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miércoles, 26 de septiembre de 2012

El tiempo puede tener varias velocidades


Ana desde muy niña, se había ido acostumbrando a permanecer con su madre sentada en una mesilla del cuarto de costura al lado de la ventana, mientras observaba a la gente que pasaba por la calle. 


Luis Anguita Juega
Su madre que se había quedado viuda desde hacía ya demasiados años, cuando Ana apenas había dejado de ser un bebé, se refugió en ese cuarto, buscando un lugar en la casa donde nadie le molestase, aunque realmente poco importaba donde estuviese, porque sólo vivían las dos. Trataba de esconder su soledad y su tristeza en ese rincón, con la excusa de hacer cualquier remate en una prenda, de planchar o cualquier otro hacer cotidiano. Era ahí donde transcurría el tiempo. El salón antes tan frecuentado y lleno de vida, quedó como una pieza decorativa, a la que simplemente se le quitaba polvo y que iba envejeciendo, en cambio, pidamente, al no tocarse nada de él, ni siquiera para cambiar de sitio un cuadro. Era simplemente una habitación de paso, en vez de la pieza confortable que había sido anto.

Ana habituada desde niña a estar cerca de su madre, se encontraba a gusto, e incluso protegida en este pequeño cuarto donde jugaba de pequeña y ahora hacía los deberes sen iba creciendo, compartiendo con su madre la mesa camilla, que cada vez con más frecuencia ya no hacía algo entre las manos, si no que miraba por la ventana.

La vida de la niña se convirt en una rutina, el colegio, regresar enseguida a casa, y estar cerca de su madre como si no hubiera otro mundo. No iba a los cumpleaños de sus compañeros de colegio, cuando al principio la invitaban. Dede tener amigos, realmente nunca los tuvo. No tenía con quien quedar, ni hacía ningún tipo de actividad, ni sola, ni con su madre, no salían de paseo, no iban al cine o a algún centro comercial, no hacía nada. Su mundo se quedaba reducido a ir al colegio y a estar al lado de su madre sentada en la mesa camilla. 
 

Quizás por curiosidad, o porque imitaba la conducta de su madre, Ana sen iba creciendo también miraba por la ventana, para observar lo que se veía desde allí, lo iba haciendo sin ninguna intención, simplemente repetía una conducta que le parecía de lo más natural. 

Al principio sólo miraba unos minutos, sin centrar su atención en nada especial, pero con el transcurso de los os cada vez dedicaba más tiempo a contemplar el paisaje y sin darse cuenta se iba fijando en las personas que pasaban por delante de su ventana, bien corriendo para ir a cualquier lugar, o simplemente paseando o caminando como si no tuvieran rumbo fijo. 

Enseguida fue conociendo a todos los que transitaban por delante de la ventana y a darse cuenta de pequeños detalles. Parecía como que con sólo verlos todos los días, fuera conociendo la vida de todas aquellas personas, que por uno u otro motivo caminaban delante de ellas. El tiempo transcurría despacio y de una manera tranquila. No había ningún sobresalto en su transcurrir y la seguridad que había tenido de pequeña en esa habitación, hacía que se sintiera relajada y no sintiera ningún peligro. De manera imperceptible se había ido acostumbrando al refugio que había buscado su madre para vencer la soledad que se había apoderado de ella. 

Casi no hablaba con su madre sobre lo que veían, salvo pequeños detalles de que¿ese no es el señor que ayer se ca al andar con la acera helada? o hoy el cartero ha venido antes, a lo que su madre le respondía con cariño, pero con monosílabos, sí,tienes razón, como si quisiera con amabilidad acabar pronto la conversación, para que nada le molestase en su observar diario. 

Los años fueron pasando y cuando Ana se convirt en una mujer, las dos estaban allí sentadas mirando la ventana, sin otra cosa mejor que hacer, y sólo interrumpían su que hacer diario para comprar o hacer la comida. Incluso en pequeños cambios que se fueron haciendo poco a poco, la mayor parte de lo que comían, lo hacían en esa mesa camilla, como si no quisieran perder ningún detalle de lo que ocurría enfrente de la ventana. La televisión encendida, les acompañaba durante todo el día, sin que le hicieran mucho caso. Les acompaba como otro hábito al que se habían acostumbrado, pero sin que perdieran el tiempo en mirarla. Era mucho más interesante lo que pasaba cerca de su ventana, que las noticias, películas o cualquier programa de prensa amarilla que hubiera en el canal.  

