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miércoles, 21 de noviembre de 2012

Navidad Olvidada

          Caminé por la calle chocando con miles de caras que se cruzaban, miles de paquetes y bolsas de regalos, miles de adornos, el tránsito insoportable, el ir y venir acelerado de un montón de vidas que pasaban entre la euforia y el conglomerado de emociones inconclusas que se contradecían a si mismas. 

          Miré los rostros y no vi la alegría del momento, o la entrega real a un “algo” que no fuera el pasatiempo comercial de una navidad llena de las luces rimbombantes tan alejadas de ese viejo establo de hace más de dos mil, choqué con alguien y mis bolsas cayeron manchando alguna de las cajas con el consiguiente grito rabioso y el intercambio estridente de palabras de las que en su momento no me arrepentí. ¿Debía? 

          Esta Navidad estaba harta de esas películas cursis de un Santa Claus barbudo con su “jo-jo-jo”, paradójicamente había comprado más regalos que nunca, había leído “Un cuento de Navidad” unas diez veces y había cruzado esa línea invisible entre la culpabilidad y la redención, línea oscura diría yo, línea ambigua también, línea al fin, que recordaba ese maldito AHORA descompaginado de un ANTES que había dejado la huella profunda donde pensábamos que todo estaba tranquilamente bien. 

          Me pregunté esa mañana porque el auto no había arrancado, porqué había olvidado hacer los encargos antes, porqué la señora de la limpieza no vendría, porque estaba al borde de una histeria insoportable, y tampoco supe qué me hacía de repente tantas consultas enmascarando la “insoportable levedad del ser”. 

          No quedaba más que caminar despacio, haciendo equilibrio con los paquetes sobre el hielo resbaloso, soportando el frío y el viento helado que me recordaba porqué odiaba tanto el invierno en la navidad y ahí estaba, vi la puerta cerrada y pintada del desvaído color del olvido, y el mundo se desmoronó de repente. ¿Cómo volver atrás cuando el tiempo es sólo una medida de nuestra estupidez? 

          No soporté y dejé resbalar las lágrimas sobre un rostro que siempre había sido lo suficientemente duro para nunca traslucir nada más que la hueca satisfacción de llegar a las metas que tenían el signo dólar impreso. 

          Alguien abrió cuando golpeé la puerta en un ruego callado pidiendo perdón, y me ayudó a atravesar el pasillo estirando la tortura de ver lo que no era sino la cosecha de miles de navidades perdidas, corriendo detrás del reloj, sumando tarjetas y regalos caros enviados por correo, sin una sencilla y afectuosa mano amiga que estrechar, “su” mano, la mano que me había alimentado de niño, que había curado mis heridas tras las miles de caídas, que había trabajado a sol y sombra sin olvidar nunca palmear mi espalda en la noche antes de dormir.
 

-       Por favor no la atosigue, recuerde, un saludo, un Feliz Navidad, nada de apuros ni de emociones fuertes, no sabe quien eres, no te recuerda…
 

           La vi sentada en su sillón especial, con los cabellos plateados acomodados en su peinado de siempre y me acerqué lento, sabiendo que me dolería más su mirada perdida y curiosa que toda la culpa que sentía por dejarla allí, pasé de largo cuando vi que ni siquiera me miraba y me vestí en la habitación de al lado: traje rojo, panza inventada, barba de algodón…
 

-        ¡Feliz Navidad señoras! ¡Jo jo jo!
 

          Y mi alma cambió, la luz del establo se dejó ver detrás de sus ojos, en un brillo que me devolvió mi propia fe.

 

-       ¡Mi hijo! ¡Cómo me gustaría que mi hijo estuviera aquí! Él amaba a Santa Claus y siempre me abrazaba en Navidad, decía que era lo único que podía regalar…
 

          Mi alma se quebró, y todas las explicaciones de los médicos, de un Alzheimer progresivo que devoraba de adelante hacia atrás… de ese maldito gen que despertaba y que le había hecho olvidarme, “Ella” me recordó y pensó en mi para alegrarme.
 

          Lloré debajo de la barba blanca, la senté en mis rodillas y la llené de regalos, le canté villancicos y la oí reír, y entendí que la Navidad también me estaba dando un regalo a mí, devolviéndome el tiempo que yo mismo perdí.
 

 

Caliope

8 comentarios:

  1. Otro duro relato sobre el Alzheimer. Gran trabajo.

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  2. Muy bueno, con un poquito de trabajo puedes lograr un gran cuento. Gracias por compartirlo.

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    Respuestas
    1. Gracias a vos por leer... estamos en pos de mejorar, participando en talleres. :)

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  3. Podemos olvidarlo todo, pero no lo que nos hacen sentir... Me gusto mucho Caliope...
    un beso grande
    Manuel Barranco Roda

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  4. El Alzheimer es un terrible flagelo, pero siempre es un poco difícil usarlo como recurso, sea para dar lástima o para establecer una reflexión. Una historia triste para reflexionar, la espero para Navidad.

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