había escuchado mal.  
  • Lo siento. 
 
¿Lo siento? Su rostro se veía sinceramente arrepentido, pero la frustración la fue llenando de vergüenza… y después de ira, al imaginar la razón por la que se le habían terminado los preservativos ¡Claro! Ella era la numero tres de la noche…
Le empujó con ambas manos, levantando sus prendas de vestir una, por una, volviéndoselas a colocar torpemente.
 
  • Por favor no te molestes… - Le suplico Adam, deteniendo su loca retirada – Ven conmigo al hotel… ¿Annie..? 
 
Analis, quería llorar, patalear hacer el espectáculo de su vida. Pero se detuvo, nada de aquella frustración tenia que ver con el detalle de la poca preparación de Adam, o por lo menos no del todo.
 
  • No… - Murmuró, soltándose de su toque para colocarse de nuevo el sostén – Esto fue un terrible error… Por favor, llévame a casa.
 

Autor
Alixel

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