Todos los días eran tranquilos. Su existencia no se veía turbada por cualquier circunstancia que les pudiera hacer que se sintieran inseguras. Ese cuarto, con su mesa camilla y la ventana les protegía del mundo exterior. Los días eran lentos. Nunca había que correr de un sitio a otro, o preocuparse por cualquier problema. Simplemente había que sentarse y mirar. Además de esta manera apenas gastaban y el dinero de la pensión les llegaba para cubrir sus necesidades que tampoco eran muchas. El transcurso de las horas, de los días, era pausado y el tiempo les acompaba, como si con ella no hubiera las urgencias y prisas que se veían a muchas de las personas que pasaban por delante de su ventana. 
 
Cada vez sin darse cuenta, empezaron a monopolizar entre ellas la conversación, con lo que veían a través del cristal. No había maldad entre ellas, ni un ánimo de entrometerse en las vidas de esas personas, pero con sólo verlas los días pasar por delante de su ventana, conocían todo de ellas, a pesar de que jamás habían cruzado palabra alguna, y que ellas ni siquiera sospechaban que eran observadas de esa manera por madre e hija.

Sabían en qué trabajaban, cómo eran, quiénes eran sus amigos y a quiénes criticaban, si estaban casadas o solteras, incluso si tenían alguna aventura. Era increíble como con observarlas durante unos segundos, o a lo mucho minutos durante un día tras otro, a lo largo de los años, se iban captando hasta los más pequeños detalles de esa gente, que desconocían todo lo que esas personas sabían de sus vidas. 
 
Incluso comentaban como iban vestidas, te das cuenta lo mal que le sienta esa falda a Felisa, “no son los pantalones, Susana está engordando, mira el culo tan grande que tiene, Felipe ha debido romper con su novia, y lo mal vestido que va, esa camisa le sienta fatal, que poco gusto, como se nota que Rosita ya no está con él.

Así se pasaban el día entero, desde primeras horas de la mañana, hasta que bien entrada la noche, ya nadie, salvo alguna persona suelta pasaba por delante de su ventana. Controlaban ese pequeño espacio de la ciudad, sin que ningún detalle se le escapase a esos cuatro ojos que oteaban, con la experiencia de años de observación, todo lo que transcurría delante de ellos, sin que nada les pasara desapercibido.  

- ¿Te has dado cuenta de que Isabel se ha puesto lentillas? - decía la madre.

- Sí, pero no me extraña, las gafas que tenía antes eran horribles.

- Y además lleva fatal el pelo y mira que lo tiene bonito, pero se lo corta y se lo peina de una manera que no tiene ninguna gracia, sólo con dejárselo un poco más escalado y dejárselo suelto ya sería otra cosa. 
 
Ana desde su puesto de observadora del pequeño rincón del mundo que tenía a su vista, se sentía  capaz de opinar sobre como iba vestida cada persona, sobre como se peinaba, o sobre el estilo que tenían, sin dudarlo sabría decir que prendas eran las más adecuadas para cada una de ellas y todo lo  que deberían de hacer para mejorar su aspecto. Todo lo veía clarísimo, no tenía ninguna duda y enseguida descubría que es lo que les hacía falta, si era un pequeño detalle, el llevar otra ropa u otro peinado, o lo que realmente era necesario, era un cambio radical. A todas les haría un cambio en su vestimenta o en su aspecto exterior. Muchas veces se imaginaba, mientras observaba, que hablaba con ellas y les decía que tenían que cambiar para mejorar su aspecto, y no entendía como ellas no se  daban  cuenta y llevaban puesta cualquier prenda que les sentaba tan mal, que gusto más horroroso tienen, se decía para sí misma. 
 
Madre e hija se entendían sin hablar y casi sin mirarse entre ellas, porque no dejaban de atender a la ventana que les llevaba a un mundo exterior. Eran muchos años juntas, como para no captar el más mínimo cambio de expresión de alguna de las dos, aunque sólo fuera de reojo, ya sabían lo que quería decir, con un mínimo gesto de los labios, o cualquier cambio de semblante que tuvieran. 
 
La madre así iba superando su soledad. El refugio que se había buscado para esconderse del mundo le daba una visión de él, que colmaba sus necesidades, y el apoyo de su hija, le proporcionaba la  compañía que le hacía falta, para no sentirse sola e irremediablemente desgraciada, y Ana que estaba habituada desde que podía recordar a este rincón, desarrollaba su vida sin más pretensiones. 
 
Había una vida fuera que bullía con rapidez, casi todas las personas parecían tener prisa, o estar alteradas por algún motivo, a veces también aunque las menos, había risas, tranquilidad, conversaciones pausadas, pero la vida en general era un torbellino y el tiempo parecía nunca ser suficiente para una gran parte de esas personas, en cambio a ellas les sobraba y los días, aunque no quisieran reconocerlo eran más largos y tediosos.
 
En la calle las personas trataban de vivir su vida, con equivocaciones, con errores, muchas veces con tristeza, pero trataban de decidir el camino a seguir, que ellas desconocían, en cuanto doblaban por una esquina y se perdían de vista. La madre y Ana se habían escondido de la vida, la primera para  tratar de no sufrir y por miedo a la soledad, y la hija porque no había sabido romper sus vínculos y se adaptó a lo que conocía desde niña.
 
La vida fluía detrás de la ventana, en el interior de la vivienda había dos personas que se limitaban a contemplar la de los demás, pero que habían renunciado a vivir. Se habían convertido en dos cotillas que querían conocer todo de las personas que pasaban delante de su ventana y opinaban de su aspecto, con total ligereza, sin conocer realmente los sentimientos que tenían esas personas que trataban de sobrevivir en un mundo muchas veces injusto y cruel para ellas, mientras madre e hija  que  de todo se creían derecho a opinar, eran en cambio incapaces de vivir y participar de la vida que transcurría tan cerca de ellas.
 
Un día, de sus muchos de observación, apareció un nuevo personaje por la ventana. Vestía algo desaliñado, con una camiseta descolorida que ni siquiera le pegaba con sus pantalones. Las dos se dieron cuenta enseguida, nunca se les escapaba nadie nuevo que pudiera aumentar las personas que conocían del mundo exterior.
 
Pero la reacción de cada una de ellas fue muy diferente. La madre le clavó la mirada desde que apareció en su punto visual y la mueca que hizo en su rostro denotaba una crítica hacia ese nuevo personaje, que quizás de momento no valía la pena, ni siquiera hacer un pequeño comentario despectivo. En cambio Ana tampoco pudo evitar clavarle la mirada, pero no para percibir el más  mínimo detalle o criticar su aspecto exterior, era un muchacho normal, no había nada en él que destacase, y aún así Ana sintió una punzada en el interior de su cuerpo, que hasta ese instante no había conocido, porque se había resignado a no vivir la vida y observar la de los demás. Enseguida trató de evitar que su madre se apercibiera de ese interés que le había surgido por él y trató que su rostro fuera de lo más natural y no denotase nada extraño, por primera vez trataba de ocultar algo a su madre en todos los años que había permanecido junto a ella en la ventana.
 
Su madre de tanto compartir con ella el mirador que tenían, se apercibió de que su hija reaccionaba de forma extraña y quizás por eso, interrumpió el silencio, que no merecía ser perturbado por un personaje nuevo y le dijo a su hija. 

-Vaya pintas tiene ese de la camiseta, que además parece que la lleva puesta varios días, si encima creerá que va bien. 

Ana no replicó y se limitó a asentir, tratando de evitar que su madre descubriese el interés que había mostrado por él. Aquel día se le hizo muy largo, el tiempo pasaba más lento que ningún otro, y ya no le interesaba nada de lo que veía desde la ventana. 

Únicamente miraba inútilmente por el fondo de la calle por la que había desaparecido, por si su figura volvía a aparecer, el resto no le interesaba en absoluto, le daba igual como fuera la gente, en que se entretenían. Todo carecía de sentido, salvo que él volviera a aparecer. Lo que no ocurrió durante todo el día y el tiempo parecía que se hubiese detenido. Sentía que era una pérdida de tiempo permanecer allí sentada viendo a las demás personas, en vez de formar parte de ellas y buscar un camino a su vida. 

La tarde se le hizo eterna. El tiempo se había detenido, ya no era capaz de fijar su  atención con las personas que pasaban delante de su ventana. Sólo deseaba que se hiciese de noche y la calle se fuera vaciando poco a poco para poder retirarse. De momento no se atrevía a levantarse, eran muchos años en compañía de su madre desde ese rincón, como para atreverse a marcharse. Pensó que quizás sólo era un mal día y que a la mañana siguiente el ánimo volviese a ella y comenzase de nuevo a tener interés en lo que había delante de la ventana, mientras ella estaba detrás refugiada en el pequeño cuarto donde había transcurrido casi toda su existencia. 

Su madre se apercibió del extraño comportamiento de su hija. No había dicho nada, ni dejado de mirar por la ventana, pero sabía que algo le ocurría, y que su pensamiento estaba en otra  parte. Se encontraba preocupada, así se sentía segura, y ahora había habido algo que hizo que ella no mostrara interés. No era capaz de saber qué había sido, de lo que estaba segura es que venía de ese mundo exterior que ellas conocían tan bien. De repente se dio cuenta, ese día hubo una novedad, un muchacho desaliñado que apareció por primera vez delante de su vivienda, pero se dijo que era imposible, su vestimenta y todo su aspecto era penoso y su hija tenía un don para saber como una persona tenía que ir para estar perfecta y desde luego ese no era el caso de esa persona. 

Cuando la calle se vació, Ana le dijo a su madre que no tenía hambre, que se sentía cansada, que prefería acostarse y no tomar nada. 

Su madre no le respondió, pensó que quizás lo que ocurriese es que su hija había incubado un virus, y a lo mejor esa era la explicación tan sencilla, ese día había hecho frío y puede que se le hubiese metido por el cuerpo. Mañana encendería la calefacción y con una buena manta seguro que ya se  encontraría mejor y si no habría que ir al médico, aunque esta idea le desagradaba, porque tendrían  que  salir de casa y sabe Dios que podría pasar por delante de su ventana que ellas no vieran. 

Ana se acostó, realmente no tenía nada de hambre, pero ese no era el motivo de no cenar. Necesitaba estar sola y pensar. Aquella noche estaba segura que estaría en vela durante toda ella, pero sin darse cuenta, al cabo de una hora se durmió profundamente.

Desde entonces Ana vio como la vida transcurría mucho más deprisa, seguía sentada delante de la ventana con su madre, y las dos comenzaron envejecer, ella incluso sin  ni siquiera haber podido disfrutar de su juventud. Conoció la vida de todas  las personas que circulaban delante de sus miradas. Supo de sus amores, de sus infidelidades, de sus penas y de como iban faltando por haber muerto, o porque marcharon a otros lugares y eran sustituidas por otras personas que  aparecían  en su radio de visión. Su madre era ya una persona anciana y realmente ella lo era también, había pasado de niña a estar cerca de la muerte, de vivir sus últimos años, sin haber vivido de verdad. El tiempo que tan lento pasaba  y que parecía que nunca tenía prisa, se le había ido sin darse cuenta y con él su vida. 

Sintió unos golpes y como la llamaban, le costaba hacer caso, quizás hasta era la muerte que la reclamaba, la vida se le escapaba. Sintió como la sacudían. 

-Despierta hija, ¿qué te pasa hoy, que no hay forma de que te levantes? 

Era su madre, se despertó de súbito y sonrió con fuerza. Se miró a sí misma y se dio cuenta que no era una anciana, que era una chica joven, tenía veinte años, hasta este día no pensaba ni en la edad que tenía y tuvo que hacer un cálculo mental para confirmarlo. 

Se levantó con la energía del que sabe que va a recuperar su libertad después de estar años encerrado. No se duchó, ni se vistió con cualquier cosa en apenas unos minutos, como hacía siempre, sino que se dio un largo baño y se acicaló durante una buena parte de la mañana. Lo peor fue vestirse no sabía que ponerse y nada de lo que tenía le gustaba. 

Ese día ante el asombro, la extrañeza y preocupación creciente de su madre, decidió salir de casa, no quiso ni desayunar, diciéndole que no le apetecía nada, aunque no era cierto, tenía un hambre  atroz, lo que quería era empezar a vivir ella también, a sentir esa vida, que hasta ahora había contemplado desde la ventana sin formar parte de ella. 

Cuando salió a la calle, su madre la miró desde su rincón, pero no le dirigió ni una pequeña mirada hacia la ventana donde ella se encontraba. Sintió un rencor acumulado, que le surgía hacía ella. La culpó de todos los años que había permanecido de espaldas a la vida. Su madre vio como se alejaba con determinación y se perdía donde se acababa la visión, Fue consciente de que en esos segundos que vio a su hija, la contempló más que en todo el tiempo que habían permanecido juntas. Se dio cuenta de que había sido una egoísta, que buscó, aunque fuera de manera inconsciente, que ella le acompañara todos estos años en el refugio que había elegido para esconderse del mundo, contribuyendo a que su hija dejara de vivir la vida a la que tenía derecho. Sintió mucha pena porque se quedaba sola escondida en su refugio, ya no tendría compañía, pero a la vez notaba una emoción  y  una  alegría  que  la  invadía,   porque  se había convertido en  una  gran observadora, percibió, en esos segundos que vio a su hija cuando pasó por delante de la ventana, una vitalidad y una fuerza que hasta este momento no había reparado en ella. Tenía una vida que le esperaba y ojalá la aprovechase, no como ella que la dejó tirada a medio camino. 

Ese día Ana comenzó de nuevo a vivir, lo primero que hizo fue ir a desayunar a una cafetería, y  tuvo  que empezar a tomar sus primeras decisiones, ¿qué local elegir?, y después  ¿qué pedir?,  para  cualquiera persona ello  sería un  acto normal, pero para alguien que estaba escondida detrás de un cristal, no lo era. 

Desde entonces Ana se sorprendió a sí misma, todo lo resuelta que era y las ideas tan claras que  tenía cuando opinaba sobre los demás, sobre su aspecto y la ropa que debería de llevar, se convirtió  en vacilación cuando era ella la que tenía que decidir. Dudaba en que era lo que le sentaba bien, le costaba muchísimo escoger y a la hora de arreglarse y vestirse, casi nunca estaba contenta con su aspecto. 

Desde que salió a vivir el tiempo se le iba de las manos y casi nunca le llegaba para todo lo que tenía que hacer, nunca volvió a ser el sosegado y siempre igual de todos los días de antes. 

Conoció a gente, llegó a enamorase y a sufrir desengaños. Quizás el chico que vio una vez por la ventana no volvería a aparecer en su vida, y desde aquel día trató de tomar sus decisiones, aunque se equivocara muchas veces, pero decidió vivir y estar en el otro lado, y no en el de los que contemplan la vida de los demás, desperdiciando la suya. 

A veces pasaba por delante de la ventana desde donde sabía que se encontraba su madre, lo hacía como si fuera por casualidad, y percibía como ella la miraba y así sin hablar iba sabiendo de su vida. 

El rencor que tenía hacia ella había ido creciendo, le acompañaba sin que se hubiera dado cuenta, y le impedía ir a verla. 

Al cabo de unos años tuvo una pareja y con el tiempo se quedó embarazada. Decidió ocultárselo a su madre, no tenía porque saber como era su vida y dejó de pasar por la ventana. 

Cuando dio a luz y vio a ese bebé tan pequeño, sintió miedo de que le ocurriera algo malo y pensó en protegerlo, de evitarle cualquier tipo de peligro. Era lo más importante que le había pasado en su vida. En ese instante también notó como echaba de menos a su madre y hasta comprendió porque actuó así con ella, había sido una víctima que se refugió del mundo exterior. 

En cuanto le dieron el alta en el hospital no lo pensó y fue caminando hacia su antiguo hogar, llevando en los brazos a un bebé recién nacido y acompañada de un hombre algo desaliñado con una camiseta que no le sentaba bien. Al pasar por delante de la ventana no se atrevió a mirar hacia ella, siguió y fue hasta la puerta de su antigua casa. No le hizo falta llamar, su madre abrió al instante. Ana se  entristeció sobremanera, no habían pasado tantos años, para que su madre se hubiera hecho tan mayor.
 
La madre al ver a su hija con su nieto y aquel hombre que debía de ser su marido, lloró por primera vez en todos los años desde que se quedó sola con una niña pequeña, y sintió que ya no quería volver a estar delante de aquella ventana, mirando a los demás, tenía cosas mucho más importantes que hacer, para empezar abrazar a su hija, ver a su nieto y cogerlo en brazos. 
 
 
 
 
Autor: LAJ 1961

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